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La personalidad autodestructiva y el amor

Femme•6/4/2010
La personalidad autodestructiva y el amor Aunque parezca irracional hay personas que están predispuestas a tener relaciones malas y destructivas. Sistemática y consistentemente, una y otra vez, se involucran en relaciones dañinas de las que salen mal libradas. Estos sujetos reproducen un patrón típico que los psicólogos aún tratamos de entender. Algunos dicen que es masoquismo, otros que se debe a un déficit de la autoestima y hay quienes sostienen que el objetivo de la personalidad autodestructiva es demostrar que realmente no son "queribles". Sin embargo hay una especie de acuerdo implícito entre los profesionales de la salud en reconocer esta alteración como un trastorno de la personalidad, es decir, una enfermedad psicológica. Las personas que se autocastigan en el amor muestran una evidente contradicción: de un lado quieren dejar de sufrir, o al menos eso manifiestan, pero al mismo tiempo reinciden en relaciones tormentosas similares a las anteriores. La razón les dice que no, y el corazón dice que sí. Entre otras manifestaciones, la personalidad autodestructiva en el afecto se caracteriza por mantener relaciones interpersonales de subordinación ("El otro es más importante que yo", minusvaloración de los logros personales ("Lo que yo hago no es tan importante", baja autoestima, tendencia a emparejarse con personas explotadoras, asunción del papel de víctimas, suelen ser poco asertivas y apenas si experimentan placer en sus vidas. Hay una tendencia a sabotear la propia vida interior. Detrás de esta manera de ser se esconde una gran dependencia emocional y el afán de hallar alguien mejor que pueda aportarles lo que ellos no tienen. Por eso idealizan a las parejas y se fascinan con personas muy seguras de sí mismas. Crean veneración por aquellos o aquellas que poseen el don de la autosuficiencia. La admiración se transforma en culto, el amor en pleitesía, y el intercambio afectivo, que debería ser recíproco, se vuelve desigual, desequilibrado, inclinado en su contra. La glorificación de la pareja los transporta al más allá, negando el más acá. Lo curioso es que la gran mayoría de ellos o ellas terminan con parejas narcisistas o explotadoras. De tanto buscar el ideal supremo de seguridad no es extraño que se enganchen con individuos manipuladores o ególatras. El resultado es un sistema de autoperpetuación en el que el débil re fuerza al más fuerte y éste se crece más y más, hasta aplastar al subyugado. "¿Por qué siempre mis parejas terminan aprovechándose de mí?". "¿Por qué soy tan de malas?". Quizá no sea el azar. Quizá buscamos el complementario y se nos va la mano. Los humanos deseamos y sobrevaloramos siempre lo que no poseemos. Es imposible asumir una posición de subordinación sin lastimar el ego y caer en la degradación del yo. Querer una pareja dominante para compensar la propia debilidad es, sin lugar a dudas, peligroso. Vivir a la sombra del compañero afectivo puede llevar a la atrofia psicológica y a la pérdida de la identidad personal. Además, es . imposible asumir una posición de subordinación sin lastimar el ego y caer en la degradación del yo. La personalidad autodestructiva es ajena a la felicidad, o la coloca donde no está. Se conforma con el dolor hasta considerado normal y deseable, y cree que el sufrimiento es el costo ineludible que hay que pagar para sentirse amado o amada. La única manera de superar la mala costumbre de auto castigarse en el amor es aceptarse como uno es, con lo bueno y lo malo a cuestas, sin quejas ni oscuras compensaciones. Sin embargo, a veces, las buenas intenciones no alcanzan, y la historia puede más. Hay ocasiones en que las malas elecciones amorosas vienen de familia y reincidimos en lo mismo que hicieron nuestros padres, tíos y abuelos. Reproducimos, casi calcamos, el cuento y construimos a nuestro alrededor un ecosistema donde el suplicio se alimenta, día tras día, a sí mismo. Las buenas relaciones afectivas son aquellas en las que buscamos personas similares, sin idealizarlas ni pontificarlas. De igual a igual, con simetría y reciprocidad, y dejando de lado la absurda idea de tener que sentirme mal para sentirme bien. Parecería que. en ciertas condiciones, nuestro cerebro pudiera manejar dos canales simultáneos de intercambio pasional/afectivo y multiplicar por dos la energía amorosa. Articulo tomado del libro Amores altamente peligrosos de Walter Riso.
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