En un ensayo de 1993, King escribió:
"La pregunta que me obsesiona y me acosa y que nunca me abandona totalmente es: ¿Quién soy cuando escribo?"
Esa misma pregunta está en el núcleo mismo de su última novela, La historia de Lisey.
El protagonista del libro, Scott Landon, novelista frágil, premiado, la responde así:
"Estoy loco. Tengo alucinaciones y visiones... Las escribo y la gente me paga para leerlas". Una vez más, King encuentra el terror en el acto creativo, pero por primera vez descubre en él también posee belleza.
Cuando King era chico, sus compañeros de clase pagaban para leer las historias de miedo que escribía. En un momento dado se produjo su primer roce con un crítico: Miss Hisler, la directora del colegio. King describe la escena en Mientras escribo (2000):
"Lo que no entiendo, Stevie, es por qué escribes basura como ésta, por empezar", decía ella. En lugar de reforzar la determinación del muchacho, las palabras de Miss Hisler calaban muy hondo en él: "Me daba vergüenza. Llevo muchos años —demasiados, creo— sintiendo vergüenza por lo que escribo".
Stephen King tiene una sencilla fórmula para poder escribir bien:
"Lee cuatro horas al día y escribe cuatro horas al día. Si no encuentras el tiempo para hacerlo no podrás convertirte en un buen escritor."
Algunos críticos dicen que su último libro, Lisey’s Story (La historia de Lisey) es el más complejo que usted ha escrito...
–Bueno, es un libro especial, combina varias categorías. Hay un elemento “situacional” muy contundente que tiene que ver con los manuscritos. Siempre ha existido una conjetura interesante respecto de qué pasaría si un escritor famoso dejaba manuscritos inéditos y alguien los encontraba después. Saqué esa idea de historias que escuché durante toda mi vida.
Quién sabe si es cierto, pero dicen que J. D. Salinger aún está vivo y que, no hay dudas, está en New Hampshire, y también dicen que sigue escribiendo, que ha escrito no sé cuántos libros. Mi editor de Doubleday, Bill Thompson, me contó una historia según la cual Salinger habría ido al banco donde tiene una caja de seguridad llevando un paquete grande y una empleada le dijo: “Disculpe, señor Salinger, ¿eso que trae es un nuevo libro?”. Y él respondió: “Sí”. La mujer le preguntó: “¿Lo va a publicar?” Y supuestamente Salinger le contestó: “¿Para qué?”
Y cuando escuché la historia, se me ocurrió la idea de qué pasaba si había un escritor como él y alguien robaba el banco, no por dinero, sino para conseguir el manuscrito inédito. Nunca se escribió ese libro, pero pensé qué pasaría si moría un escritor famoso y alguna persona, bastante loca, quería los manuscritos inéditos. En este libro, ése era Dooley. Pero al final, ese elemento en particular resultó menos importante que la historia secundaria. La historia secundaria se convirtió en la historia principal del libro
En Lisey’s Story, cuando el protagonista, Scott Landon, está en la cama con Lisey, justo antes de pedirle matrimonio, le dice: “Sé que no te gustará mi tercer libro, se llama Empty Devils (Diablos vacíos), y la gente va a decir que es una novela de horror, y eso está bien”. Pero luego Landon agrega: “Pueden llamarme lo que se les antoje, siempre que no me llamen tarde para cenar”. Y ésa es, definitivamente, una filosofía típica de Stephen King, porque no dependo de esas etiquetas. La gente leerá este libro y dirá, más que de cualquiera de los otros: “Es autobiográfico”. Pero no lo es, es humo y espejo, porque uno empieza con lo que sabe, después se desvía, pero siempre tiene esa base sobre la que pueda construir y sentirse cómodo. Gerald’s Game (El juego de Gerald) es un libro sobre el abuso infantil. Es una historia muy común y oscura sobre una niña que es abusada por su padre y crece convirtiéndose en cierta clase de mujer que termina encadenada a la cama con su esposo muerto en el suelo y el perro comiéndose el cadáver, y ella está en medio del bosque, aislada, tiene que soltarse, pero está encadenada a la cama porque ha sido encadenada a cierta clase de vida debido a las cosas que le ocurrieron. ¿Entiende lo que le digo? Uno puede hacer eso porque la gente le ha puesto una etiqueta. Siempre me he sentido cómodo porque todo el mundo me llamó un escritor de horror
Bueno, tuve el accidente y me golpearon de este costado y todo se quebró, incluyendo mis costillas. Tuve neumonía y estuve dos meses en el hospital, en 2001, y en realidad fue en el hospital donde se me ocurrió la idea de Lisey’s Story. Mientras me recuperaba de la neumonía, dejé de tomar analgésicos y empecé a tener la mente clara. Y esa claridad inundó mi visión y pienso que en parte quise escribir sobre alguien que estaba solo, ponerme en esa posición. Pero en gran parte quería escribir algo que expresara el dolor, la esencial soledad de la gente que puede amar, pero, tarde o temprano, todo termina. La gente es mortal.
