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Biografía de Juan Manuel de Rosas (1era parte)

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Biografía de Juan Manuel de Rosas

Genealogía e Infancia



El 30 de marzo de 1793, en la casa grande del finado don Clemente López, situada en la acera norte de la calle Santa Lucía, doña Agustina López de Osornio, esposa del joven militar León Ortiz de Rozas, daba a luz a su primer hijo varón. El alumbramiento de un varón, ansiosamente esperado, colmó de gozo al padre, gallardo teniente de la quinta compañía del segundo batallón del regimiento de infantería de Buenos Aires.

La noticia se propagó en el barrio, llevada quizás por el pulpero don Ignacio y el mulato José, el sastre, vecinos de la cuadra. Las negras Feliciana, Damiana, Pascuala, Teodora y demás esclavas, y la india libre Juliana, criadas de la casa, se agolpaban en el vasto patio, impacientes por penetrar en la alcoba de la amita y conocer la criatura. En cuanto al párvulo rompió a gritar desaforadamente, señal de que venía con fortaleza al mundo, su padre don León se puso chupa, calzón azul y casaca con botones blancos, vuelta y collarín encarnados, y vestido así con el uniforme de infantería, fue al cuartel en busca del capellán de su batallón para que bautizara en seguida al recién nacido. Como estuviera ausente su capellán, y nadie diera razón de él en ese momento, llamó al del batallón tercero, doctor Pantaleón de Rivarola.

El teniente pensaba que el vástago de un Ortiz de Rozas debía, el primer día de su vida, ser ungido a la vez católico y militar, y por ello se empeñó en que fuera castrense el sacerdote que pusiera óleo y crisma a la criatura. La ceremonia se realizó, dándose al niño el nombre de Juan Manuel José Domingo, según se asentó en el acta. En la casa de López de Osornio no se había disipado la sombra de la tragedia que, años antes, azotó y horrorizó aquel hogar: el viejo don Clemente, rico hacendado, padre de Agustina, y Andrés su hijo mayor de veinte y seis años, fueron asesinados por los indios en un malón que éstos llevaron, el 13 de diciembre de 1783, contra la estancia “El Rincón de López” en las llanuras desiertas del sud, sobre el Salado y el mar. Don Clemente López de Osornio encarnó, en la segunda mitad del siglo XVIII, el tipo rudo del estanciero militar que pasó su vida lidiando para conquistar palmo a palmo la pampa y dominar a los salvajes infieles.

Fue sargento mayor de milicias, caudillo de los paisanos y cabeza del gremio de hacendados, de quienes tuvo durante muchos años la representación con el cargo de apoderado ante las autoridades del virreinato. Don Clemente, ya anciano trabajaba como un mozo, con su hijo Andrés, en las ásperas faenas rurales jineteando redomones y arreando vacas chúcaras, a campo traviesa, entre paja brava y cardizales, pantanos y lagunas.Tenía setenta y cinco años cuando, entregado a esas recias labores, fue lanceado y degollado, con su hijo, por la maloca salvaje. La imagen de la lucha con los bárbaros era familiar no sólo a doña Agustina López de Osornio, sino también a don León Ortiz de Rozas. Don León provenía de limpia cepa de militares y de funcionarios españoles. Los Ortiz de Rozas, de raza hidalga oriunda del Valle del Soba, provincia de Burgos, ocuparon siempre los primeros puestos en aquel valle, sea como regidores y magistrados, sea como guerreros, y formaron parte de esa aristocracia rústica y pobre, generosa de sangre, que consagró su vida con acendrado fervor al servicio de su fe y de su rey. León, en cuanto cumplió diez y nueve años de edad fue nombrado, el 30 de abril de 1779, subteniente del regimiento de infantería de Buenos Aires, en el que su padre era capitán. En aquellos días acababa de regresar en una fragata, de la expedición a la bahía Sin Fondo de la Patagonia, don Juan de la Piedra quien, después de sufrir toda suerte de penurias, abandonó la empresa, fue suspendido por orden del virrey Vértiz, y enviado a España. León Ortiz de Rozas, que ansiaba realizar hazañas, pidió se le alistara en alguna expedición a esas regiones. De la Piedra hizo degollar a una partida de hombres, mujeres y niños del cacique Francisco, y se dirigió hacia la Sierra de la Ventana para a atacar a las tribus de toda esa región que se habían reunido en guerra contra los cristianos; pero fue cercado y derrotado, cayendo en poder de los bárbaros los oficiales León Ortiz de Rozas, Domingo Piera y fray Francisco Javier Montañés que desde 1783 era capellán en el establecimiento San José de la Patagonia y que se había agregado a la expedición de la Piedra. El cautiverio de don León y de sus compañeros fue lleno de zozobras, y habrían perecido, de seguro, si un hermano del cacique Negro no hubiese estado, en calidad de prisionero, en poder del virrey marqués de Loreto.

