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Las muchas vidas y muertes de Jesús de Nazaret

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“Según mis informaciones, Jesús de Nazaret […] se embarca en una apasionante gira por el Mediterráneo y parte de Oriente. Y siempre de incógnito [visita] Joppe y Cesárea (sic)… Alejandría… Creta… Cirene y Cartago… Y durante su estancia en la Roma del emperador Tiberio […] escuchó a los más insignes filósofos de la época y, siempre de incógnito, adelantó parte de su mensaje. Un mensaje que causó sensación, pero nadie supo quién era aquel brillante orador”. Este fue el viaje “secreto” que inició Jesús cuando contaba exactamente 21 años. Recorrió el Mediterráneo entre el 21 al 25 a. de C. Al menos, así dicen las misteriosas informaciones de Juan José Benítez que, como es habitual, nunca identifica.

La figura de Jesús es, posiblemente, la más famosa del mundo occidental y también la más desconocida. La dificultad intrínseca a la que se enfrentan los historiadores cuando pretenden describir la vida de un personaje de la antigüedad, como Sócrates o Alejandro Magno, se acrecienta en este caso. Uno de los más importantes estudiosos actuales, John Dominique Crossan –profesor emérito de la Universidad DePaul en Chicago–, lo ha dicho claramente: “Es imposible evitar la sospecha de que la investigación sobre el Jesús histórico es un lugar muy cómodo para hacer teología y llamarlo historia”.

En 1835 David Friedrich Strauss publicaba su influyente trabajo La vida de Jesús críticamente examinada. Este trabajo en dos volúmenes llamaban la atención sobre el problema de que gran parte de los evangelios estaban impregnados por el mito, o la reconstrucción teológica de los hechos y dichos de Jesús, de manera que el historiador debía poner un exquisito cuidado en diferenciar al Jesús histórico del Cristo de la Fe –o el Jesús pre-pascual y el Jesús post-pascual como lo define Marcus J. Borg, profesor de religión y cultura de la Universidad de Oregón–. En definitiva, que se debe limpiar de cualquier contaminación teológica los escritos en un intento por descubrir al Jesús de la historia.

Desde entonces los estudiosos se esfuerzan por determinar qué sucesos de los evangelios, ya sean canónicos o apócrifos –o intracanónicos y extracanónicos como también se les conoce– pueden ser realmente históricos y, de ellos, cómo diferenciar cuánto hay de elaboración teológica posterior y cuánto de recolección histórica. Y el segundo gran objetivo de todo historiador es determinar, de entre todo el material de Jesús, quién bebe de quién.

El problema no es baladí y ha pasado por distintas situaciones. Así, y refiriéndonos exclusivamente a los canónicos existe el consenso entre la mayoría de los historiadores neotestamentarios que Mateo y Lucas beben de Marcos y de una fuente, hoy perdida, de dichos de Jesús conocida como Q –del alemán Quelle, fuente–, aunque sobre este punto hay hoy serios debates. Más problemas da el evangelio de Juan, muy diferente en redacción y alcance de los otros tres, llamados Sinópticos.

Por ejemplo, si en estos últimos Jesús suele hablar en forma de parábolas y aforismos, en Juan ofrece largos monólogos de alto contenido teológico; en los Sinópticos hace milagros, en Juan, signos. El momento de la muerte también es sintomático: el desgarrador “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” de Mateo se convierte en un lacónico “Todo se ha cumplido” en Juan. ¿Usó Juan a Marcos, Mateo, Lucas o Q? ¿Usó otras fuentes independientes? ¿Es Juan, como opina Antonio Piñero, de la Universidad Complutense, una interpretación alegórica de Marcos?

A lo largo del siglo XX ha conocido todas las opciones y hoy la cuestión sigue sin estar clara, aunque muchos escogen el “camino de enmedio” dibujado en una conferencia internacional sobre Juan y los sinópticos organizada en 1990 en la Universidad de Lovaina (Bélgica): “Juan podría esta relacionado y/o ser dependiente de una forma u otra de uno o más sinópticos”. Una elegante forma de no decir nada.

