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El diablo en el espejo

Paranormal1/4/2014
Un grupo de amigos recibe la fórmula para verse con el ángel del infierno, sin tomar en cuenta las terribles consecuencias.


El diablo en el espejo

Estábamos tomando unos tragos en un bar de Atenas, como era de costumbre, cuando apareció un chico moreno, de edad aproximada a la nuestra, unos 16 años.

Pedro, uno de mis amigos que estaba allí, lo saludó, pues lo conocía del barrio. Se llamaba Gonzalo, se sentó con nosotros y hablamos durante unas horas. Al cabo de más o menos tres horas, el tema de conversación pasó a las historias de miedo. El ambiente era perfecto: había anochecido y nos encontrábamos en un descampado.

Contábamos historias terroríficas y acabamos realmente asustados. Entonces Gonzalo, el chico gótico, amigo de Pedro, dijo que conocía una forma de ver al diablo. Le escuchamos con atención de cuando te cuentan un chiste y empezó a detallar la fórmula.

“La única vez que el diablo hace la inspección en la Tierra, es en Nochebuena, justamente a las 12 de la noche. Así que si quieres verlo tiene que ser ese mismo día, a esa misma hora. Vete al baño y cierra la puerta puesto que es el lugar más propicio para realizar el evento. Enciende después doce velas negras y sitúate enfrente del espejo. Cuando quede poco para que sean las doce, cierra los ojos y sitúate enfrente del espejo. Manténlos cerrados hasta que quede solo una campanada de las doce que debe sonar. En ese segundo verás al diablo en el espejo” .

Todos nos tomamos el relato a broma. Pero Héctor, uno de nosotros, con el mayor valor que jamás he visto, dijo que lo haría sin problemas. Era 20 de diciembre; faltaban solo cuatro días. Solo pedía que hubiese un testigo, y que sería en su casa. Ese testigo fui yo.

El 24 de diciembre, las 23:45. Todo estaba listo para el ritual. Nadie debía molestarnos.

Entró solo Héctor, porque le tengo mucho miedo a esas cosas. Se cerró la puerta y esperé sentado afuera. Las campanadas sonaron. Yo estaba al acecho de que algún ser estuviese espiando para darme un susto, pero no pasó nada. Suspiré aliviado y llamé a Pedro. No contestó.

Atemorizado, abrí la puerta de un golpe, y lo encontré en el suelo, agarrándose el corazón. En el aire se olía el inconfundible rastro del azufre. Llamé a la ambulancia a toda prisa y como pude, y se lo llevaron al hospital.

Le diagnosticaron un infarto a causa de un sobresalto y crisis nerviosa. Luego de eso, no pude dormir durante meses, hasta que fui tratado por un psicólogo.

Cuando por fin Héctor se recuperó, me dijo sus primeras palabras: “Lo he visto … Tengo mucho miedo” .

Aunque pude volver a dormir, desde entonces Héctor no es el mismo de tiempo atrás. Recuperó algo de su vitalidad, pero aún se le nota muy apagado, triste y sin ganas de nada.

Dicen los médicos que es porque el infarto lo dejó mal. Pero no fue eso: fue lo que vio en el espejo. Y permanecerá así hasta que muera.
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