InicioFemme¿Por que te gusta Arjona?



Vamos aclarando el panorama


La polémica entre Fito Páez y Ricardo Arjona que ocupó horas de reflexiones mediáticas la semana pasada, puso en escena una cuestión que no por marketinera es menos filosófica. ¿Qué es lo que hace que un artista merezca el fervor de las masas? ¿El concepto de calidad es totalmente independiente de los gustos del público? Si admitimos que este último a veces se equivoca, ¿podemos precisar en qué?

En este contexto, Las 12, más que avivar el fuego o aclarar algo, propone agregar una incógnita más: ¿Cómo es posible que alguien que le canta a la mujer sin sortear ni uno de los prejuicios más remanidos, los clichés más machistas y retrógrados, cuente con la admiración de un público mayoritariamente femenino? Los atentados al género cobran rima en casi todas sus canciones. Parece que Arjona se ocupara de señalar los presupuestos más denigrantes para luego lamer las heridas de lo que él mismo acaba de poner en verso. ¿Cómo lo hace? En una canción se vanagloria de haberse enamorado de la fea, la inteligente, a la que ni le hacen lugar en el colectivo (?), en otra confiesa de que a pesar de que tuvo sexo mil veces, recién “hace el amor” cuando consigue llevarse una virgen a la cama mientras que en otra arenga a no abortar porque el mundo se pueda quedar sin un trovador como él. Arjona arrasa presentándose como el candiadato ideal para agregarle vida a los años de la señora de las cuatro décadas, y como todo currículum ofrece, que es “un diez años menor”. Conquistar la admiración de las mujeres rimando sobre las manchas de su menstruación, su condición de vientre gestante, insistiendo con aquello de que salieron de una costilla, haciendo un panegírico de su histeria pidiendo que le digan que no y que lo acompañen a estar solo, parece una tarea descabellada o anacrónica. Sin embargo 30 estadios dicen que no lo es.

Para tratar de aclarar el panorama, elegimos nuestras canciones favoritas y tratamos de explicar por qué.





Mujeres


Por Marisa Avigliano

Arjona nunca se equivoca, siempre hace lo mismo y siempre lo hace mal. No hay en su repertorio cueva de idiotismos, ningún acierto. Si repito las letras de sus canciones mis amígdalas se almidonan y si lo veo en sus videos, me río. Es gracioso pensar que quiere parecer sensual con su pelo mojado, humedecido por algún rociador de esos que se usan para planchar, corriendo entre los fuegos. Con la camisa arrugada y un poco abierta, con cara de menos mal que la letra se repite bastante, Arjona emprende el combate del cantautor aplaudido sin dejar, rienda suelta, ni arriba ni abajo, una semilla de encanto. En cambio, hay que decirlo, nos ofrece generoso su incontinencia por la rima fácil.

Mujeres es el vademecum de los prejuicios: el hombre estaba solo y por suerte alguien (no se sabe quién pero si es útil para que el verso termine, seguro que fue Dios) le entregó un invento formidable, útil para el sexo –hacer el amor en el glosario arjoniano–, coqueta y limpita, porque “después del sexo va derechito al tocador”; el invento además hizo que Neruda escribiera y Picasso pintara. Queda claro, para Arjona, Neruda sólo escribió veinte poemas y Picasso dibujó una paloma. Pero hay más, el machismo y el feminismo son como dos vueltas en una calesita porque abajo se juntan para estar en pareja “...y al final/la historia termina en par/pues de pareja vinimos y en pareja/hay que terminar/terminar... terminar” (sí, las parejas son de hombre y de mujer y como éste es un himno a la mujer sutil y laudatorio, se termina, no se acaba). La poética de Ricardo no descansa, por eso, “si el invento habitara la luna, la fila de astronautas sería interminable”. ¿La luna burdel será su próximo hit?

Ahora, hay versos prodigiosos: “Lo que nos pidan podemos/si no podemos no existe/y si no existe lo inventamos/por ustedes/mujeres”.

Ah, ¡Ricardo! Ofrece su columna vertebral (una costilla le parece poco) para vernos andar de espaldas (me asusta pensar en una mujer con la columna de Arjona a cuestas), canta gritando, moviendo la cabeza y salpicando lo poco que le queda de agua en su pelo, que los hombres son capaces de inventar nuestra necesidad. Lo dije, un prodigio.

Algo más. Gracias a Arjona, tenemos en casa un juego nuevo, basta ya del Scrabble, ahora te juego un Arjona, es sencillo, se da un tema y se empieza a rimar lo obvio, sin pulso, sin desinencia y sin virtud.





