InicioArteEscritor Santiagueño: Jorge rosenberg
Jorge Rosenberg nació en 1948 en la ciudad de Santiago del Estero. Licenciado en Sociología, es sumamente conocido en esta ciudad por su exitosa serie de viñetas de la sociedad local, publicados durante varios años en un diario local y sucesivamente como libros, bajo el título de El Libro del Zoco, I,II, III y IV.
Dijo de él José Andrés Rivas, decano de la Facultad de Letras de la Universidad Nacional de Santiago del Estero:
Cuando el poeta se repliega en sí mismo el mundo que lo rodea desaparece y sólo existe aquel universo interior que lo habita. Este es un lejano oficio de poetas para quienes el territorio de su alma puede a veces coincidir con el territorio de la geografía que lo circunda; pero otras veces, no.
Una inquietud de este tipo aparece en la poesía de Jorge Rosenberg, para quien el poema suele ser el territorio donde se agitan los fantasmas familiares, las voces del recuerdo que llegan a través del lejano tamiz de la nostalgia. La referencia constante a las imágenes de la infancia, a la ausencia del padre añorado, a la presencia de la madre, son los reflejos de una antigua batalla en donde se funden las dos tradiciones culturales que lo habitan: la judía y la criolla. Cuando él confirma en los poemas de La pelota de la luna (1987) su inevitable condición de "santiagueño por atardecer" anuncia un antiguo amanecer en que una parte de sus antepasados llegaron desde muy lejos. Millones de habitantes de un país, que otrora atraía a la inmigración, compartimos ese pasado. Pero en la poesía de Jorge Rosenberg ese regreso a los orígenes y la confirmación de identidad aparecen como una inquietud permanente.
Jorge Rosenberg es actualmente director de la Biblioteca 9 de Julio.

Urpila

No hay mejor manera de confirmar la vida, a la vez de excluir por algunos instantes las declaradas ausencias, que la de mirar a los pájaros. El diálogo de dos urpilas coquetas sobre la tierra seca es para mí una maravilla de la existencia, una belleza enaltecida, escenificación en gris de la ternura.
Los pájaros cambian de tono su plumaje y el trino de su candor según las provincias o regiones del norte argentino.
La urpilita santiagueña estuvo aquí desde el comienzo, inevitablemente color gris claro, de plumaje lisito y muy lisito.
Palomita dulce, paseandera entre los árboles caídos, emite un sonido que es su canto, también gris, que es como la metáfora de la soledad cuando el sol decide no dormir.
En la memoria de mis ojos siempre presente, están dos urpilas coquetas sobre la tierra seca, una ha pegado un saltito para sortear un charco azul, la otrita en cambio, se ha quedado mirándome, para darle una siesta de caricias al olvido del amor. Y la siesta entonces dura para siempre y para más después.

