andresarga
Usuario (Argentina)
Paso a explicar que es esto del barro que asfixia esta anguila,fue un especio cultural que se realizo a principios de este año en mi ciudad (santiago del estero),en un bar mitico de la ciudad,El de los Cabezones.En donde se juntaban diversas actividades artisiticas,en cada fecha,por un lado teniamos relatos literarios,buena musica a cargo de la "BANDA INESTABLE DEL BAR DE...",la cual realizaba versiones de temas de los Redondos a modo de ejemplo,hicieron Ropa Sucia en clave de Jazz,con arreglos de 2 violines,etc.Se les abrio las puertas a musicos locales (a los que destaco la presencia de bandas como Frondoso Prontuario,Herejes, y la presencia de los miembros de Alimaña y muchos mas) a que suban al escenario,y sumado a todo esto se presentaban videos de la mas amplia variedad,pasando por Janis Joplin,Hendrix,animaciones,Jazz,hasta Cortazar paso por aqui. Principio de Arquimedes El asunto sigue siendo entender los signos en la hoja de ruta. Martínez cree que los arabescos que ha trazado en el papel pueden entenderse como carta de navegación. Yo no discuto, sólo manejo, si una noche de estas amanecemos incrustados en medio de la Gral. Paz, no va a ser mi culpa. El resto de la tripulación ha sabido entender que esta humildad no es otra muestra de lo precario y que las pulgas que los habitan sirven al menos para dar cierta vitalidad a sus cuerpos. Hay una de la carga (como les llama Martínez) que puede mover la punta de los dedos ni bien se le presta un poco de atención y hasta llega a abrir la boca cuando le hablas. A Martínez y a los otros les gusta ir atrás y hablarle seguido, yo no, me dan asco las pulgas. El médico de la base me revisó y dijo que lo mío es un miedo venéreo, yo sé que son sólo las pulgas. Además no quiero encariñarme, puede que un día de estos no sepa cómo descifrar los dibujos de Martínez y ahí sí que no puedo volver a tener asco ni nada. Mejor no, además la carga dura tan poco. Martínez dice que no sufren cuando dan contra el agua, que para el caso es lo mismo porque ya vienen amortiguados de la base. A mi me da la impresión que el vértigo los mata en el aire. Los cuerpos paralelos al río, los miembros agitándose, blandiendo en vano sus extremidades, siempre que los veo caer pienso en que la velocidad no sólo come del tiempo. Suboficial Principal Antonio Domínguez, Plan de vuelo, Buenos Aires 2076 Números redondos No hay violentas flores negras, sólo lentos ascensores. Desde este punto de caos partimos para ser hoy calma derramada. El poeta se suponía entre lentas flores y trató de descoser su mundo con un par de palabras desafiladas. No hay gaviotas, ni abiertos horizontes, sólo esta sensatez de barro que nos cubre todos los contratos. Quisiéramos algo más: caminos sin plazo fijo, abrazos que no multipliquen, papeles sin gastadas oraciones. Pero al cabo de un día somos una cucaracha herida que no le teme a tu zapato. Es todo lo que se debe repartir, la inútil paciencia de los resignados. Pienso en estas cosas mientras miro un papel con un número en la silla de un banco. Juan María Brausen, Postales de Santa María, 1939. Lentos exorcismos Es de otra estirpe este diablo. Con el primer saludo de su cola te da señales de vida, baila rituales fenéticos a ras de la nada. Parece encantador tanto misterio. Te invita a buscar los abismos, te promete horizontes sin futuro. Le crees, debes creerle, de eso depende el encantamiento, a eso estriba toda magia. Repites las palabras que te dice al oído, cuando hace frío y falta mujer en el cuerpo. Aprendes a comerte las uñas asiduamente, aprendes a que eso sea tu único alimento, al tiempo ya todo será reflexivo. Vas despreciando puertas, asumiendo caminos que no te sabrán, esa es tu tarea, vivir en ascuas, ser un remiendo de fugacidad en la piedra. Nunca termina su tarea de escribirte los finales, nunca se completa el plan de huida. Un día te enseña cómo planear en la tormenta y al otro no te permite que arrugues el pliegue de tu camisa. Le prestas tu cuerpo noche a noche, le cubres las