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Literatura de lucha (Violeta Parra)

Arte3/18/2016
Existe en este precario espacio no solo una búsqueda de ayuda (¿esperanza?) en diversos textos, canciones, etcétera... existe, también, una lucha indispensable por rescatar el pensamiento latinoamericano, por descolonizar nuestra vida, nuestra forma de comprender el mundo, ya sea en un plano meramente teórico o en el plano de la práctica concreta. La mujer que presento hoy es fundamental para conocernos realmente.
"Literatura de lucha" puede no ser un título realmente apropiado para presentar a Violeta Parra. Está claro que sus canciones no fueron solo textos, su guitarra decía tanto como cualquiera de sus letras. No voy a preocuparme por esto, integro a Violeta bajo el espacio sabiendo perfectamente que su vocación fue la música, sabiendo que sus textos también son fundamentales. No me pongo minucioso, ni detallista, comparto en un mismo espacio literatura, música o cualquier forma del arte.
A los detractores, si es que lo hay, me alegro que hayan visitado por lo menos unos segundos el material de la gran artista chilena.

Violeta Parra.


Nació en 1917 en San Carlos (Ñuble), en la región central de Chile. A los 12 años escribió sus primeras composiciones. Comenzó cantando en humildes circos, bares, cabarets, en un estilo convencional. En 1953-54 surge la verdadera Violeta Parra. Después de un recital en casa de Pablo Neruda, canta "a lo humano" y "a lo divino" en Radio Chilena, lanzándose al primer plano del arte folklórico nacional. Inicia sus giras de investigación por el centro y sur del país, que después extendió al norte. En 1955 participa en el Festival de la Juventud en Polonia. En parís graba su primer disco para "Chants du Monde", del Museo del Hombre.
De vuelta a Chile graba numerosos discos, con canciones tradicionales y propias. A la recopiladora infatigable e intérprete genial, se une paulatinamente la creadora original de música y letras, la tapicera que inventa técnicas y materiales, la ceramista, la pintora.
Expone en Buenos Aires. Viaja a la URSS, Finlandia, Alemania, Italia, Francia. En París actúa con éxitos durante tres años, con sus hijos Isabel y Angel. Maspero edita un libro suyo, "Poésie Populaire des Andes". Da recitales y expone en Ginebra. En 1964 expone en el Louvre. Ese mismo año regresa a Chile y abre una "peña folklórica" en Santiago. El 5 de febrero de 1967 pone fin a su agitada y fecunda vida


La suerte mía fatal.





La suerte mía fatal
no es cosa nueva señores,
me ha da'o sus arañones
de chica muy despiadá.
Batalla descomunal
yo libro desde mi infancia,
sus terribles circunstancias
me azotan con desespero,
dejándome años enteros
sin médula ni sustancia.

Dice mi mama que fui
su guagua más donosita,
pero la suerte maldita
no lo quiso consentir.
Empezó a hacerme sufrir
primero con la alfombrilla,
después la fiebre amarilla
me convirtió en orejón.
Otra vez el sarampión,
el pasmo y la culebrilla.

De Santiago pa' Lautaro
con siete crías colgando,
petacas y monos andando,
busca mi taita reparo.
Su capataz l'hizo un aro
diciendo: Mire, Parrita,
la cosa está aquí malita,
se le traslada pa'l Sur;
acomode su baúl,
recíbame esta platita.

Mi taita fue muy letrario:
pa' profesor estudió,
y a las escuelas llegó
a enseñar su dic'ionario.
Mi mama como un canario
nació en un campo florí'o,
como zorzal entumí'o
creció entre las candelillas.
Conoce lo que es la trilla
la molienda y l'amacijo.

Con un chiquillo en los brazos,
los otros seis a la cola,
entramos como una ola
contentos como payasos.
Casi pisando los pasos
de mi preocupa'o paire,
que los monta por los aires
a una casa misteriosa,
que yo la vi más hermosa
que la capilla del fraile.

Miren como sonríen





Miren cómo sonríen
los presidentes
cuando le hacen promesas
al inocente.
Miren cómo le ofrecen
al sindicato
este mundo y el otro
los candidatos.
Miren cómo redoblan
los juramentos,
pero después del voto,
doble tormento.

Miren el hervidero
de vigilante
para rociarle flores
al estudiante.
Miren cómo relumbran
carabineros
para ofrecerle premios
a los obreros.
Miren cómo se viste
cabo y sargento
para teñir de rojo
los pavimentos.

Miren cómo profanan
las sacristías
con pieles y sombreros
de hipocresía.
Miren cómo blanquearon
mes de María,
y al pobre negreguearon
la luz del día.
Miren cómo le muestran
una escopeta
para quitarle al pueblo
su marraqueta.

Miren cómo se empolvan
los funcionarios
para contar las hojas
del calendario.
Miren cómo gestionan
los secretarios
las páginas amables
de cada diario.
Miren cómo sonríen,
angelicales.
Miren cómo se olvidan
que son mortales.

Engaños en concepción.


Entré al clavel del amor
cegada por sus colores,
me ataron los resplandores
de tan preferida flor;
ufano de mi pasión
dejó sangrando una herida
que lloro muy conmovida
en el huerto del olvido,
clavel no ha correspondido,
qué lágrimas tan perdidas.

Fui dueña del clavel rojo,
creí en su correspondencia,
después me dio la sentencia:
no es grano sino gorgojo,
fue por cumplir un antojo,
me dice la flor del mal,
yo soy un hondo raudal
d´espumas muy apacibles
y el remolino temible
abajo empieza a girar.

