Pequeñas mentiras
Las mentiras: ¡ni grandes, ni medianas, ni pequeñas!
Todas las mentiras, sin importar su gravedad, no dejan de ser eso, mentiras.
¿Por qué pensamos que en ciertas ocasiones está bien realizar pequeñas mentirijillas? ¿Acaso no nos molesta cuando nos mienten, incluso para cuestiones pequeñas y tontas?
La mentira históricamente ha sido una de las enfermedades que más nos ha invadido y lastimado como seres humanos puesto que esta enfermedad posee varios matices, sean de distorsión, engaño, omisión o negación. La mentira evidencia la necesidad que tenemos de salir socialmente “bien libradas” de un hecho que de adrede sabemos fue deshonesto, desleal y dañino. Sin embargo, aunque cubramos nuestros errores y faltas, éstos permanecerán y nuestra conciencia se encargará de realizarnos recriminaciones que terminaran por hacernos sentir miserables y culpables.
No hay mentiras “buenas” o “malas”, todas van en la misma colada de acciones que van encaminadas a anular una acción a la cual tememos o creemos que nos puede perjudicar en algún aspecto. Lo que diferencia a una mentira de la otra, por decirlo de alguna manera, no es la separación entre lo que consideramos bueno o malo, sino las intencionalidades que tienen y los grados de aceptación social que poseen, de ahí que sea muy común escuchar –incluso con tono de “me enorgullece”- comentarios como “fue una mentirita piadosa, nada grave”, y así, una bolita de nieve se puede convertir en una avalancha: una mentira “pequeña” atrae a una “grande” hasta que se va formando un círculo vicioso de engaños que se nos hace hasta “indispensable” a la hora de convivir con los demás.
Estas intencionalidades las difundimos ampliamente con el fin de aceptar unas acciones y sancionar otras. Por ejemplo, no muchas personas se atreven a juzgar a alguien que le miente a un enfermo terminal sobre su estado de salud para que pase sus últimos días en relativa tranquilidad, puesto que esta mentira está “justificada” por una “noble causa”. Ahora, cuando una persona llega tarde, no cumple con algo o simplemente dice que estaba en un lugar en donde no se encontraba, en vez de aceptar sus faltas consideradas como leves, opta por dar una “mentirilla piadosa” a modo de justificación. Y, por último, nos encontramos con aquellas mentiras que no se encuentran bajo ningún nivel de “justificación” como en los casos anteriores. Estas mentiras si son calificadas como engaños con letras mayúsculas –como si los otros no lo fueran también- dignos de una sanción moral fuerte. Un ejemplo actual y de moda es el caso del minero de Chile que tenía tres mujeres. A muchas personas el evento les causa curiosidad y hasta risa por los acontecimientos que rodearon este hecho: quedar atrapado en una mina, que hayan muchos periodistas cubriendo la noticia o el clásico machismo: “¡que macho! Con tres mujeres…”. Pero más allá de la expectación que se genera alrededor de este tema, no deja de ser repugnante la forma en cómo este individuo engañaba a tres mujeres que muy seguramente le amaban profundamente.
Así se empiezan a distinguir tres niveles en la mentira. Pero a estos niveles de enfermedad hay que agregar otro síntoma: la omisión. Entonces, en lugar de decir: “lo siento, te he ocultado cosas, te he mentido”, respondemos en tono altivo: “¡Yo no te dije mentiras! Tú no me preguntaste… ¿Por qué habría de decirte esto? ¿Acaso soy adivina?”. La omisión significa no hablar de nada con el fin de evitarnos la incomodidad de buscar historias que los demás crean. Y este es el punto neurálgico de la mentira: la comodidad. No queremos salir de nuestro “cómodo” espacio, no queremos “desacomodar” nuestros pensamientos; queremos mantener una relación “cómoda” con las demás personas y, en últimas, lo que queremos es permanecer en la comodidad de no asumir nuestras responsabilidades.
La comodidad… ¡Qué pereza la comodidad! ¡Qué pereza lastimar a quienes amamos! ¡Qué pereza envenenarnos a punta de mentiras! ¡Qué pereza creer que hay mentiras buenas y malas! ¡Qué pereza justificar nuestro mal proceder! ¡Qué pereza ser tan facilistas! ¡Qué pereza perder la confianza de quienes amamos! ¡Qué pereza convertirnos en una mentira!
Qué pereza dejarnos envolver por la oscura neblina de los conflictos negativos que desata la mentira. Resulta más cómodo caminar sobre los pantanos con botas, pero te pierdes la sensación de sentir como el lodo se mezcla contigo para recordarte que no puedes ir por el mundo regalando desdichas a las personas que te rodean.
Las mentiras: ¡ni grandes, ni medianas, ni pequeñas! No podemos dejarnos envolver por sus inestabilidades y miserias, porque quizá, con el paso del tiempo, ya no sabremos si nosotras mismas tendremos algo de real o seremos una mentira más. No olvides que quien realmente ama, jamás miente, por dolorosa y decepcionante que sea la verdad, siempre querremos conocerla ¿no crees que es mejor mirar a los ojos de las oscuridades que te atañen? Es más, si tú estuvieras en el lugar del o la otra, ¿te gustaría que te mintieran? ¿Entonces por qué lo haces?
La valentía está en tu corazón, que tus palabras y tus acciones sean iluminadas con los colores de la sabiduría y el amor.
