Pétalos rosados
Eloísa era una hermosísima muchacha, con una redonda carita de ángel, unos potentes ojos azules, y unos cabellos rubios que llegaban hasta los hombros. Tenía catorce años cuando conoció al amor de su vida, Marco, dos años mayor. Un malentendido había llegado a sus pequeños oídos, algo así como “a él le gustas” de boca de Marta, su mejor amiga, y si bien tal pensamiento, si es que existía, nunca había salido realmente de la mente de muchacho, ese simple empujón fue suficiente para echar a rodar la gigantesca rueda de las miradas y no miradas y sonrisas y ojos absortos en el vacío del espacio y en el fantástico ámbito de la ensoñación. Habiéndose dado todo de este modo, no pasó mucho antes de que sucedieran esas cosas maravillosas que hacen del amor el jardín por excelencia del alma humana. Una tarde salieron juntos a pasear, y con timidez, mirando hacia otro lado, indecisa, acercó su mano a la del chico. Ese fue el momento justo; en ese instante, un efluvio violento de éxtasis recorre todo el cuerpo, colmando de una comezón extraña hasta la última célula del organismo. Desde entonces, ¡qué maravilloso paisaje! ¡Qué júbilo inefable! Un magnifico paseo por el nebuloso trance del romance; sensaciones de este tipo bastan para dejar a una pequeña alma enajenada de gozo, pero más que nada, de ansiedad. Se besaron en una heladería; en un principio fue un discreto contacto de labios, pero en el tercer beso, alguien metió la lengua, no se sabe bien quién.
Marco, chico delgado y de estatura media, con un carácter tímido y bondadoso, era muy adinerado. Su familia era una de las más importantes de la región, y era cosa sabida que eran gentes muy exigentes con su hijo, al cual sometían a intensas horas de estudios agobiantes. Sin embargo, se alegraron de la noticia, pues desde hacía tiempo que les preocupaba una cosa concerniente a la sexualidad del hijo. En tempranos análisis psicoanalíticos (hechos por rutina, nada más) habían sido alertados de una latente homosexualidad en el pequeñito, que se manifestaría muy posiblemente en la adolescencia. Hicieron cuanto pudieron para desviar estas desviaciones: tratamientos hipnóticos, juegos subliminales; en fin, dardos apuntados al inconsciente para reducir la posibilidad de errores. Como era de esperarse, tomaron la noticia del noviazgo (que se aseguraron rígidamente fuese con una chica) de buena gana, pero no tardaron en concientizar al chico sobre un par de aspectos simples pero férreos: es cosa de chicos nada más; no descuide las tareas; no dude en soltar todo si se aburre, y en buscar algo mejor prontamente. Le hablaron hasta el hartazgo de las medidas que son necesarias tomar en ese tipo de relaciones para evitar las noticias inoportunas: lo correcto es el látex y nunca pastillas (le remarcaron esto último con apasionado ahínco). Caso contrario era el de la humilde familia de Eloísa. Su padre no era un puritano hecho a la antigua, pero ciertamente veía a su niña como lo que era, una niña. Tardó unos siete meses en enterarse del romance de los adolescentes, dos meses más que la madre. La idea no le agradó para nada, pero ante los lloriqueos y las suplicas de la pequeña, no pudo hacer más que aceptarlo de mala gana, pues era un hombre muy razonable en ocasiones.