De vez en mes


Por Monica Cabrera *

Escribo estas líneas indignada por la condena pública a Ricardo Arjona. No va porque me guste, ni porque venda millones. Miralo a Van Gogh que no vendió un cuadro en toda su triste vida y si se lo denostara por haber manchado con sangre un pañuelo luego de arrancarse la oreja, yo seguiría defendiéndolo. Y sí, Arjona escribe unas líneas sobre las manchas sanguinolentas de la menstruación. ¿Cuál es el gran escándalo? ¿El machista se escandaliza ante la exaltación de unos deshechos que nunca podrá producir? Pues hagan una canción sobre las poluciones nocturnas y santas pascuas.

Almas sencillas dirán que es un asqueroso, pero... Y si estuviéramos descalificando a un nuevo Lautréamont, a un Girondo o al mismo Genet? ¿Por qué no se pueden coleccionar paños femeninos? ¿No sería acaso una transformación feminista del método proyectivo de psicodiagnóstivo, el test de Rorschach?

Arjona comienza así: “De vez en mes te haces artista dejando un cuadro impresionista debajo del edredón”. Dr. House deduciría que este muchacho tuvo una larga relación con una mina sucia y descuidada, maníaca depresiva, con un hipotiroidismo no atendido lo cual le hacía manchar la sábana, la manta, el colchón. El sujeto, entonces, le habría escrito estos versos alentando al chiquero y el abandono para desde allí poner en marcha algún hábito de limpieza. Lautréamont, lo mismo. Ensalza una maldad minuciosa enfocada en insultar al hombre, y a Dios por haber creado a semejante basura. Arjona elabora minuciosas metáforas para describir lo que nadie desea describir. Poeta del descarte, de lo rechazado, de todo aquello que intentamos ocultar inútilmente...

Si alguien dice que el hombre es su obra, también podemos decir como dicen en los laboratorios: “por tus detritos te conocerás”. Los análisis de orina, los estudios de materia fecal, los minuciosos exámenes de la próstata, merecen sin duda alguna metáfora valorativa. Yo propongo, por ejemplo: De ti me despido, querida amiga, Cacona rebelde que así te obstinas. Te niegas a irte por el cañerío, Flotando orgullosa de tu poderío. Y desde mi feminidad me atrevo proponerle a su verba arrasadora: Yo que menstruo, yo que me mancho No por ser mío es menos chancho. Mancha que muestra que bien me cuido Pantalón blanco, ¡te desafío!

Lady Macbeth también dijo “aparta maldita mancha”.¿Por qué será imposible que el Bardo haya querido referirse al crimen de no embarazarse aprovechando los simpáticos huevos que cada mes tenemos prontos a germinar?

Por otro lado, y no menos digno de valoración, en Arjona demuestra un respeto amoroso por el funcionamiento hormonal, causa del temible síndrome pre menstrual. En lugar de descalificar, como haría cualquier varón, aquí nuestro poeta poetiza: “De vez en mes soy invisible para intentar en lo posible no promover tu mal humor...”

¿Resulta un poquito forzado? Es posible, pero el detalle del mal humor no podía quedar fuera de la canción menstrual. Como tampoco el bonito verso que nos cuenta:

“De vez en mes la cigüeña se suicida y ahí estas tú tan deprimida buscándole una explicación”, “No hay más reloj que el de tu cuerpo, no hay más luz que la que das...”, “De vez en mes un detergente se roba el arte intermitente de tu vientre y su creación...”

Si me dicen que esto es una berretada, no puedo dejar de pensar en Góngora y Quevedo. Y si esta canción la canta Madonna, en inglés, con unos paños menstruales cayendo desde helicópteros, revoleando tampones, ya la Iglesia le cae encima y todos a aullar por la grande que se reinventa y todos a usar camisetas con manchas menstruales que será topísimo.

Verdad que me asquea un poquito, pero no soy la medida universal de todo; yo quiero que haga la segunda parte, en donde, abandonando la rima, describa:

“...no batas la mayonesa, mi vida, que si estás con la regla se corta”.

* Actriz, directora y dramaturga. Luego de su éxito con el personaje de Rosa en Tratame bien, se encuentra grabando la serie Mal parida para Canal 13. Los viernes en Bataclana, Corrientes 3500





Señora de las cuatro décadas


Por Liliana Viola

Que no exista la más remota posibilidad de cumplir cuarenta años sin que te canten de memoria o en karaoke “Señora de las cuatro décadas” , ya es razón suficiente para querer pasar a los 50 sin escala, edad dorada por yerma en la poética arjoniana que aún no recala en la falta de lubricación vaginal, la presbicia y los calores. Ganas de vivir, en suma, que se le deben al cantante.