Luke Thimothy Johnson, profesor de Nuevo Testamento y Orígenes del Cristianismo en la Universidad Emory, compara la búsqueda histórica de Jesús con la de Sócrates: No dejó nada escrito y lo que sabemos acerca de él es a través de sus discípulos y contemporáneos, Aristófanes, Platón y Jenofonte. “El “Sócrates histórico” es relativamente fácil de reconstruir. Sin embargo, el “Sócrates real” demuestra ser elusivo. ¿Era el charlatán descrito por Aristófanes? ¿O el sobrio y maestro moral con los pies en el suelo de Jenofonte? ¿O el profundo metafísico que hablaba a través de los diálogos de Platón?”. El Sócrates de Platón es el que ha marcado la imagen que hemos tenido de él ¿pero es ése el Sócrates real?

¿Es el Jesús real el que nos revelan los evangelios canónicos? Una lectura cuidadosa de éstos revelan que difieren en sus relatos y en la secuencia temporal en que sucede la acción y su duración. Por ejemplo, en Juan aparecen tres celebraciones de la Pascua y en los Sinópticos sólo una.

Tengamos algo en cuenta que normalmente se suele olvidar: los evangelistas, fueran quienes fuesen, no eran periodistas cubriendo una información. Querían contar algo y para ello organizaban las historias en función de sus intereses. Los cuatro evangelios son, esencialmente, una narración de viajes: Jesús se mueve de un lugar a otro realizando maravillas y exponiendo su mensaje. Este tipo de narración es la habitual de los antiguos cuentacuentos con los que convertían una serie de anécdotas en una narración continua. Los Hechos de los Apóstoles también lo son, lo mismo que la vida de Apolonio de Tiana –un coetáneo de Jesús– o la Odisea de Homero.

¿Y los evangelios apócrifos? Lo que nos muestran es los diferentes tipos de cristianismos que proliferaban en los primeros siglos de vida: había cristianos que, obviamente, creían en un dios, pero había otros que pensaban que había dos, algunos que eran 30 y otros, 365; había cristianos que creían que el mundo lo había creado dios, pero otros que lo había hecho una entidad subordinada e ignorante… Para unos, Jesús era divino y humano, para otros sólo divino y para otros sólo humano. Murió por la salvación del mundo… o no. Incluso había quienes afirmaban que no murió.

En general suelen ser más “exagerados” que los canónicos; por ejemplo, el Evangelio de la Infancia de Tomás, datado a principios del siglo II, es un divertido relato de los milagros realizados por Jesús entre los 5 los 12 años de edad. Es muy probable que hubiera muchísimos más evangelios de los que hoy nos han llegado.

Durante los primeros siglos de cristianismo, mientras se iba definiendo la ortodoxia que ha llegado hasta nosotros –y extendiéndola por todos los rincones del imperio romano–, se realizó una intensa labor de expurgación y diversas creencias fueron destruidas, prohibidas u olvidadas. Pero a veces la causalidad saca a la luz documentos que fueron preservados por antiguos cristianos, como los manuscritos de Nag Hammadi –en honor a la localidad donde se descubrió, a 65 kilómetros al norte del Valle de los Reyes–, encontrados por unos labradores beduinos en 1945. Son doce volúmenes hechos de papiro que contienen 46 documentos diferentes entre los que se encuentra el evangelio apócrifo –de los 16 que han sobrevivido– que mayor debate levanta entre los estudiosos: el Evangelio de Tomás, una colección de 114 dichos de Jesús. ¿Reflejan una tradición independiente de los canónicos? Algunos piensan que sí, pero no es algo comúnmente admitido.

Ante todo esto preguntarnos qué sabemos de Jesús puede parecer una misión imposible. Hasta tal punto esta idea caló entre los teólogos que uno de los más importantes de la primera mitad del siglo XX, el alemán Rudolf Bultmann, llegó a la conclusión de que era imposible saber nada del Jesús histórico pues todo lo relatado en los evangelios estaba reinterpretado a partir de la experiencia del Jesús resucitado –para Bultmann no hubo una resurrección en cuerpo y sangre: “Jesús surgió de los muertos en el kerigma (predicación) de la primera iglesia”–. Es en este tema donde surge la diferencia fundamental entre Sócrates y Jesús: no hay alegaciones de poderes sobrenaturales ni de algo tan asombroso como una resurrección tras la muerte en el griego.