orfandades día tras día. Este negocio siempre termina igual, con un ángel gastado comiendo de tus miedos, mientras el futuro sigue insinuando plazos fijos. Pedro J. Pietre, Anotaciones 1980 link: http://www.videos-star.com/watch.php?video=U4FAKRpUCYY link: http://www.videos-star.com/watch.php?video=tikpXhko0sk link: http://www.videos-star.com/watch.php?video=OHyqTuTMuGQ Les recomiendo que visiten el Blog del recopilador de todo esta mixtura artistica http://elbarroqueasfixiaestaanguila.blogspot.com/ Fuente: http://elbarroqueasfixiaestaanguila.blogspot.com/ http://www.youtube.com/watch?v=U4FAKRpUCYY http://www.youtube.com/watch?v=U4FAKRpUCYY http://www.youtube.com/watch?v=OHyqTuTMuGQ
Aqui les dejo uno de los capitulos de la autobiografia de Enrique Symns,un personaje bastante conocido del under argentino y ex monologuista de los redondos!espero q les guste... Siempre hay que volver Siempre hay que volver El primer bar que conocí en mi vida estaba frente a la estación de trenes de Monte Grande, mi pueblo natal. Tenía 12 años y con mi amigo José, que todavía era más chico que yo, nos escapábamos por las noches. Cuando mi tía Angélica se quedaba dormida, yo salía por la ventana, caminaba por los techos y me encontraba con José en la escalera del edificio de la panadería donde el vivía con su familia. Habitualmente nos conseguíamos un trago que robábamos de la alacena de nuestras casas. Quizás empezábamos con oporto, vino moscazo o vermouth Cinzano, las bebidas que se consumían en nuestros hogares. Tomábamos aquellas dosis y nos cagabamos de risa. En reír y tratar de contener sin conseguirlo aquellas carcajadas consistía nuestra embriaguez. Fue la primera droga que me ayudo a salir a explorar el mundo. Para eso están las drogas, para ayudarnos a dejar de ver esa obstinada tranquera que nos impide ingresar en lo desconocido, para obligarnos a ser nosotros mismos. Pero José economizaba el tiempo de sus excursiones nocturnas; no solo era mas chico sino que también tenia una familia que lo controlaba mas. Así que yo comencé a extender el territorio de mis excursiones hasta alcanzar la estación de trenes y de ese bar en donde inexplicablemente me dejaban entrar por las noches mientras los clientes asiduos juegan a las cartas o al dominó. Desde las ventanas miraba el ir y venir de los trenes y me imaginaba lo que pocos meses después hice: subirme a uno de ellos y zambullirme en esa fantasía inaudita que era Buenos Aires. Recuero con nitidez palpitante todos los miedos que me habitaban. No eran tan intensos los que tenia que ver con el peligro físico, el castigo familiar o policial, como el miedo a decepcionarme con el mundo. ¿Y si no hubiera otra cosa más allá del horizonte de mi vida cotidiana? A medida que mi conducta se fue haciendo caótica. Me importo cada vez menos que descubrieran mis ausencias y aun que mi tía me encontrara alcoholizado en mi cama todas las mañanas. En el bar había un personaje que admiraba. Era un petiso malandra y peleador, un autentico choro experto en todos los trucos de la pelea callejera, un matón, pero chistoso y hasta cariñoso conmigo. El petiso se había encariñado conmigo. Yo era un niño muy flaco y esmirriado y en ese lugar eran pocos los que me prestaban atención. Sin embargo, el petiso siempre me convidaba. -¿querés tomar un café con leche? –me preguntaban cada noche con expresión picara y codeando a sus acompañantes como si estuviera a punto de mostrarles una gracia. -No… prefiero una ginebrita… Todos se reían y bromeaban con mi exigencia pero, finalmente, con esa estupenda inmoralidad de los hombres de la noche, la ginebrita llegaba a mis manos. Yo me la tomaba casi por asalto y rápidamente quedaba en un estado de éxtasis frente a las maniobras de la vida adulta: las bromas, los empujones, el lenguaje sexual violento y grosero y a veces también las peleas. La fama de peleador del petiso era muy grande; sin embargo, yo nunca había tenido la oportunidad de comprobarlo. Hasta que una noche, muy tarde, cuando ya había decidido continuar estirando mis horarios de permanencia en el bar, entro un grandote, un hombre verdaderamente grande, con aspecto de obrero de la construcción o ferroviario, de andar fiero y mirada esquiva, que pidió un café. Enseguida el petiso se “enamoro” del grandote. Era la palabra que usaban los peleadores para señalar el momento en que un peleador decide, sin motivo alguno, buscar pelea con un desconocido. Era el tiempo del famoso “¿Qué me miras?”