El Problema: ¿Qué es la filosofía? ¿Cuál es la tarea del filósofo?
La tesis: El texto que a continuación se cita, con el que se inicia el libro VII de La República, es uno de los más famosos de toda la historia de la filosofía.
La figura del filósofo y sus atribuciones se delinean por medio de una compleja metáfora. La caverna oscura es nuestro mundo ; los esclavos encadenados son los hombres; las cadenas son las pasiones y la ignorancia; las imágenes sobre el fondo de la caverna son las percepciones sensoriales; la liberación del esclavo es la acción liberadora de la filosofía; la aventura del esclavo fuera de la caverna representa la experiencia filosófica; el mundo fuera de la caverna es el mundo de las ideas, el único verdaderamente real; el Sol que ilumina el mundo verdadero es la idea de Bien, que guía al conocimiento; el retorno del esclavo es el deber del filósofo de implicar a la sociedad en la experiencia de la verdad; la incapacidad del esclavo de readaptarse a la vida de la caverna es la inadaptación social de los filósofos; la mofa del esclavo es la suerte del sabio; el asesinato final del esclavo-filósofo es la muerte de Sócrates.

La caverna representa nuestro mundo , en el que reina la opinión; las cadenas representan la ignorancia y las pasiones.
Sócrates compara nuestra naturaleza, por lo que respecta a la educación y falta de educación, con una imagen como ésta. Imagina, dentro de una morada subterránea en forma de caverna, con la entrada abierta a la luz y tan amplia como la entera anchura de la caverna, a unos hombres que están allí desde niños, encadenados de piernas y cuello y obligados a permanecer detenidos y a mirar sólo hacia delante, incapaces, a causa de la cadena, de girar la cabeza.
La luz representa la verdad, el muro, la separación entre verdadera y falsa realidad.
Alta y lejana brilla a sus espaldas la luz de un fuego y entre el fuego y los prisioneros se extiende, realizada, una calle. Imagina un pequeño muro construido a lo largo de ésta, como las pantallas que los titiriteros ponen delante de las personas para mostrar los títeres por encima de ellas.
Glauco: Lo veo.
Las estatuas: las cosas del mundo sensible
Sócrates: Imagina que ves hombres que acarrean a lo largo del muro toda suerte de objetos: estatuas y otras figuras de piedra y madera, trabajadas de cualquier modo; y, como es natural, algunos porteadores hablan, otros callan.
Glauco: Extraña imagen la tuya, y extraños también los prisioneros.
Los prisioneros ven sólo las sombras de las estatuas...
Sócrates: Se parecen a nosotros; ¿crees que tales personas puedan ver otra cosa que sombras proyectadas por el fuego sobre la pared de la caverna que está frente a ellos?
Glauco:¿Y cómo podrían, si están constreñidos a tener inmóvil la cabeza por toda su vida?
Sócrates: Y para los objetos transportados, ¿no es lo mismo?
Glauco: Seguramente.
...y los toman por la realidad.
Sócrates: Si aquellos prisioneros pudiesen conversar entre ellos, ¿no crees que pensarían en llamar objetos realies a sus visiones?
Glauco: Por fuerza.
Sócrates: ¿Y si la prisión tuviese un eco en la pared de enfrente? Cada vez que uno de los pasantes hiciese sentir su voz, ¿crees que la juzgarían distinta de aquella sombra que ante ellos pasa?
Glauco: ¡No, por Zeus!
Sócrates: Para tales personas, en definitiva, la verdad no puede ser otra cosa que las sombras de los objetos artifiales.
Glauco: Por fuerza.
La vía del verdadero conocimiento comienza con la liberación de las cadenas de la ignorancia.
Sócrates: Examina ahora cómo podrían soltarse de las cadenas y curarse de la inconsciencia. Admite que les ocurriese un caso como éste: que uno fuese liberado, obligado imprevistamente a levantarse, a girar sobre su cabeza y elevar la mirada a la luz; y que haciendo esto sintiese dolor y el resplandor lo incapacitase para vislumbrar los objetos de los que antes veía las sombras.