Ya el primer verso pone a la cumpleañera en una situación incómoda. Vino dispuesta a cumplir 40 y resulta que le regalan un eufemismo que es peor que la enfermedad. Sí, su edad ya puede desgranarse en decenios, que no son dos ni son tres. Si ayer era una mujer de 39, ahora es la señora de las cuatro décadas, pálido remedo de señores más poéticos como el de los anillos o el de las tinieblas. Que vaya sabiendo la dama que a partir de hoy, si algo la va a definir en esta vida, son las cosas de su edad. Trascartón, lo evidente: “Su figura ya no es la de los quince”. Es cierto y es obvio y hasta bien mirado es bueno. Pero Ricardo necesita recordárselo ahora, si no cómo entra él en esta historia a valorarla y quererla a pesar de todo. Que la señora ensaye su mejor sonrisa porque en el verso siguiente se viene la propuesta: “Permítame descubrir qué hay detrás de sus hilos de plata y esa grasa abdominal que los aeróbicos no saben quitar”. ¡Carne sobrante y colgante! Se sorprende ella gritándose a sí misma en su propio cumpleaños mientras imagina al explorador manoteando tripas buscando quién sabe qué escatológico tesoro. Si no tiene hilos de plata, como la mayoría de las mujeres de 40, se sentirá un poco en deuda, fuera de target. Y si no tiene o no le molesta la panza, a fajarse. La Señora sigue atónita, moviéndose al compás preguntándose si todos se han vuelto locos en esta fiesta o si han estado estos años esperando que llegara Arjona para reírse de ella con una que cantemos todos. El estribillo acude al rescate: “Señora, no le quite años a su vida, póngale vida a los años, que es mejor”. Por fin una buena. Críptica como ninguna, más indescifrable que una máxima zen, este consejo no se entiende pero no es la idea seguirlo al pie de la letra. Ricardo va por más. “Es usted la amalgama perfecta entre experiencia y juventud.” Se trata de un cliché, es cierto, pero no por ello menos comprobable y alentador. La señora, que con defensas bajas se dispone a apagar sus velitas en su vestido nuevo, recibe un correctivo: “Usted no necesita enseñar su figura detrás de un escote, su talento está en manejar con más cuidado el arte de amar. No insista en regresar a los treinta, con sus cuarenta y tantos encima dejan huellas por donde camina”. Que se tape, que no haga papelones. Plop. Cuando la tiene bien convencida de que es una vieja con fuego en la mirada, el candidato le declara su amor oficiándose como única carta de presentación lo siguiente: “Para ver si se enamora de este diez años menor”. Y después que no digan que la edad no importa. Ojalá se anime la señora y se deje llevar por los brazos del joven, que si todo prospera tal vez un día le llegue a cantar: “Señora de medio siglo cuídese la osteoporosis, que usted es muy linda entera, no en dosis, no en dosis”.





Dime que no


Por Mariana Enriquez

¿Es “Dime que no” la canción más odiosa del trovador? Hay otras más gráficas y muchas más torpes, pero “Dime que no” es retorcida, hasta peligrosa. Veamos. Primero, la recomendación: “Si me dices que sí, piénsalo dos veces; puede que te convenga decirme que no”. ¿Por qué? Ah, es todo para que él se sienta mejor. Para que pueda desplegar sus dotes seductoras. “Yo me daré a la tarea de que me digas que sí.” Y después, para ratonearse. Aunque es mentira: Ricardo quiere recibir una negativa porque la mujer de sí fácil le parece una puta. No importa cuánto lo niegue; se le nota cuando la canción continúa con este penoso chamuyo: “Si me dices que sí dejaré de soñar y me volveré un idiota, Mejor dime que no y dame ese sí, como un cuentagotas”. ¿En serio? Qué risa.

Unos versos anodinos abren paso al estribillo, donde se desata (la cita es involuntaria) el problema. “Dime que no y me tendrás pensando todo el día en ti, planeando la estrategia para un sí. Dime que no y lánzame un sí camuflajeado, clávame una duda y me quedaré a tu lado.” Ricardo, seguramente, está cantando una oda a la histeria femenina, que intenta rescatar en un complejo mecanismo de vuelta de tuerca que puede resumirse como “yo amo tanto a las mujeres que hasta celebro sus defectos”. (“Defectos” que acontecen en la mente de Ricardo, claro está). El gran problema, más allá del hartazgo hacia el supuesto atractivo de la mujer difícil –que implica una gran mentira que tranquiliza al hombre machista: a ella no le gusta mucho el sexo, se puede aguantar, de nuevo, “no es una puta”– es que decir que no a los avances de un hombre es una acción que a la mujer le costó mucho –históricamente, y además es la base del elemental contrato entre dos personas que se atraen, que el otro consienta. ¿Cómo sabe Ricardo que ese no es en realidad un sí? ¿Lee la mente? Cuando se dé a la tarea de lograr el sí, ¿hasta dónde va a llegar? ¿Ella va a estar a los gritos diciendo que no y él insistirá en que en realidad son gritos de placer?

