InicioParanormalTerror y Misterio 666
"Los Moradores del Polvo (IV) -¿Jesucristo?- lo miré incrédulo- ¿El Hijo de Dios? ¿El que los romanos culparon y crucificaron? -Eso dijo Noli- respondió Diego, desviando la mirada, como avergonzado- Pero yo no le creí mucho. Me pareció un loco. Aunque en el video tenía barba y una corona de espinas, como el Jesús que está en la iglesia de la plaza. Pero ahora…- señaló a su alrededor, hacia la ciudad en llamas y los muertos que caminaban por las calles alborotadas- Ahora no sé qué creer. -Sigue contando, Diego, por favor. ¿Por qué crees que se puso en contacto contigo? -Dijo que yo era uno de los elegidos, y que había muchos chicos como yo en el mundo. Dijo que él y sus amigos (aunque no dijo “amigos”, dijo otra palabra más rara, que yo nunca había escuchado) estaban alertando a los chicos elegidos para que pudieran sobrevivir. Y fue ahí que me habló de las escaleras para llegar al techo de la escuela. Dijo que el Apocalipsis sería de mañana, y por lo tanto me encontraría en horario de escuela. Hasta mostró, en el video, un plano de la escuela y todo. “Encuentra esas escaleras y sube a la azotea”, me dijo Jes… Noli. “Antes de que anochezca, bajaré del cielo y te llevaré a un lugar a salvo, donde los hombres podrán comenzar otra vez”. Me habló también sobre los muertos, cómo se comportarían y qué querrían. Yo al principio me asusté mucho, y estuve a punto de mostrarte el video, pero Noli me dijo que no lo hiciera. “Mataremos a tu hermano si lo haces”, me dijo. Y yo... yo guardé el secreto… fue muy difícil… -me dirigió una mirada empañada en lágrimas y yo no pude hacer otra cosa que sentir admiración por ese niño de cinco años, casi seis, que había guardado en su pequeño corazón una información delirante y horrorosa durante tanto tiempo-. ¿Crees que sea verdad? Es decir, ¿crees que de verdad Noli es… Jesús? Lo tomé de Ia mano, negando al mismo tiempo con la cabeza. -No creo que Jesús, si es que existe, amenace a un chico de cinco años de esa forma- le expliqué-. De hecho, estoy seguro que ese Noli es un demente total. -Pero entonces, ¿cómo lo supo? ¿Cómo supo que sucedería esto? Abrí la boca para contestarle, pero entonces una enorme explosión nos sobresaltó. Provenía de un edificio cercano, y aunque miramos hacia el lugar tratando de ver lo que ocurría, la explosión nos resultó un completo misterio. Hicimos una pausa, a Ia espera de escuchar más detonaciones, pero no sucedió nada. El chico al que había mandado a hacer guardia dijo que desde su posición se veían algunas llamas salir por las ventanas, aunque yo le ordené que siguiera en su lugar y nos informara luego. EI chico, dudando, asintió y volvió a alejarse, y yo aproveché para retomar la conversación con mi hermano. -Preguntas si Noli es Jesús, y yo te digo que no- le dije-. Creo saber quién es. O al menos, qué se propone. Quizás seas muy chico para entender, pero trataré de explicártelo. -Hazlo igual. Explícalo. -¿Recuerdas... recuerdas la vez que el Alcalde enloqueció? Luego de pensar un rato, mi hermano asintió. El antiguo Alcalde del pueblo era vecino nuestro, y un día salió a la calle completamente desnudo y trató de matar a patadas al perro de su sobrino, que vivía a dos cuadras. Lo llevaron unos paramédicos y luego vino la policía, y al revisar su casa se encontraron con un arsenal de armas y drogas en el sótano, además de docenas de videos caseros con chicas de once o doce años teniendo sexo con adultos. -Bueno, si lo recuerdas, el Alcalde parecía un tipo muy respetable, ¿no? Y sin embargo estaba loco. Tenía poder y estaba loco, y creo que eso mismo sucede con Noli, aunque por supuesto, en una escala mucho mayor. Sinceramente, creo que pertenece a un grupo de lunáticos con mucho, pero mucho poder, un poder inimaginable, suficiente como para extinguir a Ia raza humana de un plumazo. Y debe creerse de verdad que es Jesucristo. Probablemente se trate de un fanático religioso, o algo así. Aunque gracias a él, paradójicamente, estamos vivos. -No hables con palabras raras, no las entiendo. -Quiero decir que si NoIi no te hubiese dicho lo de Ias escaleras, probablemente los muertos nos hubiesen atrapado. -¿Y eso de de que va a bajar del cielo a buscarme? ¿Qué crees que sea eso? -Tengo mis ideas, pero será mejor verlo con nuestros