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¿Hay complicidad entre nosotros los hombres? ¿Complicidad de qué? ¿Y por qué?



La gran mayoría de los hombres somos cómplices del proyecto dominante de masculinidad aunque no logremos practicarlo totalmente, ya que a fin de cuentas todos los hombres nos «beneficiamos» del machismo de otros hombres.
Por ejemplo, cada vez que un hombre maltrata a una mujer, se reafirma el mensaje que los hombres tenemos poder sobre las mujeres. Así, muchos otros hombres individuales no necesitamos golpear a las mujeres porque basta con que unos lo hagan para que todas las mujeres «entiendan el mensaje»: los hombres tienen el permiso cultural de maltratar a las mujeres si sienten amenazado su poder.
La complicidad masculina puede que sea una de las pocas formas que aprendimos para establecer intimidad y camaradería entre nosotros. Desde la complicidad nos sentimos seguros de ser aceptados por los demás hombres. Romper con la complicidad puede poner en riesgo la amistad con los otros varones. ¿Qué creen ustedes que le puede pasar a un hombre si critica a sus amistades por desnudar en palabras el cuerpo de la mujer que pasa por la calle?
Al ser cómplices no nos ponemos en la línea frontal del machismo. Otros hacen el trabajo sucio; otros son los malos de la película aunque todos saquemos ventaja.



Genitalidad masculina, la insignificancia hecha magnificencia


Los testículos, los huevos, las bolas. El atributo masculino por excelencia, portadores del valor, aquello que nos hace actuar como hombre, ser hombre, no llorar como mujercita, no ser un maricón. Pero adicionalmente, los testículos como símbolo han marcado una larga historia de opresión y discriminación sobre la idea de que tenerlos hace la diferencia y marca la superioridad milenaria de los hombres sobre las mujeres.
Paradójicamente, los testículos castraron históricamente a los hombres, nos forzaron a ser muchas cosas que no éramos, nos pusieron la violencia como norma, la insensibilidad, las corazas absurdas, nos hicieron entender el sexo como una tarea de dominación y demolición, nos hicieron creer que el placer solo existía si era nuestro, a nuestro tiempo, a nuestro ritmo y a nuestro gusto. Terminó por no tener ritmo, tiempo, ni gusto, por convertirse en una suerte de caza inmisericorde, por dejar de ser placer. El sexo es todavía en esa visión mezquina, un pene erecto y duro, y una penetración, todo concentrado en ese miembro tan pronto parado y orgulloso, y tan pronto flácido y derrotado.



Masculinidad y heterosexualidad obligada


Una de las características más evidentes de la masculinidad es la heterosexualidad.
¿Quién hace qué y con quién? La identidad masculina se asocia al hecho de poseer, tomar, penetrar, dominar y afirmarse, si es necesario, por la fuerza. La identidad femenina, al hecho de ser poseída, dócil, pasiva, sumisa. Es así como la “normalidad” e identidad sexual esta representada en el dominio del hombre sobre la mujer.
Bajo esta óptica la homosexualidad es inaceptable ya que implicaría que un hombre sea tomado, penetrado, dominado por otro hombre.
En el lenguaje corriente, homosexual no es el hombre que tiene relaciones sexuales con otro hombre sino el que asume un papel pasivo: homosexual es en realidad el marica, la loca… es una mujer, en últimas. Mientras que en su forma activa la homosexualidad puede ser considerada por el hombre como un medio para afirmar su poder, bajo su forma “pasiva” es un símbolo de decadencia.
La heterosexualidad es la prueba de la masculinidad. El “verdadero hombre” debe probar que no es un homosexual, que no aspira a desear a otros hombres ni a ser deseado por ellos. Es así como entre varones predomina la idea de que se es verdaderamente hombre si se prefiere a las mujeres. Para muchos, el solo hecho de no ser homosexual es ya garantía de masculinidad.
Hoy en día vemos en la heterosexualidad uno de los rasgos más sobresalientes de la identidad masculina, hasta el punto de considerarla como un hecho natural.
La mayoría de las sociedades patriarcales tienden a identificar masculinidad y heterosexualidad. En la medida en que se siga definiendo el género por la elección
sexual, la masculinidad por oposición a la feminidad, es inevitable que la homofobia tanto como la misoginia, desempeñen un papel importante en el sentimiento de identidad masculina.



Heterosexualidad como norma; homofobia naturalizada


Tradicionalmente la masculinidad se ha definido por oposición; “por el hecho de evitar algo… mas que por el deseo de ser algo”. Ser hombre significa no ser femenino, no ser homosexual; no ser dócil, dependiente, sumiso; no ser afeminado en la apariencia física o en los modales; no tener relaciones sexuales o demasiado íntimas con otros hombres; no ser impotente con las mujeres.
La homofobia está tan arraigada en la masculinidad heterosexual que cumple un papel esencial: señalar al homosexual y mostrar al que es heterosexual. La función básica de la homofobia es la de reforzar la frágil heterosexualidad.
La identidad sexual que asume la mayoría de hombres responde a un guión socialmente determinado que exagera las conductas más asociadas con la masculinidad, entre las cuales destacan la indiferencia, la prepotencia, el falocentrismo, la obsesión por el orgasmo y también la multiplicidad de parejas.
Por lo general los escenarios donde se actúa el guión masculino, son el cuerpo y la vida de las mujeres.
No existe la llamada «esencia masculina», sino que se aprende a ser hombre como se aprende a ser mujer, y el aprendizaje forzado de la masculinidad en nuestras sociedades incluye el aprender a ser competitivo, violento, impositivo y homofóbico.



Escrito por Grupo de Hombres Contra la Violencia de Managua


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