Su importante rol en las revueltas de los países árabes del arco mediterráneo y en el reciente “incidente” de los vuelos en primera clase para los eurodiputados, suben al alza la cotización de estos elementos como nexo de cohesión de la sociedad y forma de expresión y protesta contra las autoridades, mientras que en China no se está pasando de lo virtual a lo material. ¿En qué medida real influyen las redes sociales en la situación político-social de un país o región?
Revoluciones y protestas sociales las ha habido siempre sin necesidad de la existencia de Facebook, Twitter y otras “hierbas” de la Internet 2.0: desde la primera huelga documentada de la historia en el Egipto faraónico más de 1.000 años antes del nacimiento de Cristo hasta las revoluciones francesa y rusa, mucho más aproximadas a nuestro tiempo, pasando por las guerras sociales en la Roma pre-imperial o las numerosas revueltas de campesinos contra señores feudales ocurridas en diversos puntos de la Europa del medievo. ¿Qué es lo que hace tan especiales a las revoluciones de nuestro tiempo y qué rol juegan en ellas las redes sociales?
Si preguntamos a muchos historiadores, a buen seguro que un alto porcentaje de ellos estará de acuerdo en afirmar que la historia es cíclica, y que a cada X tiempo se repiten más o menos los mismos hechos aunque sean en otros lugares. La Segunda Guerra Mundial es un claro ejemplo que ve su origen en la Primera, o “Gran Guerra”. Pero a buen seguro que esta última puede hundir sus raíces en el conflicto franco-prusiano de 1870, y este en las Guerras Napoleónicas y, así, sucesivamente. No es, por lo tanto, extraño que las revueltas populares contra ciertos poderes establecidos también se den cíclicamente.
A los derrumbes de los regímenes de Túnez y Egipto, la guerra civil que se está padeciendo en Libia (como resultado del intento de derribo de la dictadura de Muamar Gadafi) y las protestas en Siria podemos buscarle el precedente de la caída de los totalitarismos de los países de la Europa del Este, y de estos incluso en el proceso de descolonización africano. Pero en las primeras que he mencionado y últimas en haberse producido, ha habido un elemento destacado por todos los medios de comunicación: la influencia de las redes sociales que ha sido, según muchos periodistas, algunos analistas y la práctica totalidad de la blogosfera, decisiva.
Sin lugar a dudas, Facebook, Twitter, el servicio de correo electrónico e Internet en general, han jugado un papel importante en los hechos, pero el factor decisivo, aquel que ha actuado como detonante de la situación, ha sido el hartazgo del pueblo.
Tal vez si que gracias a los nuevos canales de comunicación que ha abierto la Internet más social se han precipitado los acontecimientos y se ha cohesionado más y mejor el movimiento opositor, pero el tumulto que asaltó el palacio de las Tullerías de París en 1792 no tenía ordenadores, ni móviles, ni Facebook, ni Twitter... contaban, eso sí, con pasquines impresos, con plazas públicas, con mercados y tabernas en los cuales se creaban corros para discutir la situación social, se alzaban oradores más o menos improvisados y se hacían llamamientos que rápidamente se extendían por todos los rincones de la “ciudad de las luces” gracias al boca a oreja.
Además, tampoco me creo que toda la población de estos países tenga el poder adquisitivo y el tiempo para conectarse a Internet e internarse en los foros de discusión en línea y las redes sociales; muchos solamente malviven trabajando de sol a sol.
Conclusión: las revoluciones árabes que estamos viendo y viviendo probablemente se hubieran dado en un momento u otro sin la necesidad de Internet, aunque tal vez de otra forma y con una geografía distinta.
Examinemos ahora el caso chino, con una disidencia muy activa en el “mundo virtual” pero con escaso éxito de sus proclamas y actos en el “mundo real” (¿existe esa frontera, esa diferencia, realmente?). La culpa parece tenerla la situación social del país, en pleno crecimiento económico que ha permitido a gran parte de su ciudadanía superar las condiciones de vida que tenían hace algunos años y vivir mejor que sus padres, aunque la pobreza continúe existiendo. Tal vez no exista una “paz social”, pero las condiciones son de contentarse por una gran parte de la población, lo que desactiva la reacción de aquellos que quieren cambiar el statu quo.
La generación de los pequeños emperadores, el producto de la política del hijo único, también tiene su parte de culpa en la inactividad revolucionaria del pueblo chino (que, por otra parte, ha aflorado más de una vez en el pasado): mimados, educados en una economía que ya tiene más de capitalista que de comunista, y con una vida hedonista, son los últimos que querrían una revolución en el sentido que sea. Y son grandes usuarios de redes sociales.
Como vemos, estas herramientas no son tan decisivas como podríamos creer, aunque tampoco podemos obviar su influencia como un componente más de estas revoluciones.
¿Y la última? La protesta generalizada que se ha dado en Twitter contra los eurodiputados que votaron negativamente a una propuesta para que los aforados europeos volaran en clase turista en vez de clase business (mucho más cara) para recorridos inferiores a las cuatro horas. Ha hecho variar el sentido del voto de algunas formaciones pero, hasta donde yo se, no ha hecho cambiar nada más.
Redes sociales: ¿mucho ruido aunque no todas las nueces que se cuentan?