propios ojos. También tenía otras ideas, cosas que no me cuajaban en relación a las advertencias de Noli, pero opté por no decirle nada. El chico al que había mandado a vigilar regresó a los trompicones, y de inmediato nos pusimos alertas. -Hay un problema- dijo, con una voz curiosamente aflautada. -¿Y ahora qué? -Los muertos… los zombis… -¿Qué pasa con ellos? -Están trepando por las tuberías. * * * Nos incorporamos con rapidez y fuimos al lugar a ver, asomándonos cautamente por el borde de la azotea. Tal cual había dicho el niño, había al menos cuatro muertos que ascendían lentamente por un caño de desagüe; todos eran adultos y gemían y jadeaban por el esfuerzo. Uno de ellos, el que iba el primero, alzó la cabeza y nos vio, y eso al parecer le dio nuevos bríos, porque lanzó un espantoso alarido y comenzó a trepar con mayor velocidad. Su camisa blanca estaba manchada de rojo en la espalda. Había un hueco allí, como si alguien le hubiese hundido los dientes para arrancarle un trozo de carne y piel. Instintivamente retrocedimos, y yo miré desesperado en derredor, buscando algo para repeler el ataque. Había notado que la cañería estaba sujeta en forma endeble a la pared, mediante unas abrazaderas, y si conseguía introducir una barreta o un palo en el medio, para hacer palanca… Estaba pensando en esto cuando se escuchó un crujido, seguido de algunos gritos de odio o frustración- Volvimos a acercarnos: la cañería había cedido por el propio peso de los muertos, que ahora se retorcían como serpientes sobre la vereda. Los otros muertos los observaban y habían dejado un espacio, y en un momento uno de ellos, una mujer con el vestido desgarrado, hizo algo que me dejó parpadeando de la sorpresa: se acercó al tipo de la camisa ensangrentada, y lo ayudó a levantarse. -¿Vieron… vieron eso? -¿Qué cosa?- preguntó el otro niño. -La mujer. Creo que ella… Mi hermano no me dejó terminar la frase. Su mano, sudada y al mismo tiempo fría, me apretó el antebrazo hasta hacerme doler. Observaba la muchedumbre de muertos allí abajo, y aunque seguí la dirección de su mirada, no pude distinguir el motivo de su conmoción. -Diego, ¿qué… -Noli dijo que esto también pasaría- murmuró sombríamente-. Los muertos… ellos vendrán por los suyos. -¿Vendrán a buscar a quién? ¿A quién, Diego? Mi hermano me miró. Era una mirada terriblemente vacía, no parecía la de un niño, sino la de un condenado a muerte. -A los suyos… Y nosotros… ella… Y señaló hacia la esquina que daba a la calle principal. Y yo de repente comprendí. Y, horrorizado, sacudí la cabeza, como negando lo inevitable. La idea era dolorosa y fatal al mismo tiempo, y durante un momento me negué a regresar la mirada hacia la calle. “La abuela no”, pensé aturdido. “Por favor, Dios, la abuela no. No podría resistirlo. Ella… que no sea ella. Por favor”. Pero por supuesto que miré. Y entonces, prácticamente sin fuerzas, caí de rodillas y comencé a gritar. * * * La tarde transcurrió con torturante lentitud. Refugiados del Sol bajo la sombra del gran tanque de agua, escuchábamos a los muertos de la escuela, a los muertos de la calle, y se seguían oyendo disparos, aunque con una frecuencia menor con el correr de Ias horas. La mordida en mi pierna era un dolor punzante y secretamente enloquecedor, que iba y venía en oleadas que me hacían rechinar los dientes. Sabía que se estaba infectando; si no recibía tratamiento médico en las próximas horas, mi cuerpo levantaría fiebre y todo iría en caída libre. Pero la idea no me inquietaba, al menos, no aún. Y yo no podía dejar de pensar en nuestra abuela. En su cuerpo bamboleante, cubierto con ese vestido de entrecasa que ya estaba desvaído de tanto uso, pero que ella se negaba rotundamente a dejar de utilizar. Nuestra abuela se abría paso entre los muertos y buscaba algo con la mirada, y cualquier desprevenido, en cualquier otra circunstancia, hubiese pensado que se trataba de una anciana que venía a recoger a sus nietos a la salida del colegio, de no haber sido por la sangre en su cuello, y la mejilla desgarrada que le ponía al descubierto gran parte de sus dientes postizos. Caminó a los tumbos hasta la entrada del edificio de la escuela, y luego, simplemente, se detuvo. Y miró hacia arriba. Hacia la azotea de la escuela. Fue como si nos hubiese olfateado. No sé quién gritó