
LOS AMORES MAS TRAGICOS II
LA TRAVIATA:Opera melodramática en tres actos de Giuseppe Verdi, basada en la obra de teatro La dama de las camelias de Alejandro Dumas, hijo. Alfredo se enamora de Violetta, una cortesana parisina, sin saber que ella padece tuberculosis. Violetta corresponde a ese amor y van a vivir juntos al campo. El padre de Alfredo la visita para rogarle deje a su hijo antes de que el escándalo afecte a la familia y la boda de la hermana de Alfredo. Violetta renuncia a su verdadero amor y para ahogar su pena, ella se consume aún más profundamente en su libertinaje. Alfredo la confronta en una fiesta y la deshonra tirándole dinero -- el cual el siente que le debe por los servicios prestados mientras vivieron juntos. Violeta se desmaya abrumada por la enfermedad y la pena. Alfredo es desafiado a un duelo por el varón Duophal, el acompañante de Violeta, en el momento en que esta recupera sus fuerzas y confiesa su amor por Alfredo.
Un tiempo después de la fiesta, Violeta agonizante por la tuberculosis avanzada recibe una carta señalando que Alfredo había sido informado del sacrificio hecho por ella para él y su hermana. Alfredo (vivo después de herir al varón Duophal en el duelo) se apresura a llegar a su lado, comprendiendo al fin que Violeta se había sacrificado a sí misma por él y le suplica que lo perdone. Ella muere en sus brazos.
Lugar: Paris en el siglo XVIII
Dª Inés de Castro y D. Pedro I de Portugal
La terrible historia de D. Pedro y Dª Inés, a bela garça, transcurrió en el convulso Portugal de principios del Siglo XIV. Sólo aspiraban a amarse, pero la fatalidad los hizo protagonistas y víctimas de la compleja política ibérica; en aquel tiempo aún más confusa por la implicación de los reinos peninsulares en la guerra de los Cien Años, comenzada en 1337.
En seis siglos, es probable que, con ánimo de embellecerla, la historia haya incorporado alguna escena de dudosa veracidad. Pero el cuerpo principal del romance está documentado con rigor, resultando tan estremecedor, que no necesitaría adorno alguno para transmitir tal halo de tragedia que la convierte en incomparable.
PRINCIPALES PERSONAJES
Dª Inés de Castro (1320 -1355): La heroína de nuestro relato.
Nacida en la comarca de Limia, en la actual provincia de Orense, tierras de la profunda Galicia. Hija natural de Pedro Fernández de Castro y Aldonza Soares de Valladares; su destino estuvo en gran parte marcado por los orígenes familiares. Al ser biznieta de Sancho IV de Castilla, resultaba prima segunda de Pedro I. Sus dos hermanastros, hijos legítimos del padre, participan en numerosas revueltas palaciegas que influyeron en el desenlace fatal.
Queda huérfana de madre siendo muy niña, fue enviada al castillo de Peñafiel (Valladolid), donde creció en compañía de Constanza Manuel, destinada a ser su dama de compañía. En tal desempeño escolta a su señora y amiga a la corte lusitana donde debe reunirse con su marido, el príncipe Pedro.
El Príncipe heredero, D. Pedro (1320 – 1367): ¿Héroe o villano? No es fácil discernir; la Historia lo recuerda con los apelativos de “El Cruel” y también “El Justiciero”.
En 1329 se pactó sus esponsales con la princesa Blanca de Castilla; la unión nunca se consumó, al parece por impedimento físico y mental de la novia y el vínculo fue anulado. En 1334 se acuerda una nueva boda con Dª Constanza Manuel. Nadie podía imaginar el trágico desenlace de la unión.
El Rey de Portugal, D. Alfonso IV, “El Bravo” (1290 – 1357). El malvado del romance. Dueño de vidas y haciendas no vacila en eliminar cuanto se interpone en sus deseos.
Hijo de D. Dinis y la reina Santa Isabel. Casó con la infanta Dª Beatriz, hija del rey Sancho IV de Castilla. De temperamento belicoso, las crónicas lo muestran en continuo enfrentamiento con padre, hermanos y hermanastros; con la vecina Castilla mantuvo innumerables guerras. Según los usos de la época, la consiguiente “paz perpetua” era sellada con bodas reales. Además de la propia, los dos casamientos que concertó para su heredero, fueron con sendas nobles castellanas.
La Princesa Constanza Manuel (1318 - 1349): Víctima inocente de la fatalidad. A pesar de intentarlo, no pudo evitar la infidelidad de su marido.
Segunda esposa de D. Pedro. Cuando sólo contaba cuatro años, su padre, el Infante D. Juan Manuel II, intentó convenir su casamiento con el rey de Castilla, Alfonso XI; fracasado en su ambición, vuelve la mirada hacia el entonces príncipe Pedro de Portugal, esta vez con éxito. La boda se realiza por poderes y cuatro años más tarde marcha a Lisboa a reunirse con su marido, propiciando de manera inocente el drama que nos ocupa.
La historia de amor
El desastre comienza a gestarse alrededor del año 1338, fecha en que la comitiva nupcial de Dª Constanza Manuel hace su entrada en la corte lusitana. La ceremonia religiosa se celebra en la Catedral de Lisboa, oficiada por el propio Arzobispo, con la pompa que exige el rango social de los contrayentes.
Las crónicas narran que, ya en el primer encuentro, D. Pedro quedó prendado de Dª Inés, a quien describen como: “bellísima, de esbelto cuerpo, ojos claros y colo de garça”. No se conoce con exactitud cuando nació la pasión entre ambos jóvenes, pero debió ser con relativa presteza. Lo confirmaría una anécdota ocurrida en 1343. Constanza urde una estratagema para separar a los enamorados; designa a Inés madrina del recién nacido infante D. Luis, confiando en que el parentesco espiritual así adquirido indujese a los amantes a poner término a la relación. No se sabe si el artificio surtió efecto, la fortuna, una vez más, se muestra esquiva con la princesa. El infante muere a los pocos meses y el romance continúa.