Separar el grano de la paja histórica ha conocido una pequeña conmoción entre los estudiosos del Nuevo Testamento, que suelen estar ligados a las religiones católica o protestante. En 1985 aparecía el Jesus Seminar en Estados Unidos por la mano de Robert Funk, un respetado estudioso neotestamentario que ha enseñado en las universidades de Harvard y Emory. En él se agrupan del orden de 200 profesores que han tomado como objetivo “examinar cada fragmento de tradición” para determinar qué es lo que realmente dijo Jesús. Uno de sus grandes golpes de efecto mediático fue la publicación de un Nuevo Testamento donde se valoraba la probabilidad de que lo que cuenta es cierto. El golpe ha sido brutal; no fue bajado de la cruz ni enterrado en la tumba de ningún José de Arimatea, una figura muy oportuna para resolver el problema de la muerte: seguidor de Jesús, rico, miembro del Sanedrín y, por tanto, capaz de pedir a Pilatos el cadáver e impedir que fuera enterrado en la fosa común.

Aquí encontramos cómo los prejuicios cambian la percepción de lo que pudo pasar: la existencia de un personaje como José de Arimatea depende de si se considera histórico que fue enterrado en una tumba, y esto depende de que sea histórica la desaparición de un cadáver porque hubiera resucitado. En el fondo, se trata de valorar si la tradición que sujeta la resurrección está sostenida por algún tipo de hecho histórico. Pero la resurrección es objeto de fe…

¿Hay algo en que coincidan los estudiosos? En muy pocos aspectos. Jesús nació en una pobre familia campesina, predicó y fue crucificado por los romanos. ¿Qué tipo de predicación? Aquí la cuestión se complica: profeta social, judío escatológico, cínico judío, revolucionario, sabio itinerante… ¿Jugaron algún papel los judíos en el prendimiento de Jesús por el tipo de prédica? ¿Fue una labor exclusivamente romana? Crossan es quizá el más extremo: Jesús ni escogió doce apóstoles ni la Última Cena tuvo lugar. Fue a Jerusalén donde creó disturbios en el templo. Los soldados romanos, bien entrenados para terminar con ellos, lo detuvieron y lo crucificaron. Tras morir, lo dejaron en la cruz y lo arrojaron al suelo para que se lo comieran los perros. Fin de la historia. De hecho, comenta, como todos sus seguidores le abandonaron por miedo, nadie sabe qué es lo que realmente pasó. Los relatos de la pasión “no son historia recordada sino profecía historiada”. Cómo se pasó de esta derrota al nacimiento del cristianismo es algo que Crossan no explica de manera convincente.

Hay que decir que la tesis de Crossan no es gratuita y esta detallada y prolijamente explicada en sus siempre voluminosas obras. Ante lo expuesto arriba, ¿ha sido algo que le ha horrorizado? ¿ha exclamado “esto no me lo creo”? Estas reacciones son las que ponen de manifiesto un dificultad insuperable a la hora de realizar una investigación seria y objetiva de la figura de Jesús: cuando el objeto de la fe aparece en la historia.

Todo este exquisito cuidado a la hora de valorar las fuentes y obtener información de ellas se diluye hasta prácticamente desaparecer en el Jesús folclórico que llega a los estantes de las librerías, los quioscos y las televisiones. Aquí ya no es que se disfrace la teología como historia, es que se viste la fantasía como si fuera investigación. Ya se sabe: la imaginación es libre y el papel aguanta lo que escribas. Esto es lo que sucede con el Jesús de la serie Caballo de Troya y Planeta encantado de J. J. Benítez.

Es un personaje muy al gusto del autor, incansable defensor de las visitas de seres extraterrestres a nuestro planeta. Así, la estrella de Belén fue un ovni -que sea un relato mitológico utilizado por Mateo para justificar que se trata del Mesías es irrelevante para este escritor-. De ahí a la inseminación artificial para explicar la historia de la concepción virginal hay sólo un paso… que ya ha dado. Las misteriosas fuentes documentales de Benítez –si es que asumimos que, en realidad, lo de la máquina del tiempo que lleva al protagonista de la novela a aquellos tiempos sólo es un recurso narrativo– le dicen que Herodes asesinó exactamente a 16 infantes, que no se perdió en el templo sino que pasó tres días en casa de su amigo Lázaro… y lo mejor de todo: un joven Jesús sentándose en el Coliseo, cuando se acabó de construir en el 80 d. C. Sería interesante saber si ése escriba, con aires de periodista del siglo XX y que dedicó toda su vida a seguirlo desde antes de su concepción, escribió en castellano o inglés…

Este Jesús inventado, que refleja a la perfección las creencias de su autor, consigue llegar al corazón de las personas. ¿Por qué? Porque no es un campesino judío del siglo I sino un cristiano del siglo XX que desmiente debidamente ciertos postulados de la Iglesia Católica. Es un Jesús que dice y hace lo que queremos oír.

