Voy a empezar con el “estoy aburrida”. Este verano se me ha dado por fumar tanta weed que lo único que me saca de ese estado de sopor es armar un porro enorme y drogarme en compañía de mi dealer. Sinceramente eso está hasta las webas cuando lo analizo un domingo por la noche que, para precisar, es el equivalente a hoy o ahorita mismo. Acostarme con una chica no ha solucionado nada. El sexo telefónico tampoco. El porno ni qué decir. Me aburro, me aburren, nos aburrimos si pasamos un día sin alcohol o sin drogas. M. cree que estoy bien a su lado. Mentira. Le dejo que crea eso porque me da pereza infinita explicarle lo mal que la paso cuando no nos acostamos. Y lo bueno es que estoy sin ningún cargo de conciencia, lo cual me alegra mucho. Estamos conscientes de que soy un completo desastre cuando se trata de un nosotros o un nosotras, pero ella lo deja pasar y asume que con el tiempo me voy a acostumbrar a su rutina salvadora de excesos; los míos, por supuesto.
La última vez que hablé con C. llegamos a la conclusión de que si tuviera un arma de fuego me pasaría el día puliéndola con solvente dieléctrico hasta que el día cumpliera sus estrictas veinticuatro horas o, en tiempo sidéreo, veintitrés horas, cincuenta y seis minutos y cuatro segundos, dato que he memorizado por calmar mi obsesión con los números múltiplos de tres. Continuando con el tema, he desechado trabajos, viajes, salidas, de todo menos yerba. Mis amigos más cercanos han pasado a las filas de los olvidados, las chicas que antes me llamaban ahora son un montón de nombres en una agenda telefónica, hasta a mi mamá la he dejado en último plano. Desde que se fue de Lima con la excusa de ir un par de semanas de vacaciones a Trujillo (una de sus mejores mentiras porque ahora sabemos que no vuelve hasta después de un año) la vida se ha vuelto más apacible. Aclaro que eso no me provoca sentimientos de odio o de angustia, todo lo contrario, creo que he perdido tensión.
El ciclo anterior fue un fracaso, reprobar el curso más importante por hacerle caso a mis enredos mentales fue una completa estupidez, en eso estamos de acuerdo (C. y yo). Entonces qué fue lo primero que hice ni bien tuve oportunidad de drogarme hasta las orejas por falta de responsabilidades académicas: enseriarme con M. Cuando preguntó si íbamos en serio, asentí con la cabeza. Genial, entonces estoy en una relación por primera vez. Momento, pero si me llama estoy rogando que alguien la interrumpa para que cuelgue el teléfono. O que pase un chico medianamente interesante para engañarla. Dónde está ese lado bonito que no asoma las narices por ningún lado. Creo, y estoy casi segura, que se fue con la primera mujer que me gustó en la vida. Sería desconsiderado decirle chica, ella es una mujer y yo una chiquilla más en su historial de roces fugaces. Y está bien, no quiero ser una mujer aún. Estoy cómoda con esta dejadez absoluta que me impide anhelar una figura más adulta de mí misma. Eres una hija de puta cuando te lo propones, que es más o menos el noventa por ciento del tiempo en los últimos seis meses.
Quiero/necesito/me provoca/encanta la yerba, lo reconozco. Sin un porro estoy muerta del aburrimiento. Los libros ayudaban, ahora no. A todos esos los quiero quemar en una hoguera para entrar en pánico y lanzar mi humanidad junto con ellos a las brasas, arrepentirme en última instancia; luego, por retardo a la hora del pensamiento, mirar al aire en su estado más turbio, con ese perfume olor a carne quemada que probablemente reventaría las fosas nasales de cualquier ser viviente en un santiamén; además de esos dióxidos y monóxidos de carbono con sus porciones de metano correspondientes si nos ponemos un poco más estrictos con las ciencias naturales. ¿Y el tabaco? Perdió exclusividad en mis momentos de ocio, ahora es parte de un ritual más complejo que, como ya se habrán dado cuenta, se resume a lanzar.
Pero entonces por qué sales a correr todas las noches si está implícita la disciplina del deportista amateur, pregunta C. Ah, eso es porque es violencia color azul, 99.1% pura. Correr significa sodomizar mentalmente a varias de las criaturas nobles que rodean mi existencia. Amo correr. En el último metro de agitación empiezo a enfocarme en una sola figura y me esfuerzo por imaginar un crochet poderoso que descabece a mi contrincante en el último round. Él o ellos o ellas son ese púgil negro de larga experiencia; un Apollo atacando en la lona a su delicioso Iván Drago transfigurado en una chiquilla que no pasa el metro sesenta y cinco. Los pulveriza. No hay pelea de venganza en ninguna de mis hipotéticas escenas mentales porque si no está latente el riesgo del derrumbe a gancho limpio, además del ridículo hiriente de mi materia intercelular. Y es ahí cuando me veo espectando retraída en el cuadrilátero, la última línea de discurso del vengador de mi Apollo, la cual siendo honesta sería el peor final para el fin de mis días de vida.