Ante el giro de los acontecimientos, el rey decide actuar con energía. Destierra a Inés de Portugal, confiando en que la separación física de los amantes mitigue su ardor. La maniobra surte poco efecto. En espera de tiempos mejores, de acuerdo con D. Pedro, la novia busca refugio en el castillo de Albuquerque, pequeña localidad extremeña a la vista de la frontera portuguesa.
En Octubre de 1345, muere la infortunada Constanza al dar a luz al Infante D. Fernando. La viudedad del príncipe elimina gran parte de las razones de escándalo aducidas por los contrarios al idilio, circunstancia que D. Pedro aprovecha de inmediato. En contra de la voluntad real, rescata a Dª. Inés del exilio; la pareja marcha a vivir lejos de la corte, al norte de Portugal, allí nacieron sus cuatro hijos, los Infantes D. Alfonso (muerto aún niño), D. João, D. Dinis y Dª. Beatriz. Mas adelante, ante la aparente calma de la situación, retornan a Coimbra, yendo a vivir en la vecindad del Convento de Santa Clara, en una finca situada en las laderas del valle que baña el río Mondego. En recuerdo de los sucesos que narramos, el solar se donde se asentaba es llamado “Quinta das lágrimas” (¿Algún idioma iguala al portugués en poner nombre al hado?)
En esta época feliz el príncipe se alejó de la política, de la corte y de sus obligaciones de heredero. Pero pronto, la apacible vida de los amantes se verá turbada por causas a las que desearían permanecer ajenas. Un sinfín de circunstancias confluyen para sellar el destino fatal de nuestra protagonista.
• En primer lugar se encuentra la cuestión dinástica: Alfonso IV intenta varias veces organizar para su hijo una tercera boda con princesa de sangre real, pero Pedro rechaza tomar otra mujer que no sea Inés. El único hijo legítimo de Pedro, el futuro rey Fernando I de Portugal, se mostraba un niño frágil, mientras que los bastardos de Inés prometían llegar a la edad adulta. Si el infante muriese, sin duda reclamarían derechos a la corona, sumergiendo al reino en nuevas calamidades.
• En segundo término hallamos la complicada situación política: Los reinos peninsulares se han convertido en campo de batalla diplomática, donde Inglaterra y Francia, enfrentados en su interminable guerra, tratan de atraerlos a su bando. Las diputas internacionales entremezcladas con las propias luchas dinásticas, justifican el apelativo de “época turbulenta”. D. Fernando y D. Álvaro Pires de Castro, hermanastros de Dª Inés, aparentan un progresivo ascendiente sobre el príncipe, induciéndolo a inclinar su política hacia Castilla, donde llega a presentar su candidatura al trono.
El Rey aunque preocupado por las implicaciones políticas que conlleva la influencia de la familia Castro, es en particular sensible el riesgo de futuros conflictos civiles enfrentando hijos legítimos con bastardos, moneda de cambio en la época. La reiterada negativa del príncipe a contraer nuevo matrimonio real no contribuye a ahuyentar los temores. Dª Inés es un obstáculo en apariencia infranqueable. Parecería que sólo la muerte podría separar a los enamorados.
¿La muerte? No es obstáculo insalvable. En consejo celebrado en el palacio de Montemor-o-Velho D. Alfonso presta su conformidad al asesinato de la infortunada enamorada. La sentencia se ejecutará en la propia residencia de la pareja en Coimbra, aprovechando alguna ausencia de D. Pedro, muy aficionado a la caza.
Llegados a este punto, las versiones discrepan sobre la secuencia de los hechos, la más enternecedora afirma que el rey manda llamar a Dª Inés para comunicarle la sentencia fatal. Ella acude acompañada de sus cuatro hijos. El gran Luis Camões en la estrofa 127 del canto III de “Os Lusíadas” narra así la petición de clemencia de Dª Inés:
Ó tu, que tens de humano o gesto e o peito
(Se de humano é matar hûa donzela,
Fraca e sem força, só por ter sujeito
O coração a quem soube vencê-la), A estas criancinhas tem respeito,
Pois o não tens à morte escura dela;
Mova-te a piedade sua e minha,
Pois te não move a culpa que não tinha.
¿Las súplicas surtieron efecto? En principio así lo parece, el rey autoriza el regreso de Inés a su residencia; pero de inmediato cambia de parecer y ordena a tres cortesanos cumplir la sentencia. Otras crónicas no recogen esta entrevista; el veredicto se ejecuta nada más pronunciado.
Existiese o no la audiencia real, todas las versiones coinciden en la continuación: Pero Coelho, Álvaro Gonçalves y Diego López Pacheco se dirigen al Monasterio de Santa Clara, próximo a la “Quinta das lágrimas”, que alojaba a Inés y sus hijos en la ausencia de D. Pedro. En el jardín, en presencia de los niños, la degüellan sin piedad. Era el 7 de Enero de 1355.
La Venganza
La desaparición de Inés no propició la esperada tranquilidad. De inmediato D. Pedro culpa a su padre del asesinato. En unión de los Castro, agrupa en torno suyo una facción de la nobleza y encabeza una revuelta contra el Rey. Los sublevados llegan a poner sitio a Oporto, pero antes de que las aguas salgan por completo de cauce, la reina Dª Beatriz interviene entre los contendientes, logrando, sino la reconciliación, al menos la paz, que se formaliza el 15 de Agosto del mismo año en Canaveses. Por este acuerdo, el rey delega una parte importante de sus responsabilidades en el heredero, quien, a cambio, depone las armas, promete olvidar el pasado y perdonar a todos los implicados en la conjura que acabó con la vida de Dª Inés.
El comportamiento de D. Pedro, en contra de la leyenda que trata de mostrarlo desconsolado, es bastante contradictorio. La revuelta contra el padre, principal responsable del crimen, no parece muy convincente; en tan solo ocho meses aplaca su ira hasta el punto de llegar a un acuerdo favorable para sus aspiraciones de poder. En 1356, apenas un año después del crimen, Dª Teresa Lourenço le da un nuevo hijo, el futuro João I, vencedor de los castellanos en la batalla de Aljubarrota e instaurador de la dinastía Aviz: es el auténtico superviviente de toda la trama
En 1357 muere Alfonso IV, el heredero pasa a ceñir la corona y da comienzo una venganza, tan cruel, que ha pasado a los anales.