Este clavel lisonjero
me causa tal confusión
que deja mi corazón
a mil grados bajo cero,
quisiera que un relojero
me acompasara el latido
y me componga el sentido,
que es tanta mi oscuridad
por una loca maldad
d´este clavel ofensivo.

Un lirio me da consejos,
me dice de que el clavel
en l´alma de la mujer
siempre ha rondado muy lejos,
mi sentimiento perplejo
se confundió de camino,
un pájaro con su trino
me dijo: parte de aquí,
y a mi Santiago volví
para cambiar mi destino.

Un año crucé las calles
gimiendo muy dolorosa
y a trabajar afanosa
me fui por montes y valles,
no quiero entrar en detalles
ni remover las cenizas
lo malo m´escandaliza,
quiebra nervios y huesos;
el viento voló sus besos
la mar lavó sus caricias.

Publican de que el clavel
se fue a un jardín del oriente,
yo fui leyendo sonriente
lo que decía el papel,
la vida es un carrusel
que va girando girando,
ella me fue demostrando
que con el tiempo se cura
hasta la peor desventura
causada por un ingrato.

Cuando yo salí de aquí.


Cuando yo salí de aquí,
dejé mi guagua en la cuna:
creí que la mamita Luna
me l’iba a cuidar a mí.
Pero como no fue así,
me lo dice en una carta
pa’ que el alma se me parta
por no tenerla conmigo.
El mundo será testigo
que hey de pagar esta falta.

La bauticé en la capilla
pa’ que no quedara mora.
Cuando llegaba la aurora
le enjuagaba las mejillas
con agua de candelillas,
que dicen que es milagrosa.
Mas se deshojó la rosa,
muy triste quedó la planta,
así como la que canta
su pena más dolorosa.

Llorando de noche y día
se terminarán mis horas.
«¡Perdóname, gran Señora!
–digo a la Virgen María–,
no ha sido por culpa mía,
yo me declaro inocente.
Lo sabe toda la gente
de que no soy mala maire:
nunca pa’ ella faltó el aire
ni el agua de la virtiente».

Ahora no tengo consuelo,
vivo en pecado mortal,
y, amargas como la sal,
mis noches son un desvelo.
Es contar y no creerlo,
parece que la estoy viendo,
y más cuando estoy durmiendo
se me viene a la memoria.
Ha de quedar en la historia
mi pena y mi sufrimiento.

No existe empleo ni oficio.


No existe empleo ni oficio
que yo no lo haiga ensaya’o,
después que mi taita ama’o
termina su sacrificio.
No me detiene el permiso
que mi mamita negara;
de niña supe a las claras
qu’el pan bendito del día
diez bocas lo requerían
hambrientas cada mañana.

Y qué iba hacer mi mamita
con tanto pollo piando,
el mayorcito estudiando
las ciencias matemáticas.
"Benhaiga l’hora maldita"
me digo muy iracunda;
la aguja se desenfunda,
la máquina se zancocha,
la costurera trasnocha
como guitarra fecunda.

Un día que los chiquillos
rodeaban el braserillo,
el último rescoldito
apenas daba su brillo,
oigo una banda de grillos
que invitan a una función,
el requinto y el trombón
con su brillante sonoro.
"¡Circo!" gritaron en coro,
yo escucho con emoción.

En la cancha ’e los perales,
decía el cartel volante
que le quité delirante
a un cabro vecino mío.
Dichosa yo me sonrío
de ver un tony estampa’o;
se ríe tan desboca’o
que se le veid’ hast’ el alma.
Su gesto en la mida empalma
como en la tierra el ara’o.

En casa plata no había
para comprar lo esencial,
menos habrá pa’ botar
en circos de porquería.
Función de ganch’ ofrecían,
diez veces le repetí,
Roberto Chepe que sí
me dice con emoción.
Digamos que pa’l zanjón
nos vamos a hacer pichí.

En esta vida engañosa.


Para el que deja la tierra,
la muerte es el fin del mundo;
con un dolor sin segundo
le puso fin a esta guerra.
Le ha dado esta vida perra,
por un minuto de gusto,
ciento veinte mil disgustos,
y no es un exagerar:
se viene al mundo a pasar
las penas de San Jobundo.

Yo digo, dónde estará
la luz de la explicación,
de llegar uno al panteón
y otro a la maternidad.
Me falta capacidad
pa’ hablar con inteligencia,
por qué con tanta paciencia
se va el cristiano del mundo.
Tal vez en aquel segundo
principia la deligencia.

Sepa Dios qué paraíso
le destinaron al alma;
de no, por qué tanta calma
cuando se apaga el granizo.
Se olvidan los compromisos,
las deudas, los juramentos;
se apagan los sentimientos
en el minuto fatal.
Seguro que la verdad
la vive el que yace muerto.

El vivo llora doliente
la muerte de su difunto;
este no entiende el asunto.
Cómo se calla sonriente,
durmiendo tranquilamente
con cuatro velas flameantes,
diciéndonos, arrogante,
que hay gran placer en la jaula,
y que no entiende la maula
de no enjaularlo más antes.

En esta vida engañosa
el alma es la que molesta;
en una y otra protesta
se pasa la tragediosa.
Ya ven, distinta es la cosa
cuando se duerme el humano,
pero si agarra el cristiano
en sueño seguir viviendo,
la pesadilla al momento
lo apresa de pies y manos.
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