primero, si mi hermano o yo, pero lo cierto es que el cuerpo obeso de la abuela comenzó a saltar, al tiempo que extendía sus manos en forma de garra, como si quisiera llegar hasta nosotros… Su boca se entreabría y babeaba, babeaba como un crío, o como un retrasado mental… En eso, pensé entonces con terrible dolor, se había transformado nuestra abuela. La mujer que nos cocinaba y nos ponía el desayuno en la mochila antes de partir al colegio. La mujer que amasaba sus pastas los domingos, y que arrullaba a mi hermano cuando tenía sus pesadillas y no podía dormir. Su canto dulce, envolviéndonos en la calidez de la noche de verano, mientras el abuelo preparaba la mermelada casera que saborearíamos al día siguiente… Había sido demasiado. En ese momento quise morir. Creo que entré en un estado de histeria, porque cuando volví en mí, las sombras se habían alargado, y mi hermano hablaba con el otro chico en susurros, volteando de vez en cuando parar mirarme y señalando en derredor. -Estoy bien- traté de calmarlos-. Estoy mejor. Me incorporé para demostrarles que eso era cierto, aunque al principio me tambaleé un poco y estuve a punto de caer. La mordida. La maldita mordida. Sin dudas estaba poniéndose peor. Miré el reloj de mi muñeca: eran las dos y media de la tarde. Siguiendo mi sugerencia, bebimos todos del agua acumulada en el canalón; no quedaba mucha, aunque pensé que, debidamente racionada, podía durar un par de días. Miré indeciso el borde de la azotea; la abuela debía estar allí abajo, con la cara alzada en un gesto de odio y desesperación; pensé que no debía torturarme a mí mismo observándola, porque nada ganaría con ello. En cambio me acerqué, renqueando, al acceso que conducía al cuarto de debajo de la escuela: de inmediato retrocedí haciendo muecas de asco, porque el hedor que manaba de allí era insoportable. Los muertos se apretujaban en el cuartito y apenas podían moverse; creo que fue por eso que no trataron de trepar como los muertos de la calle. “Una a nuestro favor”, recuerdo que pensé. No sucedió nada de relevancia en las siguientes horas. Noté que mi hermano, con la llegada del atardecer, se ponía cada vez más nervioso y en un par de ocasiones lo pesqué mirando hacia el horizonte, como esperando que la misteriosa luz de Noli descendiera del cielo. El otro chico, mientras tanto, caminaba incesantemente a nuestro alrededor, recorriendo el perímetro de la azotea y parándose de vez en cuando para mirar hacia abajo; creo que se había tomado su rol de guardián muy en serio y comencé a sentir algo de pena por él. A eso de las cinco lo llamé y le dije que descansara un poco, pero él no hizo caso. Su mirada era vidriosa y por primera vez dudé de su cordura, o al menos de su salud mental. Volví a llamarlo, y él negó rotundamente con la cabeza, al tiempo que movía los labios con rapidez, como si estuviera increpándome por algo. Pero al rato me di cuenta del error: no estaba hablando con nadie, sólo con sí mismo. Estaba rezando. Comenzó a oscurecer. La luz comenzó a declinar y se tornó lechosa, casi opaca. Y con la disminución de la luz vino la horrible idea de pasar la noche en la azotea, rodeado por miles de cadáveres andantes, y me sentí más asustado que nunca. Noté que mi hermano y el otro chico sentían lo mismo, porque se acercaron a mí y me abrazaron. Yo les devolví el abrazo y comencé a temblar. Un poco por el miedo, otro poco por el dolor. Tal cual había temido, la herida había empeorado, y ahora comenzaba a sentir los primeros síntomas de una infección. Pasaron treinta o cuarenta minutos, y la ciudad se oscureció por completo, a excepción por el resplandor de los incendios esporádicos y las amarillentas luces de los edificios que contaban con generadores propios. La temperatura en la azotea descendió unos cinco o seis grados, y comenzamos a sentir frío por primera vez. Para ese entonces mis dientes castañeaban inconteniblemente y creía ver cosas en mi campo visual; la fiebre finalmente se había apoderado de mí. Vi a mis abuelos, sentados en sus mecedoras y hablándome de cosas que no comprendía; vi a Lidia, la profesora de matemáticas, con las tripas colgando como embutidos en una tienda de comestibles; también vi a Valeria, la chica que me había besado durante el juego de la botella, acercando sus labios sangrientos