Eso es lo mejor que puedo hacer. Y quería que tuviera el sentimiento de una de esas canciones de Hank Williams, las verdaderamente desgarradoras.
Diré otra cosa. Una de mis tareas como escritor es asaltar sus emociones y atraparlo... y para eso usaré todas las herramientas que tenga a mano.
Tal vez lo logre asustándolo, pero también puede ser de una manera más subversiva, haciendo que se sienta triste. Si logro que usted se sienta triste, eso es bueno. Si puedo hacerlo reír, eso es bueno. Gritar, llorar, reír. No me importa qué, cualquier cosa para que a usted lo involucre, para que cuando deje ese libro en el anaquel no diga “bueno, ya está, otro más”, sin ninguna reacción. Aborrezco eso. Quiero que usted se dé cuenta
de que yo estuve allí.
–Los dos grandes trastornos que el público conoce de su vida, la bebida y el accidente que sufrió, ¿cambiaron su manera de escribir?
–Creo que escribía de una manera cuando bebía todo el tiempo, y de otra cuando dejé de beber. No creo que escriba tanto y creo que, en alguna medida, tuve que volver a aprender a escribir después de que dejé (la bebida y las drogas), porque hay muchas más cosas involucradas; no se trata sólo de beber.
Era un verdadero basurero: consumía todas las drogas que se le ocurran, y cuando se dejan es como que hay que reconectar el cerebro y volver al sitio donde estaba. Una vez que se logra, todo está bien. Simplemente, disminuí un poco la velocidad, algo más racional, y pude apreciar mejor lo que hacía, porque tenía la cabeza clara y podía releer algo y decirme: “¡Dios, todavía puedo hacerlo. No necesito pócimas mágicas, todavía puedo volar solo”, y fue una gran satisfacción descubrirlo...
Su vida
Por Diana Fernández Irusta
Nació en Portland, Maine, en 1947. Su infancia estuvo marcada por la separación de sus padres, numerosas mudanzas y las dificultades económicas que debió afrontar Ruth, su madre, para criarlos a él y a su hermano David. Gran lector desde temprana edad, el joven Stephen ingresó en 1966 en la Universidad de Maine, donde estudió letras inglesas. Además de escribir una columna semanal en el periódico universitario, fue un activo participante en el centro de estudiantes y respaldó el movimiento contra la Guerra de Vietnam. Se casó con Tabitha Spruce en 1971. Tuvieron tres hijos (Naomi Rachel, Joe Hill y Owen Phillip) y hoy tienen tres nietos. Durante sus primeros años de casado, King enseñaba inglés y publicaba cuentos fantásticos en revistas dedicadas al público masculino. En la primavera de 1974 publicó Carrie, su primera novela (sobre una adolescente con poderes paranormales). Luego vendrían El resplandor, La zona muerta y Cementerio de animales, entre muchas otras. En todas sus historias de ficción juega con la irrupción de lo sobrenatural en la vida cotidiana. Para muchos críticos, su estilo es deudor del de autores tales como H.P. Lovecraft y Edgard Allan Poe. En 1999 sufrió un accidente automovilístico que le costó una larga y dolorosa convalecencia