Entretanto rehúyo a mi novia. El cometido de esta salida por la puerta falsa es que ella se dé cuenta la inutilidad de seguir conmigo. De verdad, en serio, en serio, sería muy feliz si me terminara por teléfono, pero sé que no lo hará porque está obstinada en hacer de mí la persona buena y brillante que cree soy. Pamplinas. Sandeces. Pero es que no la puedo culpar; porque a M. la entiendo más de lo que se imagina, tiempo atrás fui más terca que ella (con otra ella), solo que eso ya no importa hoy. Lo único importante es que hizo conmigo lo que se le dio la gana ni bien hallaba la cerradura de una puerta y que eso le gustó mucho. Ciertamente a mí también. ¿O fue al revés y no me acuerdo? Vaya el diablo a saber... Como le repetía antes a M. por mensajería móvil, estoy hablando en serio, sin ninguna intención de levantar la ceja derecha por sarcasmo: que la aproveche otra con promesas en los labios, con los diez dedos apretándole una rodilla o esos besitos esporádicos para visión solapada de su entorno social juvenil; porque sabes, M., seguramente van a quererte más bonito que yo, como en esas canciones que te sabías de memoria y que me hacías escuchar mientras relajábamos la espalda en mitad de la cama, con las rodillas dobladas y los pies bailando a mitad del piso, como en esa balada de playlist gringo que me dedicaste, o esa canción interpretada en perfecto español de España que nunca le pude regalar a nadie, la de irregular grabación en una cinta de caset verde agua, casi idéntico al color del mar donde aprendí a desear (por primera vez) el cuerpo de una mujer y no de una adolescente. Sabrás comprender si acaso el deseo es el raro entendimiento de lo que mueve a las hormonas, o si solo es la perfecta excusa para escapar a hurtadillas por tu ventana mientras repito una y otra vez lo que te dije desde un principio, pero que quizá nunca te provocó escuchar por tener esa almohada encima de la cabeza cada vez que te visitaba de madrugada. Lo único malo es recordar esa escena familiar que nunca debí compartir en tu casa, ese es el único sinsabor que podría quedar después del punto final o el instante mismo cuando mi mano levante el auricular del teléfono fijo para empezar la escena del escucha, te estoy terminando de veras de veritas y esta vez va en serio.
La última vez que hablé con C. llegamos a la conclusión de que si tuviera un arma de fuego me pasaría el día puliéndola con solvente dieléctrico hasta que el día cumpliera sus estrictas veinticuatro horas o, en tiempo sidéreo, veintitrés horas, cincuenta y seis minutos y cuatro segundos, dato que he memorizado por calmar mi obsesión con los números múltiplos de tres. Continuando con el tema, he desechado trabajos, viajes, salidas, de todo menos yerba. Mis amigos más cercanos han pasado a las filas de los olvidados, las chicas que antes me llamaban ahora son un montón de nombres en una agenda telefónica, hasta a mi mamá la he dejado en último plano. Desde que se fue de Lima con la excusa de ir un par de semanas de vacaciones a Trujillo (una de sus mejores mentiras porque ahora sabemos que no vuelve hasta después de un año) la vida se ha vuelto más apacible. Aclaro que eso no me provoca sentimientos de odio o de angustia, todo lo contrario, creo que he perdido tensión.
El ciclo anterior fue un fracaso, reprobar el curso más importante por hacerle caso a mis enredos mentales fue una completa estupidez, en eso estamos de acuerdo (C. y yo). Entonces qué fue lo primero que hice ni bien tuve oportunidad de drogarme hasta las orejas por falta de responsabilidades académicas: enseriarme con M. Cuando preguntó si íbamos en serio, asentí con la cabeza. Genial, entonces estoy en una relación por primera vez. Momento, pero si me llama estoy rogando que alguien la interrumpa para que cuelgue el teléfono. O que pase un chico medianamente interesante para engañarla. Dónde está ese lado bonito que no asoma las narices por ningún lado. Creo, y estoy casi segura, que se fue con la primera mujer que me gustó en la vida. Sería desconsiderado decirle chica, ella es una mujer y yo una chiquilla más en su historial de roces fugaces. Y está bien, no quiero ser una mujer aún. Estoy cómoda con esta dejadez absoluta que me impide anhelar una figura más adulta de mí misma. Eres una hija de puta cuando te lo propones, que es más o menos el noventa por ciento del tiempo en los últimos seis meses.
