Les dejo esta reflexión del blog de Carolina Aguirre, "Bestiaria" ( http://bestiaria.blogspot.com/ ) el cual les recomiendo mucho si es que no lo leyeron nunca, tanto hombres como mujeres.
Carolina Aguirre, la autora del artículo
El estigma de Kate
Durante años ocupé todas mis tardes en investigar y espiar a las mujeres con la tierna esperanza de desglosar sus misterios. Hice varios borradores totales. Las clasifiqué de acuerdo a la forma de su cuerpo, las agrupé considerando el volumen de su risa, y las catalogué teniendo en cuenta su relación patológica con el sexo opuesto, pero sólo conseguí dibujar un esquema parcial de una estructura demasiado compleja para entender por medio de ejemplos.
Fueron años de estudio sacrificado y minucioso en supermercados, shoppings y reuniones familiares para acabar siempre en el mismo lugar: el de la clasificación entrecomillada y subjetiva. Todo era cierto pero a la vez relativo. Ninguna teoría las englobaba a todas, siempre alguna se quedaba afuera.
Agotada por especulaciones que no llegaban a nada, pensé en rendirme. Creí que jamás encontraría la fórmula secreta del comportamiento femenino. Sin embargo, hace poco más de un mes tuve una revelación. El tenis y la televisión, dos pasatiempos que me ocupan desde hace algunos inviernos, me ofrecieron una solución tan perfecta y redondita que parecía una epifanía.
En la primera mitad del año, la batalla por el primer puesto del ranking de tenis de la ATP, me dio la primera pista. Un poco por los medios y otro poco por su fisonomía, los jugadores Rafael Nadal y Roger Federer se presentaban como dos arquetipos de hombre completamente opuestos. El primero pelilargo, musculoso, expresivo y sensualmente español, y el segundo distinguido, medido, almidonadamente suizo. Nadal, con su vincha y sus gritos de festejo se parecía a un pirata, mientras que Federer, con su inmaculada vestimenta y autocontrol exquisito, era más similar a un lord.
Al mismo tiempo, la serie Lost también proponía otros dos estereotipos de galán. Jack (un médico impecable de pelo corto, nariz respingada y nobles principios que se dedica a salvar, ético y devoto, a la gente de una isla) y Sawyer (un estafador buscavidas, desprolijo y egoísta capaz de robar, matar y traicionar con tal de salvarse él mismo) funcionaban, de nuevo, como los dos polos opuestos del género masculino. Y no había mujeres que los quisieran a los dos de la misma manera. Estaban por un lado las fanáticas del primero, y de la vereda de enfrente las amantes del segundo.
La teoría se hizo, entonces, evidente e irreductible: están las mujeres que aman a Sawyer y están las que aman a Jack. Y eso es todo, lo demás son tonterías.
Las primeras, además suspiran por Nadal, prefieren el sex appeal de los Rolling Stones a la gracia Beatle, el lenguaje barroco de Cortázar a la poesía clásica de Borges, la sensualidad de Marlon Brando a la fina estampa de Paul Newman y el contorno de personajes como Hank Moody, John McLane o Jack Bauer por encima de un Robert Chiltern o un Charles Ingalls.



Las de Jack, en cambio, prefieren a los hombres clásicos, nobles, distinguidos. No les gustan ni los barbudos, ni los rockeros con problemitas, ni los escritores borrachos y oscuros. Piensan que las de Sawyer son adolescentes que se enamoran siempre de mujeriegos impresentables, que son adictas al rechazo y al maltrato, y que tienen problemas de autoestima. Y ambos bandos se miran con pena y ademán de superación, sin poder entender jamás las razones del grupo opuesto. Para unas, las otras son inmaduras, y para las otras, sus antagonistas son aburridas.



El estigma de Kate (la protagonista de Lost que no puede decidirse entre Jack o Sawyer) se presenta ahora ya no como el conflicto amoroso de una serie de acción americana, sino como el conflicto femenino universal por excelencia. Todas, de alguna forma u otra, alguna vez nos enfrentamos al mismo dilema. Jack o Sawyer. Sawyer o Jack.
De la misma forma que elegimos autos (un compacto simple y cómodo o un veloz descapotable colorado) o sillones (un mullido sofá de tres cuerpos o un chaise long lindo y duro), las mujeres nos balanceamos eternamente entre esas dos únicas elecciones. Para hombres o para sillones, siempre es el mismo enigma, el mismo estigma, la misma duda: el caballero perfecto o el galán imprevisible, un suizo o un español, un Beatle o un Rolling stone, un médico o un buscavidas.
http://bestiaria.blogspot.com/2008/12/el-estigma-de-kate.html