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La joven indiscreta

Arte3/2/2016
En un vecindario es cosa común respirar, como flotando en el aire, una densa cantidad de chismes. Sin embargo, y aunque suele pasar que las viejas, enfermas de telenovelas y sin otras cosas que hacer, son las más propensas a acuchillarse entre sí con sus filosas lenguas, en ocasión todo el fardo de la decadente teatralidad social recae en una sola figura, en una discreta figura de, digamos, una para nada discreta joven viuda. No queremos mancillar el nombre de la señorita (nos consta que la historia es verídica), así que la llamaremos J. J. era una bellísima morena que aún no alcanzaba la treintena de años y que había quedado viuda haría cosa de un lustro. Su marido, un soldado maduro, había muerto en combate, y vivía ella de la pensión que tal infortunio le había dejado. La relación había sido demasiado corta: un año de cortejo y dos meses de matrimonio, de los cuales tan sólo una semana fue de convivencia. La noche de bodas se había consumado con la extrema moderación que le correspondía al correcto y pudoroso militar y a la mojigata de su joven esposa. Siendo este su único encuentro sexual en toda la vida, J. no sentía la más mínima curiosidad, ni el más mínimo interés por otra cosa que no fuera comentar los encuentros sexuales ajenos. Pasaba sus días encargándose de una casi inexistente labor de ama de casa, de la cual se deshacía rápido, y presta se entregaba al placer de chusmear. Sabía todo de todos; tenía los mejores contactos y las fuentes. En especial se divertía con su amiga, la señora L., una mujer de unos treintaicinco, muy coqueta y con un cuerpo aprobable. Su lengua, si bien no tan ruda como la de la viuda, era aun así de lo más peligrosa. Ambas pasaban las tardes deschabando cuantas cosas había por deschabar, y se preocupaban explícitamente de hacer que sus dichos se escurran por todo el vecindario. Así habían acabado con dos matrimonios y otras tantas relaciones informales. Sin embargo, una sociedad de este tipo nunca puede durar demasiado, y no tardó mucho hasta que a la buena de la señora L. se le diera por comenzar una aventura con un mozo muy apuesto y muy educado, que todos conocían como el señor M. Como era de esperarse, J., enterada de las nuevas, provocó una ola de difamación contra su amiga, con todo el beneplácito de su orgullo; este desacredite era considerado como una suerte de obra maestra por parte de la viuda, que se regocijaba en su proyecto. La señora L. habiendo recibido una paliza de su esposo, no tardó en comentar sus cuitas con el señor M., con el cual se lamentó de no poder persistir en la relación. No olvidó de mencionar el nombre de la viuda, entre maldiciones para ella, y éste fue el puntapié para el macabro plan que el señor M. ejecutaría al cabo de dos días. Sucedió una mañana que mientras la joven viuda colgaba la ropa como normalmente hacía, el señor M. logró escabullirse en el terreno sin ser visto, y allí se quedó, observando en silencio, mientras J. se agachaba y se estiraba distraídamente, en busca de una y otra prenda. El señor M., que si bien era muy educado, nunca fue muy dado a esperar, lentamente sacó una enorme y dormida verga de sus pantalones, y comenzó a frotarla con parsimonia, mientras miraba el culo de la joven, que dejaba translucir detrás de un vestido floreado un calzón ajustado. Ejecutó el acto, cosa de cinco minutos, tirando hacía atrás y hacia adelante del cuero que le cubría y descubría la enorme cabeza del animal, hasta que la joven volteó distraídamente, habiendo terminado su labor, y profirió un ahogado grito al ver al hombre. Sin embargo, sus ojos se abrieron aún más cuando bajó la vista y vio un pedazo enorme de carne que la miraba como hambriento. Se quedó en silencio, sin saber qué hacer, o sin pensar en nada. Lentamente comenzó a bajar la mano hasta su entre pierna, mientras miraba, con ojos estrambóticos, de arriba a abajo, el rostro del señor M. y su miembro. Pronta estaba a tocarse cuando el hombre la tomó por el brazo, y en un movimiento veloz, la llevó hasta la habitación. La tiró boca abajo contra la cama; le empinó el culito para sí; levantó el vestido y le bajó los calzones; enredó sus dedos en la enmarañada cabellera, y le aplastó la cabeza contra la almohada. Acto seguido escupió el hoyito negro que posaba entre los glúteos, y éste como que se contrajo aún más, cerrándose por completo, convirtiéndose en una suerte de asterisco. Se escupió la verga, y al instante la hundió en lo profundo del cuerpo de la viuda, abriendo con forzosa potencia el apretado recinto. El desgarrador grito que profirió la joven quedó reducido a un sordo quejido por la inmediatez del algodón contra su boca, y el señor M., sonriendo del gusto, comenzó un veloz y arrollador movimiento pélvico. La cama rechinaba y se sacudía violentamente, y la acción se prolongó por espacio de dos minutos. Transcurrido el lapso, el señor M. levantó la cabeza de J. (sin detener nunca sus caderas) de cuyos labios se desprendía un fino hilito de saliva hasta la almohada que había estado mordiendo con fuerzas, y con violencia (estos últimos choques sonaban como aplausos) le descargó toda la simiente en las entrañas. Al sacar el pene, el líquido seminal se escurrió por la hendidura del culo, y el agujero, ciertamente más dilatado que antes, respiraba con dificultad, como ahogado, desparramando burbujas de espesa blancura. La joven respiraba entrecortadamente, con la boca abierta y los ojos de par en par, completamente blancos, carentes de pupilas, derramando gruesos goterones salados de llanto, de turbación, de gozo. Era bien conocida la educación y la higiene del señor M., que, a falta de enfundarse el tronco todo enjuagado así sin más, se sacudió las últimas gotas de leche en el culo de J., y se secó la punta del miembro con sus sábanas. Luego se marchó sin decir nada. Arrebatada de sensaciones que le habían estado vedadas durante toda la vida, la joven tardó tiempo en recomponerse. Al cabo de unos días, al salir de su casa para ir de compras, una turbación distinta la acució. En todos los postes del barrio, en los paredones más frecuentados, en la plaza, había hojas pegadas con la fotografía de su culo abierto como una flor, y otras tantas con su cara, henchida de éxtasis. Dice la historia que nunca volvió a hablar mal de nadie, que se recluyó en su hogar, en un principio, pero pronto se mudó. Se casó con un joven negociante y tuvo dos hijos. Vivió el resto de sus días en completa tranquilidad, con discreción, visitando de vez en cuando su antiguo vecindario, para ser atendida por el señor M.
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