Y encima, ¿por qué tiene que aguantarse una mujer? ¿Por qué no puede decir que sí a los dos minutos y retozar chocha de la vida? ¿En qué sentido eso no es atractivo? Ah, sucede que Ricardo se quiere enamorar. De verdad: “Siempre lo fácil me duró tan poco, y no lo niego me divertí. Pero la soledad me ha vuelto loco, porque el amor nunca ha pasado por aquí”.

Así que para que el caballero se enamore una tiene que decir que no aunque se muera de ganas –porque sólo importa El, no sé si queda claro– y además correr el riesgo de ser mal interpretada (Ricardo, el no significa que no, a ver si te enteras) y acabar violentada en manos del astro. O de cualquier señor que le encuentre gollete a esta balada fanfarrona.

PD: De sólo pensar en mujeres cantando esta letra en un Luna Park colmado dan ganas de tirarse abajo del 151.





Vientre de cuna


Por Ingrid Beck *

Querido Ricardo: antes que nada, es importante que sepas que no se pone en duda tu amor, tu sensibilidad, tu ternura. Todo eso está fuera de esta discusión. Aclarado esto, podemos pasar a lo segundo.

Detesto hablar de cocina y no me refiero al tema con seriedad, sino con resignación. De hecho, que pienses que disfruto hablar del tema me pone mucho más seria que Gorbachov hablando de lo que fuese. No es que no me guste cocinar, me encanta, pero las milanesas de todos los días y la vianda de las 7 de la mañana del nene, me resultan deplorables.

No sé coser. Jamás remendé un pantalón. Cada vez que alguno de mis hijos rompe la ropa, todo eso va directo a la caridad. A la basura, jamás.

Lloro cuando estoy triste y me río cuando algo me da gracia (por ejemplo esa letra tuya que dice “Tu reputación son las primeras seis letras de esa palabra”). A lo sumo se me confunden un poco las cosas cuando estoy con las hormonas de punta, pero no mucho más. De hecho, pasé mucho tiempo en el diván de una analista, justamente, para no llorar cuando me tengo que reír y viceversa. Te agradecería que lo tuvieras en cuenta.

Honestamente, no logro recordar si el día que quedé embarazada hubo luna llena, pero tiendo a pensar que no tiene ninguna importancia, a juzgar por los cálculos del obstetra y la cantidad de semanas que tuve que cargar el paquete adentro. Y eso que fueron unos cuantos meses de tener sexo día por medio. Otra cosa sobre el tema: no parí con dolor, aunque no te venga bien para la letra. Pedí toda la anestesia que me pudieran dar, cosa de disfrutar del parto. ¿Dolor es igual a amor? No, Ricardo, para nada. Dolor es dolor y amor es amor. Igual para los hombres y para las mujeres. Aunque no es menos cierto que depilarse es dolor y que muchas lo hacemos por amor.

Odio ir al supermercado, a lo sumo voy al chino de la esquina, cuando necesito alguna cosita. Si no, hago las compras por Internet, que es más práctico. No busco precios no porque me sobre la guita sino porque me falta el tiempo: con los dos pibes y los ocho trabajos es difícil encontrar el momento para ir al super a hacer la compra.

Lo más importante: ¿Sabés cómo queda el abdomen después del embarazo, Ricardo? Se necesita más que albañilería para dejarlo como antes: chapa, pintura y miles y miles de abdominales que jamás haré porque, como te decía en el párrafo anterior, no tengo tiempo ni de ponerme crema para las estrías. ¿Vas a decir lo mismo de la panza cuando la criatura ya esté afuera? ¿Ahí vas a agarrar la amoladora, la pala, la espátula y vas a hormigonar el vientre para que quede lisito? ¿O mejor no? Ah, eso que llamás “swing al caminar”, en mi idioma se traduce como “no doy más, que alguien me acerque ya una silla” o “no sé cómo caminan las ballenas pero debe ser parecido a esto”. ¿Y sabés qué? Durante el embarazo, cada vez que estornudaba, se movía la panza para todos lados y no era para nada divertido. Como si estuviera andando con el auto sobre el empedrado.