. Yo estaba distraído esa noche porque había conseguido sentarme en la mesa de la ventana, con mi ginebrita, para mirar el mejor paisaje del universo: la llegada y partida de los trenes. Así que no fui testigo de los primeros escarceos. De inmediato el grandote acepto el reto y salio. Por la ventana, durante casi un minuto, quizá menos, tuve la oportunidad de ver la destreza increíble del petiso para enfrentar al grandote. Este no tuvo la menor oportunidad de acertarle una piña que seguramente hubiera noqueado al hombre de menor envergadura. Una serie de patadas y trompadas asestadas desmañadamente pero a gran velocidad por el petiso, que se agarraba al farol de la luz y lo usaba como punto de apoyo para lanzar sus mandobles y patadas, dieron por tierra con el rival. El grandote cayó al medio de la calle y allí quedo repantigado. El petiso no siguió pegándole; rodeado por sus amigos, volvió al bar. El desarrollo de la pelea me había dejado completamente hipnotizado, pero lo que sucedió a continuación fue asombroso. Vi por la ventana como el grandote se ponía de pie, se sacudía las ropas y, con el rostro ensangrentado, volvía a la puerta del bar e invitaba a su rival a seguir peleando. Afuera se había formado un pequeño tumulto de hecho yo era el único que permanecía en el bar ya que el cajero y el mozo también habían salido a observar la pelea. El grandote volvió a recibir una terrible paliza y nuevamente regreso por más. No recuero exactamente si fueron tres o cuatro rounds lo de aquella despareja pelea, pero si la expresión preocupada, casi con un poco de miedo del petiso cuando vio regresa al grandote una vez mas. Confuso, se dejo rodear por sus amigos, que hablaban de la policía y de lo peligroso que significaba seguir con aquella riña. Finalmente el petiso se fue del bar. El grandote, medio destrozado, se sento en la misma mesa en donde estaba su café ya frío y, mientras se limpiaba la sangre con la camisa, exigió que le sirvieran otra taza. Me quede mirándolo largamente y, cuando le trajeron el nuevo café, se dirigio al mozo, aunque yo siempre creí que hablaba conmigo, porque me miraba a los ojos con una expresión risueña, casi de alegría: -Hay que volver –murmuro-, siempre hay que volver. Aun hoy escucho a veces esa voz sin terminar de comprender que es lo que quiso decir. Pero se que esa frase seguirá resonando siempre, como un himno guerrero en mi memoria Enrique Symns Fuente:"El Señor de los Venenos" Enrique Symns (es una transcripcion del libro hecha por mi)
Jorge Rosenberg nació en 1948 en la ciudad de Santiago del Estero. Licenciado en Sociología, es sumamente conocido en esta ciudad por su exitosa serie de viñetas de la sociedad local, publicados durante varios años en un diario local y sucesivamente como libros, bajo el título de El Libro del Zoco, I,II, III y IV. Dijo de él José Andrés Rivas, decano de la Facultad de Letras de la Universidad Nacional de Santiago del Estero: Cuando el poeta se repliega en sí mismo el mundo que lo rodea desaparece y sólo existe aquel universo interior que lo habita. Este es un lejano oficio de poetas para quienes el territorio de su alma puede a veces coincidir con el territorio de la geografía que lo circunda; pero otras veces, no. Una inquietud de este tipo aparece en la poesía de Jorge Rosenberg, para quien el poema suele ser el territorio donde se agitan los fantasmas familiares, las voces del recuerdo que llegan a través del lejano tamiz de la nostalgia. La referencia constante a las imágenes de la infancia, a la ausencia del padre añorado, a la presencia de la madre, son los reflejos de una antigua