Los asesinos de Inés, por consejo del rey moribundo, buen conocedor de su hijo, se habían exilado a Castilla. D. Pedro negocia con el rey castellano - que por capricho del destino tiene igual nombre y apodo, Pedro I, “El Cruel” o “El Justiciero” y también arrastra una amplia historia de pasiones - intercambiar los tres verdugos por algunos refugiados en Portugal. Como no podía ser menos, los reyes llegan a un acuerdo, Pero Coelho y Álvaro Gonçalves son devueltos a Portugal; Diego Lopes Pacheco, más afortunado, consigue cruzar a tiempo la frontera con Aragón y de allí pasa a Francia, donde se pierde su rastro.
La venganza fue consumada en el palacio de Santarém en presencia de otros cortesanos. D. Pedro mandó preparar un espléndido banquete de ceremonia mientras las víctimas eran amarradas a sendos postes de suplicio y torturados con toda crueldad. Luego, mientras comía con parsimonia, (e bebe o seu vinho tinto, según las crónicas portuguesas) ordenó al verdugo arrancarles el corazón: a Gonçalves por la espalda y a Coelho por el pecho. Por último, insatisfecho con el tremenda martirio, aún tuvo ira suficiente para morder aquellos corazones, que para él, por siempre serían malditos .
El Mito
En 1360, el ya rey Pedro I realizó en presencia de la corte la famosa declaración de Cantanhede, jurando que un año antes de la muerte de Inés ambos habían contraído matrimonio secreto. De esta forma ella alcanzaba el rango de reina y se legitimaban los hijos habidos en aquella unión. Los historiadores dudan de que la boda se hubiese podido celebrar; los contrayentes eran primos, para que el matrimonio fuese válido debían solicitar bula papal, documento imprescindible, de cuya existencia no se tiene prueba alguna.
D. Pedro, no muy dado a sutilezas legales, actuó acorde a su juramento. En el Monasterio de Alcobaça, sede de la mayor iglesia portuguesa, ordeno esculpir un túmulo funerario para Inés. Cuando estuvo finalizado, ordeno el solemne traslado de los restos desde Coimbra hasta la nueva sepultura. La lúgubre comitiva que trasportaba el cadáver, enlutada con todo rigor, era encabezada por el propio rey acompañado por prelados, cortesanos y burgueses. En el camino, el pueblo llano era obligado a salir a su paso, llorando y rezando por el alma de la fallecida.
Prosigue la leyenda. Una vez llegados a la corte, destino final de la comitiva, el cadáver se engalanó con vestimentas reales y sentado en el trono, todos los nobles fueron obligados a prestarle homenaje como reina de Portugal, besando su mano en señal de fidelidad y vasallaje. Por último, se depositó con enorme protocolo en el bello sepulcro tallado para ella.
La crónica moderna duda que la macabra ceremonia tuviese lugar; entonces ¿Cómo se explica el arraigo de la leyenda? Quizá, el dramatismo de la escena es tan intenso, que ha impresionado la imaginación popular hasta el extremo de convertirla en el núcleo central del mito de nuestra heroína, la desgraciada Inés de Castro ¡REINÓ DESPUÉS DE MORIR!
La última escena, en mi opinión la más hermosa, sucede siete años más tarde. Antes de morir el rey encarga tallar para él, otro túmulo funerario en el mismo estilo que el anterior de Inés; ambos tenían que ser colocados pies contra pies para que, el día de juicio, al despertar, lo primero que viese cada amante, con sus miradas cruzadas frente a frente, fuese la figura del otro, Ambas sepulturas, de estilo gótico, pueden admirarse en el Monasterio de Alcobaça. Se consideran los más bellos ejemplares del arte funerario portugués.
La última escena, en mi opinión la más hermosa, sucede siete años más tarde. Antes de morir el rey encarga tallar para él, otro túmulo funerario en el mismo estilo que el anterior de Inés; ambos tenían que ser colocados pies contra pies para que, el día de juicio, al despertar, lo primero que viese cada amante, con sus miradas cruzadas frente a frente, fuese la figura del otro, Ambas sepulturas, de estilo gótico, pueden admirarse en el Monasterio de Alcobaça. Se consideran los más bellos ejemplares del arte funerario portugués.
Eloisa y Abelardo«...Dudo que alguien pueda leer o escuchar tu historia sin que las lágrimas afloren a sus ojos. Ella ha renovado mis dolores, y la exactitud de cada uno de los detalles que aportas les devuelve toda su violencia pasada[…]»
Carta de Eloisa a Abelardo
I
Transcurre el año 1142, Europa Occidental bulle de efervescencia intelectual, Paris se está erigiendo en capital del pensamiento, la doctrina escolástica brilla en su mayor esplendor, con el solo razonamiento se puede aprehender la naturaleza. En el Monasterio de San Marcelo, cerca de Chalons, ciudad de Borgoña próxima a las márgenes del Saona, un enfermo de sesenta y tres años, sintiendo próximo su fin, pasa revista a su vida.
Junto a él se halla apilada la prueba de su decisiva aportación al renacimiento cultural, numerosos manuscritos sobre lógica y dialéctica así lo atestiguan. Mas, no es a este tesoro intelectual al que vuelve la vista, sino a un atado de cartas de amor, que le han sido enviadas a lo largo de los últimos veinticinco años por una religiosa, con quien, en aquel entonces, vivió una trágica historia de amor, que ni el tiempo, ni la separación – no habían vuelto a reunirse – relegó al olvido. Pocos años antes lo dejó reflejado en su autobiografía, que tituló “Historia calamitatum”, ¡extraño nombre!, ¿Quizá juzga así su existencia?
Recuerda su infancia en Bretaña donde había visto la luz en 1079, hijo de una familia de la baja nobleza, militares al servicio del poderoso Conde de Nantes. Destinado a la carrera de las armas, pronto encontró en la filosofía su verdadera vocación. Con dieciocho años se incorpora a la escuela de uno de los más afamados maestros, Juan Roscellino, de quien termina discrepando, lo contradice en público y por último, abandona su tutoría.
