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La Ráfaga Del Libro: G. K. Chesterton




(¯`•._.•[ G. K. Chesterton ]•._.•´¯)




G K Chesterton




(¯`•._.•[ 1874 - 1936 ]•._.•´¯)




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El profesor Openshaw perdía siempre la calma con un fuerte puñetazo dado sobre cualquier parte, si alguien lo llamaba espiritista o creyente en espiritismo. Pero esto, sin embargo, no agotaba sus explosivas facultades; porque también perdía la calma si alguien lo llamaba incrédulo en espiritismo. Tenía el orgullo de haber dedicado toda su vida a la investigación de los fenómenos físicos. También se enorgullecía de no haber dado nunca a entender que fueran realmente físicos o meramente fenoménicos. No había nada que lo complaciese más que sentarse en un círculo de devotos espiritistas y hacer minuciosas descripciones de cómo él había puesto en evidencia médium tras médium y fraude tras fraude; porque, realmente, era un hombre de talento detectivesco y claridad de ideas una vez que había fijado su vista en un objeto, y siempre la había fijado en un médium como en un objeto altamente sospechoso.
Existía una historia de cómo él había reconocido a un mismo charlatán espiritista bajo tres disfraces distintos: con vestido de mujer, con barba blanca de anciano y como un brahmán de brillante color de chocolate. Estos relatos dejaban a los verdaderos creyentes más bien sin reposo, cuando en realidad era lo que intentaban alcanzar. Pero apenas podían quejarse, ya que los espiritistas no niegan la existencia de médiums fraudulentos; sólo que las desbordantes narraciones del profesor parecían indicar que todos los médiums eran fraudulentos.
El profesor Openshaw, de figura flaca, pálida y leonada cabellera e hipnóticos ojos azules, permaneció cambiando algunas palabras con su amigo el padre Brown en la escalera del hotel, donde habían desayunado después de haber dormido aquella noche. El profesor había regresado algo tarde de uno de sus grandes experimentos con la consabida exasperación general.
Y permanecía agitado aún por la lucha que sostenía solo contra ambos bandos.
—¡Oh! Usted no cuenta —dijo, riendo—. No creo en ello ni cuando es verdad. Pero todas esas gentes están preguntándome perpetuamente qué es lo que estoy tratando de probar. Parecen no comprender que yo soy un hombre de ciencia. Un hombre de ciencia no está tratando de probar nada; trata de descubrir lo que se pruebe por sí mismo.
—Pero no lo ha descubierto todavía —dijo el padre Brown.
—Bien; yo tengo mis propias ideas, que no son tan completamente negativas como la mayoría de las gentes creen — contestó el profesor después de un instante de ceñudo silencio—
. Sea como fuere, he empezado a maliciar que, si hay algo que descubrir, ellos lo buscan por un camino equivocado. Todo es demasiado teatral; exhibiendo el brillante ectoplasma con trompetas, voces y todo lo demás. Todo ello según el modelo de los viejos melodramas y cenagosas novelas históricas acerca de la Familia de los Espíritus. Si se hubieran dirigido a la historia en lugar de a las novelas históricas, empiezo a creer que hubieran encontrado algo. Pero no apariciones, desde luego.
—Después de todo —dijo el padre Brown—, apariciones son sólo apariencias. Supongo que ha dicho usted que la Familia de los Espíritus está adelantándonos sólo apariencias.
La mirada del profesor, que tenía comúnmente un carácter fino y abstracto, se fijó, concentrándose como si tuviera ante sí un médium dudoso. Tenía un poco el aire de un hombre
atornillando una fuerte lente amplificadora ante sus ojos. No es que pensara que el sacerdote era, al fin y a la postre, un médium dudoso. Pero es que estaba alerta ante el pensamiento de su amigo, que parecía seguir tan de cerca al suyo.
—Apariencias —murmuró, sinuoso—, pero es extraordinario que usted lo haya dicho justamente ahora. Cuanto más aprendo, más me doy cuenta de que pierden el tiempo yendo detrás de las apariencias. Ahora bien, si ellos se fijaran un poco en lo contrario. . .