El enamoramiento iba en ascenso, como subiendo cuadrigas en la idea platónica del amor, como flotando en nubes maravillosas hacía Júpiter. Pero no se puede subir tanto sin que en las alturas se perciban las tensiones atmosféricas. El día de los colores era una salida anual que hacían los chicos de secundaria; todos los cursos se reunían el día previo a las vacaciones para una serie de competiciones deportivas, y era el día del amor por excelencia. Era el último año del muchacho, que ante las insistencias de sus compañeros, se había convencido de que no había manera de que él termine el colegio sin haber obtenido algo más que un beso. “Te espero en el baño, no hay nadie”, se leía en un mensaje que le había enviado a su novia. A Eloísa se le helaron los huesos, los nervios comenzaron a trabajar su cuerpo de un modo en que ya casi no se la reconocía en su mirada. Se dirigió sigilosamente al baño, temblando de miedo. Efectivamente, no había nadie, nadie, excepto Marco, su amor. Se besaron como solían hacerlo, pero hubo algo distinto esta vez. La mano del muchacho se deslizó lentamente hacía ese lugar afrodisíaco (algunas dice que el más) de las mujeres, que está debajo del ombligo y entre las piernas. Eloísa abrió los ojos de par en par, las mejillas le ardían. Apretó las piernas y contrajo los glúteos, pero los dedos se pusieron juguetones, y no lo pudo soportar; se separó violentamente, dándole la espalda a Marco, al tiempo que se limpiaba la saliva que caía de sus pequeños labios. El muchacho no estaba para dudas, pues a esas alturas tenía la verga más que dura, y se lo hizo saber. Violentamente apoyó el discreto bulto que apenas cabeceaba por encima del jogging, y con torpeza (pues si bien había planeado esto mucho tiempo en horas y horas de meditación, de un milimétrico pensar, de ver videos pornográficos para asegurarse de hacerlo lo mejor posible, a estas alturas la teoría se había desvanecido en la sangre que se acumulaba en la brillante cabeza del miembro) comenzó toquetear los pequeños pechos de la joven. Eloísa intentó resistirse, si bien estaba aturdida; cerró los ojos con fuerza y mil cosas pasaron por su cabeza. Diez pensamientos e imagines que abalaban lo que sucedía, otros treinta que no. Estaban en este forcejeo (pues ella intentaba librarse, con débiles movimientos de brazos, con débiles gemidos que no hacían más que hinchar el glande del muchacho) cuando escucharon un ruido. Se acercaba un grupo de estudiantes risueños. Rápidamente se metieron en una sección del baño, y trabaron la puerta. Sus respiraciones se confundían; ambos sudaban gruesas gotas de transpiración por casi todo el cuerpo; los corazones se sentían percutir a través del pecho con violencia. Fue en ese momento cuando vio por primera vez el miembro de un chico; claro que ya había visto algunas imágenes educativas, y en una ocasión distinguió uno muy fugazmente en un clandestino pseudo video porno que se repartía entre las chicas del curso; pero ninguna de esas vanas impresiones se comparaban a la orgánica sensación de estar viendo un pedazo de carne vivo. No lo vio completamente; tan sólo una pequeña cabeza que había quedado atrapada entre el elástico del pantalón y la remera, que se asomaba tímidamente como una tortuga. Apartó la vista con rapidez, pero la imagen de esa bolita rosa se le quedó grabada en la memoria durante varios días. Finalmente, estando el baño vacío, salieron del escondite. Él intentó hablar, pero ella corrió con velocidad sin decir ni oír nada.
Los días pasaron con lentitud y Marco no pudo dormir bien, amén de la preocupación a la que se había sometido su alma. Eloísa no devolvía sus mensajes, que se acumulaban en la bandeja de salida como cosas molestas. ¡Qué desdicha! Tan prontos estaban a cumplir el año de noviazgo… este pensamiento iluminó su cabeza, que le pidió a sus padres unos días de vacaciones para celebrar sus boletines perfectos. Los motivos corrientes bastaron; cerca de la mayoría de edad, los padres creyeron que la idea no era pésima, y accedieron. Sin embargo, una mueca de disgusto se dibujó en sus rostros cuando el joven les mencionó el nombre de Eloísa. Se apresuraron a interrogarle discreta pero rudamente, y le inquirieron si la relación se había consumado. Con vergüenza, con incomodidad, Marco respondió que no. No lo dudaron, la operación debía hacerse. Hubieran preferido (así lo tenían planeado hace años) convidarle al hijo los servicios de una dama de confianza, bien atentos de lo que sucedía, todo en extremo control; sin embargo la idea de que el