Todamujeresbella
Las mentiras: ¡ni grandes, ni medianas, ni pequeñas!
Todas las mentiras, sin importar su gravedad, no dejan de ser eso, mentiras.
¿Por qué pensamos que en ciertas ocasiones está bien realizar pequeñas mentirijillas? ¿Acaso no nos molesta cuando nos mienten, incluso para cuestiones pequeñas y tontas?
La mentira históricamente ha sido una de las enfermedades que más nos ha invadido y lastimado como seres humanos puesto que esta enfermedad posee varios matices, sean de distorsión, engaño, omisión o negación. La mentira evidencia la necesidad que tenemos de salir socialmente “bien libradas” de un hecho que de adrede sabemos fue deshonesto, desleal y dañino. Sin embargo, aunque cubramos nuestros errores y faltas, éstos permanecerán y nuestra conciencia se encargará de realizarnos recriminaciones que terminaran por hacernos sentir miserables y culpables.
No hay mentiras “buenas” o “malas”, todas van en la misma colada de acciones que van encaminadas a anular una acción a la cual tememos o creemos que nos puede perjudicar en algún aspecto. Lo que diferencia a una mentira de la otra, por decirlo de alguna manera, no es la separación entre lo que consideramos bueno o malo, sino las intencionalidades que tienen y los grados de aceptación social que poseen, de ahí que sea muy común escuchar –incluso con tono de “me enorgullece”- comentarios como “fue una mentirita piadosa, nada grave”, y así, una bolita de nieve se puede convertir en una avalancha: una mentira “pequeña” atrae a una “grande” hasta que se va formando un círculo vicioso de engaños que se nos hace hasta “indispensable” a la hora de convivir con los demás.
Estas intencionalidades las difundimos ampliamente con el fin de aceptar unas acciones y sancionar otras. Por ejemplo, no muchas personas se atreven a juzgar a alguien que le miente a un enfermo terminal sobre su estado de salud para que pase sus últimos días en relativa tranquilidad, puesto que esta mentira está “justificada” por una “noble causa”. Ahora, cuando una persona llega tarde, no cumple con algo o simplemente dice que estaba en un lugar en donde no se encontraba, en vez de aceptar sus faltas consideradas como leves, opta por dar una “mentirilla piadosa” a modo de justificación. Y, por último, nos encontramos con aquellas mentiras que no se encuentran bajo ningún nivel de “justificación” como en los casos anteriores. Estas mentiras si son calificadas como engaños con letras mayúsculas –como si los otros no lo fueran también- dignos de una sanción moral fuerte. Un ejemplo actual y de moda es el caso del minero de Chile que tenía tres mujeres. A muchas personas el evento les causa curiosidad y hasta risa por los acontecimientos que rodearon este hecho: quedar atrapado en una mina, que hayan muchos periodistas cubriendo la noticia o el clásico machismo: “¡que macho! Con tres mujeres…”. Pero más allá de la expectación que se genera alrededor de este tema, no deja de ser repugnante la forma en cómo este individuo engañaba a tres mujeres que muy seguramente le amaban profundamente.
Así se empiezan a distinguir tres niveles en la mentira. Pero a estos niveles de enfermedad hay que agregar otro síntoma: la omisión. Entonces, en lugar de decir: “lo siento, te he ocultado cosas, te he mentido”, respondemos en tono altivo: “¡Yo no te dije mentiras! Tú no me preguntaste… ¿Por qué habría de decirte esto? ¿Acaso soy adivina?”. La omisión significa no hablar de nada con el fin de evitarnos la incomodidad de buscar historias que los demás crean. Y este es el punto neurálgico de la mentira: la comodidad. No queremos salir de nuestro “cómodo” espacio, no queremos “desacomodar” nuestros pensamientos; queremos mantener una relación “cómoda” con las demás personas y, en últimas, lo que queremos es permanecer en la comodidad de no asumir nuestras responsabilidades.
La comodidad… ¡Qué pereza la comodidad! ¡Qué pereza lastimar a quienes amamos! ¡Qué pereza envenenarnos a punta de mentiras! ¡Qué pereza creer que hay mentiras buenas y malas! ¡Qué pereza justificar nuestro mal proceder! ¡Qué pereza ser tan facilistas! ¡Qué pereza perder la confianza de quienes amamos! ¡Qué pereza convertirnos en una mentira!
Qué pereza dejarnos envolver por la oscura neblina de los conflictos negativos que desata la mentira. Resulta más cómodo caminar sobre los pantanos con botas, pero te pierdes la sensación de sentir como el lodo se mezcla contigo para recordarte que no puedes ir por el mundo regalando desdichas a las personas que te rodean.
Las mentiras: ¡ni grandes, ni medianas, ni pequeñas! No podemos dejarnos envolver por sus inestabilidades y miserias, porque quizá, con el paso del tiempo, ya no sabremos si nosotras mismas tendremos algo de real o seremos una mentira más. No olvides que quien realmente ama, jamás miente, por dolorosa y decepcionante que sea la verdad, siempre querremos conocerla ¿no crees que es mejor mirar a los ojos de las oscuridades que te atañen? Es más, si tú estuvieras en el lugar del o la otra, ¿te gustaría que te mintieran? ¿Entonces por qué lo haces?
La valentía está en tu corazón, que tus palabras y tus acciones sean iluminadas con los colores de la sabiduría y el amor.
Todamujeresbella