—Sí —dijo el padre Brown—, después de todo, los verdaderos cuentos de hadas, ¿qué eran sino leyendas acerca de las apariciones de famosas hadas? Llamando a Titania o mostrando a Oberón a la luz de la luna. Pero no tenían final de leyendas, de gentes desaparecidas. Porque eran secuestradas por hadas.
¿Está usted siguiendo la pista de Kilmeny o de Tomás el Rimador?
—Estoy tras la pista de vulgares gentes modernas, de las que usted ha leído en los periódicos —contestó Openshaw—. Puede mirarme con asombro, pero éste es mi juego ahora. Y he estado tras él largo tiempo. Francamente, creo que un gran número de apariencias físicas pueden ser explicadas ya del todo.
Son las desapariciones lo que no puedo explicar, a menos que sean físicas. Esas gentes citadas en los periódicos que desaparecen y nunca son encontradas. . . Si usted conociera los detalles como yo. . . Esta misma mañana tuve la confirmación. Una carta extraordinaria de un viejo misionero, un respetable anciano.
Ahora va a venir a verme a mi despacho. Tal vez cuando comamos juntos le cuente el resultado confidencialmente.
—Gracias, con mucho gusto. A menos que las hadas me hayan secuestrado para entonces.
Con esto se separaron y Openshaw dobló la esquina hacia la pequeña oficina que tenía alquilada en la vecindad. Principalmente para la publicación de un pequeño periódico de noticias físicas y psíquicas, de la más escueta y más agnóstica clase. Tenía un solo empleado, que se sentaba en el pupitre del despacho anterior, amontonando figuras y hechos para los propósitos de la relación impresa. El profesor se detuvo un momento para preguntar si Mr. Pringle había llegado. El empleado contestó mecánicamente que no y continuó ordenando grabados. Y el profesor siguió hacia el cuarto interior, que era el estudio.
—¡Oh! A propósito, Berridge —dijo sin volverse—, si Mr. Pringle viene, mándemelo en seguida. No es necesario que deje su trabajo. Desearía que esas notas estuvieran listas para esta
noche, si es posible. Puede dejarlas en mi mesa, por la mañana, si me retraso.
Se fue a su despacho particular, pensando en el problema que Pringle había suscitado o que quizás había ratificado y confirmado en su inteligencia. Aun el más perfectamente equilibrado de los agnósticos es parcialmente humano y es muy posible que la carta del misionero tuviera el mayor valor, con la esperanza de ser el soporte de su particular tentativa de hipótesis. Se sentó en su ancho y cómodo sillón, frente a un grabado que representaba a Montaigne, y leyó una vez más la breve carta del reverendo Luke Pringle, anunciando su visita para aquella mañana. Nadie conocía mejor que el profesor Openshaw las señales de la carta de un chiflado: los detalles amontonados, el manuscrito como una tela de araña, la innecesaria extensión y las repeticiones. No había nada de esto en aquella carta. Sólo, sí, una breve y adecuada escritura a máquina mostrando que el escribiente había encontrado algunos casos oscuros de desapariciones, las cuales parecían caer dentro de la jurisdicción del profesor, como estudioso de problemas físicos. El profesor se sentía favorablemente impresionado. Ni una sola impresión desagradable, a pesar del ligero movimiento de sorpresa, cuando levantó la vista y vio que el reverendo Luke Pringle estaba ya en la habitación.



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—Su empleado me dijo que podía entrar sin anunciarme — dijo Mr. Pringle, como excusándose, pero con una ancha y casi agradable mueca, que quedaba parcialmente enmascarada por masas de barba y bigotes de un gris rojizo. Una perfecta selva de barba, como les crecen, a veces, a los hombres blancos que viven en las selvas. Pero los ojos, por encima de su chata nariz, no eran de ningún modo salvajes o rústicos. Openshaw había vuelto instantáneamente hacia ellos aquella concentrada mota de luz o cristal ardiente cargado de escrutador escepticismo que solía dirigir contra muchos hombres, para ver si se trataba de charlatanes o de un maniático. Y en este caso tuvo una inusitada sensación de seguridad. La barba salvaje podía proceder de una chifladura, pero los ojos contradecían completamente la barba; estaban colmados de esa franca y amistosa risa que nunca se encuentra en los semblantes de los que son unos farsantes serios o unos serios lunáticos. Esperaba a un hombre con ojos de filisteo, dé escéptico, de persona que se expresara sin recato, con un desprecio trivial, aunque sincero, hacia los fantasmas y los espíritus. Pero, desde luego, ningún embaucador no profesional podía lograr un aspecto tan trivial como aquél. El hombre llevaba una capa raída, abotonada hasta el cuello y sólo su ancho sombrero flexible delataba al clérigo.