El nacimiento del siglo XII contempla la entrada en París de un joven Abelardo anhelante de conocimientos y rebosante de ambición intelectual y social. Los dos años siguientes fueron de febril aprendizaje. Ingresa en la escuela de la Catedral para estudiar dialéctica con el más renombrado filósofo de la época, Guillermo de Champeaux. A los pocos meses se repite la historia de Juan Roscellino; Abelardo, perpetuo inconformista, osa contradice la doctrina del maestro; tras una polémica cada vez más acalorada, que provoca entre los estudiantes la formación de sendas corrientes, el alumno sale triunfante y Guillermo acepta las tesis del, hasta entonces, discípulo.
Este éxito catapulta la fama del joven, que confiando en su ciencia, con tan solo veintidós años decide montar su propia escuela. El lugar seleccionado es Melún, ciudad muy importante por aquel entonces. El éxito lo acompaña y muy pronto se muda a Corbeil, más próximo a París, cuya escuela de Nuestra Señora era el blanco de sus aspiraciones. Tanta actividad mina su salud, debiendo retirarse unos años a Bretaña para reponerse. Vuelve a Paris, de nuevo como discípulo de Guillermo de Champeaux y, en 1108, se presenta la ansiada oportunidad; Guillermo es nombrado obispo de la diócesis de Chalons-sur-Marne y Abelardo le sucede a la cabeza de la escuela de París,
Tras otro breve retiro en Bretaña, se dirige a Laón para estudiar teología con el prestigioso doctor Anselmo de Laón. En 1114 retorna como profesor en la escuela catedralicia de París, donde llegó en breve lapso al apogeo de su celebridad.
En este punto, la memoria del monje hace un alto, lágrimas de orgullo asoman a sus ojos, recuerda aquellos tiempos de gloria y rememora, entre los mas de cinco mil alumnos que llegó a tener, alguno de los más famosos: un Papa (Celestino II), diez y nueve Cardenales, más de cincuenta Obispos y Arzobispos franceses, ingleses y alemanes.
De súbito, una nube de tristeza le cubre el rostro; en su memoria acaba de entrar el recuerdo de un personaje singular, que al final decidiría su existencia: Fulberto, Canónigo de la Catedral de París, quien solicita los servicios del afamado maestro como preceptor de su sobrina Eloisa, culta y bella joven de dieciséis años, quien habiendo perdido a sus padres fue confiada a su tutela .
La expresión del enfermo cambia de nuevo; la tristeza se troca en alegre melancolía. Está reviviendo aquellos momentos dichosos, ¡los más felices de su vida! en que la inicial admiración intelectual Eloisa hacia su maestro había derivado en una arrebatadora pasión por el varón que la enamoraba. Él no podía ser considerado novicio en lances amorosos, mas, a pesar de su experiencia, había correspondido a tanto ardor con un paralelo ímpetu que le hacía olvidar cualquier convencionalismo.
En la “Historia Calamitatum” reflejó aquellas sesiones en casa de Fulberto:
«...Los libros permanecían abiertos, pero el amor más que la lectura era el tema de nuestros diálogos, intercambiábamos más besos que ideas sabias. Mis manos se dirigían con más frecuencia a sus senos que a los libro s[…]»
que sucedía, tarde tras tarde, en su propia casa.
Al recordar este pasaje de su vida, el pulso del enfermo comienza a latir con violencia; está reviviendo la etapa más intensa de su vida, aquella que le dejaría marcado, en cuerpo y espíritu, para el resto de la existencia que está a punto de espirar.
¡Qué felicidad sin dobleces transpiraba su amada el día que le comunicó su embarazo! ¡Cómo contrastaba la actitud de la joven con las dudas y temores que a él inquietaban! Al final, el amor venció todos los temores, la radiante Eloisa aseguraba que la concepción se había producido la tarde en que el temario de las clases señalaba el estudio del astrolabio, en recuerdo, si el hijo fuese varón llamarían con este nombre.
Cuando Fulberto fue consciente de lo que estaba aconteciendo, tras una primer acometida de indignación, aceptó lo inevitable, procurando imponer una solución que él consideraba razonable. Envió a Eloísa a Bretaña, a casa de una hermana, donde dio a luz un niño, a quien, conforme a lo previsto, pusieron por nombre Astrolabio, mientras que conminaba al padre para reparar por medio del matrimonio la falta cometida.
Abelardo accedió de buena gana a la proposición de Fulberto; pero, para estupor general, Eloísa, con diferentes argumentos, se opuso de manera radical a la boda. Tras un tenaz asedio, al final cedió de su postura inicial con la condición de mantenerlo secreto. Con esta reserva el matrimonio se celebró en París. El airado tío, tras esta primera victoria en la lucha por restaurar el honor perdido, presionó para dar publicidad al vínculo y de esta manera normalizar la situación a los ojos de la sociedad.
De nuevo se opuso Eloísa, quien llega a realizar un juramento formal de que jamás se hubiera casado. La actitud fomentó entre el tío y la sobrina, que vivía con él, una profunda desavenencia que degeneró en malos tratos, llegando la situación a tal extremo que Abelardo se vio obligado a buscar refugio para su esposa en un convento de Argenteuil, cerca de París.
Fulberto, creyendo que Abelardo quería obligarla a hacerse monja para librarse de ella, juró vengarse, y en breve encontró medio de ejecutar su feroz venganza. Sobornó a un criado del filósofo para que les franquease el paso, y una noche, entrando con un cirujano y algunos sayones en el cuarto de Abelardo, entre todos le castran huyendo a continuación.
Piensa Abelardo ¡Qué importa que la justicia apresase al criado y otro de los agresores¡ El castigo: igual mutilación y además la pérdida de los ojos, ¿Le permitirían volver a sentir la anterior pasión? Tampoco el destierro del canónigo Fulberto, al que se confiscaron todos sus bienes, podía reparar lo perdido.
Era el año del Señor de 1118, mis heridas corporales sanaron, pero mi vida entera cambió. Hube de renunciar a Eloisa, que profesó de monja en el convento de Argenteuil, no volviendo a vernos en el resto de nuestras vidas; según las leyes canónicas estoy incapacitado para ejercer oficios eclesiásticos viéndome obligado a ingresar como fraile en el monasterio de San Dionisio.