No engañado por la percepción sensible (las sombras), el filósofo ve la verdad.
¿Qué crees que respondería si se le dijiese que antes veía vacuidades privas de sentido, pero que ahora, estando más próximo a lo que es y siendo dirigidio hacia los objetos que tienen más ser, puede ver mejor? Y si, mostrándole cada uno de los objetos que pasan, se le preguntara o se le obligara a responder qué es, ¿no crees que se quedaría dudoso y juzgaría más verdaderas las cosas que veía antes que las que le fuesen mostradas ahora?
Glauco: Cierto.
La verdad es deslumbrate; su descubrimiento puede confundirnos temporalmente.
Sócrates: Y si se le obligase a mirar la misma luz, ¿no sentiría dolor en los ojos y no huiría volviéndose hacia los objetos sobre los que puede sostener la vista? ¿Y no los juzgaría realmente más claros que aquellos que le fueron mostrados?
Glauco: Así es.
Sócrates: Y si luego se le arrastrase fuera de allí a la fuerza, obligándole a recorrer la áspera y escarpada cuesta y no se le dejase hasta haberlo sacado a la luz del Sol, ¿no sufriría y no se irritaría por ser arrastrado? Y, llegado a la luz, tendría los ojos tan llenos de ella que no podría ver una sola cosa de las que ahora llamamos verdaderas.
Glauco: No podría, desde luego; al menos momentáneamente.
La posesión de la verdad produce un rápido incremento del saber, una ascención a lo verdadero.
Sócrates: Si deseara ver el mundo superior, tendría que acostumbrarse. Y antes observará muy fácilmente las sombras y luego las imágenes de los seres humanos y de los otros objetos reflejados en el agua, y al fin los objetos mismos; y de éstos, luego, contemplar de noche los cuerpos celestes y el cielo mismo más fácilmente que ver durante el día el Sol y la luz del Sol.
Glauco: Cómo no.
El objetivo de la ascención cognoscitiva es la contemplación del bien en si mismo (el Sol):
Sócrates: Finalmente, creo yo, podrá observar y contemplar cuál es verdaderamente el Sol, y no sus reflejos en las aguas u otras superficies, sino el Sol en sí, en su propio dominio.
Glauco: Por fuerza; y después hablando del Sol, podría ya concluir en que es éste el que produce las estaciones y años, y el que gobierna todas las cosas del mundo visible, y es causa, en cierto modo, de todo aquello que él y sus compañeros veían.
El sabio tiene el deber de comunicar sus descubrimientos a toda la sociedad:
Sócrates: Y acordándose de la primera morada y de la sabiduría que allí había y de los compañeros de prisión, ¿no crees que se sentiría feliz del cambio y que sentiría piedad por ellos?
Glauco: Cierto.
Quién posea la verdadera sabiduría será marginado al mundo de la ignorancia.
Sócrates: En cuanto a los honores y elogios que de vez en cuando se intercambiaban entonces, y a los premios reservados para quien fue más agudo en observar los objetos que pasaban y más recordase los que solían desfilar antes y después, adivinando de esta forma el siguiente, ¿crees que los ambicionaría y que envidiraría a aquellos de entre los prisioneros que tuviesen honor y poder? ?O que se encontraría en la condición que se cuenta de Homero y prefiriría "ser siervo en el campo de cualquier labrador sin caudal" y sufrirlo todo antes que tener esas opiniones y vivir en aquel mundo ?
Glauco: Así pienso también yo; aceptaría todo antes que vivir de aquel modo.
Al sabio le resulta difícil comunicarse con quien no sabe nada y cree saberlo todo.
Reflexiona ahora sobre este otro punto. Si nuestro hombre descendiese de nuevo allá abajo y se sentara en el mismo lugar, ¿no tendría los ojos llenos de tinieblas, viniendo súbitamente del Sol?
