Dos usuarios en el asiento trasero de mi taxi. El hombre, de unos cuarenta años y aspecto casual, andaba buscando trabajo. La mujer (diez años mayor que él, vestido hippie estampado y pelo ralo) tenía, según deduje, una consulta de astrología. Eran amigos o amantes, no sé.
El caso es que él le preguntó a ella por el momento más propicio para echar curriculums y ella le contestó que aún no, que esperara a que Júpiter se alineara con Saturno o algo así (o puede que fuera Plutón, no lo recuerdo).
- Esto ocurrirá dentro de dos semanas – añadió.
El hombre, tras oír los consejos de la mujer, consultó su agenda electrónica y anotó algo con un puntero.
- Bien. ¿El martes 22 te parece un buen día para enviar mi currículum al despacho del que te hablé?
- Mejor el 23 – dijo ella de memoria.
- De acuerdo. Muchas gracias, tesoro. No sé qué haría sin ti.
Tras escuchar esto imaginé al tipo, en su casa, esperando con los curriculums en la mano a que los planetas se alinearan, mirando al cielo por la ventana del balcón, esperanzado. Y esa imagen me pareció romántica. Absurda a todas luces, pero romántica (¿acaso el amor no es también la conjunción de dos cuerpos?).
Creer que las fuerzas gravitatorias del cosmos influyen en todos los aspectos de nuestras vidas resulta, cuanto menos, tranquilizador. Yo, por mi parte, seguiré el ejemplo: el día que te cambie por otra, vida mía, le echaré la culpa a Venus.