Mátame y hazme el favor, pero mátame de una buena vez y libérame del dolor. Entiérrame muerta porque en vida ya lo estoy, o incinérame hasta que el último polvo de mi desgraciada existencia deje de sucumbir a lo aterrador.
Dispara tu indiferencia hacia arriba y con suerte en la cabeza recibiré lo que me manda el caliente cañón, incinerante y mortal que destruye alas que te levantan cual vapor. Desaparece mi presencia que tanto se detesta y de paso, lleva a la niebla lo poco que queda de mis absurdas penas.
Rompe mis recuerdos que jamás hicieron feliz a nadie y que al contrario trajeron penurias andantes. Malgasta mis prendas y diles que fueron de una pordiosera grotesca y así entonces, no habrá forma de reconocerme ni de que valga un duro en la vida de alguien.
Así de sencillas son las cosas cuando les hablas de alguien que jamás existió y que por lo pronto, ya se murió en ese sucio sillón... sola y de fondo con una triste canción que siempre la acompañó para recordarle la maldita y verdadera versión que no vio por la venda que tuvo en el corazón.