La humedad del aire, del viento rancio que recorre los túneles de los subterráneos, penetra por mi nariz y se bifurca el gas, un poco a mis pulmones y otro poco penetra directo a mi cabeza donde remueve en mí todo un compás de sensaciones.
Como el olor de la comida que se aventura por las escaleras y se incrustaba en mi frente a penas abro la puerta de calle, ese aroma a puchero, a cebolla rehogándose en aceite, ese aroma, ese que dispara la calma de saberse y sentirse que uno ya está a salvo del mundo, en su hogar, protegido y contenido.
La cargada atmósfera de la línea D desencadena en mi, eslabón tras eslabón, desde los más externos sentidos hasta los profundos misterios de lo inconsciente, un relato de incomodidad. De estar en la jungla de noche, solo. De pérdida de tiempo. De aventura que no se quiere vivir y sofoco.
El movimiento de los cables que corren bajo el techo paralelos a las vías evidencia la llegada del tren. Un sonido que para nada parece tener sentido en ese lugar deja en descubierto que en el vagón al que subí hay un artista callejero destripando el alma con su guitarra.
Tomo asiento frente al muchacho. Mientras escucho los acordes de un tango la voz gastada del joven empieza a socavar en mis oídos. Las primeras 3 palabras que pronunció fueron suficientes para desplazar todo mi ser fuera del vagón. "Vuelvo al sur" y mi mente golpeada por ese añejo y arcaico aroma a ciudad dio un giro y de repente estaba en plena calle de mi barrio. Disfrutando ese olor tan particular que conquista la lluvia luego de dejar todo el pasto y el barro mojado. "Vuelvo al sur" y mientras volvía a mi sur, al sur del conurbano, contemplaba como el flaco que tendría mi edad rasjuñeba esa guitarra maltratada que si con suerte podía tener suficiente resonancia para que la escuchara yo que estaba en frente. Le daba vida a ese agonisante vagón del subte. Detrás de él colgaba una mochila abierta que dejaba ver algunas hojas y en donde cada tanto algún ser desconocido dejaba caer alguna que otra moneda.
Estación Tribunales y en la próxima parada me bajo. Queda poca gente en el tren y estamos todos sentados, todos agotados después de un rutinario y erosionarte día de trabajo, de estudio, mirando al piso, sin ganas de sonreír. Al lado del artista, que estaba parado tras la puerta, estaba en el primer lugar de los asientos un tipo, con pinta de albañil, se lo ve muy agotado. Al lado de este ultimo un señor grandote, con traje y corbata azul que le combina con el color de sus ojos y el pelo blanco, con un maletín impecable.
Los siguientes sucesos de los próximos 20 segundos serian el motivo que motivaría a escribir esto por más que nunca haya ocurrido, o si.
El hombre de traje se levanta, se agarra del pasamanos con una mano y saca la otra mano de su bolsillo con el celular agarrado. En esta acción deja caer sin darse cuenta un billete de cien pesos. El hombre humilde sentado al lado de él estaba mirando el piso y observa como el billete se deposita en el fondo del vagón. En un gesto casi de reflejo se agacha y lo recoge. Lo toma y lo apreta con el puño. El tren se detiene. El hombre mira el billete, lo mira y piensa. El de traje sale ya del vagón. El humilde deposita el billete en la mochila del artista que tiene al lado.
¡La pucha! Me pasé de estación, ahora voy camino a catedral. Pero con la alegría de saber, que en ese vagón olvidado de ese subte sin vida, alguien ha salvado el mundo.
Nicolás Presta.