La esperanza de recobrarlo por medio de un canje indujo a los indios a respetar, esta vez, la vida de sus enemigos. León, liberado del cautiverio, se había captado la amistad de los principales caciques y difundido la simpatía del nombre de Rosas entre las tribus, regresó a Buenos Aires con la aureola heroica del cautiverio, llevando en su espíritu la visión salvaje de la vida y de la lucha en las pampas.

Tradicionalismo y catolicidad marcaron desde la cuna la existencia de Rosas, acostumbrado a vivir alternativamente en el campo y la ciudad, domador de potros chúcaros en la infancia y de malones desorbitados; junto a su madre. Voluntarioso y dominante. Como su madre, su carácter no se doblegaba ante el rigor de los castigos que doña Agustina le infligía por sus travesuras.

La primera interrupción en sus actividades de estanciero fue debida a las invasiones inglesas. El 12 de agosto de 1806 estuvo Juan Manuel entre “los voluntarios que formaron el ejército que reconquistó Buenos Aires”, según le recordara a su yerno Máximo Terrero en 1861: “Se llevó a su casa de la calle Cuyo a varios de sus jóvenes amigos, los incitó a la pela, los armó como pudo y se presentó a la cabeza de ellos al general Liniers”; confirmó Saldías. Y después de la rendición Liniers lo devolvió a sus padres, portador de honrosa carta testimonial.

Y recordando a Liniers, Rosas en su ancianidad anotaba en sus apuntes: “¡Liniers! Ilustre, noble, virtuoso, a quien yo tanto he querido y he de querer por toda la eternidad sin olvidarlo jamás...” Juan Manuel, que entraba en la pubertad y que acababa de recibirmanejando un cañón, el bautismo de fuego y de sangre en la Reconquista de su ciudad natal, sentó plaza de soldado en el cuarto escuadrón de caballería, llamado de los “Migueletes”, que mandaba el porteño don Alejo Castex.

Se vistió ufano, con el uniforme punzó de ese cuerpo -color que sería para siempre el de sus predilecciones-, y combatió con denuedo en la cruenta defensa de Buenos Aires contra la segunda invasión de los británicos. Decía Rosas años después, el 2 de mayo de 1869 a su amiga Josefa Gómez: “tomé de 14 años plaza de soldado de caballería de Migueletes.Tengo la carta del Señor Dn. Martín de Alzaga a mi madre, y la del Señor Dn. Juan Miguens a mi padre, acreditando mi conducta en esos gloriosos triunfos”.

Lo que Rosas decía nostálgico en el exilio, lo habían escrito desde tiempo inmemorial todos sus historiadores, amigos o adversarios, sin ninguna duda. Juan Manuel volvió a su casa, de la que poco antes saliera adolescente, convertido en guerrero. Don León y doña Agustina al ver llegar a Juan Manuel, después de los combates, vestido de rojo, notaron que el niño acentuaba su fiereza al transformarse en hombre.

De Estanciero a Caudillo



La mayoría de los jóvenes contemporáneos de Rosas abrazaron la causa de la Revolución de Mayo para combatir por su triunfo, y hasta sacrificaron para ello su tranquilidad, su fortuna y su vida. Mientras que en la década de 1810 a 1820 esa juventud brega por la Independencia o trabaja exaltada por sus ideales de libertad en las páginas de la prensa o en la tribuna de los congresos, Rosas primogénito de una familia numerosa debe empeñarse en labores rurales y desde sus faenas contempla como simple espectador, desde lejos, los tumultos de la lucha y las proezas de la epopeya. "Ninguno de mis padres, ni yo, ni mis hermanos ni hermanas hemos sido contrarios a la causa de la independencia americana", escribía Rosas a doña Josefa Gómez, comentando en una carta íntima, la "Historia de Rosas" de Manuel Bilbao. Gauchos, indios, prófugos, todo el lumpen campesino, fue sin embargo disciplinado en sus estancias por Rosas.

