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[ Hernan Casciari ]



(Mercedes, 1971) Desde 2003 escribe ficción en directo en la red. Publicó las novelas "Más respeto que soy tu madre" y "El pibe que arruinaba las fotos". Y los libros de relatos "España perdiste"," El nuevo paraíso de los tontos" y "Charlas con mi hemisferio derecho". Ha sido columnista de La Nación y El País. Dirige la revista Orsai.




Ser Uruguayo





Desde la más tierna infancia, desde el principio, entendí que soy un uruguayo atrapado en el cuerpo de un argentino. Ya de chico pensaba, vivía y sentía como uruguayo, por más que tratase de ocultarlo a causa del qué dirán. Mi mamá se dio cuenta una tarde que me vio tomando mate solo a una edad imposible. A mi padre traté de ocultárselo más tiempo, pero en las eliminatorias al Mundial de España se me escapó un grito de gol. Imagino que sufrió en silencio, aunque nunca hablamos del tema.

De chico miraba con fascinación horas y horas, a escondidas, un mapa enorme del Uruguay, y pronunciaba en voz alta los nombres de las ciudades en donde me habría gustado nacer: Durazno, Canelones, Cabo Polonio, Treintaitrés. Mi mamá golpeaba con insistencia la puerta del baño:

—¡Hernán! ¿Qué estás haciendo tanto tiempo ahí adentro? —me gritaba. Yo plegaba el mapa, rojo de vergüenza, y tiraba la cadena para disimular, pero la oía susurrarle a mi padre:— Tu hijo está otra vez metido en el baño, con el mapa de Uruguay —decía acongojada—, vas a tener que hablar con ese chico.

En el colegio, cuando todos cantaban el Himno en el salón de actos, yo cambiaba secretamente algunos versos:
-Oíd mortales el grito sagrado: Uruguay, Uruguay... Uruguay-.



Posiblemente, al principio, haya sido una de esas cosas que tenemos los chicos para llamar la atención o requerir afecto, porque además de uruguayo también yo decía ser panteísta. Pero lo segundo se me pasó cuando conocí el choripán, y en cambio lo de ser uruguayo todavía me persigue.

Y es que con el tiempo, en vez de menguar, la necesidad de ser uruguayo crecía en mi pecho, incesante. Por eso en mi adolescencia adoraba las noches limpias de verano, sin una sola nube, ésas noches que permitían que la señal del canal doce de Montevideo llegara casi perfecta al televisor de mi pieza. Me quedaba madrugadas enteras viendo películas infames de trasnoche, solamente para disfrutar de la publicidad charrúa, de ese acento cristalino, casi idéntico al mío pero más entonado y cadencioso.

En esos tiempos mercedinos, conocer a un uruguayo verdadero me ponía la piel de gallina. Una vez vino a Mercedes, la ciudad donde vivia, una banda que tenía un baterista uruguayo. Yo le preguntaba cosas de una manera enloquecida, como si Carl Sagan se hubiera encontrado con un marciano... Le preguntaba a mi uruguayo si hacía frío o calor en su país, si había montañas, si la cebolla hacía llorar. El baterista me miraba raro. "Es igual que acá, botija", me decía. Y yo pensaba: "¡Qué grandes! Además de geniales, son humildes".

En una temporada de mi vida hasta aprendí a ponerme el termo en el sobaco y cebar con la misma mano. En otra época, salía con el mate a la calle para que la gente dijera "ahí va un uruguayo". Durante los mundiales 86 y 90, por un odio cultural hacia Bilardo, hinché abiertamente para Uruguay y lloré con el gol de Pasculi, que nos dejó afuera.



A lo largo de mi vida no conocí nunca, pero nunca, a un uruguayo malo, o cancherito, o pretencioso. Todos los uruguayos que pasaron por mi vida fueron como ángeles, como hermanos reencontrados. Incluso los muertos, los que nunca toqué. Quiroga, Felisberto, Onetti. A veces, cuando un uruguayo me quiere hacer enojar diciéndome que Gardel no es argentino, que en realidad nació del otro lado del Plata, yo para mis adentros pienso: "A mí me pasa lo mismo".

La milonga de Borges me pone la piel de gallina. Hace un rato la busqué en un libro porque quería poner unos versos en este artículo, y volvió a conmoverme:

Hombro a hombro o pecho a pecho,
cuántas veces combatimos.
¡Cuántas veces nos corrieron,
cuántas veces los corrimos!

Milonga para que el tiempo
vaya borrando fronteras;
por algo tienen los mismos
colores las dos banderas.


Habla de eso mismo, Borges. De ese extraño sentimiento en donde no importan las diferencias sino las similitudes. Somos un mismo pueblo que no comparte nombre, pero da igual. Yo me siento partido al medio, pero muchas veces más de aquel lado que de éste.

Porque recordamos el placer de haber leído a Felisberto, porque no podemos olvidar haber pescado en esos ríos y haber caminado de noche por Montevideo, porque en el fondo sabemos que ellos son como nosotros pero sin los defectos nuestros, porque aunque sean chiquitos son nuestros hermanos mayores, porque saben mirar a los ojos y tienen esa luz de pueblo silencioso en la mirada.

Estamos hechos del mismo barro. Ésa es la diferencia entre ser hermanos de sangre o ser nomás un país limítrofe. Yo ya tengo un país limítrofe a la derecha, y es suficiente. Pero a la izquierda, del lado del corazón y por suerte, tengo a unos hermanos del alma. Tan cerca, tan pero tan cerca, que a veces pienso que soy un uruguayo que nació, por un error del viento, a trescientos cuarenta kilómetros de mi cuna.


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