(Algo que escribí en media hora) Semana 1 Día 1 Toda la mañana había estado en casa, escuchando en la radio de la plantación de jengibre, la voz de aquel hombre con acento gracioso, de voz gruesa decir: “¡Se va a acabar! ¿Hombres y mujeres, me oyen? ¡Se va a acabar!”. Era la primera vez que lo escuchaba. Yo estaba cocinando las raíces de jengibre, cuando lo oí entrar, Marcos acababa de volver del trabajo, emocionado. “¡Se va a acabar! ¿Josefina, me oíste? ¡Se va a acabar!”. Día 2 Marcos regresó de la plantación, trajo más raíces de jengibre. Estuve toda la mañana desnuda en la cama, mirando el techo, mis manos olían a jengibre y a semen; mis manos olían a Marcos. En la radio se oyen discusiones: Una voz dice “¡Se va a acabar!”, otra grita “No se va a acabar”. Marcos vuelve, está contento, abrió una cerveza, la sirvió en dos vasos y me dijo: “brindemos, no sólo esto se va a acabar, lo nuestro está por empezar”. Ahora me espera desnudo, bajo la ducha, él me espera para acariciarme con sus manos ásperas y lastimadas por cosechar las raíces de jengibre. Día 3 Ya no se escucha la voz del hombre con acento gracioso en la radio diciendo “¡Se va a acabar!”. Sólo la voz, cuyo acento no puedo identificar, aunque habla parecido a Marcos, o a mí, repitiendo: “No se va a acabar”. Marcos ha vuelto del trabajo, está herido; lo obligaron a golpes que dijera “No se va acabar”. Lo beso, le acaricio sus heridas, lo llevo a la cama; ahora huelo a sangre, a semen y a jengibre. Marcos ya no huele a él, Marcos carga con el olor al sudor de las masas y de un hervor furioso, sólo yo guardo su viejo aroma. Día 4 Marcos no fue a trabajar, escuchamos en la radio música y en las calles a gente gritar “¡Se va a acabar!”. Marcos salió y todavía no vuelve, salió corriendo lleno de inocencia y ferocidad; no tuve tiempo de decirle que tal vez estaba embarazada; escucho disparos, temo por él, por mí; pero nosotros, o lo que éramos, ya no es igual. Día 5 La gente de las manifestaciones agarraron al hombre del acento que suena como el nuestro, lo callaron. Otro hombre que suena igual al hombre del acento gracioso es puesto en la radio, exclamando lleno de un fervoroso clamor: “¡Se acabó! ¡Ahora empieza lo nuestro!”. Me notifican que Marcos ha muerto, fui a identificar su cuerpo. Me derrumbé sobre su pecho tieso; detrás del olor a sangre que cargaba en sus ropas todavía conservaba el perfume a jengibre. Me dirijo a la gente del acento gracioso, ahora son dueños de las plantaciones de jengibre, les pido por el puesto de trabajo que Marcos tenía, que estaba embarazada y que necesitaba tener un sustento para mí y para mi hijo. Me dicen que me premiarán por haber sido la esposa de un mártir. Día 6 Todo el día estuve en el trabajo, es difícil, me duelen las manos. Pero me dicen que debiera estar agradecida. Había estado escuchando en la radio la misma voz de aquel hombre de acento gracioso, decir: “¡No se va acabar!”. Algunos todavía hablan con el viejo acento, pero todos los trabajadores firmamos un papel en el que acordamos que el acento gracioso es ahora nuestro acento, y que de ahora en más nuestro viejo acento será el gracioso. Esto es para evitar que la gente del acento viejo vuelva al poder y deje a los trabajadores sin trabajo. Todos los que no firmen serán despedidos. Día 7 Estoy cansada, me cuesta concentrarme, trato de no hablar mucho, todavía no me acostumbro del todo al nuevo viejo acento, o al acento serio gracioso, cual no debo decir que fue gracioso y que ahora es serio, pero que si hablo desde el pasado tengo que decir que fue gracioso y ahora serio, y que lo fue así para que pudieran trabajar los manifestantes y que los trabajadores pudieran manifestarse, pero los que trabajamos no podemos manifestarnos o perdemos el trabajo; y si usamos un acento que no es el nuevo viejo serio gracioso acento, oirán que hablamos en un acento gracioso. “Es mejor no pensar mucho”, le dije a un colega en el receso del almuerzo. Él respondió, usando el nuevo viejo acento que era serio y ahora gracioso: “¿Lo que cambió es el acento, o sólo las cosas de las que uno tiene permitido reírse y las cosas de las que uno no tiene permitido reírse? ¿Te causa gracia que diga esto, por que es un chiste o por el acento?”. Yo no me reí, pero sí un hombre detrás de nosotros; lo vimos caminar pocos minutos después hacia la cabina del patrón. Al final de la jornada dos guardias vinieron en busca de mi colega, lo golpearon y se lo llevaron; poco después borraron su nombre de la planilla de empleados. Nos dijeron que teníamos toda libertad para hablar de lo que habíamos presenciado, pero sólo usando el nuevo acento que habíamos acordado usar; si no lo hacíamos de aquella manera nos pasaría lo mismo que a mi colega. El problema es que si decíamos lo mismo que mi colega había dicho no podía ser serio porque él lo había dicho en un acento que para el acento que sí teníamos permitido usar era gracioso, así que lo único que podíamos decir eran bromas y cosas sin importancia al respecto. Semana 2 Día 1 No pude dormir, desperté temblando en medio de la madrugada, tuve una pesadilla con Marcos, él trataba de decirme algo a gritos, con los ojos llenos de lágrimas, pero todo lo que podía oír eran cosas chistosas, a pesar de que eran dichas en el acento con el cual nos habíamos conocido, el acento con el cual nos habíamos enamorado, el acento que permitía que la desaparición de mi colega no fuera sólo un chiste. Antes de olvidar completamente aquel viejo acento, antes de que se convirtiera por completo en un objeto de burla y de costumbres pasadas aborrecibles, decidí ir al campo de jengibre, dirigirme a la cabina de la radio y decir lo que tengo para decir. Está por salir el sol, estoy frente al micrófono, sujetándolo con mis manos ásperas y lastimadas por cosechar jengibre. Los guardias todavía no me han visto, y no me importa que lo que diga pueda sonar gracioso, porque esto tiene que acabar; esto se va a acabar.
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