Desde joven transformó aquellos campos en un emporio industrioso, impuso su ley ruda y justa, la cumplía antes que nadie, y aseguró buenos dividendos a los entonces disminuidos bienes familiares. Don León Ortiz de Rozas confió la administración de la estancia "El Rincón de López" a su hijo Juan Manuel cuando éste no había llegado aún a la mayoría de edad, en 1811. Desde esa época, y por muchos años, Rosas vivió consagrado a la explotación ganadera, en esos establecimientos de sus padres primero, y en otras estancias después.

Rosas era atraído por la vida campesina. Su vocación le llevaba a las faenas rurales en la llanura agreste donde, libre de reatos y de convencionalismos, su personalidad se desarrollaba como una fuerza de la naturaleza. La pampa fue su primer gran libro.

Los peonajes, las tribus y los rebaños le fueron mostrando poco a poco, hechos, síntomas, formas, instintos, precauciones, defensas, cosas provechosas y peligros evitables. Sedujo y dominó a los gauchos vagabundos, a los peones holgazanes y a los indios levantiscos. Sus órdenes debían ser cumplidas en forma tan inflexible que él mismo era castigado si no las obedecía.

Había prohibido andar con cuchillo en día festivo, so pena de dos horas de cepo del pescuezo, y dispuesto que el peón que saliera sin lazo al campo, o boleara avestruces, sufriría cincuenta azotes a calzón quitado. Un día, con el propósito de mostrar a su gente hasta donde debía llevarse el cumplimiento de su órdenes, apareció sin lazo ante los peones y requirió se le castigara; el capataz no se atrevió a azotarle; entonces le fueron aplicados cien azotes al temerosos capataz.

"No contento Rosas con esto –refiere, en sus "Memorias", Lamadrid- hizo muy luego que se olvidaba y salió una mañana al campo con los peones sin poner su lazo a los tientos. El capataz, que ya había probado cuanto gustaba su amo de ser obedecido, le advirtió al instante y mandándole apear del caballo, quitarse los pantalones y tenderse, le aplicó con toda fuerza los cincuenta azotes. Rosas los sufrió sin hacer un gesto y regaló, después, a su capataz y criado por haber llenado su deber. Igual experimento sufrió en el cepo del pescuezo por haber salido con cuchillo bien oculto. No se crea que esto es supuesto; me lo aseguraron sus mismos dependientes, ponderándome el orden que se observa en sus establecimientos de campo. Este fue el modo con que Rosas comenzó a formarse una reputación. En toda la campaña del sud, muy particularmente, era más obedecida una orden suya que la del mismo gobierno". En las disparadas a la ciudad, conoció a Encarnación Ezcurra y Arguibel: los mismos gustos, idéntica ubicación social, ideas y creencias, aproximaban ambas familias.

Y aunque sus padres se oponían por la juventud, o quizás debido a la pobreza de los Ezcurra en tiempos progresistas de los Ortiz de Rozas, la voluntad de Juan Manuel venció los obstáculos y se casaron el 16 de marzo de 1813. Los nuevos esposos vivieron un tiempo en el Rincón de López. Un episodio todavía impreciso, al sentir la joven Encarnación cierta molestia de su suegra, llevó a Juan Manuel a separarse e iniciar su vida de estanciero independiente, asociado a su íntimo amigo Juan Nepomuceno Terrero.

Los rígidos hábitos de trabajo (compendiados después en las célebres "Instrucciones" de Rosas a los mayordomos de estancias) y la autoridad indiscutida del patrón convertido en señor de vidas y haciendas, transformaron los primeros pasos de Rosas –administrador de campos de los Anchorena, sus parientes- en propietario de "Los Cerrillos". Más de 25 leguas en Guardia del Monte, que progresaron rápidamente, convertidas en emporio ganadero y agrícola con 60 arados trabajando simultáneamente.

