La mancha
Aquel mediodía, no lo reconocí. Su mirada (ya sin brillo), su caminar (lento, pausado) no coordinaba con su ropa (pantalón azul y camisa floreada). Venia, decía, de la fiesta que organizaban los bomberos por fin de año: donde el alcohol y las chicas estaban por doquier. Yo, admito, a veces las extraño.
El tema es que el Ruso, no controlaba. Tomaba unas cervezas de más, y, ya no controlaba su cuerpo, y, peor aún, sus palabras: “si a mi no me das un beso, yo le cuento a todo el mundo lo atorranta que sos” (…)”pero, qué pensas, ¿Qué estas buena? Si todo el barrio conoce la mancha que tenes al costado de la nalga izquierda, por culpa de tu viejo que no le dio el antojo a tú mama.”. Si, era verdad lo de la mancha y también lo de atorranta, pero a la Susana nunca le gustaron los borrachos y menos los de camisa floreada. Es más, creo que, si el Ruso no hubiese estado borracho y no hubiese llevado esa camisa (horrible), quizás, en una de esas, se la llevaba a la Susana al cuartito del Rusosex, así él llamaba a su telo personal. Porque, y esto si hay que decirlo, el cuartito (Rusosex) estaba muy lindo: paredes rojas, espejo de techo y un aparatito que lanzaba una fragancia a limón cada quince minutos.
El Ruso, siempre fue un galán. Mina que veía, mina que comía. Y, la verdad, tenia varios trofeos: la Gladys del pasillo al fondo, la Sabrina de la puerta azul cerca de la panadería, la Valeria de la remisería al frente de la plaza, las mellizas de la verdulería…
Pero con la Susana, no podía. Por alguna razón, que todos desconocíamos, al Ruso nunca le había mostrado la mancha. Y esto al Ruso lo volvía loco. No podía creer como todo el barrio (porque lo de atorranta era verdad) conocía la mancha y él no. Él, el galán para nosotros, era virgen de Susana.
Aquel mediodía, no lo reconocí. Su mirada (ya sin brillo), su caminar (lento, pausado) no coordinaba con su ropa (pantalón azul y camisa floreada). Venia, decía, de la fiesta que organizaban los bomberos por fin de año: donde el alcohol y las chicas estaban por doquier. Yo, admito, a veces las extraño.
El tema es que el Ruso, no controlaba. Tomaba unas cervezas de más, y, ya no controlaba su cuerpo, y, peor aún, sus palabras: “si a mi no me das un beso, yo le cuento a todo el mundo lo atorranta que sos” (…)”pero, qué pensas, ¿Qué estas buena? Si todo el barrio conoce la mancha que tenes al costado de la nalga izquierda, por culpa de tu viejo que no le dio el antojo a tú mama.”. Si, era verdad lo de la mancha y también lo de atorranta, pero a la Susana nunca le gustaron los borrachos y menos los de camisa floreada. Es más, creo que, si el Ruso no hubiese estado borracho y no hubiese llevado esa camisa (horrible), quizás, en una de esas, se la llevaba a la Susana al cuartito del Rusosex, así él llamaba a su telo personal. Porque, y esto si hay que decirlo, el cuartito (Rusosex) estaba muy lindo: paredes rojas, espejo de techo y un aparatito que lanzaba una fragancia a limón cada quince minutos.
El Ruso, siempre fue un galán. Mina que veía, mina que comía. Y, la verdad, tenia varios trofeos: la Gladys del pasillo al fondo, la Sabrina de la puerta azul cerca de la panadería, la Valeria de la remisería al frente de la plaza, las mellizas de la verdulería…
Pero con la Susana, no podía. Por alguna razón, que todos desconocíamos, al Ruso nunca le había mostrado la mancha. Y esto al Ruso lo volvía loco. No podía creer como todo el barrio (porque lo de atorranta era verdad) conocía la mancha y él no. Él, el galán para nosotros, era virgen de Susana.