Glauco: Si, cierto.
Sócrates: ¿Y si debiese discernir nuevamente entra las sombras y competir con los que permanecieron siempre prisioneros, mientras su vista está aún oscurecida, antes de que los ojos vuelvan a su estado normal? ¿Si este periodo en el que se reconoce el hábito de la vista fuese más bien largo?
El filósofo no se encuentra cómodo en el mundo de las sombras, (la vida cotidiana) y a menudo es torpe.
¿No sería él entonces objeto de risas? ¿Y no se diría de el que por haber subido allí vuelve con los ojos estropeados y que no merece la pena de intentar subir? Y a quien intentase liberar y conducir a aquellos prisioneros, ¿no lo asesinarían, si pudiesen tenerlo entre las manos y matarlo?
Glauco: Ciertamente.
El punto fundamental reside en abandonar el mundo sensible (la caverna) por el inteligible.
Sócrates: Esta imagen, querido Glauco, hay que aplicarla a nuestro discurso anterior: debemos comparar el mundo congnoscible con la morada de la prisión y la luz del fuego que hay dentro al poder del Sol. Si luego consideras que el ascenso y la contemplación del mundo superior equivalen a la elevación del alma al mundo inteligible, no concluirás muy diferente de como lo hago yo, si es que quieres conocer mi parecer.
Una vez en posesión de la verdad, el filósofo deberá retornar al mundo sensible, viendo la verdadera realidad.
El dios sabe si corresponde a lo verdadero. He aquí mi parecer: en el mundo cognoscible, lo más elevado y difícil es percibir la idea de bien; pero cuando se ha visto, la razón nos lleva a colegir que ella es la causa de todo lo que es recto y bello; y en el mundo visible ella genera la luz y la soberanía de la luz, y en lo inteligible ejerce soberanía, verdad e intelecto. Y quien quiera conducirse sabiamente en privada o en público, deberá verla.
Glauco: Estoy de acuerdo también yo, en la medida en que me es posible.
El filósofo debe huir de la tentación de extrañarse del mundo .
Sócrates: Tú estás de acuerdo conmigo también en este otro punto, y no te extrañes de quien ha llegado a esta altura no quiera ocuparse de las cosas humanas, y que de su alma se vea continuamente estimulada a vivir en la altura. Es natural que sea así, si también para esto vale la imagen de antes.
Glauco: Es natural.
Sócrates: ¿Y crees que pueda parecer extraño si uno, pasando de las visiones divinas a las cosas humanas, se muestra torpe y parece ridículo porque su vista está todavía oscurecida? ¿Y si, incluso antes de haber recuperado el hábito en aquella tiniebla reciente, se ve obligado a contender en los tribunales o en cualquiera otra sede discutiendo sobre las sombras de la justicia o sobre las copias que dan lugar a estas sombras, y a batirse sobre la interpretación de estos problemas con quien no ha visto la justicia en sí?
Glauco: No es de extrañarse.
Si bien al filósofo puede resultarle difícil vivir en el mundo , posee la fuerza interior de la verdad.
Sócrates: Pero una persona razonable se acordaría de que los ojos está sujetos a dos clases de perturbaciones, y por dos motivos: cuando pasan de la luz a la tiniebla y de la tiniebla a la luz. Y si pensase que estos mismos hechos se producen en el alma, cuando viese a alguien turbado e incapaz de visión alguna, no se reiría insensatamente, sino que buscaría saber si, viniendo de una vida más espléndida, está cegado por la falta de costumbre; o si procediendo desde la ignorancia a una condición de mayor esplendor, está demasiado deslumbrado. Y así, diría que uno es feliz por su condición y por su vida y tendría piedad del otro. Y si quisiera reírse de él, su risa sería menos ridícula que la que golpeara al alma que viene de lo alto, de la luz.