En 1820 se produce el período conocido por anarquía, es decir la lucha por encontrar las mejores instituciones. La anarquía fue un fenómeno porteño, a la que puso término Juan Manuel de Rosas, apoyado en los Colorados del Monte, y su indudable genialidad política. A todo evento prepara sus peonajes, que estaban militarmente organizados, "hablo a los sirvientes de la estancia en que resido en la frontera del Monte; se presentan a seguirme, con ellos y con algunos milicianos del escuadrón marcho en auxilio de la muy digna capital que con urgencia veloz reclamaba este deber".

Con los despachos de coronel de milicias el joven estanciero se encargó de salvar el nuevo orden. Las plebes suburbanas acaudilladas por el coronel Manuel Vicente Pagola, prestigioso guerrero de la Independencia y el federalismo, se sublevaron el 1º de octubre. La revolución duró cinco días, en oposición al retorno de la "facción destruida del Congreso y Directorio, enemiga de la libertad de los pueblos", según se proclamara. La peonada militarizada puso sitio a la ciudad el día 3. Vestían gorro colorado de manga volcada, al tono del traje, y de ahí su denominación al margen de los colorados federales. El 5 entraron a la ciudad y combatieron hasta obtener la rendición de los revolucionarios. "No puede usted imaginarse –escribía don José María Rojas y Patrón a don Manuel José García- el entusiasmo con que los extranjeros hablan de los colorados, todos aseguran no haber visto cosa semejante, pues temían un saqueo, venciese quien venciese". Esta importante participación de Rosas, elogiada por poetas y políticos, culminó al retirarse de la capital el 10 de octubre. Rosas conquistó, de improviso, tan brillante prestigio en la ciudad que no sólo era aclamado por el pueblo, sino también cantado por los poetas; fray Cayetano Rodríguez le dedicó un soneto.

El Fusilamiento de Dorrego, Guerra Interina



Todo el país vivía la creciente agitación contra el régimen unitario, seguía la guerra contra los brasileros. Las provincias del noroeste y centro, de mayor riqueza, volumen demográfico e importancia socio-política, se movilizaban tras los caudillos Facundo Quiroga, Juan Bautista Bustos y Juan Felipe Ibarra.

El 24 de mayo de 1827 Manuel J. García firma con los representantes brasileños (marqueses de Queluz y Macaio y vizconde San Leopoldo) la humillación de la Argentina: renunciaba a la Cisplatina contentándose con la promesa del emperador de “arreglarla con sumo esmero, del mismo modo, o mejor aún, que las demás provincias del Imperio”; la isla de Martín García sería neutralizada, se indemnizaría a Brasil por la guerra de corsarios, y se pedía a Inglaterra por quince años “la garantía de la libre navegación del Plata”.

El escándalo es tremendo, y Rivadavia debe mandar su renuncia al congreso: “Me es penoso no poder exponer a la faz del mundo los motivos que justifican mi irrevocable resolución...He dado a la patria días de gloria...he sostenido hasta el último punto la honra y dignidad de la Nación...Dificultades de nuevo orden que no me fue dado prever han venido a convencerme de que mis servicios no pueden en lo sucesivo serle de utilidad alguna...Sensible es no poder satisfacer al mundo de los motivos irresistibles que justifican esta decidida resolución...Quizá hoy no se hará justicia a la nobleza y sinceridad de mis sentimientos, mas yo cuento con que al menos me la hará algún día la posteridad, me la hará la historia”. Fue aceptada por 48 votos sobre 50.En la misma sesión del 30 de julio donde fue aceptada la renuncia de Rivadavia “por ventajosa para el país”, Valentín Gómez, Dorrego, Portillo y Arenales presentaron sendos proyectos para resolver la angustiosa situación. Coincidían en elegir un presidente provisional que reanudase la unidad y siguiese la guerra. El 9 de julio se hizo cargo Vicente López y Planes.

Reconstituidas las instituciones provinciales, se eligió al coronel Manuel Dorrego como gobernador de Buenos Aires el 12 de agosto de 1827. Aunque se ha derrumbado la constitución unitaria de 1826 y gran parte de la obra presidencial, resultado del vergonzoso tratado con Brasil, los unitarios vencidos no desaparecen de la acción, salvo Rivadavia que, después de un año de silencio, partirá para Europa, los demás líderes del partido hacen violenta oposición al nuevo gobierno de Manuel Dorrego.