Pero los misioneros procedentes de tierras salvajes no siempre se preocupan de vestir como clérigos. —Probablemente piensa usted que todo esto es un engaño —dijo Mr. Pringle, con una especie de complacencia abstracta— y espero que querrá perdonarme por mi risa ante su, después de todo, natural aire de desaprobación. Pero lo mismo da; necesito explicar la historia a alguien que la comprenda, toda vez que es verdad. Y, bromas aparte, es tan trágica como verdadera. Bien; resumiendo, yo era misionero en Nya-Nya, una estación de África occidental, en el seno de los bosques, donde el único blanco aparte de mí era el oficial que gobernaba el distrito, el capitán Wales. El y yo intimamos. No es que a él le gustaran las misiones. Era uno de esos hombres de acción que apenas tienen necesidad de pensar. Esto es lo que lo hacía más singular. Un día volvió a su tienda del bosque, después de una corta ausencia, y contó que había pasado por una extraña experiencia que no sabía cómo resolver. Y mostraba un libro rústico y viejo, encuadernado en cuero, que dejó sobre la mesa, al lado de su revólver y de una vieja espada árabe que probablemente guardaba como una curiosidad.
Dijo que aquel libro pertenecía a un hombre del barco que acababa de dejar. El hombre juraba y perjuraba que nadie debía abrir el libro o mirar en él, porque sería arrebatado por el diablo, o desaparecería, o algo así. Wales contestó que todo aquello era un desatino y, naturalmente, disputaron. Pero parece que al final el otro, tildado de cobarde o de supersticioso, miró dentro del libro e instantáneamente lo soltó. Se dirigió hacia la borda. . .
—Un momento —dijo el profesor, que había tomado una o dos notas—. Antes de seguir adelante contésteme a esto: ¿aquel hombre dijo a Wales dónde había encontrado el libro o a quién había pertenecido originariamente ?
—Sí —replicó Pringle, con entera gravedad—. Parece que dijo que se lo llevaba al doctor Hankey, explorador oriental, en aquellos días en Inglaterra, a quien primeramente había pertenecido el libro y quien le advirtió sus extrañas propiedades.
Bien: Hankey es un hombre capaz, y más bien áspero y burlón, lo cual hace más extraño el caso. Pero el final de la historia de Wales es muy sencillo. Aquel hombre que había mirado en el libro desapareció por encima del costado del barco y no se lo ha vuelto a ver más.
—¿Usted lo cree? —preguntó Openshaw después de una pausa.
—Sí, lo creo —replicó Pringle—. Lo creo por dos razones. Primera, porque Wales era enteramente un hombre sin imaginación.
Y añadió un detalle que sólo un imaginativo podía añadir.
Dijo que el hombre había salido por encima del costado del barco en un día quieto y en calma. Pero que no se habían levantado salpicaduras.
El profesor miró sus notas en silencio durante algunos segundos.
Y entonces dijo:
—¿Y su otra razón?
—Mi otra razón —contestó el reverendo Luke Pringle— es que yo lo vi con mis propios ojos.
Hubo un silencio hasta que el reverendo continuó hablando de la misma manera realista que hasta entonces. Tuviera lo que tuviese, desde luego, carecía de la vehemencia con la que el chiflado, y aun el incrédulo, tratan de convencer a los demás.