batalla en donde se funden las dos tradiciones culturales que lo habitan: la judía y la criolla. Cuando él confirma en los poemas de La pelota de la luna (1987) su inevitable condición de "santiagueño por atardecer" anuncia un antiguo amanecer en que una parte de sus antepasados llegaron desde muy lejos. Millones de habitantes de un país, que otrora atraía a la inmigración, compartimos ese pasado. Pero en la poesía de Jorge Rosenberg ese regreso a los orígenes y la confirmación de identidad aparecen como una inquietud permanente. Jorge Rosenberg es actualmente director de la Biblioteca 9 de Julio. Urpila No hay mejor manera de confirmar la vida, a la vez de excluir por algunos instantes las declaradas ausencias, que la de mirar a los pájaros. El diálogo de dos urpilas coquetas sobre la tierra seca es para mí una maravilla de la existencia, una belleza enaltecida, escenificación en gris de la ternura. Los pájaros cambian de tono su plumaje y el trino de su candor según las provincias o regiones del norte argentino. La urpilita santiagueña estuvo aquí desde el comienzo, inevitablemente color gris claro, de plumaje lisito y muy lisito. Palomita dulce, paseandera entre los árboles caídos, emite un sonido que es su canto, también gris, que es como la metáfora de la soledad cuando el sol decide no dormir. En la memoria de mis ojos siempre presente, están dos urpilas coquetas sobre la tierra seca, una ha pegado un saltito para sortear un charco azul, la otrita en cambio, se ha quedado mirándome, para darle una siesta de caricias al olvido del amor. Y la siesta entonces dura para siempre y para más después. De talleres, de baldíos y de sexo Obligadamente tengo que llevar mi cupé italiana modelo 73 al electricista; un taller que funciona en un baldío de la calle Alvarado casi Colón. Mientras, Gustavo, el titular del taller me lo repara el arranque y unos foquitos, yo, despacito, bien despacito, caminando para atrás como si fuera Micoki, me voy arrimando a uno de los parantes de colorado que sostiene un voladizo de chapa. Siento en el costado izquierdo del cuerpo, con que me apoyo, un roce de grietas antiquísimas, de canaletas de una corteza casi solidificada, casi como piedra, por el sol, la soledad, la lejanía y el olvido. Cómo se vuelven eternos los palos de colorado, cómo nos trascienden. Este en que me apoyo es un sacha horcón, porque es medio finito y medio chato. Qué lindo baldío para jugar a los bandidos con revólveres con seva o con esos rifles que sabíamos fabricar con palos de escoba, con goma de auto y con broche de la ropa. Qué lindo baldío para jugar a la redonda o a las bolitas; que lindo baldío para jugar a la catadita; para hacer casitas arriba de esos dos algarrobos blancos que están ahí. Qué lindo sería jugar al hoyito chipaco y afusilar contra esa tapia pulverizada de salitre, y después hacer guerra con pocotos. Y al final sentarme solito en la tierra lisita y escribir un nombre de mujer con una ramita de algarrobo. Acurrucarme contra el revoque fulminado de la tapia para trata de vencer el dolor, el propio dolor, no el dolor ajeno, porque un baldío o un hueco de esta cuidad no es propiamente el dolor ajeno, es la metáfora de la impotencia y de la soledad. Yo pienso que nunca se les ha dado a los baldíos, entre las afatas pataleos, llevan un sello para siempre. (Un tema para la carrera de Ciencias de la Educación, pero es difícil que la ciencia aquí se anime a arriesgar tanto); más seguro es el guardapolvo bien planchado y la tonta corbatita; lo más seguro es educar al soberano con los laureles que ya supimos conseguir. La Pedagogía necesita puntaje, sí señor, puntaje. No, el baldío didáctico no va. Este taller de electricidad del automóvil, como todo taller o como toda gomería, tiene un almanaque clavado en una pared con revoque de salitre, con la foto de una rubia despampanante, de hermosos pechos, de ojos celestes. Sin embargo, este taller resulta discreto comparado con otros que conozco, o como por ejemplo las diosas de los almanaques de la gomería “La sin