El advenimiento de los federales al poder significa el triunfo de la democracia y el comienzo, o el anuncio, de una revolución social. Desde 1810 han gobernado los hombres de la clase elevada: el “patriciado” porteño. El 25 de Mayo nos liberamos de España, pero el pueblo no por eso fue libre. Los gobernadores confían a su colega bonaerense la representación de las relaciones exteriores “para objetos de paz y guerra” y concretan entre julio y septiembre de 1828, la instalación de la Convención Nacional en Santa Fe, cuerpo legislativo deliberativo soberano, previo a un congreso constituyente encargado de la organización nacional definitiva.

Al hacerse cargo Dorrego, el enviado inglés lord Ponsonby lo presiona para aceptar el tratado de García con algunas modificaciones: la isla de Martín García podría darse a los argentinos, y no indemnizarían por el corso. Dorrego no quiso oírlas. “Es la jactancia republicana en todo su vigor”, escribe Ponsonby a lord Dudley el 27 de diciembre (1827). Dorrego incita al armamento de corsarios, que además de cumplir una tarea patriótica daban buen rendimiento a sus armadores (las firmas de Vicente Casares y José Julián Arriola fueron las principales). Parte del plan de guerra de Dorrego era enviar un ejército del Norte mandado por Estanislao López a fin de apoderarse de las Misiones Orientales.

Pero le ganó de mano Fructuoso Rivera, que el 22 de abril (1828) con poco más de setenta compañeros cruzó el Ibicuy, tomando los “Siete Pueblos Orientales Misioneros” que Portugal ocupaba de hecho desde 1801. Un arriesgado plan concibe Dorrego, apoyado en los opositores brasileños: José Bonifacio de Andrada e Silva o su hermano Antonio Carlos (o ambos conjuntamente) han pasado un tiempo ocultos en Buenos Aires combinándolo; está comprometido Fernando Bauer, apoderado de los mercenarios alemanes (quien a las órdenes del coronel Martín Hin servía a los brasileños), quienes por una crecida retribución se sublevarían en Pernambuco donde estaban acuartelados en su mayoría; también la guarnición irlandesa de Río de Janeiro se amotinaría, apoderándose del emperador y embarcándole en la fragata “Congreso” de Fournier que esperaba en la costa para traerlo a la Argentina.

Dorrego se prometía el resultado decisivo de este plan, combinado con una ofensiva de Lavalleja sobre Lecor y el apoyo de Bolívar. Fue imposible realizarlo por motivos económicos.

Dorrego confirmó a Rosas en la comandancia general de campaña, gustosamente aceptada. Al caer la noche del 30 de noviembre de 1828, antes de partir de la capital, donde se consideraba inminente un golpe militar, Juan Manuel de Rosas mandó un aviso al gobernador Dorrego: “El ejército nacional llega desmoralizado por esa logias que desde mucho tiempo nos tiene vendidos”.

Firmada la paz con el Brasil, el gobierno ordenó el regreso de las tropas. Todo el mundo dice y cree que cuando lleguen esas tropas se sublevarán, menos una persona: el coronel don Manuel Dorrego.

El 1 de diciembre de 1828 estalla el pronunciamiento del general Juan Lavalle con los cuerpos de línea del ejército, cuya preparación había sido un secreto a voces en Buenos Aires. Rosas marchó en seguida a reclutar gente en la campaña.

Las montoneras federales son mandadas por antiguos fieles de Rosas: Pancho el Ñato, Molina, Arbolito y otros hombres de campo, gauchos los unos y mestizos de indígena y gaucho los otros. Dorrego fiándose en su prestigio y su autoridad legal, sin escuchar los prácticos consejos de Rosas decide dar batalla a las tropas unitarias.