hecho de desenvolviera en un ambiente natural les pareció próspera; atentos a esto y a la necesidad de afirmar la virilidad del muchacho, consintieron el viaje. Marco explotaba de felicidad; armado de valor, se presentó en la casa de su querida, habiéndose procurado un horario en que el atemorizante padre estuviera ausente. Fue recibido amistosamente por la madre, que había notado el humor bajo de la hija, y a falta de fuerzas para preguntarle, había atribuido sus cuitas a dilemas del corazón. La niña lo vio entrando en la habitación, y se sintió llena de júbilo. ¿Qué había pasado por su cabecita desde el atropellado incidente? Nada más que dudas, canales de estrechas ocurrencias que desembocaron en un enorme lago arrepentimiento. Muchas de estos de estas ideas venían de los mensajes de Marta, de su confiable y certera Marta, que la empujaba siempre a cruzar esa invisible línea (que a ella le resultaba una suerte de paredón), que separa lo que no estaba bien de lo que no estaba bien aceptar. Como suele pasar cuando uno recuerda la prudencia con la actuó en tiempos pasados, y la ve lleno de vergüenza, pletórico del fulgor de la pasión actual, ignorante de los motivos que lo habían llevado a actuar de tal modo, tomó la decisión de no volver a dudar nunca. Así se lo hizo saber, en voz baja (pues la madre les había dejado la consigan de dejar la puerta abierta) a Marco, a su querido Marco, al que veía más con cariño y como símbolo de un incierto avance hacia la madurez, que con excitación genuina y genital. Se abrazaron, se besaron discreta y velozmente, y el joven no tuvo el valor de mentarle sus nuevas; conforme con el grato reencuentro, dichoso con el grato reencuentro, volvió a pensar en el viaje una vez llegó a su casa. Una serie de mensajes cursis y amorosos y de desastrosa literatura siguieron a esa visita, hasta que finalmente se puso la cuestión sobre la mesa: un viaje a la playa más grandiosa del país, sólo ellos dos, toda una semana. ¡Cómo relatar las emociones de Eloísa al leer esto! Casi se cae de la cama. En un principio un profundo temor se había apoderado de ella, y presta estaba a negar rotundamente la posibilidad de acometer la salida, cuando recordó su promesa: nunca volver a dudar. ¡Qué de contradicciones surgieron en su mente! Aún si lograba sortear sus temores, y su corazón era lo suficientemente fuerte, estaba segura de lo que le diría su padre. Dejó la respuesta en stand by, pero a la mañana, ante las inquisitivas preguntas de Marco, tecleó un sí rotundo. Se amaron con palabras por espacio de unos cuarenta caracteres; él vagaba sonriente por la casa, ella cabizbaja.
La fecha pactada se acercaba y Eloísa no abría la boca en presencia de su familia. Acudió a Marta en busca de consejos, pero la joven se limitó a escarmentar su poca valentía, y la instó a imponer sus derechos de mujercita sin más argumentos que el de un imperativo casi categórico, poco verosímil para cualquier persona cabal que haya pasado los quince años. La ingenua muchacha así procedió. Un buen regaño bastó para mandarla llorando a su habitación.
Eloísa era una hermosísima muchacha, con una redonda carita de ángel, unos potentes ojos azules, y unos cabellos rubios que llegaban hasta los hombros. Tenía catorce años cuando conoció al amor de su vida, Marco, dos años mayor. Un malentendido había llegado a sus pequeños oídos, algo así como “a él le gustas” de boca de Marta, su mejor amiga, y si bien tal pensamiento, si es que existía, nunca había salido realmente de la mente de muchacho, ese simple empujón fue suficiente para echar a rodar la gigantesca rueda de las miradas y no miradas y sonrisas y ojos absortos en el vacío del espacio y en el fantástico ámbito de la ensoñación. Habiéndose dado todo de este modo, no pasó mucho antes de que sucedieran esas cosas maravillosas que hacen del amor el jardín por excelencia del alma humana. Una tarde salieron juntos a pasear, y con timidez, mirando hacia otro lado, indecisa, acercó su mano a la del chico. Ese fue el momento justo; en ese instante, un efluvio violento de éxtasis recorre todo el cuerpo, colmando de una comezón extraña hasta la última célula del organismo. Desde entonces, ¡qué maravilloso paisaje! ¡Qué júbilo inefable! Un magnifico paseo por el nebuloso trance del romance; sensaciones de este tipo bastan para dejar a una pequeña alma enajenada de gozo, pero más que nada, de ansiedad. Se besaron en una heladería; en un principio fue un discreto contacto de labios, pero en el tercer beso, alguien metió la lengua, no se sabe bien quién.