De talleres, de baldíos y de sexo


Obligadamente tengo que llevar mi cupé italiana modelo 73 al electricista; un taller que funciona en un baldío de la calle Alvarado casi Colón. Mientras, Gustavo, el titular del taller me lo repara el arranque y unos foquitos, yo, despacito, bien despacito, caminando para atrás como si fuera Micoki, me voy arrimando a uno de los parantes de colorado que sostiene un voladizo de chapa. Siento en el costado izquierdo del cuerpo, con que me apoyo, un roce de grietas antiquísimas, de canaletas de una corteza casi solidificada, casi como piedra, por el sol, la soledad, la lejanía y el olvido. Cómo se vuelven eternos los palos de colorado, cómo nos trascienden. Este en que me apoyo es un sacha horcón, porque es medio finito y medio chato.
Qué lindo baldío para jugar a los bandidos con revólveres con seva o con esos rifles que sabíamos fabricar con palos de escoba, con goma de auto y con broche de la ropa. Qué lindo baldío para jugar a la redonda o a las bolitas; que lindo baldío para jugar a la catadita; para hacer casitas arriba de esos dos algarrobos blancos que están ahí. Qué lindo sería jugar al hoyito chipaco y afusilar contra esa tapia pulverizada de salitre, y después hacer guerra con pocotos. Y al final sentarme solito en la tierra lisita y escribir un nombre de mujer con una ramita de algarrobo. Acurrucarme contra el revoque fulminado de la tapia para trata de vencer el dolor, el propio dolor, no el dolor ajeno, porque un baldío o un hueco de esta cuidad no es propiamente el dolor ajeno, es la metáfora de la impotencia y de la soledad.
Yo pienso que nunca se les ha dado a los baldíos, entre las afatas pataleos, llevan un sello para siempre. (Un tema para la carrera de Ciencias de la Educación, pero es difícil que la ciencia aquí se anime a arriesgar tanto); más seguro es el guardapolvo bien planchado y la tonta corbatita; lo más seguro es educar al soberano con los laureles que ya supimos conseguir. La Pedagogía necesita puntaje, sí señor, puntaje. No, el baldío didáctico no va.
Este taller de electricidad del automóvil, como todo taller o como toda gomería, tiene un almanaque clavado en una pared con revoque de salitre, con la foto de una rubia despampanante, de hermosos pechos, de ojos celestes. Sin embargo, este taller resulta discreto comparado con otros que conozco, o como por ejemplo las diosas de los almanaques de la gomería “La sin rival”, de Purela Rodríguez, allá en la calle Viano y Pueyrredón; en esa piecita, mi amigo sabía tener (entre otros), un almanaque con la foto de una mujer que me volvía loco. Muchas veces, aunque no haya pinchado ninguna rueda ni nada, sabía detenerme para verla a la morocha maravillosa: propaganda de aros “Perfect Circle”; un pubis levemente cubierto por una tanga celeste y con una de sus manos sostenía un aro (de los motores; lector, lectora) y expresaba; “este año cambie su aro”, sonriente y tan amorosa, parecía estar mirándome a los ojos apenas yo pisaba la gomería; hasta que un buen día, mejor dicho un mal día, mi tonto e inocente amigo Purela, la hizo desaparecer, poniéndole encima un almanaque del 94, ilustrado por una rubia descomunal, casi desnuda, casi perfecta, pero con esa cara de estúpida digna de las mejores miniseries norteamericanas.
Bueno, le digo a Purela, ya sé que hemos entrado al 94, pero el hecho que hayamos entrado a un nuevo año no excluye una pasión, dejate de embromar y ponela de nuevo a la morocha divina del 93, aunque sea que te equivoques las fechas de todos los cumpleaños y feriados de este año, no importa, de cualquier manera nos espera un año miserable, ya lo verás.
Y si les cuento de la pinacoteca erótica del taller “El Porrón”, de Cuso Silvensses. El me confesó una mañana que todas esas leonas de los almanaques eran en realidad primas de él de apellido Champion; y yo le sabía decir si por qué no tenía ni siquiera una prima filósofa. Un hermoso taller mecánico, tanto por la persona de su titular como por las fotos primorosas de los almanaques con sus primas.
Ahora, yo me pregunto ¿Por qué sólo a los dueños de los talleres y gomerías le está permitido esta espectacular exposición de belleza y erotismo?. Esto no ocurre con ninguna otra profesión: ni en los abogados, ni en los contadores públicos, ni en los licenciados. Sólo a ellos.
¿Será porque solamente tienen clientes masculinos?, pero si ahora también manejan autos y motos las mujeres. En todo caso, sería democrático que pongan también almanaques con algún muchacho musculoso.
Pienso en esos abogados tan elegantes y serios que tienen en sus escritorios toneladas de libros de La Ley, generalmente detrás de su sillón de mando, como diciendo atrás mío reside la ley, los honorarios que le van a salir son otra cosa, otra cuestión. Bien podrían cambiar esa decoración de mal gusto por unos lindos almanaques que transmitan placer y erotismo; seguramente aumentarían la cartera de clientes, sin necesidad de tanto libro de La Ley, que nunca llegan a abolir en el camino de la vida ni la deshonra ni el patíbulo.
Pienso en los cuadritos con paisajes japoneses en las casa de los oficiales de justicia. Pienso en los cuadros caros, de firma, de las casas de los nuevos ricos, que generalmente saben muy poco de arte, pero cuadros de firma, de las casas de los nuevos ricos, que generalmente saben muy poco de arte, pero cuadros de firma deben de tener, como no van a tener. Pienso en las paredes de las oficinas públicas, de eso mejor ni hablar.
¿Por qué no seguir el ejemplo de libertad y deseo que se mama cuando se llega a un taller mecánico o a una gomería?
¿Por qué seguir con ese onanismo tan acartonado, tan solitario, tan insano? Podría ser un avance, aunque sea pequeño en pos de la liberación sexual de la población de la ciudad de Santiago del Estero, una ciudad de sexo culposo, sacrificado, tan estúpidamente heroico, tan poco simple y claro, y tan desgraciadamente machista.
Un buen programa de salud mental debería incluir visitas guiadas a los talleres mecánicos y gomerías, aunque parezca una idea loca.
Miro hacia atrás, como quien se acuerda de su padre, y miro los talleres de entonces, seguramente ya habría algún indicio de erotismo en los almanaques de propaganda, y chicas bonitas, pero con mallas de una sola pieza o algún shortcito. Claro que es evidente que la filosofía y la cosmovisión han cambiado en estos reductos, se han liberado, pero sí no tanto en la gomería del Gordo Borrás, amigo mío, que denota una importante ausencia de sensualidad en sus paredes.
Los baldíos, sin embargo, no: siguen siendo la metáfora de la impotencia y la soledad, donde un changuito juega a escribir un nombre de mujer y el suyo con una espinosa ramita de chañar en la tierra lisita y siguen siendo huecos para la iniciación del amor en tanta changada.
Gloria y loor, honra sin paz.

