Nació el 29 de abril de 1931 y falleció en Buenos Aires el 10 de marzo de 2016 , fue un pintor argentino asociado con la vanguardia de la década de 1960.

Autodidacta, trabajó en publicidad y artes gráficas; exhibió por vez primera en la Galería Galatea en 1956, despertando el interés de Clorindo Testa y Rogelio Polesello uniéndose al Grupo Boa y ganado el Premio De Ridder Prize en 1959.
Formó parte del grupo Siete Pintores Abstractos. Junto con Jorge de la Vega, Ernesto Deira y, fugazmente, Enrique Sobisch, fue uno de los representantes más destacados de la corriente denominada Nueva Figuración.



Ganó el premio internacional del Instituto Di Tella en 1962, convirtiéndose en sinónimo de la vanguardia junto a otros, como Luis Felipe Noé. Además recibió un Premio Konex por cada edición de Artes Visuales que se hace cada 10 años (1982, 1992 y 2002), en donde se premia lo mejor de cada década, por lo que significó, según la Fundación Konex, que durante 30 años estuvo entre los 5 mejores pintores de la Argentina.



Macció realizó exhibiciones en Europa y América, con retrospectivas e inclusión en colecciones como las del Museo Nacional de Bellas Artes (Buenos Aires) y del exterior.
"Soy mudo; por eso pinto", solía bromear cuando se le pedía una apreciación estética. De la misma manera, también descreía del arte conceptual, pedía que se dejara descansar en paz a Duchamp; el arte performático le parecía casi una parodia y excluía a la fotografía como una de las bellas artes. Se valía de esa disciplina sólo como una forma de obtener bocetos para sus pinturas. Sin embargo, el interés de curadores y coleccionistas por sus imágenes, tomadas con cámara analógica, en las que se encomiaba la forma singularísima de mirar de Macció, lo acercaron a su último proyecto: en noviembre se expondrán en Paris Photo sus imágenes de Buenos Aires, intervenidas con pintura, en un diálogo inédito con su colega mexicano Francisco Toledo.



"No pinto lo que veo, pinto lo que quiero ver", dijo alguna vez sobre los motivos plásticos que animaban sus cuadros, por lo general visiones de espacios que había observado en algún momento junto con alguna otra imagen extemporánea. Pero Macció tenía el don del artista excelso: podía hacer convivir en armonía dos elementos aparentemente disímiles. Su última exposición, en la galería Vasari, estuvo dedicada a la ciudad de Nueva York. Recreó en lienzos de gran formato escenas urbanas que, esta vez, sin embargo, operaban como crónicas visuales de lo que había visto o vivido una década atrás.
Sibarita, tímido, de un humor irónico y refinado, Macció tenía algo de fobia social. No le gustaba la sobreexposición y rechazaba la banalidad y las poses que a veces rodean al mundo del arte.









































Autodidacta, trabajó en publicidad y artes gráficas; exhibió por vez primera en la Galería Galatea en 1956, despertando el interés de Clorindo Testa y Rogelio Polesello uniéndose al Grupo Boa y ganado el Premio De Ridder Prize en 1959.
Formó parte del grupo Siete Pintores Abstractos. Junto con Jorge de la Vega, Ernesto Deira y, fugazmente, Enrique Sobisch, fue uno de los representantes más destacados de la corriente denominada Nueva Figuración.



Ganó el premio internacional del Instituto Di Tella en 1962, convirtiéndose en sinónimo de la vanguardia junto a otros, como Luis Felipe Noé. Además recibió un Premio Konex por cada edición de Artes Visuales que se hace cada 10 años (1982, 1992 y 2002), en donde se premia lo mejor de cada década, por lo que significó, según la Fundación Konex, que durante 30 años estuvo entre los 5 mejores pintores de la Argentina.



Macció realizó exhibiciones en Europa y América, con retrospectivas e inclusión en colecciones como las del Museo Nacional de Bellas Artes (Buenos Aires) y del exterior.
"Soy mudo; por eso pinto", solía bromear cuando se le pedía una apreciación estética. De la misma manera, también descreía del arte conceptual, pedía que se dejara descansar en paz a Duchamp; el arte performático le parecía casi una parodia y excluía a la fotografía como una de las bellas artes. Se valía de esa disciplina sólo como una forma de obtener bocetos para sus pinturas. Sin embargo, el interés de curadores y coleccionistas por sus imágenes, tomadas con cámara analógica, en las que se encomiaba la forma singularísima de mirar de Macció, lo acercaron a su último proyecto: en noviembre se expondrán en Paris Photo sus imágenes de Buenos Aires, intervenidas con pintura, en un diálogo inédito con su colega mexicano Francisco Toledo.



"No pinto lo que veo, pinto lo que quiero ver", dijo alguna vez sobre los motivos plásticos que animaban sus cuadros, por lo general visiones de espacios que había observado en algún momento junto con alguna otra imagen extemporánea. Pero Macció tenía el don del artista excelso: podía hacer convivir en armonía dos elementos aparentemente disímiles. Su última exposición, en la galería Vasari, estuvo dedicada a la ciudad de Nueva York. Recreó en lienzos de gran formato escenas urbanas que, esta vez, sin embargo, operaban como crónicas visuales de lo que había visto o vivido una década atrás.
Sibarita, tímido, de un humor irónico y refinado, Macció tenía algo de fobia social. No le gustaba la sobreexposición y rechazaba la banalidad y las poses que a veces rodean al mundo del arte.







