Las emociones han sido en exceso intensas para este hombre cansado, perpetuo inconformista, castigado de forma atroz en cuerpo y espíritu. El hilo de la memoria se interrumpe, reclina el cuerpo sobre el lecho, cierra los ojos, y mientras dedica un postrer recuerdo a la que nunca dejo de amar, las cartas resbalan de su mano y exhala su último suspiro.
II
Entretanto, a 250 kilómetros del moribundo, en plena Champagne se encuentra la ciudad de Troyes, y en sus cercanías se alza el convento del Parácleto, cuya abadesa, aun joven, es la propia Eloisa. Ha tenido noticias del estado de Abelardo y espera, con mucho dolor pero igual decisión, el fatal desenlace. Está dispuesta a cumplir lo que, sin duda alguna, adivina últimos deseos del agonizante ¡reunirse con su amada!
Entretanto, a 250 kilómetros del moribundo, en plena Champagne se encuentra la ciudad de Troyes, y en sus cercanías se alza el convento del Parácleto, cuya abadesa, aun joven, es la propia Eloisa. Ha tenido noticias del estado de Abelardo y espera, con mucho dolor pero igual decisión, el fatal desenlace. Está dispuesta a cumplir lo que, sin duda alguna, adivina últimos deseos del agonizante ¡reunirse con su amada!
También ella está sumida en los recuerdos. Mas, a diferencia de Abelardo, no adopta una actitud resignada, aún alienta en ella la misma pasión que, veinte años atrás, apenas una niña, le hizo oponerse con fuerza a todo convencionalismo.
No siente particular nostalgia del hijo. Cuando lo separaron de ella, fue confiado a su hermana; más adelante, bajo la protección de otro tío, Porcarius, canónigo en Nantes, siguió la carrera eclesiástica, a la que, dado sus singulares padres, estaba predestinado. Tiene esporádicas noticias de él, ahora está con su tío, de seguro le sucederá en la canonjía.
En cambio Abelardo siempre esta presente en su memoria. Considera que su vida comenzó cuando le conoció, marchitándose en el momento de separarse. Sus arrebatadas cartas lo reflejan con lucidez:
……Para hacer la fortuna de mí la más miserable de las mujeres, me hizo primero la más feliz, de manera que al pensar lo mucho que había perdido fuera presa de tantos y tan graves lamentos cuanto mayores eran mis daños […]
¡Las cartas! Siempre escasas, no obstante, el único vínculo entre ellos, al que por más de veinte años permanecieron aferrados:
…….Si la tormenta actual se calma un poco, apresúrate a escribirnos; ¡la noticia nos causará tanta alegría! Pero sea cual sea el objeto de tus cartas, siempre nos serán dulces, al menos para testimoniar que tú no nos olvidas […]
¡Ay, Abelardo!, tan fuerte frente a los hombres y tan tierno conmigo. Nunca me he arrepentido de mi pasión, solo me angustia pensar que mi negativa a hacer pública nuestra unión haya podido ser la causa de tu desgracia A pesar de ser el más brillante dialéctico de Paris, o lo que es igual, de toda la Cristiandad, nunca entendiste mi actitud; iba más allá de la pura conveniencia. .¡Me negaba, y me niego, a que nuestro amor fuera forzado en ningún sentido! ¡No puedo admitir que tanta pasión cambiase de rumbo! Tú, por el contrario, en aras de lo que creías mi tranquilidad, estuviste dispuesto a renunciar a las dignidades que te correspondían por méritos propios.
Tú pudiste resignarte a la cruel desgracia, incluso llegaste a considerarla un castigo al que te habías hecho acreedor por transgredir las normas. ¡Yo, no!, ¡No he pecado! solo amo con ardor desesperado; cada día aumenta mi rebeldía contra el mundo y crece más mi angustia. ¡Nunca dejaré de amarte!. ¡Jamás perdonaré a mi tío, ni a la iglesia, ni a Dios, por la cruel mutilación que nos ha robado la felicidad!
Pero, ¿qué puedo esperar yo, si te pierdo a ti? ¿Qué ganas voy a tener yo de seguir en esta peregrinación en que no tengo más remedio que tú mismo y en ti mismo nada más que saber que vives, prescindiendo de los demás placeres en ti -de cuya presencia no me es dado gozar- y que de alguna forma pudiera devolverme a mí misma? […]
Mas, yo te prometo que he de procurarte el descanso que no conseguiste en vida. Ni siquiera aquella Iglesia que tanto amaste ha sido justa contigo, se han condenado tus escritos, has sido perseguido y sufrido un sinfín de injusticias, solo por la valentía de expresar lo que piensas, sin importarte el desacuerdo con los poderosos, sean obispos reyes, papas, santos o concilios.
EPÍLOGO
Eloisa, cuando conoció la muerte de Abelardo se comunica con Pedro el Venerable, abad de Cluny. Este influyente personaje siempre había mostrado especial debilidad por Abelardo, lo demostró en épocas pasadas; cuando más arreciaban las críticas hacia las tesis del filósofo, había conseguido reconciliarle con Bernardo de Clairvaux, su más encarnizado fiscal. Pedro consigue sin dificultad que los restos de Abelardo sean trasladados desde Chalons al Parácleto, donde Eloisa los da sepultura.
Veinte años después, en 1164 moría Eloisa. Dispuso que fuese enterrada en el mismo sepulcro de su enamorado, plantando a continuación un rosal sobre la tierra que los recubrirá.
Aquí, donde acaba la realidad, comienza a tejerse la leyenda: En el momento de ser depositada en la sepultura común, ambos esposos extienden sus brazos para fundirse en un último y eterno abrazo.
Nuestro romántico Campoamor veía de esta manera el eterno descanso de los amantes:
El rosal de ella y de él la savia toma,
Y mece, confundiéndolos, la brisa
En una misma flor y un mismo aroma
Las almas de Abelardo y de Eloísa.