Las noches de Islas y los servicios de un mozo singular
(Para mis amigos los Lechuga Navascues)

Para los que fuimos "jóvenes estudiantes", el camino que nacía en el conocimiento, en los libros de la noche, pasando después por una tira dorada con papas fritas en la esquina de Islas, terminaba siempre en una dicha.
Siguiendo la premisa de que el sabor de la comida depende, no tanto de los ingredientes ni de los condimentos ni de la preparación, sino

de la personalidad del que entrega el alimento, la tira de asado de Islas fue única en el tiempo aquel en que la servía Tucho Méndez.
Ubicado frente a la esquina de Gimnasia B.B.C., en la calle Garibaldi y Congreso, Islas reunía en noches interminables a compañeros y amigos. Cuando cerró sus puertas murieron con él los servicios de un mozo muy singular: Tucho Méndez, mozo y comensal que iba atendiendo las mesas dejando en cada una un vaso para él, así tomaba con todos los presentes. Si una pareja se colocaba en un rincón, Tucho traía tres vasos, entonces ya no eran dos, una tercera persona ocuparía el lugar del fantasma, de la tercera persona del deseo o simplemente de Tucho, el cartonazo de la cabeza color naranja, teñido con un preparado que le sacaba a la hermana. Era la hospitalidad santiagueña elevada hasta los grados límites.
Recuerdo su aspecto tan particular; zapatos mocasines tan gastados que parecían "chatitas", pelo color medio naranja peinado con Brancato o Ricibrill, pantalones "tiro corto" como Cantinflas pero de otro color.
"No me jodas", decía, "sino de un cabezazo te voy a voltear toda la mugre", como si la cara de uno fuera un guardabarros, como si el cuerpo de uno fuera una chapa herrumbrada que junta el barro del tiempo y de las veredas. Tucho hablaba con tonada porteña de arrabal, jugaba a ser porteño. Popularizó términos como "salame", "cartón", "cartonazo", "tigre", "profeta". Autor del tango "La Pucha Pucha" que dice así: "Las doce de la cheno, qué harán los chochamus, estarán en el feca, jugando al yarbí, o estarán colados, en un casamiento, qué solo me siento, la pucha pucha pucha".
(¿Cuánto ganas aquí Tucho?, 3.500 fuera de los descuidos...)
Algunos tirados a ilustrados solían decirle Tucho Menéndez y Pidal. Su espíritu siempre estaba alegre, su humor se cuenta como uno de los más hermosos de este siglo.
Cuando por primera y única vez en la vida Tony Curtis recaló por unas horas en Santiago del Estero para ir a filmar Taras Bulba en la provincia de Salta, allá por los 60, estaba desayunando en la Confitería Ideal, Tucho lo ve y se le acerca, le dice "qué hacés cartón", con una familiaridad que hizo temblar la taza del norte americano.
"Dejame que te haga una breve sinosis", solía decir haciéndose el difícil.
Qué cosa, aterrizar en la noche alta en Islas para rematar era como una consigna, una toma de maravillosa inconsciencia que nos juntaba con amigos.
Boliche de los Navascues, lugar fuerte que perdura en nuestra memoria. Tiras como alpargatas del ocho. Libros, mucha ternura, la risa de Tucho Méndez, el vino que sellaba de infinito los besos que habían quedado suspendidos en los labios casi hasta el amanecer.
Una carcajada, un vaso vacío, otra carcajada en un vaso vacío, y otra más, y otra más.
Eso es todo, una carcajada en un vaso vacío. La ausencia.

De El Libro del Zoco I, Quipu Editorial, Santiago del Estero, 1996.


http://www.santiagocultura.com.ar/rosenberg.htm



http://www.santiagocultura.com.ar/isla.htm
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