—Le expliqué ya queWales había dejado el libro sobre la mesa, al lado de la espada. La tienda tenía una entrada solamente. Y sucedió estando yo en ella y en el momento en que, vuelto de espaldas a mi compañero, miraba al exterior. El estaba junto a la mesa regañando y murmurando acerca de lo sucedido, diciendo que era una tontería en pleno siglo veinte asustarse de abrir un libro y preguntándose por qué diablos no lo podía abrir. Algo instintivo me movió a decirle que no lo hiciese y que aún sería mucho mejor devolvérselo al doctor Hankey.
»—¿Qué puede ocurrir? —dijo, inquieto—. ¿Qué puede pasar?
»—¿Qué le pasó a su amigo en el barco? —le contesté obstinado.
»No me respondió. Realmente, no sabía qué podía responderme y tomé mi ventaja, por mera vanidad.
»—Si a esto hemos llegado —dije—, ¿cuál es su versión de todo lo que realmente pasó en el barco? —No me respondió; miré a mi alrededor y vi que ya no estaba.
»La tienda, vacía. El libro, abierto sobre la mesa, como si, al marcharse, él lo hubiera dejado así. Pero la espada estaba en el suelo, al otro lado de la tienda. Y la tela mostraba un gran corte, como si alguien se hubiese abierto camino a través de ella con aquella espada. La rasgadura sólo dejaba ver la negra oscuridad del bosque. Y cuando miré a través de la rotura no pude cerciorarme de si la maraña de altos tallos había sido separada ni el subsuelo hundido. Sólo descubrí algunas huellas de pisadas. Y desde aquel día no he vuelto a ver al capitán Wales ni he oído hablar de él.
»Envolví el libro en el papel marrón, teniendo cuidado de no mirar en él y me lo traje a Inglaterra con el propósito de devolvérselo al doctor Hankey tan pronto como pudiera. Entonces vi en su periódico algunas notas sugiriendo una hipótesis acerca de estos casos y decidí retrasar la devolución y poner el asunto bajo su competencia, ya que tiene usted fama de ser equilibrado y poseer un criterio abierto.



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El profesor Openshaw dejó la pluma y miró fijamente al misionero, a través de la mesa, concentrando en una sola mirada su larga experiencia de conocedor de aquellos tipos de embaucadores, enteramente distintos entre sí, y entre los que solía haber aún algunos excéntricos y otros extraordinariamente honestos.
Corrientemente, el profesor hubiera empezado con la saludable hipótesis de que aquella historia era una sarta de mentiras. En el fondo, se inclinaba a asegurar que podía serlo. Y aun así, le era difícil ajustar el hombre a la historia. No podía ver a esta clase de mentirosos contando aquellas mentiras. El hombre no trataba de parecer honesto en la superficie, como muchos impostores suelen hacer. Más bien parecía una cosa distinta, ya que el hombre era honesto, a pesar de que algo estaba sencillamente en la superficie. Pensó que se trataba de un hombre con una inocente desilusión. Pero una vez más los síntomas no eran los mismos. Era una especie de viril indiferencia, como si no le importara mucho la desilusión, si es que la tenía.
—Mr. Pringle —dijo secamente y como un funámbulo que da un ágil salto—, ¿dónde está su libro ahora?
La mueca reapareció en el barbudo semblante, que se había vuelto grave durante la narración.
—Lo dejé ahí fuera —dijo Mr. Pringle—. Quiero decir en el primer despacho. Tal vez era peligroso traerlo aquí. De este modo evito que los dos corramos un riesgo.
—¿Qué quiere decir usted? —preguntó el profesor—. ¿Por qué no lo trajo directamente aquí?
—Porque —contestó el misionero— sabía que tan pronto como usted lo viera lo abriría. . . antes de que hubiese oído la historia.
Creí que sería posible que usted lo pensara dos veces antes de abrirlo después de haberla oído.
Entonces, luego de un silencio, añadió:
—No había nadie ahí fuera más que su empleado, y tenía un aspecto de estólida firmeza, sumergido en sus cuentas.
Openshaw dijo con naturalidad.
