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La Política del Barrilete

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El gran Groucho Marx solía afirmar, cuando algún renuncio perjudicaba su rectitud e integridad: “estos son mis principios, si no les gustan tengo otros”. Buena parte de la de la conducción política local y varios dirigentes rurales podrían afirmar hoy lo mismo. Este texto se propone indagar en las curiosas posiciones que han resultado del conflicto Productores Agropecuarios vs. Gobierno, una reyerta en la que los vencidos parecen no pertenecer a ninguno de los bandos en disputa. Recuerdo el día que los productores agrarios se convocaron en repudio a las medidas adoptadas por el Ministerio de Economía de la Nación (un sistema de retenciones móviles que flota según la variación de los precios de la soja y el girasol, sumado a la baja del impuesto al trigo y el maíz). Yo estaba escribiendo en mi computadora y, a la hora señalada, dejé el teclado y me fui caminando hacia la Plaza Rivadavia para ver con mis propios ojos algo que nunca había presenciado: el reclamo de los que más tienen. Por distintos motivos llegué algo más tarde y alcancé a ver la columna de camionetas tomar por la Mitre y doblar en la Alem. Van a cortar la ruta, pensé. Y de inmediato imaginé decenas de barriletes flotando según los llevara el viento. En su larguísima relación con el Estado Argentino, los representantes rurales jamás se caracterizaron por la confrontación callejera. Por el contrario, fueron (y son) expertos a la hora de influir en gabinetes, ministerios y lugares de poder. Desde allí manejaron buena parte de la renta nacional. Claro está que no sería justo medir con la misma vara a la gente de la Federación Agraria, una asociación que, en cierta medida, agrupa a auténticos trabajadores, con la infame trayectoria de la Sociedad Rural, cuyo salón principal se llama Martínez de Hoz. Sin embargo, la intransigencia del gobierno nacional, sumada a la proximidad de la cosecha gruesa, obligó a los distintos grupos de productores a aunarse y adoptar drásticas medidas para hacer oír su reclamo. Se estableció entonces un bloqueo en las rutas argentinas, al que se le dio el presuntuoso nombre de “Paro Agropecuario”, apelativo inexacto ya que la soja siguió creciendo y las labores del campo no se dejaron de lado, claro que fueron los peones rurales (una clase trabajadora cuyo estatuto es sencillamente denigrante) los encargados de esta labor, mientras un entrevero de pequeños y medianos productores, dueños de estancias, rentistas y algún que otro aprovechado, se erigieron en amos y señores de la libertad de circular, pisoteando el Artículo 14 de la Constitución Nacional y adoptando un hábito que antes repudiaban: el piquete. La Argentina piquetera lleva ya doce años desde que en Cutral Có y Plaza Huincul se alzaron los primeros fogoneros. Gente desesperada por la falta de oportunidades, auténticos marginales de un sistema neoliberal que, luego de vaciar YPF, los había puesto al borde del abismo social. Fue en el mismo año en el que aparecieron las primeras organizaciones de desocupados del conurbano bonaerense y comenzó la crisis del menemismo. En 1999, la clase media canalizó su descontento votando al Frepaso o a la UCR que constituyen la ALIANZA, que terminaría por personificar más tarde la continuidad del modelo neoliberal. Y ahí sí, todos a la calle. Sin embargo, pasado el primer momento de desesperación colectiva, pesificados y pacificados los ánimos con una devaluación de manual, las capas medias, alimentadas a patacones, retomaron sus hábitos de consumo. Y muchos productores recuperaron, gracias al apoyo de su comunidad, la tierra donde inclusive algunos habían nacido. A todo esto, la demanda de alimento para los países asiáticos creció vertiginosamente y los buenos negocios pasaron a estar en las manos de quienes apostaron a la soja forrajera. Y vaya si se logró una buena renta con el dólar alto. Pero el piquete también se internalizó y se volvió tozuda manifestación de rabia argentina. Y fue ahí cuando la amalgama entre las capas medias y las bajas dijo basta. Y cortar las rutas dejó de ser revolucionario para convertirse en ilegal. Y protestaron todos cada vez que una columna humana se cruzó en el camino de sus automóviles o de sus camiones y cosechadoras. Y la palabra piquetero fue un insulto murmurado entre dientes con el pie listo para acelerar y pasar como diera a lugar. Ahora, quienes se quejaban de los métodos piqueteros bloquean el tránsito, amparándose en métodos de lucha legitimizados por otros reclamos mucho más urgentes que la política impositiva. Y, por lo menos para mí, está claro que no todas las protestas son equiparables. Los productores rurales tienen genuino derecho de manifestar su descontento, pero también es cierto que poseen innumerables medios alternativos y mucho menos dañinos para que sus demandas cobren notoriedad. No puede decirse lo mismo de quien está sumido en la más absoluta invisibilidad, como el caso de los expropiados de Santiago del Estero o los trabajadores de Tartagal. Lo que me lleva al segundo punto. Una de esas posibilidades legítimas con las que cuenta cualquier individuo que pretenda vivir en una sociedad estructurada, es recurrir a sus representantes políticos. La noche del 27 de marzo, a quince días de comenzado el corte, el Consejo Deliberante de General Viamonte se autoconvocó para una Sesión Extraordinaria con el fin de tratar “la problemática del sector y las respuestas de la presidenta Cristina Kirchner”. La honorable sesión, reproducida