La baldosa que salpica es la protagonista de esta “historia”. Cuando uno camina bajo la lluvia, o una vez que ha dejado de llover, por las poco prolijas veredas corre el riesgo de pisar el rectángulo improvisado, compuesto de piedra y cemento, que conforma una baldosa, laja o elemento símil, que tendidos sobre una base “firme” permiten que caminemos sobre ellas para una mayor comodidad. Pero si llueve, o llovió, se convierten en potenciales salpicaduras de agua barrosa. Por mas que uno valla prestando atención para tratar de esquivar aquella que se encuentra flotando sobre barro siempre una ha ocultado su condición de “isla en la vereda” y espera al acecho el peso de uno de nuestros dos pies para escupir al otro que viene un poco mas atrás.
Son descorteces y siempre inoportunas. No tienen piedad. Por eso he decidido, cada vez que llueva, salir de pantalones cortos para no ensuciar mi ropa, pero ellas se las ingenian para salpicar mas arriba.
Esas baldosas que se han zafado de sus raíces de cemento, que han roto la “cadena” que las hacia prisionera del piso, son causales de retraso, mal humor, risas de peatones que me ven, enojo de mi mama que lava la ropa, risas de mi novia, y muchas otras cosas que me hacen mal enumerar.
El barro con el pasar de los días se convierte en una sustancia peligrosa y uno corre el riesgo de ser marcado por él durante el lapso de, hasta, tres, o incluso, cuatro días después de que cayo aquel desafortunado chaparrón.
A ustedes baldosas les digo ¡No les tengo miedo! No voy a dejar de caminar culpa de su mal comportamiento. ¡Maldita baldosa suelta! Para vos andate a la (piiiiiiiiiiiiiiii) que te re (piiiiiiiiiiii)... no te tengo miedo solamente ¡TE ODIO!.
Son descorteces y siempre inoportunas. No tienen piedad. Por eso he decidido, cada vez que llueva, salir de pantalones cortos para no ensuciar mi ropa, pero ellas se las ingenian para salpicar mas arriba.
Esas baldosas que se han zafado de sus raíces de cemento, que han roto la “cadena” que las hacia prisionera del piso, son causales de retraso, mal humor, risas de peatones que me ven, enojo de mi mama que lava la ropa, risas de mi novia, y muchas otras cosas que me hacen mal enumerar.
El barro con el pasar de los días se convierte en una sustancia peligrosa y uno corre el riesgo de ser marcado por él durante el lapso de, hasta, tres, o incluso, cuatro días después de que cayo aquel desafortunado chaparrón.
A ustedes baldosas les digo ¡No les tengo miedo! No voy a dejar de caminar culpa de su mal comportamiento. ¡Maldita baldosa suelta! Para vos andate a la (piiiiiiiiiiiiiiii) que te re (piiiiiiiiiiii)... no te tengo miedo solamente ¡TE ODIO!.