Otra de las tradiciones heterodoxas sobre la vida de Jesús la descubrimos si miramos hacia la India. Allí, en Anzimar, Janyar Srinagar, la capital de verano de Cachemira, se encuentra Rozabal o “el mausoleo sagrado de Cachemira”. Las gentes del lugar veneran la tumba de Yuzu Asaph, un profeta llegado del lejano Egipto que predicaba en parábolas. Era un profeta de las “Gentes del Libro”, que es como el Corán nombra a judíos y cristianos. No hace falta mantener por más el misterio: se trata de la tumba de Jesús. Para acabar de rematar todo el asunto, no muy lejos se encuentra la tumba Mai-Mari-de-Ashtan o el descanso de la madre María.

Este viaje a la India de Jesús lo realizó tras aparentar su muerte en la cruz –ayudado por José de Arimatea y Nicodemo– y curado de sus heridas con un milagroso ungüento, Marham-I-Issa. Para completar el cuadro, un aventurero ruso llamado Nicolas Notovich escribió un libro titulado La vida secreta de San Issa (Jesús), donde transcribe un viejo manuscrito que encontró en el gran monasterio budista de Hemis y donde cuenta las peripecias de un joven Jesús por aquellos territorios y donde aprendió, entre otras cosas, a leer los Vedas. Debió calar muy hondo las enseñanzas budistas en este campesino judío pues decidió volver allí para morir…

Que Jesús no muriera en la cruz –algo que defiende la secta musulmana de los Ahmadiyya, principales voceros de la fantástica historia de Cachemira– se ha convertido en una de las ideas más populares de los últimos años. Uno de los primeros en defenderlo fue el historiador H. J. Schonfield en 1965 en su libro El complot de Pascua. Una idea que durmió el sueño de los justos hasta su despertar de la mano de tres periodistas ingleses Baigent, Leigh y Lincoln al publicar a mediados de los 80 El enigma sagrado donde defendía la existencia de una organización secreta, el Priorato de Sión destinado a ocultar el gran secreto de occidente: Jesús se casó con María Magdalena, la cual, embarazada, huyó a Francia para fundar allí la dinastía de los merovingios. Prueba de ello es la existencia de la existencia de la tumba de María Magdalena en el Mediodía francés –claro que también hay otra en Éfeso, en Asia Menor–.

Al calorcito de este libro empezaron a surgir otros que han ido completando un cóctel ahistórico donde se mezclan los grandes símbolos del ocultismo nacido en el siglo XIX: grial, templarios, cátaros, vírgenes negras y, cómo no, la imparable y todopoderosa maquinaria vaticana.

Quienes defienden esta postura, esencialmente periodistas y escritores ligados al mundo de los ovnis, antiguas civilizaciones desaparecidas y misterios similares, se saltan hábilmente la cuestión de la historicidad de los relatos que manejan. Así, el episodio de las bodas de Caná, que para ellos fueron los esponsales de Jesús y la Magdalena, en realidad se trata de un relato de claro contenido teológico: se trata de un ejemplo de los llamados milagros de dádiva, como la multiplicación de los panes o la pesca milagrosa, y su origen puede ser una transposición de un milagro del dios griego Dionisos (Baco para los romanos) a Jesús. Y no contentos con ello, olvidan la inexistencia de fuente documental alguna que justifique su postura durante más de 1.200 años.

El triángulo Magdalena-Sión-Grial pertenece más a un episodio de Expediente X que a la realidad. Una cosa es cierta: Jesús seguirá alimentando nuestra sed de misterios. “¿Quién decís que soy yo?”, preguntó a sus discípulos. Al final, la respuesta es: “lo que cada uno quiere que seas”.



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