Glauco: Si, así parece.
La tesis: El texto que a continuación se cita, con el que se inicia el libro VII de La República, es uno de los más famosos de toda la historia de la filosofía.
La figura del filósofo y sus atribuciones se delinean por medio de una compleja metáfora. La caverna oscura es nuestro mundo ; los esclavos encadenados son los hombres; las cadenas son las pasiones y la ignorancia; las imágenes sobre el fondo de la caverna son las percepciones sensoriales; la liberación del esclavo es la acción liberadora de la filosofía; la aventura del esclavo fuera de la caverna representa la experiencia filosófica; el mundo fuera de la caverna es el mundo de las ideas, el único verdaderamente real; el Sol que ilumina el mundo verdadero es la idea de Bien, que guía al conocimiento; el retorno del esclavo es el deber del filósofo de implicar a la sociedad en la experiencia de la verdad; la incapacidad del esclavo de readaptarse a la vida de la caverna es la inadaptación social de los filósofos; la mofa del esclavo es la suerte del sabio; el asesinato final del esclavo-filósofo es la muerte de Sócrates.

La caverna representa nuestro mundo , en el que reina la opinión; las cadenas representan la ignorancia y las pasiones.
Sócrates compara nuestra naturaleza, por lo que respecta a la educación y falta de educación, con una imagen como ésta. Imagina, dentro de una morada subterránea en forma de caverna, con la entrada abierta a la luz y tan amplia como la entera anchura de la caverna, a unos hombres que están allí desde niños, encadenados de piernas y cuello y obligados a permanecer detenidos y a mirar sólo hacia delante, incapaces, a causa de la cadena, de girar la cabeza.
La luz representa la verdad, el muro, la separación entre verdadera y falsa realidad.
Alta y lejana brilla a sus espaldas la luz de un fuego y entre el fuego y los prisioneros se extiende, realizada, una calle. Imagina un pequeño muro construido a lo largo de ésta, como las pantallas que los titiriteros ponen delante de las personas para mostrar los títeres por encima de ellas.
Glauco: Lo veo.
Las estatuas: las cosas del mundo sensible
Sócrates: Imagina que ves hombres que acarrean a lo largo del muro toda suerte de objetos: estatuas y otras figuras de piedra y madera, trabajadas de cualquier modo; y, como es natural, algunos porteadores hablan, otros callan.
Glauco: Extraña imagen la tuya, y extraños también los prisioneros.
Los prisioneros ven sólo las sombras de las estatuas...
Sócrates: Se parecen a nosotros; ¿crees que tales personas puedan ver otra cosa que sombras proyectadas por el fuego sobre la pared de la caverna que está frente a ellos?
Glauco:¿Y cómo podrían, si están constreñidos a tener inmóvil la cabeza por toda su vida?
Sócrates: Y para los objetos transportados, ¿no es lo mismo?
Glauco: Seguramente.
...y los toman por la realidad.
Sócrates: Si aquellos prisioneros pudiesen conversar entre ellos, ¿no crees que pensarían en llamar objetos realies a sus visiones?
Glauco: Por fuerza.
Sócrates: ¿Y si la prisión tuviese un eco en la pared de enfrente? Cada vez que uno de los pasantes hiciese sentir su voz, ¿crees que la juzgarían distinta de aquella sombra que ante ellos pasa?
Glauco: ¡No, por Zeus!
Sócrates: Para tales personas, en definitiva, la verdad no puede ser otra cosa que las sombras de los objetos artifiales.
Glauco: Por fuerza.
La vía del verdadero conocimiento comienza con la liberación de las cadenas de la ignorancia.
Sócrates: Examina ahora cómo podrían soltarse de las cadenas y curarse de la inconsciencia. Admite que les ocurriese un caso como éste: que uno fuese liberado, obligado imprevistamente a levantarse, a girar sobre su cabeza y elevar la mirada a la luz; y que haciendo esto sintiese dolor y el resplandor lo incapacitase para vislumbrar los objetos de los que antes veía las sombras.
