Esta es el primer post sobre un estudio filosófico/ científico relizado en Europa, cuya premisa es que el hombre ha perdido el camino, que deberá indefectiblemente volver a las fuentes.
Si bien el tema principal es la alimentación moderna versus la primitiva, y de como esta la supera en todos los sentidos, empecemos por estudiar como a traves de nuestra historia como especie, nos convertimos en la máquina enferma que somos actualmente.
Serán varios post, generalmente referidos a la alimentación y su incidencia en nuestra salud.
La conclusión de este informe es que la única alimentación para la que el organismo humano está biológicamente preparado es la de nuestros antepasados, antes que los hombres sometieran a la acción del fuego la ingesta diaria.
Esa alimentación era cruda, compuesta básicamente por vegetales, frutos secos, frutas y carnes de caza.
Un argumento tonto que usan muchos vegetarianos es que como somos primates, somos vegetarianos, y ya está. Y luego le dan al pan integral y la leche de vaca ¿¿??. ¿Qué es ser vegetariano? ¿Comer como una vaca, que tiene cuatro estómagos y un ejército de bacterias metabolizadoras de celulosa? ¿Comer como pájaros granívoros, que tienen una molleja donde almacenan piedrecillas que picotean y que les sirven para moler el grano? … ¿¿?? Sigamos: la carne entra a formar parte de la dieta humana, primero por su papel social, innegable como es en el caso de los chimpancés actuales; luego por necesidad --una vez migramos a climas fríos y se nos vinieron encima las glaciaciones. La carne nos dio inteligencia, nos hizo sociables, nos dio la oportunidad de llegar hasta hoy día. Pero no podemos por ello decir que sea necesaria sin un estudio claro de nuestras necesidades como animales (la maquinaria bioquímica que somos como especie concreta y su combustible), ni tampoco pensar que “cualquier tiempo pasado fue mejor”
El hombre del paleolítico ganó la batalla de pasar los genes generación tras generación gracias a la carne; no perdamos de vista que el éxito de una especie, bajo el prisma de la evolución, es ése: transmitir los genes ad infinitum. Si la carne provoca cáncer, enfermedades cardiovasculares y demás extras crónicos, el hombre de hace doscientos kilo años no lo sufrió en gran medida, dado que raramente llegaba a mucha más edad que la que le permitía transmitir su carga genética, debido a que los accidentes, el clima, los predadores, las enfermedades... se encargaban de limpiar el panorama de débiles, enfermos, despistados y ancianos. Y esas "enfermedades" degenerativas se instauran en una edad bien madura, máxime si tenemos en cuenta que la actividad física de tales individuos les protegería en cierta medida en su juventud.
Por otro lado, el genoma que “poseemos” no es nuestro: nosotros somos del genoma, en el sentido de que nuestro cuerpo es la expresión de la información que porta dicho genoma según el entorno que encuentra para modelar el fenotipo que ahora somos. Aquí se encuentran implícitas dos ideas maravillosas:
1.-Al ser el vehículo que el genoma usa para su eterno deambular filtrando energías (no, no hablo de esoterismo, sino de energías químicas, físicas, caloríficas) de aquí y de allá y creando flujos estructurados de materia a la par, nos podemos desposeer de tanto eg-o-rgullo y bajarnos, ya relajados, a observar qué somos y qué hacemos.
2.- No menos maravilloso es saber que lo que somos lo somos aquí y ahora; el fenotipo no es algo ya determinado por el genoma en el momento de la concepción: moreno, feo, gordo y de voz aguardentosa... sino algo que se modela a cada instante (por ejemplo, tras una maratón, el genoma se expresa con los materiales que suministran los nutrientes y crea nuevas mitocondrias; los enzimas que regulan la glucogeno-sintasa son activados...); los mecanismos de bio-feed-back genéticos son regulados segundo a segundo de nuestra existencia. Así, no sólo no somos los señores de nosotros, sino que ni siquiera somos nosotros mismos en el tiempo.
Los aborígenes australianos son probablemente uno de los escasos referentes de lo que debimos ser en su tiempo.
Y hace un par de siglos también estaban los indios americanos, fiel paradigma de la vida con y en la naturaleza.
Para los prehistóricos la naturaleza era sagrada: el árbol, el agua, el sol… eran dioses; se les respetaba, temía y cuidaba. La agricultura sacó a la luz el ansia de dominio del ser humano: apareció el pragmatismo, la mercantilización, la economía del “bienestar” y el inicio del declive. Fuimos entonces ya, contra, y a por la naturaleza. Inventamos la separación y nos convertimos en seres in vitro para dejar de existir in vivo, en el entorno. Llegaron los ultra-depredadores.
La observación de nosotros y nuestro papel en la Tierra nos llevaría a una coherencia plena. No habría más neurosis, más trabajos en cadena, más horarios, más “leyes”, ambiciones absurdas... Sí, sólo el sentido común daría mejores resultados que cualquier ciencia, cualquier religión, cualquier filosofía. Pero digámosle eso a quienquiera que conozcamos. ¿Cómo le hacemos entender a nadie que él lleva millones de años existiendo? ¿Cómo le hacemos ver que lo que él llama yo es una treta en la que la consciencia se ha enredado y que es él quien le pertenece a “ella”? Yo desde luego no he conseguido ni tan siquiera hacer ver cosas aparentemente tan sencillas como que el reloj y el tiempo son objetos diferentes, o que el nombre de las cosas no son las cosas en sí.