Marco, chico delgado y de estatura media, con un carácter tímido y bondadoso, era muy adinerado. Su familia era una de las más importantes de la región, y era cosa sabida que eran gentes muy exigentes con su hijo, al cual sometían a intensas horas de estudios agobiantes. Sin embargo, se alegraron de la noticia, pues desde hacía tiempo que les preocupaba una cosa concerniente a la sexualidad del hijo. En tempranos análisis psicoanalíticos (hechos por rutina, nada más) habían sido alertados de una latente homosexualidad en el pequeñito, que se manifestaría muy posiblemente en la adolescencia. Hicieron cuanto pudieron para desviar estas desviaciones: tratamientos hipnóticos, juegos subliminales; en fin, dardos apuntados al inconsciente para reducir la posibilidad de errores. Como era de esperarse, tomaron la noticia del noviazgo (que se aseguraron rígidamente fuese con una chica) de buena gana, pero no tardaron en concientizar al chico sobre un par de aspectos simples pero férreos: es cosa de chicos nada más; no descuide las tareas; no dude en soltar todo si se aburre, y en buscar algo mejor prontamente. Le hablaron hasta el hartazgo de las medidas que son necesarias tomar en ese tipo de relaciones para evitar las noticias inoportunas: lo correcto es el látex y nunca pastillas (le remarcaron esto último con apasionado ahínco). Caso contrario era el de la humilde familia de Eloísa. Su padre no era un puritano hecho a la antigua, pero ciertamente veía a su niña como lo que era, una niña. Tardó unos siete meses en enterarse del romance de los adolescentes, dos meses más que la madre. La idea no le agradó para nada, pero ante los lloriqueos y las suplicas de la pequeña, no pudo hacer más que aceptarlo de mala gana, pues era un hombre muy razonable en ocasiones.
El enamoramiento iba en ascenso, como subiendo cuadrigas en la idea platónica del amor, como flotando en nubes maravillosas hacía Júpiter. Pero no se puede subir tanto sin que en las alturas se perciban las tensiones atmosféricas. El día de los colores era una salida anual que hacían los chicos de secundaria; todos los cursos se reunían el día previo a las vacaciones para una serie de competiciones deportivas, y era el día del amor por excelencia. Era el último año del muchacho, que ante las insistencias de sus compañeros, se había convencido de que no había manera de que él termine el colegio sin haber obtenido algo más que un beso. “Te espero en el baño, no hay nadie”, se leía en un mensaje que le había enviado a su novia. A Eloísa se le helaron los huesos, los nervios comenzaron a trabajar su cuerpo de un modo en que ya casi no se la reconocía en su mirada. Se dirigió sigilosamente al baño, temblando de miedo. Efectivamente, no había nadie, nadie, excepto Marco, su amor. Se besaron como solían hacerlo, pero hubo algo distinto esta vez. La mano del muchacho se deslizó lentamente hacía ese lugar afrodisíaco (algunas dice que el más) de las mujeres, que está debajo del ombligo y entre las piernas. Eloísa abrió los ojos de par en par, las mejillas le ardían. Apretó las piernas y contrajo los glúteos, pero los dedos se pusieron juguetones, y no lo pudo soportar; se separó violentamente, dándole la espalda a Marco, al tiempo que se limpiaba la saliva que caía de sus pequeños labios. El muchacho no estaba para dudas, pues a esas alturas tenía la verga más que dura, y se lo hizo saber. Violentamente apoyó el discreto bulto que apenas cabeceaba por encima del jogging, y con torpeza (pues si bien había planeado esto mucho tiempo en horas y horas de meditación, de un milimétrico pensar, de ver videos pornográficos para asegurarse de hacerlo lo mejor posible, a estas alturas la teoría se había desvanecido en la sangre que se acumulaba en la brillante cabeza del miembro) comenzó toquetear los pequeños pechos de la joven. Eloísa intentó resistirse, si bien estaba aturdida; cerró los ojos con fuerza y mil cosas pasaron por su cabeza. Diez pensamientos e imagines que abalaban lo que sucedía, otros treinta que no. Estaban en este forcejeo (pues ella intentaba librarse, con débiles movimientos de brazos, con débiles gemidos que no hacían más que hinchar el glande del muchacho) cuando escucharon un ruido. Se acercaba un grupo de estudiantes risueños. Rápidamente se metieron en una sección del baño, y trabaron la puerta. Sus respiraciones se confundían; ambos sudaban gruesas gotas de transpiración por casi todo el cuerpo; los corazones se sentían percutir a través del pecho con violencia. Fue en ese momento cuando vio por primera vez el miembro de un chico; claro que ya había visto algunas imágenes educativas, y en una ocasión distinguió uno muy fugazmente en un clandestino pseudo video porno que se repartía entre las chicas del curso; pero ninguna de esas vanas impresiones se comparaban a la orgánica sensación de estar viendo un pedazo de carne vivo. No lo vio completamente; tan sólo una pequeña cabeza que había quedado atrapada entre el elástico del pantalón y la remera, que se asomaba tímidamente como una tortuga. Apartó la vista con rapidez, pero la imagen de esa bolita rosa se le quedó grabada en la memoria durante varios días. Finalmente, estando el baño vacío, salieron del escondite. Él intentó hablar, pero ella corrió con velocidad sin decir ni oír nada.