Las fuerzas federales son vencidas, a pesar de que Rosas insistió en aconsejar la retirada al gobernador, que tercamente creía esperar refuerzos leales. El día 10 Dorrego es tomado prisionero y es fusilado por orden del general Juan Lavalle el 13 de diciembre, donde se comete el más grande crimen de nuestra historia. La muerte de Dorrego produce en el país hondísima impresión. Varela en “El Pampero” versifica, convencido del escarmiento que significa el fusilamiento de Dorrego: “Bustos y López / Solá y Quiroga / oliendo a soga / desde hoy están”. Sin espantar a nadie agrega que “Lavalle debiera degollar a cuatro mil”. Una locura homicida se apodera de los más dignos militares unitarios.

Juan Apóstol Martínez, un héroe de la Independencia, recorre el campo matando gauchos a los que hace cavar sus propias tumbas; a veces los ata a la boca de ,los cañones para destrozarlos con la metralla. Estomba, otro héroe de la Independencia, mata de esa manera al mayordomo de la estancia “Las Víboras” de Anchorena sólo porque no puede decirle dónde se encuentra Rosas.

En medio de ese torbellino de sangre y de pasiones, arriba el 6 de febrero de 1829 el buque “Countess of Chichester” que, inesperadamente, trae a San Martín. El 15 de enero al hacer escala en Río de Janeiro supo la revolución unitaria, y al llegar a Montevideo en los primeros días del mes siguiente, el fusilamiento de Dorrego. Paz, gobernador interino, informa a Lavalle el 9, que está en campaña, de la presencia del “Rey José”: “calcule Ud. las consecuencias de una aparición tan repentina”. Ante ese recibimiento, San Martín no quiere desembarcar. El estado de cosas entristece al guerrero que resuelve su regreso definitivo a Europa.

El mayor Mesa, que está con Medina en el oeste en tareas de hostigar a los unitarios, es perseguido por el coronel Isidoro Suárez que consigue rodear a los federales el 7 de febrero en “Las Palmitas” cerca del Fuerte Federación. Es tomado prisionero y fusilado en la Recoleta. La primera reacción del interior contra el movimiento militar la hizo Bustos, desde Córdoba, no obstante su rivalidad política con Dorrego. Facundo Quiroga indignado escribe a Lavalle el 29: “No pierda V.E. los instantes que le son preciosos al abrigo de la distancia, para escudarse del grito de las provincias”. Los caudillos federales Rosas, Quiroga, Bustos e Ibarra logran derrotar militarmente a los unitarios, quienes a través de Lavalle pactan un armisticio en Cañuelas y Barracas.

Según el tratado de Barracas celebrado entre Rosas y Lavalle, el general Viamonte sería gobernador provisorio con “las facultades extraordinarias que se consideren necesarias para la conservación de la tranquilidad pública” (art. 1) y sería asesorado por un senado consultivo de 24 miembros, formado entre otros por el presidente de la cámara de justicia, el general más antiguo y el presidente del senado eclesiástico.

Primer Gobierno de Rosas



El interinato de Balcarce termina y la legislatura designa a Rosas Gobernador de la Provincia de Buenos Aires en diciembre de 1829 con las facultades extraordinarias por el estado de agitación e intranquilidad que aún existían después del magnicidio de Dorrego.

Rosas, como Quiroga, Ramírez y casi todos los caudillos, venía de la clase de estancieros que administran personalmente sus estancias. Eso les daba un contacto con la clase popular que no podían tener los profesionales y tenderos que vivían en la ciudad.

Los estancieros estaban identificados con sus peones gauchos: vestían sus trajes, montaban en recados, usaban su lenguaje y sus modalidades; en fin, hablaban, pensaban y obraban como dirigentes naturales del hombre de campo. Hasta 1827 Buenos Aires había mirado hacia el río oteando la llegada de los hombres, las mercaderías y las ideas de Europa. La tierra que la circundaba no tenía existencia política. En 1829 las cosas cambiaron. Buenos Aires no mirará al puerto sino a la pampa, desalojando el de afuera.

Con su gobernador rural se adentraba el espíritu de la tierra, desalojando el de afuera. En 1829 la “provincia”, que en 1821 era solamente el centro de la ciudad y en 1827 llegaba a las orillas, se extenderá a la campaña. Es que los orilleros –quinteros, matanzeros, libertos- que siguieron a Dorrego, han hecho ahora de Rosas su ídolo exaltado hasta la veneración.

