Los modernos televisores inteligentes o conectados incluyen cámaras web y micrófonos, excelentes para comunicarnos... y también para ser espiados.
Pongámonos en plan paranoico: tenemos un posible espía entrando en el cuarto de estar. Mucho se habla de la posibilidad de espionaje de nuestra actividad a través de troyanos instalados en nuestros sistemas informáticos, y de la información que se puede saber de nosotros gracias a nuestra presencia en redes sociales, pero poco o nada se ha dicho hasta hoy de que tengamos una cámara apuntándonos directamente en la salita de estar.
Webcam en la parte superior de un televisor; un potencial ojo abierto a nuestro domicilio
Esta cámara no es otra que la de los televisores inteligentes que tanto se empiezan a vender. Para poder reconocer nuestras órdenes gestuales (algo que ya permiten, por ejemplo, los aparatos de Samsung o de Lenovo), dichos televisores necesitan de una webcam instalada y conectada al sistema operativo, y que grabe imágenes. Así mismo, para reconocer las órdenes vocales, necesitan de un micrófono. Ya tenemos los elementos que todo servicio secreto necesita para conocer los planes de sus enemigos: voz e imágenes.
La pieza que nos falta es el software que permita que estos datos lleguen a terceros. “¡Oh, bien! pero es que nuestro sistema está protegido y no permite el acceso a la cámara ni al micro desde el exterior” pueden decir los fabricantes. No lo pongo en duda, pero en estos casos siempre recuerdo lo que uno de mis profesores decía en la universidad: todo lo que una persona protege, otra puede desprotegerlo. Solamente es cuestión del interés y si compensa los recursos que haya que poner sobre la mesa.
¿Qué interés puede tener que alguien de fuera se conecte a nuestro televisor, vea quien somos, lo que tenemos y nos oiga? Si ya cuentan que hay ladrones que se guían por la información subida a Foursquare para saber si estamos en casa o si estamos lejos de ella para poder asaltarla, con una imagen directa pueden obtener información de medidas de seguridad (con un poco de suerte y perspicacia, incluso el código de la alarma), y si vale la pena asaltar nuestro domicilio.
Esto por lo que respeta a la imagen. ¿Y el sonido? Sintiéndonos cómodamente a resguardo en nuestro hogar, es fácil “cantar” contraseñas y otros datos que puedan comprometer nuestra seguridad, y habiendo un micro en el televisor...
Me extraña como, habiendo paranoicos de la teoría de la conspiración en las redes socials (¿qué hacen con nuestros datos? ¿qué saben de nosotros?) pocas voces se han alzado hasta ahora reflexionando sobre los peligros inherentes a meter material con el que nos pueden vigilar en nuestras propias casas.
Y si, por muy buenos que sean los mecanismos de seguridad que incorporan, una tercera parte siempre puede violarlos... o ¿acaso debemos tener también miedo de quien nos vende el aparato? ¿qué interés puede tener para un fabricante el disponer de los datos anteriormente mencionados? De contraseñas y otros datos tan “peliagudos” no, sin duda, ya que violarían flagrantemente nuestra privacidad y sería materia de denuncia, pero disponer del listado de órdenes verbales que le damos al televisor o incluso de ciertas palabras clave captadas en conversaciones ajenas a la compañía pero que pueden revelar tendencias de compra, puede ser interesante para presentar publicidad personalizada.
Sería algo así como el caso de Google cuando escudriña nuestros mensajes de correo electrónico para descubrir las palabras clave en ellos empleadas con el objetivo de plantificarnos publicidad de acorde a nuestras preferencias; si hablamos muchas veces de determinado refresco gaseoso que se encuentra casi en todo el mundo, pudiera ser que en nuestros programas a la carta fuera de interés incluir publicidad de tal refresco, o de su competencia, o de algo de comida que vaya bien para combinar. Las posibilidades son infinitas.
Si bien soy poco amante de las teorías conspiranoicas, creo que es un tema del que hace falta hablar más.
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