Desde aquí podemos entender entonces que cualquier opción/decisión tan compleja en el sentido en que toca lo racional, científico y emocional como el modo de alimentarse, no se puede tomar como una idea en plan religioso y ¡a ganar adeptos! con silogismos, demagogias o números y estadísticas. ¿”Quién” es un porcentaje dentro de las probabilidades de tener cáncer o no? ¿Dónde está “el bueno” en las tablas de “Riesgo de muerte cardiovascular”?.
Particularmente no deseo mucho, o si acaso desearía no desear mucho. Tan sólo me pregunto, como un crío, por qué cuando se observa la maquinaria despiadada del consumismo en un hipermercado (miles de filetes clónicos en fila, cientos de pescados ordenados, verduras hipertrofiadas y mal recolectadas o frascos, latas, envases, cajas de extraños productos con un listado de ingredientes que ríete tú de las fórmulas que se encuentra uno estudiando una carrera de ciencias) se encuentra uno en seguida divagando sobre la inmundicia de la inconsciencia social; se siente uno mal, extraño o extranjero.
Y por qué cuando notas fresco en el cuerpo, tus pies húmedos de caminar horas identificando setas en el bosque, o diluyéndote en el ruido sordo e infinitamente monótono del oleaje en la playa, todo parece formar parte de otro mundo en el que uno es parte indispensable y aceptada. Y una respuesta martillea en mi cabeza, siempre la misma: éste es tu sitio, tu lugar en el mundo: eres del mundo, eres el mundo.
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Pero el problema viene de base: el hombre se piensa dueño del mundo, una vez el mito de su creación lo tiene implantado en su mente. La religión del dominio, donde la naturaleza, el cosmos, el universo mismo, es visto como un objeto que domeñar, de "usar y tirar" -empleando la terminología actual.
Es a partir de un cambio de perspectiva, de una aceptación del nuevo paradigma propio de nuestra ecología inherente, que todo devendrá. Y la aceptación de lo que somos servirá como factor multiplicador de la relación inversamente proporcional que supone el esfuerzo y la consecución en el camino de la salud y disfrute pleno de nuestra existencia.
Gracias BlackSun
Fuente: http://primatehumano.blogspot.com/2007/04/la-vida-vista-desde-otra-perspectiva.html
Si bien el tema principal es la alimentación moderna versus la primitiva, y de como esta la supera en todos los sentidos, empecemos por estudiar como a traves de nuestra historia como especie, nos convertimos en la máquina enferma que somos actualmente.
Serán varios post, generalmente referidos a la alimentación y su incidencia en nuestra salud.
La conclusión de este informe es que la única alimentación para la que el organismo humano está biológicamente preparado es la de nuestros antepasados, antes que los hombres sometieran a la acción del fuego la ingesta diaria.
Esa alimentación era cruda, compuesta básicamente por vegetales, frutos secos, frutas y carnes de caza.
Un argumento tonto que usan muchos vegetarianos es que como somos primates, somos vegetarianos, y ya está. Y luego le dan al pan integral y la leche de vaca ¿¿??. ¿Qué es ser vegetariano? ¿Comer como una vaca, que tiene cuatro estómagos y un ejército de bacterias metabolizadoras de celulosa? ¿Comer como pájaros granívoros, que tienen una molleja donde almacenan piedrecillas que picotean y que les sirven para moler el grano? … ¿¿?? Sigamos: la carne entra a formar parte de la dieta humana, primero por su papel social, innegable como es en el caso de los chimpancés actuales; luego por necesidad --una vez migramos a climas fríos y se nos vinieron encima las glaciaciones. La carne nos dio inteligencia, nos hizo sociables, nos dio la oportunidad de llegar hasta hoy día. Pero no podemos por ello decir que sea necesaria sin un estudio claro de nuestras necesidades como animales (la maquinaria bioquímica que somos como especie concreta y su combustible), ni tampoco pensar que “cualquier tiempo pasado fue mejor”

El hombre del paleolítico ganó la batalla de pasar los genes generación tras generación gracias a la carne; no perdamos de vista que el éxito de una especie, bajo el prisma de la evolución, es ése: transmitir los genes ad infinitum. Si la carne provoca cáncer, enfermedades cardiovasculares y demás extras crónicos, el hombre de hace doscientos kilo años no lo sufrió en gran medida, dado que raramente llegaba a mucha más edad que la que le permitía transmitir su carga genética, debido a que los accidentes, el clima, los predadores, las enfermedades... se encargaban de limpiar el panorama de débiles, enfermos, despistados y ancianos. Y esas "enfermedades" degenerativas se instauran en una edad bien madura, máxime si tenemos en cuenta que la actividad física de tales individuos les protegería en cierta medida en su juventud.