—¡Oh!, Babbage —dijo—: sus volúmenes mágicos están a salvo con él, se lo aseguro. Su nombre es Berridge, pero a menudo lo llamo Babbage porque es tan exacto como una máquina de calcular. No hay ser humano, si él puede ser llamado ser humano, que sea menos capaz de abrir paquetes del prójimo, ni envueltos en papel pardo. Bien, podemos ir a buscarlo y traérnoslo, aunque le aseguro que consideraré muy seriamente el uso que debemos hacer de él. Francamente le digo —y miró al hombre otra vez— que no estoy del todo seguro de si debemos abrirlo aquí, ahora, o mandárselo al doctor Hankey.
Los dos habían salido del despacho interior y entraron en el otro. Al mismo tiempo que hacían esto, Mr. Pringle, dando un grito, corrió hacia el pupitre del empleado. Sobre el pupitre estaba el viejo libro con tapas de cuero, fuera de su envoltorio pardo, cerrado, pero como si acabara de ser abierto. La mesa del empleado estaba situada ante la ancha ventana que daba a la calle. Y la ventana destrozada con un enorme y desigual agujero en el vidrio, como si un cuerpo humano hubiese sido lanzado, a través de ella, al espacio. No quedaba otra señal de Mr. Berridge.
Los dos hombres permanecieron durante unos instantes como estatuas. Y fue el profesor el que poco a poco volvió a la vida.
Hasta parecía más juicioso, como nunca en su vida lo había parecido. Se volvió lentamente y le tendió su mano al misionero.
—Mr. Pringle —dijo—, le pido perdón. Perdón no sólo por los pensamientos que he tenido, sino por los casi pensamientos.
Pero nadie puede llamarse un hombre de ciencia si no sabe afrontar un hecho como éste.
—Supongo —repuso Pringle con aire de duda— que debiéramos hacer algunas pesquisas. ¿Puede usted llamar a su casa para saber si ha ido allí?
—No sé que tenga teléfono —contestó Openshaw algo ausente—
. Vive en alguna parte, en dirección a Hampstead, creo. Pero es de suponer que, si una familia o sus amigos lo echan de menos, alguien preguntará aquí.
—¿Podemos dar una descripción del empleado —preguntó el otro— si la Policía la requiere?
—La Policía. . . —contestó el profesor, saliendo de sus sueños—. Una descripción. . . Bien, su fisonomía es terriblemente parecida a la de cualquier otro, excepto para uno de esos linces. Uno de esos sujetos bien rasurados. Pero la Policía. . . óigame. . . ,
¿qué debemos hacer nosotros en este insensato asunto?
—Yo sí sé lo que debo hacer —dijo el reverendo Mr. Pringle con firmeza—. Voy a llevar este libro, ahora mismo, a su punto de origen, al doctor Hankey, y preguntarle qué diablos es todo esto. Vive no muy lejos de aquí. Luego volveré a darle cuenta de lo que él dice.
—¡Oh!, muy bien —dijo el profesor al tiempo que se sentaba con visible aspecto de preocupación, aunque quizá un poco aliviado, por el momento, de su responsabilidad.
Pero aun mucho después de que los pasos vigorosos y pesados del misionero se hubiesen perdido en el fondo de la calle, el profesor permanecía sentado en la misma posición, mirando al vacío como en éxtasis.
Estaba todavía en la misma actitud cuando los mismos pasos vigorosos se oyeron sobre el pavimento del exterior. Entonces entró el misionero. Esta vez, según se aseguró de una ojeada, con las manos vacías.
—El doctor Hankey —dijo Pringle, gravemente— quiere tener el libro durante una hora y considerar el caso. Me ha pedido que después lo visitemos los dos y nos comunicará su decisión.
Especialmente desea, profesor, que se sirva usted acompañarme en esa segunda visita.
Openshaw continuaba mirando en silencio; después dijo bruscamente:
—¿Qué diablos es el doctor Hankey?
—Sus palabras suenan como si quisiera decir que él es un diablo
—dijo Pringle, sonriendo—. Me figuro que algunas gentes lo han pensado así. Tiene una reputación en el mismo sentido que usted, pero la ganó principalmente en la India, estudiando la magia local y otras cosas por el estilo. Tal vez por esto no es tan conocido aquí. Es un diablo amarillo y flaco, con una pierna coja y un carácter incierto, pero parece que posee una ordinaria y respetable práctica en estas cosas, y no conozco nada definitivamente malo acerca de él. . . , a menos que sea malo ser la única persona que posiblemente puede saber algo referente a todo este asunto.