Copyleft 2011 www.imatica.org
Esta obra se encuentra sujeta a la siguiente licencia:
La difusión, reproducción y traducción de este texto se permite libremente en cualquier medio o soporte con las únicas obligaciones de mantener la presente licencia e incluir un enlace o referencia a la página en la que se encuentra el original dentro del servidor www.imatica.org . En medios audiovisuales se requiere la cita al medio www.imatica.org
Revoluciones y protestas sociales las ha habido siempre sin necesidad de la existencia de Facebook, Twitter y otras “hierbas” de la Internet 2.0: desde la primera huelga documentada de la historia en el Egipto faraónico más de 1.000 años antes del nacimiento de Cristo hasta las revoluciones francesa y rusa, mucho más aproximadas a nuestro tiempo, pasando por las guerras sociales en la Roma pre-imperial o las numerosas revueltas de campesinos contra señores feudales ocurridas en diversos puntos de la Europa del medievo. ¿Qué es lo que hace tan especiales a las revoluciones de nuestro tiempo y qué rol juegan en ellas las redes sociales?
Si preguntamos a muchos historiadores, a buen seguro que un alto porcentaje de ellos estará de acuerdo en afirmar que la historia es cíclica, y que a cada X tiempo se repiten más o menos los mismos hechos aunque sean en otros lugares. La Segunda Guerra Mundial es un claro ejemplo que ve su origen en la Primera, o “Gran Guerra”. Pero a buen seguro que esta última puede hundir sus raíces en el conflicto franco-prusiano de 1870, y este en las Guerras Napoleónicas y, así, sucesivamente. No es, por lo tanto, extraño que las revueltas populares contra ciertos poderes establecidos también se den cíclicamente.
A los derrumbes de los regímenes de Túnez y Egipto, la guerra civil que se está padeciendo en Libia (como resultado del intento de derribo de la dictadura de Muamar Gadafi) y las protestas en Siria podemos buscarle el precedente de la caída de los totalitarismos de los países de la Europa del Este, y de estos incluso en el proceso de descolonización africano. Pero en las primeras que he mencionado y últimas en haberse producido, ha habido un elemento destacado por todos los medios de comunicación: la influencia de las redes sociales que ha sido, según muchos periodistas, algunos analistas y la práctica totalidad de la blogosfera, decisiva.
Sin lugar a dudas, Facebook, Twitter, el servicio de correo electrónico e Internet en general, han jugado un papel importante en los hechos, pero el factor decisivo, aquel que ha actuado como detonante de la situación, ha sido el hartazgo del pueblo.
Tal vez si que gracias a los nuevos canales de comunicación que ha abierto la Internet más social se han precipitado los acontecimientos y se ha cohesionado más y mejor el movimiento opositor, pero el tumulto que asaltó el palacio de las Tullerías de París en 1792 no tenía ordenadores, ni móviles, ni Facebook, ni Twitter... contaban, eso sí, con pasquines impresos, con plazas públicas, con mercados y tabernas en los cuales se creaban corros para discutir la situación social, se alzaban oradores más o menos improvisados y se hacían llamamientos que rápidamente se extendían por todos los rincones de la “ciudad de las luces” gracias al boca a oreja.
Además, tampoco me creo que toda la población de estos países tenga el poder adquisitivo y el tiempo para conectarse a Internet e internarse en los foros de discusión en línea y las redes sociales; muchos solamente malviven trabajando de sol a sol.
Conclusión: las revoluciones árabes que estamos viendo y viviendo probablemente se hubieran dado en un momento u otro sin la necesidad de Internet, aunque tal vez de otra forma y con una geografía distinta.
Examinemos ahora el caso chino, con una disidencia muy activa en el “mundo virtual” pero con escaso éxito de sus proclamas y actos en el “mundo real” (¿existe esa frontera, esa diferencia, realmente?). La culpa parece tenerla la situación social del país, en pleno crecimiento económico que ha permitido a gran parte de su ciudadanía superar las condiciones de vida que tenían hace algunos años y vivir mejor que sus padres, aunque la pobreza continúe existiendo. Tal vez no exista una “paz social”, pero las condiciones son de contentarse por una gran parte de la población, lo que desactiva la reacción de aquellos que quieren cambiar el statu quo.
La generación de los pequeños emperadores, el producto de la política del hijo único, también tiene su parte de culpa en la inactividad revolucionaria del pueblo chino (que, por otra parte, ha aflorado más de una vez en el pasado): mimados, educados en una economía que ya tiene más de capitalista que de comunista, y con una vida hedonista, son los últimos que querrían una revolución en el sentido que sea. Y son grandes usuarios de redes sociales.
Como vemos, estas herramientas no son tan decisivas como podríamos creer, aunque tampoco podemos obviar su influencia como un componente más de estas revoluciones.
¿Y la última? La protesta generalizada que se ha dado en Twitter contra los eurodiputados que votaron negativamente a una propuesta para que los aforados europeos volaran en clase turista en vez de clase business (mucho más cara) para recorridos inferiores a las cuatro horas. Ha hecho variar el sentido del voto de algunas formaciones pero, hasta donde yo se, no ha hecho cambiar nada más.
Redes sociales: ¿mucho ruido aunque no todas las nueces que se cuentan?
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