La Revolución suprimió el Parácleto en 1792 vendido en beneficio del Estado; pero exceptuó de la venta el sepulcro que encierraba, según creencia general, los restos de Eloísa y Abelardo. En 1817 los cuerpos se trasladaron a una tumba común en el cementerio de Père Lachaise, en París, donde hoy reposan en el mausoleo neogótico que puede observarse en la imagen adjunta. Allí reciben el tributo de amantes anónimos que con frecuencia depositan flores frescas sobre la lápida

EL AMOR TRÁGICO I (Raúl Barón Biza y Martha Rossi Hoffmann)
Raúl Barón Biza, millonario, joven y exitoso. Nació en Córdoba en 1899, de acomodada posición era hijo de los millonarios Wilfrid Barón y Catalina Biza, poseedores de grandes latifundios en la provincia de Córdoba. Desde joven había incursionado en la política, la literatura y los negocios. Así, apoyó al líder radical Hipólito Yrigoyen, una posición extremadamente inusual en las clases más acomodadas; en 1924 publicó Risas, lágrimas y sedas. En el orden de los negocios, introdujo el cultivo sistemático del olivo en Argentina, y organizó la explotación de minas de wolframio y bismuto en el noroeste del país. El Barón Biza era un reblede, de carácter y actitudes imprevisibles, loco, inteligente y hasta tierno. Actuaba sometido a los extremos, todo negro o blanco, nada de medias tintas. Esta personalidad “bipolar” se materializó en todos los actos de su vida…
Cuando estaba de vacaciones en Italia, conoció en Venecia a la actriz austriaca Rosa Martha Rossi Hoffmann, que actuaba con el seudónimo de Myriam Stefford. Tras un rápido y apasionado romance, el 28 de agosto de 1930 contrajeron matrimonio en la catedral de San Marcos, ella tenia 22 años y él 31. Todos se asombraban de la dulzura de Myriam y, más aún, del hecho de haberle contagiado a Barón Biza algo de ella. Pronto, Raúl se olvidó de su vida de Playboy y se alejó del alcohol, las fiestas descontroladas, el juego. Realmente, estaba enamorado, compartiendo todo con su esposa hasta un pasatiempo como la aviación. Sin embargo, este pasatiempo que los unía será también lo que los separe para siempre.
Raúl y Martha volaron juntos en un pequeño aparato el tramo Río de Janeiro-Buenos Aires. Casi enseguida formaron parte de un raid que debía cubrir las catorce provincias que formaban entonces la Argentina. De esta manera, a bordo de una avioneta bautizada como Chingolo I comenzaron la aventura, pero debieron aterrizar de emergencia en dos ocasiones. Barón Biza decidió abandonar el raid, ya no lo entusiasmaba, pero ella, siempre sonriente y con la aventura corriendo por su sangre, eligió seguir. Martha abordó otro avión, el Chingolo II, y la acompañó otro copiloto y el alemán Luis Fuchs. Sobrevolaban la provincia de San Juan y no faltaba mucho para aterrizar pero, a la altura de Marayes, un pequeño pueblo rodeado de un gran desierto, la nave perdió sustentación y cayó. Los dos tripulantes murieron en el acto, el 26 de agosto de 1931.
Cuando su esposa falleció trágicamente faltaban dos días para cumplir un año de casados. Raúl Barón Biza, desconsolado, desganado hizo construir en el lugar donde murió Martha un monumento donde hizo incrustar el motor destruido del avión de Myriam.
Sin embargo, el desconsuelo de Barón Biza lo llevó a construir en los Cerrillos, una estancia donde la pareja había vivido, junto a la ruta 5 que une Alta Gracia con Córdoba, un mausoleo enorme. Para ello contrato al ingeniero Fausto Newton. El mausoleo era un obelisco de 15 metros de altura por lado. En su interior, guardaba una cripta que guardaría para siempre los restos de la mujer amada. También allí hizo que se pusieran junto a ella todas sus joyas, incluido un enorme diamante de 45 kilates conocido como La Cruz del Sur. Para que nadie se atreviera a profanar el lugar, ubicó la cripta con las joyas a 6 metros de profundidad, la hizo cubrir con hormigón armado y colocó explosivos de gran poder que no se pueden advertir a simple vista. Hubo quienes pensaron que esto último no era cierto y sólo se trataba de una amenaza falsa para evitar intrusos, pero muchos años después, sumándose a las decenas de profanadores que se detuvieron tan sólo con el hormigón, hubo un grupo oficial que investigó con aparatos el sitio y, en efecto, detestaron la presencia de poderosos explosivos.
En ese lugar, Barón Biza hizo colocar una placa muy visible en la que está escrita la frase: Viajero, rinde homenaje con tu silencio a la mujer que en su audacia, quiso llegar hasta las águilas. Sin embargo, en pleno Buenos Aires se iniciara en 1935, la construcción del obelisco. Ese monumento en plena avenida 9 de Julio mide 67 metros y medio. Barón Biza, no quiso que la construcción porteña superara al monumento de su esposa, así que se decidió a superarlo en altura. De esta forma, la construcción mezcla de cripta funeraria y cueva de tesoros mide 84 metros, es decir 16 metros y medio más que el obelisco de Buenos Aires. Es el mausoleo más grande del país. Sin embargo, los amores contrariados no terminaran con esta historia, Barón Biza también vivirá un amor oscuro…
EL AMOR TRÁGICO II (Raúl Barón Biza y Rosa Clotilde Sabattini)Fue a partir de esta historia cargada de celos y locura que se conoció al apellido Barón Biza como “el nombre de la maldición”. En 1935, el mismo año en que se erigió el mausoleo y a cuatro años de la muerte de su esposa Myriam, Raúl conoce a una joven de 17 años hija de una familia reconocida de Córdoba, los Sabattini. A pesar de que le llevaba casi veinte años, comenzaron un romance Rosa Clotilde Sabattini, era hijo de un amigo íntimo de Barón Biza, Amadeo Sabattini, gran caudillo radical en Córdoba. La pareja continúa el romance en secreto hasta el punto de que huyen a Europa y se casan en secreto, despertando la furia y el repudio de la familia Sabattini.