El profesor Openshaw se levantó pesadamente y fue al teléfono.
Llamó al padre Brown, cambiando para la hora de la cena la cita que tenía para la del almuerzo. Necesitaba estar libre para la expedición a la casa del doctor angloindio. Después de esto se sentó de nuevo, encendiendo un cigarro, y se sumió una vez más en sus insondables pensamientos.
El padre Brown fue al restaurante, donde estaba citado para la hora de la cena. Se paseó un rato por el vestíbulo lleno de espejos y tiestos con palmeras. Le habían informado de que Openshaw tenía un compromiso para aquella tarde y, como ésta se cerraba, oscura y tempestuosa, alrededor de los espejos y de las verdes plantas, adivinó que había sucedido algo imprevisto e indebidamente prolongado. Hasta llegó a temer por un momento que el profesor no apareciera. Pero cuando el profesor se presentó, creyó descubrir que sus conjeturas habían sido justificadas. Porque era un profesor de mirada inquieta y desordenada cabellera aquel que, inesperadamente, regresó con Mr. Pringle de la expedición al norte de Londres, donde los suburbios están todavía orillados de baldíos de brezos y tierras comunales, apareciendo más sombrío bajo la tempestuosa puesta de sol. Sin embargo, aparentemente encontraron la casa entre las otras dispersas. Comprobaron la placa de cobre con la inscripción: J. I. Hankey. M. D. M. R. C. S.1 Pero no encontraron a J. I. Hankey, M. D. M. R. C. S. Encontraron tan sólo lo que el cuchicheo de la pesadilla había ya subconscientemente preparado: una corriente sala de recibir con el maldito volumen en la mesa, como si hubiese sido leído en aquel momento.
Más allá, una puerta violentamente abierta y una débil traza de pasos que subía un pequeño trecho, hasta una calle del jardín que ningún hombre cojo podía subir con facilidad.
Pero un hombre con la pierna lisiada era el que lo había recorrido, porque entre las huellas había algunas defectuosas y desiguales, con marcas de una especie de bota ortopédica; más lejos, sólo dos marcas de esta bota (como si aquella criatura se hubiese detenido). Después, nada. No cabía averiguar nada más allá referente al doctor J. I. Hankey, aparte de que él había tomado una decisión. Había leído el oráculo y recibido el castigo.

1Doctor en medicina, misionero rector, jefe de estado mayor. (N. del E.)

Cuando ambos entraron en la sala bajo las palmeras, Pringle puso rápidamente el libro sobre la mesa, como si le quemara los dedos. El sacerdote lo miró con curiosidad; sobre la cubierta sólo había unas rudas inscripciones con este estribillo:
Los que este libro miren
el Terror Volador tocarán.
Y debajo, como más tarde descubrió, similares avisos en griego, latín y francés. Los otros dos, siguiendo su impulso natural, se dirigieron al mostrador, agotados y aturdidos, y Openshaw llamó al camarero, que les llevó cócteles en una bandeja.
—Comerá usted con nosotros —dijo el profesor al misionero, pero Mr. Pringle rehusó amablemente.
—Si me lo permite —dijo—, voy a salir y a pensar con reposo en este libro y en este asunto por mí mismo. ¿Podría hacer uso de su oficina por una hora?
—Me temo que esté cerrada —repuso Openshaw, con cierta sorpresa.
—¿Ha olvidado que hay una abertura en la ventana?
Luke Pringle hizo la más amplia de todas sus amplias muecas y desapareció en la oscuridad.
—Después de todo, es un sujeto bien extraño —dijo el profesor ceñudamente.
Le sorprendió un poco encontrar al padre Brown hablando con el camarero que había servido los cócteles, aparentemente acerca de los asuntos privados de aquél, ya que oyó que mencionaban a un chiquillo que estaba fuera de peligro. El profesor comentó el hecho con alguna sorpresa, preguntándose cómo el sacerdote conocía a aquel hombre; pero aquél le contestó:
—¡Oh, yo como aquí cada dos o tres meses y he hablado con él cada vez!