Quiero/necesito/me provoca/encanta la yerba, lo reconozco. Sin un porro estoy muerta del aburrimiento. Los libros ayudaban, ahora no. A todos esos los quiero quemar en una hoguera para entrar en pánico y lanzar mi humanidad junto con ellos a las brasas, arrepentirme en última instancia; luego, por retardo a la hora del pensamiento, mirar al aire en su estado más turbio, con ese perfume olor a carne quemada que probablemente reventaría las fosas nasales de cualquier ser viviente en un santiamén; además de esos dióxidos y monóxidos de carbono con sus porciones de metano correspondientes si nos ponemos un poco más estrictos con las ciencias naturales. ¿Y el tabaco? Perdió exclusividad en mis momentos de ocio, ahora es parte de un ritual más complejo que, como ya se habrán dado cuenta, se resume a lanzar.
Pero entonces por qué sales a correr todas las noches si está implícita la disciplina del deportista amateur, pregunta C. Ah, eso es porque es violencia color azul, 99.1% pura. Correr significa sodomizar mentalmente a varias de las criaturas nobles que rodean mi existencia. Amo correr. En el último metro de agitación empiezo a enfocarme en una sola figura y me esfuerzo por imaginar un crochet poderoso que descabece a mi contrincante en el último round. Él o ellos o ellas son ese púgil negro de larga experiencia; un Apollo atacando en la lona a su delicioso Iván Drago transfigurado en una chiquilla que no pasa el metro sesenta y cinco. Los pulveriza. No hay pelea de venganza en ninguna de mis hipotéticas escenas mentales porque si no está latente el riesgo del derrumbe a gancho limpio, además del ridículo hiriente de mi materia intercelular. Y es ahí cuando me veo espectando retraída en el cuadrilátero, la última línea de discurso del vengador de mi Apollo, la cual siendo honesta sería el peor final para el fin de mis días de vida.
Entretanto rehúyo a mi novia. El cometido de esta salida por la puerta falsa es que ella se dé cuenta la inutilidad de seguir conmigo. De verdad, en serio, en serio, sería muy feliz si me terminara por teléfono, pero sé que no lo hará porque está obstinada en hacer de mí la persona buena y brillante que cree soy. Pamplinas. Sandeces. Pero es que no la puedo culpar; porque a M. la entiendo más de lo que se imagina, tiempo atrás fui más terca que ella (con otra ella), solo que eso ya no importa hoy. Lo único importante es que hizo conmigo lo que se le dio la gana ni bien hallaba la cerradura de una puerta y que eso le gustó mucho. Ciertamente a mí también. ¿O fue al revés y no me acuerdo? Vaya el diablo a saber... Como le repetía antes a M. por mensajería móvil, estoy hablando en serio, sin ninguna intención de levantar la ceja derecha por sarcasmo: que la aproveche otra con promesas en los labios, con los diez dedos apretándole una rodilla o esos besitos esporádicos para visión solapada de su entorno social juvenil; porque sabes, M., seguramente van a quererte más bonito que yo, como en esas canciones que te sabías de memoria y que me hacías escuchar mientras relajábamos la espalda en mitad de la cama, con las rodillas dobladas y los pies bailando a mitad del piso, como en esa balada de playlist gringo que me dedicaste, o esa canción interpretada en perfecto español de España que nunca le pude regalar a nadie, la de irregular grabación en una cinta de caset verde agua, casi idéntico al color del mar donde aprendí a desear (por primera vez) el cuerpo de una mujer y no de una adolescente. Sabrás comprender si acaso el deseo es el raro entendimiento de lo que mueve a las hormonas, o si solo es la perfecta excusa para escapar a hurtadillas por tu ventana mientras repito una y otra vez lo que te dije desde un principio, pero que quizá nunca te provocó escuchar por tener esa almohada encima de la cabeza cada vez que te visitaba de madrugada. Lo único malo es recordar esa escena familiar que nunca debí compartir en tu casa, ese es el único sinsabor que podría quedar después del punto final o el instante mismo cuando mi mano levante el auricular del teléfono fijo para empezar la escena del escucha, te estoy terminando de veras de veritas y esta vez va en serio.