por el diario Impacto en su edición del 2 de abril, careció de todo debate, limitándose a la mansa aprobación de un texto redactado por el núcleo de la dirigencia ruralista. Un texto que solo representaba una parte de los intereses comunales fue aprobado sin ninguna voz disidente. A todo esto… ¿no eran aquellos que ahora decían estar con el campo los mismos que sólo seis meses antes habían compartido sus boletas con la candidata que hoy rechazan? ¿Existe la posibilidad de que el Intendente y los Concejales del Frente para la Victoria desconozcan que el modelo económico de los Kirchner se basa en mantener altos el dólar y las retenciones? ¿O es que acaso utilizaron la adhesión a la fórmula presidencial sólo para sumar votos y presupuesto? El concejal Defenderte (a cargo de la Sesión por la ausencia de Rocoma… ¡detenido por el piquete!) dijo que ”le daba vergüenza ajena las palabras de la presidenta”, sin embargo no parece haberse puesto ni colorado al aceptar que su partido fuera reelegido bajo esas propuestas. Otra vez, la política del barrilete, la vieja historia de borrar con la mano lo que se trazó con el codo ¿A ningún concejal oficialista se le ocurrió negociar la posibilidad de aprobar el texto a cambio de que se permitiera la libre circulación por el partido? ¿A cada barrilete le llega su ventarrón? Por otro lado, más comprensible es el asentimiento de la oposición a los hechos. Más allá de que algunos (y algunas, como en el caso de la líder de la Coalición Cívica) hayan pasado de poco menos que reclamar la reforma agraria a apoyar la consolidación del modelo agroexportador, sin duda se trata de una postura natural, hija de la obligación de mantener su rol en el tejido democrático. Sin embargo ¿ningún concejal opositor pudo decir: “comprendemos su reclamo pero sus métodos no son los adecuados”? ¿Nadie advierte cuánto de antidemocrático tiene el bloqueo? ¿Ni siquiera un llamado de atención, una nota al pié de página en la obsecuente Resolución 547? ¿Cuánto de extorsión hubo en esa patética sesión? ¿No es la oposición la que enarbola la bandera del estadismo y el respeto por la Constitución? Por lo visto, ninguno puede rebatir la falsa expresión “el campo somos todos” cuando es evidente que el solo hecho de cruzar un alambrado puede significar un tiro en la cabeza. Si el Partido de General Viamonte vive del campo yo propongo que toda la masa de dinero que genera el empleo público sea retirada de circulación y creo que ahí veremos de qué viven en última instancia los comercios y nuestro pueblo. ¿Tan ciegos estamos que a veces no vemos hasta lo evidente? Pero para que pedir coherencia a la clase política local cuando la Provincia de Buenos Aires por un lado alquila las banquinas, los últimos reductos naturales de la zona, para sembrar soja y por el otro clama en contra de la sojización de la producción argentina. De la misma manera, la Nación desalienta el uso de los trenes de pasajeros mientras que permite la libre circulación de trenes de carga con miles de toneladas de cereal que destrozan las vías para que sus amigos camioneros tengan trabajo, obligando al ciudadano a subirse a carísimos micros de dos pisos prohibidos en cualquier país civilizado. En estos momentos, el Estado Argentino, manejado casi en exclusividad por el partido dominante, grava la exportación de soja y regala el petróleo concesionando hasta la extenuación los yacimientos más importantes del país a empresas extranjeras que extraen en pesos pero exportan en dólares, con una renta obscena que se destina a nuevas oficinas en la Polinesia… No, por lo visto hay una epidemia de barriletes cósmicos, que generan trayectorias irregulares en los cielos según soplen alguno de los cuatro vientos telúricos. A todo esto, finalizado el conflicto (por lo menos hasta que la cosecha esté segura en el silo) podemos comenzar a contar las verdaderas víctimas de estos últimos veinte días. Así como cuando se retira la marea los desperdicios del océano quedan en la costa, el desabastecimiento vulneró la ya frágil estructura económica de nuestra comunidad. ¿Es que el estado o los chacareros van a subsidiar al carnicero que gastó su efectivo alimentando a su familia sin generar un solo centavo durante tres semanas, de tal manera que tiene que pedir prestado para renovar el stock? ¡Veinte días bloqueados! ¿Y los comisionistas sin sus viajes, los remedios que no llegaron, los trámites parados, las visitas al médico canceladas? Las góndolas comienzan a estar llenas y los alimentos llegan a los comedores escolares, pero cualquiera puede observar que algunos productos están hasta un 50% más caro que antes de comenzar el conflicto ¿El estado o los ruralistas pondrán la diferencia? ¿Quién subsidia al trabajador? En definitiva, la prepotencia de los productores rurales, la ineficacia del Estado Nacional y la obsecuencia de nuestros representante locales han empujado nuevamente a nuestra comunidad al borde del abismo. De nada parece haber servido la sangre derramada a favor de la solidaridad y la libertad. A todos nos gusta ver la evolución de un barrilete en una tarde de otoño, pero no creo que ningún argentino esté a favor de que ese sea nuestra nueva enseña patria. Nadie es la Argentina, señores y nadie es el Campo, sólo tomamos prestado de ellos lo que necesitamos y estamos en deuda perpetua con ambos. Va siendo hora de que por fin paguemos los intereses acumulados. Fuente: http://lamanuelaonline.blogspot.com/2008/04/la-poltica-del-barrilete.html LaManuelaMolina, para darle otra vuelta al pago.
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