El profesor, que comía alrededor de cinco veces por semana, estaba seguro de no haber cambiado nunca ni una sola palabra con él. Pero estas consideraciones fueron cortadas por la llamada del timbre y el requerimiento del teléfono. La voz dijo ser Pringle: era muy apagada, pero podía muy bien ser que resultara así debido a la maraña que formaban su barba y sus bigotes. El mensaje fue suficiente para establecer su identidad.
—Profesor —dijo la voz—: No puedo seguir así ni un momento más. Yo mismo voy a abrir el libro. Hablo desde su oficina y el libro está ante mí. Por si algo me sucede, le digo adiós.
¡No. . . ! Es inútil tratar de detenerme. No llegaría a tiempo.
Estoy abriendo el libro ahora. Yo. . .
A Openshaw le pareció oír un escalofriante y sordo estallido.
Entonces gritó el nombre de Pringle una y otra vez, pero ya no oyó nada más. Colgó el auricular, se irguió con soberbia calma académica —tal vez era la calma de la impotencia—, y volvió a su sitio en la mesa. Y entonces con la misma frialdad que si estuviera describiendo el fracaso de algún pequeño truco insignificante, en una séance2, le contó al sacerdote cada detalle de su monstruoso misterio.
—Cinco hombres han desaparecido por este increíble medio

2En francés en el original. Significa sesión.

—dijo—. Cada uno de los casos es extraordinario, y uno de ellos, sobre todo, no puedo entenderlo; es el de mi empleado Berridge. Precisamente porque era la menos curiosa y más tranquila de las criaturas, el caso se me hace raro.
—Sí —replicó el padre Brown—, era una cosa muy extraña para hacerla Berridge. Era terriblemente concienzudo. Siempre tan atento en separar los asuntos de la oficina de usted y las bromas. Porque nadie supo nunca que era un gran humorista en su casa y. . .
—¡Berridge! —gritó el profesor—. Pero, ¿de qué está usted hablando? ¿Lo conocía?
—¡Oh, no! —repuso el padre Brown—. Sólo como al camarero.
Algunas veces tuve que esperar en la oficina a que usted volviera.
Y, naturalmente, pasaba el rato con el pobre Berridge.
Era un poco excéntrico. Recuerdo que una vez me dijo que le gustaría coleccionar cosas de valor, como los coleccionistas hacen con cosas tontas que ellos creen valiosas. Usted conoce la historia de la mujer que coleccionaba cosas de valor.
—No estoy seguro de entender de qué está usted hablando
—contestó Openshaw—. Pero aunque mi empleado fuera un excéntrico (de todo el mundo lo hubiera pensado antes), no me explicaría lo sucedido a los demás.
—¿A quiénes? —preguntó el sacerdote.
El profesor lo miró fijamente y le habló recalcando cada palabra como si se lo dijera a un niño.
—Mi querido padre Brown, cinco hombres han desaparecido.
—Mi querido profesor Openshaw: ningún hombre ha desaparecido.
El padre Brown lo miró con la misma fijeza y le habló con la misma claridad. No obstante, el profesor requirió que le repitiera las palabras, y le fueron repetidas distintamente.
—Digo que ningún hombre ha desaparecido.
—Me imagino que la cosa más difícil es convencer a alguien de que 0 más 0 más 0 es igual a 0. Los hombres creen en las cosas más extrañas si se dan así en serie; por eso Macbeth creyó las tres palabras de las tres brujas, aunque la primera era algo que supo por sí mismo y la última algo que sólo él podía contar de sí mismo. Pero en su caso el término medio es el más flojo de todos.
—¿Qué quiere usted decir?
—Usted no vio desaparecer a nadie. No vio desaparecer al hombre del barco ni tampoco al desaparecido de la tienda.
Todo se apoya en la palabra de Mr. Pringle, a quien no quiero discutir por ahora. Pero usted va a admitirme esto: usted no hubiera aceptado su palabra si no la hubiese visto confirmada por la desaparición del empleado. Como Macbeth no hubiera creído nunca que sería rey si no se lo hubiese confirmado la predicción de que sería señor de Cawdor.