No engañado por la percepción sensible (las sombras), el filósofo ve la verdad.
¿Qué crees que respondería si se le dijiese que antes veía vacuidades privas de sentido, pero que ahora, estando más próximo a lo que es y siendo dirigidio hacia los objetos que tienen más ser, puede ver mejor? Y si, mostrándole cada uno de los objetos que pasan, se le preguntara o se le obligara a responder qué es, ¿no crees que se quedaría dudoso y juzgaría más verdaderas las cosas que veía antes que las que le fuesen mostradas ahora?
Glauco: Cierto.
La verdad es deslumbrate; su descubrimiento puede confundirnos temporalmente.
Sócrates: Y si se le obligase a mirar la misma luz, ¿no sentiría dolor en los ojos y no huiría volviéndose hacia los objetos sobre los que puede sostener la vista? ¿Y no los juzgaría realmente más claros que aquellos que le fueron mostrados?
Glauco: Así es.
Sócrates: Y si luego se le arrastrase fuera de allí a la fuerza, obligándole a recorrer la áspera y escarpada cuesta y no se le dejase hasta haberlo sacado a la luz del Sol, ¿no sufriría y no se irritaría por ser arrastrado? Y, llegado a la luz, tendría los ojos tan llenos de ella que no podría ver una sola cosa de las que ahora llamamos verdaderas.
Glauco: No podría, desde luego; al menos momentáneamente.
La posesión de la verdad produce un rápido incremento del saber, una ascención a lo verdadero.
Sócrates: Si deseara ver el mundo superior, tendría que acostumbrarse. Y antes observará muy fácilmente las sombras y luego las imágenes de los seres humanos y de los otros objetos reflejados en el agua, y al fin los objetos mismos; y de éstos, luego, contemplar de noche los cuerpos celestes y el cielo mismo más fácilmente que ver durante el día el Sol y la luz del Sol.
Glauco: Cómo no.
El objetivo de la ascención cognoscitiva es la contemplación del bien en si mismo (el Sol):
Sócrates: Finalmente, creo yo, podrá observar y contemplar cuál es verdaderamente el Sol, y no sus reflejos en las aguas u otras superficies, sino el Sol en sí, en su propio dominio.
Glauco: Por fuerza; y después hablando del Sol, podría ya concluir en que es éste el que produce las estaciones y años, y el que gobierna todas las cosas del mundo visible, y es causa, en cierto modo, de todo aquello que él y sus compañeros veían.
El sabio tiene el deber de comunicar sus descubrimientos a toda la sociedad:
Sócrates: Y acordándose de la primera morada y de la sabiduría que allí había y de los compañeros de prisión, ¿no crees que se sentiría feliz del cambio y que sentiría piedad por ellos?
Glauco: Cierto.
Quién posea la verdadera sabiduría será marginado al mundo de la ignorancia.
Sócrates: En cuanto a los honores y elogios que de vez en cuando se intercambiaban entonces, y a los premios reservados para quien fue más agudo en observar los objetos que pasaban y más recordase los que solían desfilar antes y después, adivinando de esta forma el siguiente, ¿crees que los ambicionaría y que envidiraría a aquellos de entre los prisioneros que tuviesen honor y poder? ?O que se encontraría en la condición que se cuenta de Homero y prefiriría "ser siervo en el campo de cualquier labrador sin caudal" y sufrirlo todo antes que tener esas opiniones y vivir en aquel mundo ?
Glauco: Así pienso también yo; aceptaría todo antes que vivir de aquel modo.
Al sabio le resulta difícil comunicarse con quien no sabe nada y cree saberlo todo.
Reflexiona ahora sobre este otro punto. Si nuestro hombre descendiese de nuevo allá abajo y se sentara en el mismo lugar, ¿no tendría los ojos llenos de tinieblas, viniendo súbitamente del Sol?