Por otro lado, el genoma que “poseemos” no es nuestro: nosotros somos del genoma, en el sentido de que nuestro cuerpo es la expresión de la información que porta dicho genoma según el entorno que encuentra para modelar el fenotipo que ahora somos. Aquí se encuentran implícitas dos ideas maravillosas:
1.-Al ser el vehículo que el genoma usa para su eterno deambular filtrando energías (no, no hablo de esoterismo, sino de energías químicas, físicas, caloríficas) de aquí y de allá y creando flujos estructurados de materia a la par, nos podemos desposeer de tanto eg-o-rgullo y bajarnos, ya relajados, a observar qué somos y qué hacemos.
2.- No menos maravilloso es saber que lo que somos lo somos aquí y ahora; el fenotipo no es algo ya determinado por el genoma en el momento de la concepción: moreno, feo, gordo y de voz aguardentosa... sino algo que se modela a cada instante (por ejemplo, tras una maratón, el genoma se expresa con los materiales que suministran los nutrientes y crea nuevas mitocondrias; los enzimas que regulan la glucogeno-sintasa son activados...); los mecanismos de bio-feed-back genéticos son regulados segundo a segundo de nuestra existencia. Así, no sólo no somos los señores de nosotros, sino que ni siquiera somos nosotros mismos en el tiempo.
Los aborígenes australianos son probablemente uno de los escasos referentes de lo que debimos ser en su tiempo.

Y hace un par de siglos también estaban los indios americanos, fiel paradigma de la vida con y en la naturaleza.
Para los prehistóricos la naturaleza era sagrada: el árbol, el agua, el sol… eran dioses; se les respetaba, temía y cuidaba. La agricultura sacó a la luz el ansia de dominio del ser humano: apareció el pragmatismo, la mercantilización, la economía del “bienestar” y el inicio del declive. Fuimos entonces ya, contra, y a por la naturaleza. Inventamos la separación y nos convertimos en seres in vitro para dejar de existir in vivo, en el entorno. Llegaron los ultra-depredadores.
La observación de nosotros y nuestro papel en la Tierra nos llevaría a una coherencia plena. No habría más neurosis, más trabajos en cadena, más horarios, más “leyes”, ambiciones absurdas... Sí, sólo el sentido común daría mejores resultados que cualquier ciencia, cualquier religión, cualquier filosofía. Pero digámosle eso a quienquiera que conozcamos. ¿Cómo le hacemos entender a nadie que él lleva millones de años existiendo? ¿Cómo le hacemos ver que lo que él llama yo es una treta en la que la consciencia se ha enredado y que es él quien le pertenece a “ella”? Yo desde luego no he conseguido ni tan siquiera hacer ver cosas aparentemente tan sencillas como que el reloj y el tiempo son objetos diferentes, o que el nombre de las cosas no son las cosas en sí.
Desde aquí podemos entender entonces que cualquier opción/decisión tan compleja en el sentido en que toca lo racional, científico y emocional como el modo de alimentarse, no se puede tomar como una idea en plan religioso y ¡a ganar adeptos! con silogismos, demagogias o números y estadísticas. ¿”Quién” es un porcentaje dentro de las probabilidades de tener cáncer o no? ¿Dónde está “el bueno” en las tablas de “Riesgo de muerte cardiovascular”?.
Particularmente no deseo mucho, o si acaso desearía no desear mucho. Tan sólo me pregunto, como un crío, por qué cuando se observa la maquinaria despiadada del consumismo en un hipermercado (miles de filetes clónicos en fila, cientos de pescados ordenados, verduras hipertrofiadas y mal recolectadas o frascos, latas, envases, cajas de extraños productos con un listado de ingredientes que ríete tú de las fórmulas que se encuentra uno estudiando una carrera de ciencias) se encuentra uno en seguida divagando sobre la inmundicia de la inconsciencia social; se siente uno mal, extraño o extranjero.
Y por qué cuando notas fresco en el cuerpo, tus pies húmedos de caminar horas identificando setas en el bosque, o diluyéndote en el ruido sordo e infinitamente monótono del oleaje en la playa, todo parece formar parte de otro mundo en el que uno es parte indispensable y aceptada. Y una respuesta martillea en mi cabeza, siempre la misma: éste es tu sitio, tu lugar en el mundo: eres del mundo, eres el mundo.
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Pero el problema viene de base: el hombre se piensa dueño del mundo, una vez el mito de su creación lo tiene implantado en su mente. La religión del dominio, donde la naturaleza, el cosmos, el universo mismo, es visto como un objeto que domeñar, de "usar y tirar" -empleando la terminología actual.

Es a partir de un cambio de perspectiva, de una aceptación del nuevo paradigma propio de nuestra ecología inherente, que todo devendrá. Y la aceptación de lo que somos servirá como factor multiplicador de la relación inversamente proporcional que supone el esfuerzo y la consecución en el camino de la salud y disfrute pleno de nuestra existencia.
Gracias BlackSun

Fuente: http://primatehumano.blogspot.com/2007/04/la-vida-vista-desde-otra-perspectiva.html