rival”, de Purela Rodríguez, allá en la calle Viano y Pueyrredón; en esa piecita, mi amigo sabía tener (entre otros), un almanaque con la foto de una mujer que me volvía loco. Muchas veces, aunque no haya pinchado ninguna rueda ni nada, sabía detenerme para verla a la morocha maravillosa: propaganda de aros “Perfect Circle”; un pubis levemente cubierto por una tanga celeste y con una de sus manos sostenía un aro (de los motores; lector, lectora) y expresaba; “este año cambie su aro”, sonriente y tan amorosa, parecía estar mirándome a los ojos apenas yo pisaba la gomería; hasta que un buen día, mejor dicho un mal día, mi tonto e inocente amigo Purela, la hizo desaparecer, poniéndole encima un almanaque del 94, ilustrado por una rubia descomunal, casi desnuda, casi perfecta, pero con esa cara de estúpida digna de las mejores miniseries norteamericanas. Bueno, le digo a Purela, ya sé que hemos entrado al 94, pero el hecho que hayamos entrado a un nuevo año no excluye una pasión, dejate de embromar y ponela de nuevo a la morocha divina del 93, aunque sea que te equivoques las fechas de todos los cumpleaños y feriados de este año, no importa, de cualquier manera nos espera un año miserable, ya lo verás. Y si les cuento de la pinacoteca erótica del taller “El Porrón”, de Cuso Silvensses. El me confesó una mañana que todas esas leonas de los almanaques eran en realidad primas de él de apellido Champion; y yo le sabía decir si por qué no tenía ni siquiera una prima filósofa. Un hermoso taller mecánico, tanto por la persona de su titular como por las fotos primorosas de los almanaques con sus primas. Ahora, yo me pregunto ¿Por qué sólo a los dueños de los talleres y gomerías le está permitido esta espectacular exposición de belleza y erotismo?. Esto no ocurre con ninguna otra profesión: ni en los abogados, ni en los contadores públicos, ni en los licenciados. Sólo a ellos. ¿Será porque solamente tienen clientes masculinos?, pero si ahora también manejan autos y motos las mujeres. En todo caso, sería democrático que pongan también almanaques con algún muchacho musculoso. Pienso en esos abogados tan elegantes y serios que tienen en sus escritorios toneladas de libros de La Ley, generalmente detrás de su sillón de mando, como diciendo atrás mío reside la ley, los honorarios que le van a salir son otra cosa, otra cuestión. Bien podrían cambiar esa decoración de mal gusto por unos lindos almanaques que transmitan placer y erotismo; seguramente aumentarían la cartera de clientes, sin necesidad de tanto libro de La Ley, que nunca llegan a abolir en el camino de la vida ni la deshonra ni el patíbulo. Pienso en los cuadritos con paisajes japoneses en las casa de los oficiales de justicia. Pienso en los cuadros caros, de firma, de las casas de los nuevos ricos, que generalmente saben muy poco de arte, pero cuadros de firma, de las casas de los nuevos ricos, que generalmente saben muy poco de arte, pero cuadros de firma deben de tener, como no van a tener. Pienso en las paredes de las oficinas públicas, de eso mejor ni hablar. ¿Por qué no seguir el ejemplo de libertad y deseo que se mama cuando se llega a un taller mecánico o a una gomería? ¿Por qué seguir con ese onanismo tan acartonado, tan solitario, tan insano? Podría ser un avance, aunque sea pequeño en pos de la liberación sexual de la población de la ciudad de Santiago del Estero, una ciudad de sexo culposo, sacrificado, tan estúpidamente heroico, tan poco simple y claro, y tan desgraciadamente machista. Un buen programa de salud mental debería incluir visitas guiadas a los talleres mecánicos y gomerías, aunque parezca una idea loca. Miro hacia atrás, como quien se acuerda de su padre, y miro los talleres de entonces, seguramente ya habría algún indicio de erotismo en los almanaques de propaganda, y chicas bonitas, pero con mallas de una sola pieza o algún shortcito. Claro que es evidente que la filosofía y la cosmovisión han cambiado en estos reductos, se han liberado, pero sí no tanto en la gomería del Gordo Borrás, amigo mío, que denota