Nada de todo esto es simpático, la verdad. Es cierto, me encanta que me digan “mamá”, pero preferiría gustarte de todos modos, sin el swing, ni el supermercado, ni el parto con dolor ni el vientre abultado, ni los estornudos ni el llanto y la risa, ni la seriedad de Gorbachov hablando de la comida. Porque soy mucho más que una mamá, ¿sabías, Ricardo? Pensar que si tu vieja le hubiera dicho –como citás en esa oda en contra del aborto– “detente” a “esa estrella” en su “vientre”, como escribiste, “hoy faltaría una... canción”. Ojalá faltara ésta.

Querido Ricardo: andá a lavar los platos.

* Directora de la revista Barcelona, que presenta su muestra de contratapas en la Legislatura Porteña, entre el 7 y 20 de abril. También integra Radio Barcelona, los sábados de 12 a 13 horas, por Radio Nacional. Y es coautora de Guía Inútil para madres primerizas I y II, de Editorial Sudamericana.





Los pingüinos y otras metaforas frias


Por Eduardo Aliverti

Sí, es cierto, vengo a ser una especie de militante antiArjona. Pero no es que no puedo soportarlo y listo, porque si es por eso uno no tolera a mucha gente y entre ella músicos, solistas, bandas. Sin embargo, lo de este tipo es casi inexplicable.

Es un terrorista métricosintáctico. Sus rimas y metáforas son un mamarracho indescriptible, hasta el punto de parecer una estructura cómica, ridícula ex profeso, que usaría para reírse de sí mismo o a fin de mofarse de las chongadas románticas. Pues no. El aclara que no y lo aclara muy en serio. Más todavía: la nota de respuesta que le envía a Fito es tan enroscada, tan pornográficamente adjetivada, tan improbable de seguir sin releer varias veces, que deja claro estar ante alguien que debe creerse Góngora sin joda. Y hay la yapa de que su basamento rítmico tampoco ofrece particularidad alguna y no llega siquiera a ser pegadizo, precisamente porque sus atentados métricos no resisten el encaje con la melodía. Entendámonos: no es chinguichingui, no es una que sepamos todos para pasar el rato, no es que canta mal pero queda disimulado por lo melódico, o no es que esto se subsume en que canta bien. No, no y no: es malísimo de toda maldad. ¿Y entonces? Y entonces no sé. Lo único que se me ocurre, como hipótesis muy doméstica, es que el público que lo sigue encuentra en esas letras bizarras algo así como una sencillez compleja y que, en consecuencia, siente al adefesio como un hecho provocativo, raro pero entendible, o incomprensible pero curioso.

Y el resto lo haría que el tipo está fuerte y esa cosa de algunos públicos masivos, capaces de sentir que el cantante dedica los temas al oído y sentimientos particulares de cada quien. De otro modo, a mí por lo menos no me entra en la cabeza que enormes multitudes se enganchen con que hay que aclarar el panorama porque hay pingüinos en la cama; o que algo es más raro que ver a Lady Di en el subte de París.

Como también es conocido que no me banco a Calamaro, podría señalárseme que no hay mucha diferencia que digamos entre eso y llevarse la flor y la ceniza para dejar el florero y el cenicero. Por ejemplo. Pero no es lo mismo. Calamaro tiene una historia en su género, y algunos o varios temas muy buenos, de última es tarareable y entra en el rango de los fenómenos o impactos que uno puede no compartir pero sí razonar como descifrables. Arjona no. No cabe en ninguna categoría de calidad mínima, en nada de nada. Supongo, también, que su caso se relaciona con la devaluación que sufre el buen gusto a nivel de este tipo de masividad. Y más específicamente, el crecimiento del desprecio por el buen lenguaje. O, de piso, por las armazones poéticas o de rimas vulgares pero con algún sentido común. Si se escucha “no te vayas corazón/no te vayas ilusión”, o el rimado pega mano con verano y mundo con profundo, uno dice que es grasa, mediocre, barato, fácil mal. Pero, de vuelta: tiene lógica. ¿Cuál es, en cambio, el raciocinio que puede aplicarse a las barbaridades que escribe y compone Arjona? Ninguno, como no sea –para subrayar aquello de la teoría de café– que el tipo encontró un código de lo raro o, mejor, de lo escatológico. Que eso prendió muy fuerte por alguna razón. Y que entre él y su público lo retroalimentan, al código, porque hallaron una suerte de símbolo de pertenencia, de identificación, a través de lo horrible. Como otras tribus urbanas, después de todo.

Pero bueno. Mejor voy a fijarme si no hay aves marinas en la cama que aclaren mi perspectiva.


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