La sórdida e incandescente luz calcinaba mi retina como un súbito fuego fatuo, empedernida en consumirme hasta que ni una molécula en mi haya permanecido en su estado base. La mujer que alguna vez posaba su cabellera sobre mi pecho, deslizandose como un plato humeante de fideos blancos sobre un frío plato hondo, había marchadose hace un tiempo de mis nervios más encarnados.
Nada quedaba en mí mas que el agridulce relato de un autista prodigio que jugaba con el lado interno de una caja de fósforos y se rascaba los talones con la pata de la silla.
La soledad ya no era un temor, un presagio, un advenimiento de ensueño. Era la más pasmosa realidad devenida en un sinfín de suspiros pesados, de hartazgos que implosionaban a cada segundo como burbujas en el aceite. Las sobras en el mantel me suspendían en un tiempo tan reflexionado que podía recordarlo con exactitud. La intermitente quietud como miles de diapositivas pasando una tras otra, sin que nada se altere, solo el parpadeo de aquella luz, aquella sórdida e incandescente luz que calcinaba mi retina como un súbito fuego fatuo.
Un fuego mágico y obscuro que habitaba en algún espacio subatómico que no podía percibir, pero que lograba mi mente y alma, provocándolas, invitando a evaluar un sinnúmero de posibles alternativas.
Pendulaba el reloj en sus dos únicas direcciones, advirtiéndome que era real, que regía su ley sobre todas las cosas. Pendulaba mi vida entre extremos imaginarios, imitando al tiempo con sus leyes, salvo que estas no eran reales. Solo en la suspensión podía sobrevolarme, viéndome en un presente que moría y renacía en un infinito estático.
Nunca hubo aburrimiento, nunca pudo ese concepto asomar en mi cabeza como una posibilidad absurda de escapismo, de falsa condena y despojo de responsabilidad. Nunca pudo corporizarse lo superfluo sobre el peso minucioso del abismo.
El viento terminó por soplar, disolviendo todo este lapso de materia y psique, deconstruyendo certezas repentinas para transformar la escena lentamente, así como todo en esta vida se transforma.
Nada quedaba en mí mas que el agridulce relato de un autista prodigio que jugaba con el lado interno de una caja de fósforos y se rascaba los talones con la pata de la silla.
La soledad ya no era un temor, un presagio, un advenimiento de ensueño. Era la más pasmosa realidad devenida en un sinfín de suspiros pesados, de hartazgos que implosionaban a cada segundo como burbujas en el aceite. Las sobras en el mantel me suspendían en un tiempo tan reflexionado que podía recordarlo con exactitud. La intermitente quietud como miles de diapositivas pasando una tras otra, sin que nada se altere, solo el parpadeo de aquella luz, aquella sórdida e incandescente luz que calcinaba mi retina como un súbito fuego fatuo.
Un fuego mágico y obscuro que habitaba en algún espacio subatómico que no podía percibir, pero que lograba mi mente y alma, provocándolas, invitando a evaluar un sinnúmero de posibles alternativas.
Pendulaba el reloj en sus dos únicas direcciones, advirtiéndome que era real, que regía su ley sobre todas las cosas. Pendulaba mi vida entre extremos imaginarios, imitando al tiempo con sus leyes, salvo que estas no eran reales. Solo en la suspensión podía sobrevolarme, viéndome en un presente que moría y renacía en un infinito estático.
Nunca hubo aburrimiento, nunca pudo ese concepto asomar en mi cabeza como una posibilidad absurda de escapismo, de falsa condena y despojo de responsabilidad. Nunca pudo corporizarse lo superfluo sobre el peso minucioso del abismo.
El viento terminó por soplar, disolviendo todo este lapso de materia y psique, deconstruyendo certezas repentinas para transformar la escena lentamente, así como todo en esta vida se transforma.