Glauco: Si, cierto.
Sócrates: ¿Y si debiese discernir nuevamente entra las sombras y competir con los que permanecieron siempre prisioneros, mientras su vista está aún oscurecida, antes de que los ojos vuelvan a su estado normal? ¿Si este periodo en el que se reconoce el hábito de la vista fuese más bien largo?
El filósofo no se encuentra cómodo en el mundo de las sombras, (la vida cotidiana) y a menudo es torpe.
¿No sería él entonces objeto de risas? ¿Y no se diría de el que por haber subido allí vuelve con los ojos estropeados y que no merece la pena de intentar subir? Y a quien intentase liberar y conducir a aquellos prisioneros, ¿no lo asesinarían, si pudiesen tenerlo entre las manos y matarlo?
Glauco: Ciertamente.
El punto fundamental reside en abandonar el mundo sensible (la caverna) por el inteligible.
Sócrates: Esta imagen, querido Glauco, hay que aplicarla a nuestro discurso anterior: debemos comparar el mundo congnoscible con la morada de la prisión y la luz del fuego que hay dentro al poder del Sol. Si luego consideras que el ascenso y la contemplación del mundo superior equivalen a la elevación del alma al mundo inteligible, no concluirás muy diferente de como lo hago yo, si es que quieres conocer mi parecer.
Una vez en posesión de la verdad, el filósofo deberá retornar al mundo sensible, viendo la verdadera realidad.
El dios sabe si corresponde a lo verdadero. He aquí mi parecer: en el mundo cognoscible, lo más elevado y difícil es percibir la idea de bien; pero cuando se ha visto, la razón nos lleva a colegir que ella es la causa de todo lo que es recto y bello; y en el mundo visible ella genera la luz y la soberanía de la luz, y en lo inteligible ejerce soberanía, verdad e intelecto. Y quien quiera conducirse sabiamente en privada o en público, deberá verla.
Glauco: Estoy de acuerdo también yo, en la medida en que me es posible.
El filósofo debe huir de la tentación de extrañarse del mundo .
Sócrates: Tú estás de acuerdo conmigo también en este otro punto, y no te extrañes de quien ha llegado a esta altura no quiera ocuparse de las cosas humanas, y que de su alma se vea continuamente estimulada a vivir en la altura. Es natural que sea así, si también para esto vale la imagen de antes.
Glauco: Es natural.
Sócrates: ¿Y crees que pueda parecer extraño si uno, pasando de las visiones divinas a las cosas humanas, se muestra torpe y parece ridículo porque su vista está todavía oscurecida? ¿Y si, incluso antes de haber recuperado el hábito en aquella tiniebla reciente, se ve obligado a contender en los tribunales o en cualquiera otra sede discutiendo sobre las sombras de la justicia o sobre las copias que dan lugar a estas sombras, y a batirse sobre la interpretación de estos problemas con quien no ha visto la justicia en sí?
Glauco: No es de extrañarse.
Si bien al filósofo puede resultarle difícil vivir en el mundo , posee la fuerza interior de la verdad.
Sócrates: Pero una persona razonable se acordaría de que los ojos está sujetos a dos clases de perturbaciones, y por dos motivos: cuando pasan de la luz a la tiniebla y de la tiniebla a la luz. Y si pensase que estos mismos hechos se producen en el alma, cuando viese a alguien turbado e incapaz de visión alguna, no se reiría insensatamente, sino que buscaría saber si, viniendo de una vida más espléndida, está cegado por la falta de costumbre; o si procediendo desde la ignorancia a una condición de mayor esplendor, está demasiado deslumbrado. Y así, diría que uno es feliz por su condición y por su vida y tendría piedad del otro. Y si quisiera reírse de él, su risa sería menos ridícula que la que golpeara al alma que viene de lo alto, de la luz.
Glauco: Si, así parece.