una importante ausencia de sensualidad en sus paredes. Los baldíos, sin embargo, no: siguen siendo la metáfora de la impotencia y la soledad, donde un changuito juega a escribir un nombre de mujer y el suyo con una espinosa ramita de chañar en la tierra lisita y siguen siendo huecos para la iniciación del amor en tanta changada. Gloria y loor, honra sin paz. Las noches de Islas y los servicios de un mozo singular (Para mis amigos los Lechuga Navascues) Para los que fuimos "jóvenes estudiantes", el camino que nacía en el conocimiento, en los libros de la noche, pasando después por una tira dorada con papas fritas en la esquina de Islas, terminaba siempre en una dicha. Siguiendo la premisa de que el sabor de la comida depende, no tanto de los ingredientes ni de los condimentos ni de la preparación, sino de la personalidad del que entrega el alimento, la tira de asado de Islas fue única en el tiempo aquel en que la servía Tucho Méndez. Ubicado frente a la esquina de Gimnasia B.B.C., en la calle Garibaldi y Congreso, Islas reunía en noches interminables a compañeros y amigos. Cuando cerró sus puertas murieron con él los servicios de un mozo muy singular: Tucho Méndez, mozo y comensal que iba atendiendo las mesas dejando en cada una un vaso para él, así tomaba con todos los presentes. Si una pareja se colocaba en un rincón, Tucho traía tres vasos, entonces ya no eran dos, una tercera persona ocuparía el lugar del fantasma, de la tercera persona del deseo o simplemente de Tucho, el cartonazo de la cabeza color naranja, teñido con un preparado que le sacaba a la hermana. Era la hospitalidad santiagueña elevada hasta los grados límites. Recuerdo su aspecto tan particular; zapatos mocasines tan gastados que parecían "chatitas", pelo color medio naranja peinado con Brancato o Ricibrill, pantalones "tiro corto" como Cantinflas pero de otro color. "No me jodas", decía, "sino de un cabezazo te voy a voltear toda la mugre", como si la cara de uno fuera un guardabarros, como si el cuerpo de uno fuera una chapa herrumbrada que junta el barro del tiempo y de las veredas. Tucho hablaba con tonada porteña de arrabal, jugaba a ser porteño. Popularizó términos como "salame", "cartón", "cartonazo", "tigre", "profeta". Autor del tango "La Pucha Pucha" que dice así: "Las doce de la cheno, qué harán los chochamus, estarán en el feca, jugando al yarbí, o estarán colados, en un casamiento, qué solo me siento, la pucha pucha pucha". (¿Cuánto ganas aquí Tucho?, 3.500 fuera de los descuidos...) Algunos tirados a ilustrados solían decirle Tucho Menéndez y Pidal. Su espíritu siempre estaba alegre, su humor se cuenta como uno de los más hermosos de este siglo. Cuando por primera y única vez en la vida Tony Curtis recaló por unas horas en Santiago del Estero para ir a filmar Taras Bulba en la provincia de Salta, allá por los 60, estaba desayunando en la Confitería Ideal, Tucho lo ve y se le acerca, le dice "qué hacés cartón", con una familiaridad que hizo temblar la taza del norte americano. "Dejame que te haga una breve sinosis", solía decir haciéndose el difícil. Qué cosa, aterrizar en la noche alta en Islas para rematar era como una consigna, una toma de maravillosa inconsciencia que nos juntaba con amigos. Boliche de los Navascues, lugar fuerte que perdura en nuestra memoria. Tiras como alpargatas del ocho. Libros, mucha ternura, la risa de Tucho Méndez, el vino que sellaba de infinito los besos que habían quedado suspendidos en los labios casi hasta el amanecer. Una carcajada, un vaso vacío, otra carcajada en un vaso vacío, y otra más, y otra más. Eso es todo, una carcajada en un vaso vacío. La ausencia. De El Libro del Zoco I, Quipu Editorial, Santiago del Estero, 1996. Fuente: http://www.santiagocultura.com.ar/rosenberg.htm http://www.nuevodiarioweb.com.ar/VerNota.aspx?id=92556 http://www.nuevodiarioweb.com.ar/(A(TiZEh1ukyAEkAAAANzI2Zjk5NjItZWM5NS00OTZjLTkxYmUtMzg5MjZkNjlhM2RhHDb5dsTqnc9EFjJ5DRG3lrwHYOs1)S(pfeimhjae1mh5heuxlwfi4jk))/VerNota.aspx?id=84539 http://www.santiagocultura.com.ar/isla.htm