—Esto puede ser verdad —dijo el profesor, moviendo lentamente la cabeza—. Pero cuando fue confirmado, supo que era verdad. Dice que no vi nada por mí mismo. Pero algo vi; vi a mi propio empleado desaparecer. Berridge desapareció.
—Berridge no desapareció —dijo el padre Brown—, sino todo lo contrario.
—¿Qué diablos quiere dar a entender con «sino todo lo contrario»?
—Quiero decir —dijo el padre Brown— que nunca desapareció.
Apareció.
Openshaw miró con insistencia a su amigo, pero su mirada se había alterado, como pasaba siempre que se encontraba con una nueva complicación del problema. El sacerdote prosiguió:
—Apareció en su estudio, disfrazado con una greñuda barba roja y abotonado hasta el cuello con una burda capa y anunciándose como el reverendo Luke Pringle. Usted no se había fijado nunca bastante en él para poder reconocerlo ni aun estando tan burda y apresuradamente disfrazado.
—Cierto —convino el profesor.
—¿Podría describirlo a la Policía? —preguntó el padre Brown—
. No. Probablemente sabía que iba pulcramente rasurado y llevaba lentes de color. Y quitándose los lentes quedaba mejor disfrazado que poniéndose cualquier cosa. Usted no había visto mejor sus ojos que su alma; ¡sus risueños ojos! Guardó su libro y todas sus propiedades; después rompió el cristal con calma, se puso la barba y la capa y entró en su despacho, sabiendo que usted no lo había mirado nunca.
—Pero, ¿por qué me jugaría esa insensata broma? —preguntó Openshaw.
—Porque. . . , porque no lo había mirado en su vida —contestó el padre Brown, y agitó su mano ligeramente, como si trazara ondas con ella. Después la cerró, como si fuera a golpear la mesa, si él hubiese sido dado a hacer esto—. Lo llamaba la máquina de calcular porque era en eso en lo que lo empleó siempre. No supo descubrir en él lo que cualquier extraño, pasando por su despacho y en cinco minutos de charla, hubiera descubierto: que tenía un carácter, que era un gran bromista, que tenía toda clase de puntos de vista acerca de usted, de sus teorías y de su reputación en poner en «evidencia» a las gentes.



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Puede comprender su excitación probando que no podía hacerlo con su propio empleado. Tenía toda clase de ideas insensatas.
Coleccionar cosas inútiles, por ejemplo. ¿No conoce la historia de la mujer que encontró las dos cosas más inútiles: la placa de cobre de un viejo doctor y una pierna de palo?
Con esas dos cosas, su ingenioso empleado creó al extraordinario doctor Hankey, con tanta facilidad como al capitán Wales.
Introduciéndolos en su propia casa. . .
—¿Quiere usted decir que el lugar que visitamos más acá de Hampstead era la propia casa de Berridge? —preguntó Openshaw.
—¿Conocía usted su casa o aun su propia dirección? —replicó el sacerdote—. Óigame, no creo que esté hablando irrespetuosamente de usted o de su trabajo. Es usted un gran servidor de la verdad y sabe que no podría ser irrespetuoso con eso. Ha descubierto a muchos mentirosos cuando puso su inteligencia en ello. Pero no mire exclusivamente a los embusteros. Hágalo, aunque ocasionalmente, con los hombres honrados. . . como el camarero.
—¿Dónde está Berridge ahora? —preguntó el profesor, después de un largo silencio.
—No tengo la más pequeña duda —dijo el padre Brown— de que ha vuelto a la cocina. En realidad, estaba allí en el preciso momento en que el reverendo Luke Pringle leía el terrible volumen y desaparecía en el vacío.
Openshaw rió, con la risa de un gran hombre que es bastante grande para parecer pequeño. Dijo de pronto:
—Creo que me lo merezco, por desconocer al más próximo ayudante que tengo. Pero debo admitir que la acumulación de incidentes era formidable. ¿Nunca se sintió amedrentado, ni por un momento, por el imponente tomo?
—¡Oh. . . ! —dijo el padre Brown—. Lo abrí tan pronto como lo tuve a mi alcance. Estaba en blanco. Vea usted, yo no soy supersticioso.



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