Sin embargo, él la ayudó en sus estudios en Suiza, los que harían de ella una de las mejores pedagogas de los años siguientes. Rosa Clotilde Sabattini había cursado sus estudios primarios y secundarios graduándose de maestra normal para luego ir a la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, dónde se tituló como Profesora de Historia. Por sus excelentes notas le fue concedida una beca en Suiza para realizar estudios sobre los métodos educativos y pedagógicos europeos. Cinco años más tarde, regresan a Argentina, pero Barón Biza había retornado a su vida licenciosa de soltero. Con Rosa habían tenido tres hijos, pero la convivencia entre ellos se fue haciendo cada vez más insoportable. Las peleas eran continuas e incontrolables, las actitudes del hombre eran tan reprochables como para que el hermano de Rosa lo retara a duelo, y duelo en serio ya que ambos terminaron con heridas de bala.
Todos estos episodios hacían que el matrimonio se torne insostenible. De esta forma, Rosa huye con sus hijos y permanece deambulando. Hasta que en 1964 pide formal y oficialmente la separación definitiva. Ante este pedido, Raúl la cito a Rosa y a sus dos abogados en su propia casa, el 16 de agosto de 1964, un domingo, a las ocho de la noche. Rosa acompañada de sus representantes legales acudieron a la cita. Baron Biza parecía sereno, aceptando las condiciones del divorcio. Muy amablemente, sirvió dos vasos de whisky y los llevo a los dos abogados.
Luego llenó un tercer vaso y se acercó a su esposa sin apuro. Al tenerla frente a él, arrojó el contenido a la cara de Rosa Sabattini. El de ella no era whisky, era ácido clorhídrico. La escena se transformó en una pesadilla que no podría describirse a través de las palabras. Los abogados la cubrieron como pudieron y la llevaron de inmediato al Instituto del Quemado. Barón Biza quedó allí, solo. Unas horas después fue a buscarlo la policía y lo halló en su cama. Se había disparado un tiro en la cabeza. Rosa Sabattini, soportó una vida recluída, luchó por años por recuperar algo de su hermoso rostro, pero fue en vano, a pesar de haber sido operada por los mejores cirujanos plásticos de Europa. En 1978, se suicidó arrojándose al vacío desde el mismo departamento donde ocurrió todo. Raúl Barón Biza fue enterrado a pocos metros del mausoleo de Myriam.
EL DESAMOR (Bernardino Rivadavia y Juana del Pino)
El 29 de mayo de 1780 nació Bernardino Rivadavia. Comenzó sus estudios en el Colegio San José de San Carlos en 1798, donde estudió Gramática, Filosofía y Teología. Hacia 1806 aproximadamente, bajo el contexto de las invasiones inglesas, Rivadavia se incorpora a las milicias, bajo el grado de Capitán en el cuerpo de “gallegos”. El 14 de agosto de 1809, Rivadavia contrae matrimonio con una joven distinguida de la elite porteña: Juana del Pino y Balbastro. Juana era hija de Joaquín del Pino, octavo virrey del Río de la Plata. Ahora bien, ¿cómo comenzó este romance entre estos dos personajes?
A los quince años Juana se trasladó con su familia desde Montevideo a Buenos Aires, porque su padre había sido designado Virrey del Río de la Plata en el año 1801. Juana conoció a Bernardino en una de las ceremonias que organizaba su padre, anualmente Joaquín del Pino recibía a los doce mejores alumnos del Real Colegio de San Carlos. Allí, los alumnos daban sus respetos al virrey y compartían la tertulia con su familia, entre ellos estaba Bernardino. Así, fue que Juana con 17 años y Rivadavia con 23 se conocieron.
De por sí Rivadavia no tenía un carácter alegre, por el contrario, era retraído, algunos lo definían como eternamente triste. Quizás esta personalidad apática se debía a su historia personal atravesada por las tragedias: su hermana mayor, Tomasa, había quedado ciega; su madre, doña Josefa había muerto cuando él tenía solo seis años; su padre, don Benito, se había casado nuevamente a poco de quedar viudo. De esta forma, todas estas experiencias habían creado a un joven entristecido y de carácter amargo. Incluso, su aspecto físico tampoco lo beneficiaba, era regordete, petiso y para algunos “decididamente feo”, de tal manera que estas características físicas fueron el blanco perfecto para sus enemigos quienes lo apodaron como “El mulato”. Sin embargo, más allá de estas cuestiones poseía una “respetable cultura” para la época. Quizás, fue este capital cultural lo que conquisto a Juanita del Pino. Quizás también esta historia demuestra que el amor es “ciego” y algunas veces también “tonto”.
Estos jóvenes mantuvieron un romance aburrido y reglamentario durante seis años. Antes de casarse, Joaquín del Pino fallece. Un año después, la joven pareja se unía en matrimonio. Muy pronto, nació su primer hijo, Benito. Luego, nacería Constanza, en 1812 y Bernardino Donato en 1814. Al poco tiempo, Rivadavia viaja a Londres para gestionar negocios del Estado. De esta forma, Juana del Pino se queda sola, muy enamorada, comienza a sentirse abandonada por su reciente esposo. A través de las cartas que le enviaba a Bernardino da cuenta del temor que tenia ante la situación tensa de la política internacional. Su esposo hace caso omiso: comunicándole que viajará de Londres a Francia.
Ante el desprecio de su esposo, Juana llora a escondidas. Pero su tristeza no acabará en este hecho, en 1816 muere su madre y su hija Constanza de cuatro años, mientras que Rivadavia se entretiene con negociaciones diplomáticas en el viejo mundo, sabiendo la terrible noticia. Ni siquiera la declaración de la Independencia hace que vuelva. Abandonada, intenta reunirse con su esposo pidiendo al director Juan Martín de Pueyrredón, viajar a Europa con sus hijos. No obstante, este pedido es desestimado por falta de fondos. Incluso, el gobierno central le recorta la pensión que recibía como esposa de funcionario trabajando en el exterior.
