
Tomás Eloy Martínez (un excelente escritor argentino, por si algún caido del catre no sabe quien es) publicó en el diario La Nación, de Buenos Aires, en julio de 2002, una nota titulada Eva Perón, la tumba sin sosiego. Ese mismo día, con el nombre de 50 años de la muerte de Eva Perón, apareció publicada en el diario El País, de Madrid.
Con una prosa sencilla y efectiva, Tomás Eloy Martínez da cátreda de periodismo, historia y literatura. El relato, emparentado (diferencias y comparaciones al margen) con Esa mujer, de Rodolfo Walsh, recorre años y nombres de la historia argentina reciente.
Consideraciones políticas de lado, por él transitan personajes polémicos, amados y odiados por igual, de la política nacional; todos marcados a fuego por Eva Perón y el terrible destino de su cadáver.
El post original debía contener el artículo completo, pero es demasiado largo y no entró completo. Por ese motivo, este es el link de descarga:
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Ahora, sólo un fragmento:
"El coronel mueve la cabeza, sarcástico. Tal vez haya oído usted algo de lo que estoy contándole, dice. Rumores. Nunca supo nadie la verdad de lo que tramábamos. Hasta ahora.
No lo dice, pero el fracaso de Villarrica le costó al coronel una discusión áspera con Lonardi. El presidente y el jefe de sus espías se distanciaron tanto que el coronel temió ser apartado del Servicio de Informaciones del Ejército a fines de aquel 1955 y, quizá, obligado al retiro. Pero lo que se imagina como desgracia es, a veces, sólo el comienzo de la salvación. Tres semanas después del incidente en Paraguay, el 13 de noviembre, la pugna que se había entablado entre militares liberales y nacionalistas terminó con la victoria de aquéllos. Lonardi fue sustituido por el general Pedro Eugenio Aramburu. Por su atentado contra Perón, al coronel se lo imaginaba en el bando de los vencedores. En vez de caer, fue ascendido a jefe del Servicio de Informaciones del Estado.
Aunque agradeció la confianza del gobierno, el coronel se preparó para un año de aburrimiento. En el Servicio de Inteligencia del Ejército (SIE) lo reemplazó un coronel astuto, brillante, exacto como un prusiano: Carlos Eugenio de Moori Koenig, experto en la difusión de rumores y en teorías sobre el secreto. A los diez días de asumir, Moori Koenig retiró del segundo piso de la Confederación General del Trabajo el cadáver de Eva Perón, que hasta entonces había estado al cuidado de Pedro Ara, el médico español que la embalsamó. Al coronel habría querido que le encomendaran ese trabajo y sintió una envidia que tardaría años en admitir.
Durante meses, nada se supo del cadáver. Algunos de los hombres que estaban bajo su mando trataron de confirmar la veracidad de las versiones que circulaban entre los peronistas: que la habían sepultado en el lecho del río de la Plata, cubriéndola con una losa de cemento, o que la habían incinerado, arrojando sus cenizas en un basural. El coronel pensaba que el cadáver de Eva Perón debía yacer, más bien, en un cementerio despoblado, bajo un nombre cualquiera.
Como el destino de aquel cuerpo no estaba entre sus deberes, dejó de inquietarse. Lo que le sorprendió fueron las historias que se oían en los casinos de oficiales sobre el SIE. Alguien había visto salir de allí una noche a Moori Koenig, borracho, y subir al camión de una empresa de mudanzas. Se hablaba de luces que subían y bajaban por los pisos altos del edificio, situado en la esquina de Viamonte y Callao, en pleno centro de Buenos Aires. Allí celebran misas negras, decían. O bien: En ese lugar se rinde culto al demonio.
El coronel desdeñaba esas suposiciones. La imaginación es atributo de los débiles, se dijo. Suponía, por lo tanto, que los chismes venían de fuera: de peronistas solapados, con certeza. El rumor sobre su reemplazante le parecía el más inverosímil de todos: lo único que bebía aquel hombre era agua.
En julio de 1956, sin embargo, sucedió un hecho inquietante. Uno de los oficiales que estaban a las órdenes de Moori Koenig, el mayor Eduardo Arandía, mató de dos balazos a su esposa, Elvira Herrero. La mujer estaba embarazada de dos meses y tenía una hija de un año. Un parte reservado del Ejército informó de que el mayor guardaba documentos confidenciales en la buhardilla de su casa, de la que nadie tenía llave. Al oír ruidos en la buhardilla, temió que hubiera un ladrón. Subió con sigilo, distinguió un bulto que se movía y disparó a ciegas".
No es mi intención armar bardo ni que esto se transforme en un quilombo, con insultos y puteadas. Si no te interesa, vos te perdés esta lección de cómo se escribe un gran relato. Si lo bajaste, te haya gustado o no, comentá; pero no jodas a los demás.
Si no sos un poquito tolerante y aceptas lo que digo, te parto la cabeza con una silla.