Los días pasaron con lentitud y Marco no pudo dormir bien, amén de la preocupación a la que se había sometido su alma. Eloísa no devolvía sus mensajes, que se acumulaban en la bandeja de salida como cosas molestas. ¡Qué desdicha! Tan prontos estaban a cumplir el año de noviazgo… este pensamiento iluminó su cabeza, que le pidió a sus padres unos días de vacaciones para celebrar sus boletines perfectos. Los motivos corrientes bastaron; cerca de la mayoría de edad, los padres creyeron que la idea no era pésima, y accedieron. Sin embargo, una mueca de disgusto se dibujó en sus rostros cuando el joven les mencionó el nombre de Eloísa. Se apresuraron a interrogarle discreta pero rudamente, y le inquirieron si la relación se había consumado. Con vergüenza, con incomodidad, Marco respondió que no. No lo dudaron, la operación debía hacerse. Hubieran preferido (así lo tenían planeado hace años) convidarle al hijo los servicios de una dama de confianza, bien atentos de lo que sucedía, todo en extremo control; sin embargo la idea de que el hecho de desenvolviera en un ambiente natural les pareció próspera; atentos a esto y a la necesidad de afirmar la virilidad del muchacho, consintieron el viaje. Marco explotaba de felicidad; armado de valor, se presentó en la casa de su querida, habiéndose procurado un horario en que el atemorizante padre estuviera ausente. Fue recibido amistosamente por la madre, que había notado el humor bajo de la hija, y a falta de fuerzas para preguntarle, había atribuido sus cuitas a dilemas del corazón. La niña lo vio entrando en la habitación, y se sintió llena de júbilo. ¿Qué había pasado por su cabecita desde el atropellado incidente? Nada más que dudas, canales de estrechas ocurrencias que desembocaron en un enorme lago arrepentimiento. Muchas de estos de estas ideas venían de los mensajes de Marta, de su confiable y certera Marta, que la empujaba siempre a cruzar esa invisible línea (que a ella le resultaba una suerte de paredón), que separa lo que no estaba bien de lo que no estaba bien aceptar. Como suele pasar cuando uno recuerda la prudencia con la actuó en tiempos pasados, y la ve lleno de vergüenza, pletórico del fulgor de la pasión actual, ignorante de los motivos que lo habían llevado a actuar de tal modo, tomó la decisión de no volver a dudar nunca. Así se lo hizo saber, en voz baja (pues la madre les había dejado la consigan de dejar la puerta abierta) a Marco, a su querido Marco, al que veía más con cariño y como símbolo de un incierto avance hacia la madurez, que con excitación genuina y genital. Se abrazaron, se besaron discreta y velozmente, y el joven no tuvo el valor de mentarle sus nuevas; conforme con el grato reencuentro, dichoso con el grato reencuentro, volvió a pensar en el viaje una vez llegó a su casa. Una serie de mensajes cursis y amorosos y de desastrosa literatura siguieron a esa visita, hasta que finalmente se puso la cuestión sobre la mesa: un viaje a la playa más grandiosa del país, sólo ellos dos, toda una semana. ¡Cómo relatar las emociones de Eloísa al leer esto! Casi se cae de la cama. En un principio un profundo temor se había apoderado de ella, y presta estaba a negar rotundamente la posibilidad de acometer la salida, cuando recordó su promesa: nunca volver a dudar. ¡Qué de contradicciones surgieron en su mente! Aún si lograba sortear sus temores, y su corazón era lo suficientemente fuerte, estaba segura de lo que le diría su padre. Dejó la respuesta en stand by, pero a la mañana, ante las inquisitivas preguntas de Marco, tecleó un sí rotundo. Se amaron con palabras por espacio de unos cuarenta caracteres; él vagaba sonriente por la casa, ella cabizbaja.
La fecha pactada se acercaba y Eloísa no abría la boca en presencia de su familia. Acudió a Marta en busca de consejos, pero la joven se limitó a escarmentar su poca valentía, y la instó a imponer sus derechos de mujercita sin más argumentos que el de un imperativo casi categórico, poco verosímil para cualquier persona cabal que haya pasado los quince años. La ingenua muchacha así procedió. Un buen regaño bastó para mandarla llorando a su habitación.