En vano fueron todos los reclamos a su esposo, al cual llamaba “hijito”, en una carta de 1819, le recuerda la situación de otros matrimonios que se han disuelto precisamente por estar tanto tiempo sin verse y le ruega que no ocurra lo mismo con ellos, ya que sigue muy enamorada. La batalla entre Juana y la política por la atención de Rivadavia, quizás terminó cuando éste se retiro oficialmente de la vida pública. Pero no es así, en 1829 viaja a Francia dejando a su familia en Buenos Aires, esto demuestra que este desprecio iba más allá. En su estadía por París, retoma su oficio de traductor: "La Democracia en América" de Tocqueville; "Los viajes" y "El arte de criar gusanos de seda" de Dándolo. En 1834, retorna a Buenos Aires, pero no puede desembarcar por una prohibición del gobierno de Viamonte, Juana y su hijo Martin que lo estaban esperando en el puerto, deciden subir al barco, sumándose al exilio de Bernardino. Sus hijos mayores, Benito y Bernardino, tienen otros planes: se han sumado a la causa federal y están luchando para que Juan Manuel de Rosas asuma definitivamente el poder.
Parte de la familia exiliada, se instalan en Colonia y luego pasan a Brasil, allí, debido a un accidente doméstico, Juana del Pino muere en diciembre de 1841. Ante este hecho, su hijo Martín, decide volver con sus hermanos y Rivadavia en 1842 parte hacia Cádiz. Esta relación tortuosa que mantuvo Bernardino con su esposa y sus hijos, quizás se deba a que nunca tuvo una familia, su historia personal cruzada por la muerte y el abandono de su padre es prueba de ello.
EL AMOR VENGATIVO. (Anchorena y Kavanagh)
Esta historia demuestra el enfrentamiento de dos familias, una perteneciente a los sectores patricios de Bueno Aires y otra una familia burguesa, en otras palabras los Anchorena y los Kavanagh. Como producto de este enfrentamiento, se construyó en 1935, el edificio Kavanagh, uno de los mas famosos de la ciudad de Buenos Aires admirado por todo el mundo, por su arquitectura y sus detalles lujosos.
Ahora bien, veamos detenidamente un poco de la historia familiar de esta familia patricia que no era tan patricia a comienzos del siglo XIX. El primer Anchorena llegó a estas tierras, en 1750, tenía como único capital su talento, su férrea voluntad, su ingenio y su sudor. Se llamaba Juan Esteban Anchorena. De este modo, mediante sus negocios mercantiles ganó mucho dinero. Esta pequeña fortuna le permitió acceder a la mano de una hermosa mujer de orígenes nobiliarios, perteneciente a la elite rioplatense, que atravesaba dificultades económicas.
De esta manera, se unió alcurnia y dinero salvaguardando a las dos familias, una práctica común en ese momento histórico. La dama se llamaba Romana López de Anaya y Gárniz de las Cuevas. Incluso, al introducirse dentro de las redes de las familias notables de Buenos Aires, le permitió acrecentar sus contactos y consiguientemente, extender sus negocios. Esteban se convirtió en un gran empresario, unido a una nueva condición social. Dos años antes de la Revolución de Mayo, Esteban fallece, dejando una fortuna muy grande a sus descendientes.
Ellos seguirían multiplicándola y, después de la Independencia los que lucían el apellido eran los dueños de una enorme cantidad de tierras, ya que se hablan volcado hábilmente a la inversión rural. Ahora bien, en 1912, Mercedes Castellanos de Anchorena, hace construir sobre calle San Martín al 1000, la basílica del Santísimo Sacramento. De más está decir, que Mercedes era fervientemente católica y poseía mucho dinero. La basílica tardo cuatro años en construirse. El altar se hizo de oro y plata en su mayor parte, en especial la custodia. En esta construcción abunda el mármol italiano, mosaicos venecianos, bronce, vitrales finísimos, granito y roble. Mercedes quería construir una “casa del señor” y además utilizarlo como lugar para que reposaran los restos de la familia desde ese momento. La familia Anchorena vivía en Palacio San Martín, un edificio fastuoso que desde 1936, comenzó a funcionar como el edificio de la Cancillería.
Esta historia de enfrentamiento entre familias quizás sea sólo un mito que circula por algunos espacios… se dice que en los años 30, Corina Kavanagh, tenia un romance con un hijo de Mercedes, romance que no aprobaba porque Corina provenía de una familia adinerada pero sin orígenes patricios. La paradoja reside en que el apellido Anchorena tampoco era aristócrata, sino que supo casarse con una familia que sí lo era en el siglo XVIII. Más de un siglo después todo se revierte y para mal.
La oposición rotunda de Doña Mercedes produjo que los jóvenes se separan. Satisfecha, puso sus energías en un proyecto que era su sueño más dorado: comprar la casona y edificar allí un gran templo, que funcionara como una extensión de su propio palacio. Sin embargo, aunque el terreno estaba en venta, Mercedes no pudo lograr su propósito, ya que Corina, enterada del sueño de su “suegra”, compró el lote y contrato a los mejores arquitectos para que construyeran un edificio de hormigón armado de 120 metros de altura, evitando que la Basílica pueda ser vista de frente, desde cualquier punto, pero especialmente desde un palacete del otro lado de la plaza San Martín.
De esta forma se construyo el edificio Kavanagh, uno de los más famosos de Buenos Aires. Está ubicado en Retiro, uniendo con un pasaje las calles Florida y San Martín, frente a la plaza del mismo nombre. Fue construido en sólo catorce meses, entre 1934 y 1936, y aquello fue un acontecimiento ya que, por entonces, con sus 120 metros era el edificio más alto de Latinoamérica, la construcción de hormigón armado más alta del mundo y el primero del planeta en ser poseedor de aire acondicionado central en todos los departamentos. Corina se reservó el piso 14 que ocupa toda una planta. El estudio de arquitectos Sánchez, Lagos y De la Torre basó sus cimientos en 2.400 metros cuadrados para construir sobre ellos ese edificio de 32 pisos que tiene una superficie construida de 29.000. Los 107 departamentos son espaciosos y, una curiosidad, no hay dos iguales.
Algunos desestiman esta historia, ya que Mercedes Anchorena murió en 1920, pero como se expresó al comienzo del apartado puede ser un mito. No obstante, más allá de la veracidad de esta historia, lo cierto es que el Único lugar desde donde es posible ver de frente la maravillosa basílica del Santísimo, es la entrada por la calle San Martín al pasaje que une al edificio con el hotel Plaza. Este pequeño pasaje se llama Corina Kavanagh, ¿una asombrosa coincidencia?