En Rosas vieron los hombres “de posibles” que integraban la junta de Representantes al hombre serio, de trabajo y acción, que restauraría las leyes tan conculcadas desde la Revolución de Mayo. Sabían que el Restaurador de las Leyes (como lo condecoraron oficialmente) no admitiría infracciones a ellas, como en sus estancias no aceptaba tergiversación a sus reglamentos camperos. El ministro inglés informaba el 12 de diciembre de 1829 a Aberdeen sobre el nuevo gobernante: “su poder en este país es tan extraordinario como su modestia y moderación”. Estaba satisfecho por haber mantenido en el gabinete “hombres honrados y bien dispuestos”.

El 24 de diciembre la legislatura aprueba una ley “declarando infamatorio y ofensivo a la moral todo lo publicado desde el 1 de diciembre que contenga injurias contra Dorrego, Rosas o los gobernadores de provincias”, que sería quemado por mano del verdugo bajo los soportales de la casa de Justicia. Uno de los primeros actos de Rosas fue decretar los funerales de Estado a Manuel Dorrego, haciendo traer sus restos desde Navarro. Una imponente comitiva encabezada por el gobernador sale del Fuerte. En forma emotiva Rosas afirma: “Dorrego, víctima ilustre de las disensiones civiles, descansa en paz!”. Las pasiones estaban demasiado enardecidas para mantener la lenidad de los propósitos iniciales. Rosas aplica las facultades extraordinarias y ordena el fusilamiento del coronel Montero el 23 de enero de 1830.

Se ha criticado su procedimiento (Rosas se negó a recibirlo y ordenó la ejecución a su hermano Prudencio en una nota que hizo llevar al mismo Montero). Pero lo cierto es que la muerte de Montero escarmentó a quienes conspiraban.

Se hacen secuestros de armas, y se manda a algunos unitarios al pontón “Cacique”. Frente a las provincias litorales, Paz ha alzado su fuerte liga de gobiernos interiores que le confieren el “Supremo Poder Militar”. Con poderes de Corrientes, y la anuencia de Rosas, Ferré concluye con López en Santa Fe el 23 de febrero un tratado: formar una liga ofensiva y defensiva entre las cuatro provincias debiendo enviar un representante cada una a Santa Fe y dar al gobernador de Buenos Aires el manejo de las relaciones exteriores.

En Buenos Aires, Ferré asiste incidentalmente al primer encuentro de Quiroga con Rosas. El riojano, que acaba de ser derrotado en Oncativo, está indignado contra Rosas y López a quienes atribuye complicidad con Paz; le pide a Rosas, en duros términos, pasaporte para irse a Montevideo, Rosas le deja desahogarse, y acaba por volverlo al redil.

Las tropas de línea estaban anarquizadas después de la revolución de diciembre. Rosas no separó a ningún jefe ni oficial, aunque los más comprometidos –con Lavalle a la cabeza- se vieron obligados a escapar a Montevideo o Córdoba por las iras populares. Pero les exigió lealtad a federalismo.

Estableció la conscripción obligatoria, sin privilegio de clases, y remontó la tropa hasta 10.000 hombres. El 4 de enero de 1831 los delegados de Buenos Aires, Santa Fe y Entre Ríos firman el llamado Pacto Federal. Después de dejar sentado -pese a la “Liga Militar”- “que la mayor parte de los pueblos de la república han proclamado del modo más libre y espontáneo la forma de gobierno federal”, el pacto firmado entre José María Rojas y Patrón por Buenos Aires, Domingo Cullen por Santa Fe y Antonio Crespo (que había sustituido a Miranda) representando a Entre Ríos, decía:

1º) Los gobiernos de Buenos Aires, Entre Ríos y Santa Fe ratifican y declaran en su vigor y fuerzas los tratados anteriores celebrados entre los mismos gobiernos en la parte que estipulan la paz firme, amistad y unión estrecha y permanente, reconociendo recíprocamente su libertad, independencia, representación y derechos. El 4 de febrero, Rosas, por su ministro Anchorena, precipitó la guerra contra la Liga del interior.

Un manifiesto mencionaba la revolución del 1 de diciembre. El fusilamiento de Dorrego, el terror implantado y finalmente el dominio de Paz en Córdoba y las provincias del interior por “la energía del crimen y la insolencia y crueldad del despotismo”. Rosas había conseguido levantar un poderoso ejército de cerca de diez mil hombres –el mayor reclutado hasta entonces-, que acampó en las inmediaciones de San Nicolás: era el ejército de reserva que marcharía a las órdenes del ministro de guerra, Balcarce, y según las directivas del comandante en jefe de la guerra, Estanislao López, establecido en Calchines con dos mil dragones armados por Buenos Aires. También armó Rosas 350 jinetes que puso a las órdenes de Facundo Quiroga: fue la División Auxiliar de los Andes que ganaría una magnífica campaña.

Cayó repentinamente en Río Cuarto el 5 de marzo tomándola después de tres días de lucha; Pringles, que la defendía debió escapar a San Luis, siendo muerto en El Morro. En abril, la situación de Paz era comprometida. Fracasados los intentos de Lavalle en Entre Ríos, derrotado Videla Castillo, en poder de los federales las provincias andinas, amagada Córdoba por las montoneras de los Reinafé y las tropas regulares porteñas de Angel Pacheco que había conseguido llegar a Fraile Muerto (Bell-Vile), su derrota inevitable se produciría al unirse el ejército porteño de reserva mandado por Balcarce, con las tropas de López.

No tenía retirada porque Quiroga avanzaba por Ischilín en el oeste. Al atardecer del 10 de mayo, mientras el general Paz recorría las inmediaciones del fortín de El Tío, por error se acercó a una partida enemiga, siendo tomado prisionero al ser boleado su caballo.

La prisión de Paz era un tremendo y definitivo contraste para la revolución unitaria. El 5 de junio Juan Felipe Ibarra “apenas liberada Santiago del Estero de las cadenas” expresará el propósito de incorporarse a la liga federal que formalizará el 20 de agosto restablecida su legislatura; en la misma fecha se agrega Córdoba; Mendoza lo anuncia el 9 de agosto; el 1 de octubre lo haría La Rioja. El gobernador interino de Tucumán escribe el 5 de abril (de 1832) que no ha podido formalizar la incorporación por no haberse instalado la junta de representantes; lo hace el 8 de julio “aceptando todos los artículos comprensivos en el tratado celebrado el 4 de enero pasado”. El 13 de abril (1832) se suma San Luis; el 4 de julio, Salta; el 3 de septiembre, Catamarca, San Juan en mayo de 1832 se consideraba perteneciente a la liga federal. De ese conjunto surgió la “Confederación Argentina”.

Rosas usó con largueza las facultades extraordinarias mientras duró la guerra. Terminada la guerra se hizo una gran campaña por la devolución de las facultades extraordinarias. Rosas, salvando su opinión, acabó por ceder: la “parte más ilustrada e influyente, aunque la menos numerosa, lo quiere”, dijo devolviendo las facultades extraordinarias a la legislatura el 7 de mayo.

En septiembre la comisión de negocios constitucionales de la junta proyecta modificar la ley del Poder Ejecutivo dando a los gobernadores el poder de legislar en caso de urgencia. El proyecto fue rechazado el 15 de noviembre. Como consecuencia de la devolución de las “extraordinarias” los presos políticos fueron dejados en libertad, y muchos exilados volvieron al país, entre ellos Florencio Varela llegado el 1 de diciembre.

El 6 de diciembre de1832 terminaba el período de gobierno. El 5 la junta votó al reemplazante: hubo 29 sufragios por la reelección de Rosas y 7 por otros candidatos. La barra vitoreó al Restaurador y el cuerpo señaló el 8 para que prestase nuevo juramento. Rosas renuncia ante la insistencia de la legislatura que en 3 veces le pide que acepte su reelección. Surge el nombre de Juan Ramón Balcarce, ministro de guerra y hombre de la confianza de Rosas.

Se hace cargo como gobernador el 17. Al recibir el bastón de manos de Rosas promete “no olvidar en el período de mi magistratura un modelo tan digno de ser imitado (Rosas) y presentarlo a mis compatriotas con el testimonio más justificativo de los sentimientos de un verdadero republicano”.

Fin de la primera parte (continuará).



2da parte:
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