y besándome con un horrible sonido de succión. Sabía que no podría resistir mucho tiempo. Mi hermano me miraba preocupado y yo quise decirle que no tuviera miedo, que todo saldría bien, pero sencillamente no pude emitir palabra, tal vez porque sabía que se trataba de una gran y estúpida mentira. Probablemente moriría en las próximas horas, pero eso no era lo peor, lo peor vendría después, cuando mi cuerpo y mi consciencia despertaran de la oscuridad, y sintiera de inmediato el feroz e irreprimible deseo de matar y comer a mi hermano… -Diego… Antes de que eso sucediera, debía arrojarme al vacío. -Diego… Debía actuar pronto, o de lo contrario ya no tendría las fuerzas necesarias para hacerlo. Aunque algo andaba mal. No podía darme cuenta de qué, pero algo indudablemente estaba mal. -Diego… Y de repente me di cuenta. ¿Quién estaba pronunciando el nombre de mi hermano? Al principio había creído que era yo mismo, hablando inconsciente entre mis delirios, pero luego no estuve tan seguro. Miré a mi hermano; él no observaba en mi dirección, sino hacia la puerta que daba al cuarto de abajo, en el interior de la escuela. Sus ojos estaban desorbitados y los labios habían comenzado a temblarle. -Dieeegooo… Era una voz de mujer. Me incorporé con toda la rapidez posible, y de inmediato el mundo alrededor comenzó a darme vueltas. -De eso Noli no me dijo nada- dijo Diego, levantándose con lentitud-. No me dijo que los muertos… -Ven aquí, Diego… -Creo que es mi maestra- murmuró-. La señorita Nora. Ella… -Baja de inmediato, Diego… -Bajen- dijo otra voz, que parecía hablar con gran esfuerzo, como si tuviera algo entre los dientes-. Bajen… -Bajen…- dijeron más voces en la oscuridad, y nosotros volvimos a abrazarnos, mientras mi hermano sollozaba y se tapaba los oídos, como si ya no quisiera escuchar -. Bajen… -Vengan con nosotros… -Bajen… -O iremos a buscarlos… La noche recién empezaba. (Continuará...) Estábamos ingresando a la biblioteca cuando mi hermano volvió a retenerme por la manga de mi camisa. -Por ahí no- dijo, y señaló el cuarto del lado opuesto-. Es ahí. No le pregunté nada; no había tiempo para hacerlo. Los muertos estaban trepando por la barricada y muy pronto los tendríamos sobre nosotros. Me arrojé sobre la puerta que había indicado mi hermano e ingresamos al lugar. Era un sitio muy pequeño, un cuarto trastero más que otra cosa, abarrotado de infinidad de chucherías y cosas sin valor. Detrás de una estantería metálica, repleta de trofeos deportivos y manualidades de cerámica, vi una escalera que conducía a una puerta rectangular en el techo, cruzada por una falleba de hierro. Miré a mi hermano, interrogante. -¿Por aquí... -Noli me mostró este lugar. Dijo que podemos subir a la terraza- explicó. No tenía idea quién era Noli, pero supuse que debía tratarse de uno de sus compañeritos, tal vez un chico lo suficientemente intrépido como para explorar las penumbras del segundo piso. Rápidamente, sin pensarlo un segundo, subí las escaleras y retiré la traba: la puerta rectangular se abrió de un solo tirón, y la luz del día penetró a raudales en el sitio. Torné la mano de mi hermano y lo ayudé a subir; y luego hice lo mismo con los otros dos chicos que permanecían con nosotros. Estaba subiendo los últimos peldaños cuando sentí un dolor sorpresivo y agudísimo en la pierna, que me hizo gritar. A punto estuve de resbalarme y caer, y probablemente hubiese caído de no haber sido por los otros chicos, que me sostuvieron y me ayudaron a subir. Maldiciendo por el dolor, me di vuelta y miré hacia abajo: había alguien allí, en el cuarto que acabábamos de abandonar, gruñendo y tirando manotazos. Al principio no lo pude reconocer, pero luego observé su espalda y solté un gemido de consternación; tenía una mochila de Disney colgando de los hombros. Sólo que ahora la mochila estaba desgarrada y la cara de aquel chico había desaparecido; la había reemplazado una máscara de sangre y huesos. Sujeté la escalera y comencé a subirla. El niño de la mochila, que probablemente había quedado ciego, escuchó el ruido trató de aferrarse a los escalones de metal, pero perdió el equilibrio y cayó hacia atrás. Con ayuda de mi hermano y los otros dos chicos, terminamos de subir la escalerilla y la arrojamos sobre la terraza. Y entonces me dejé caer en el piso. -¿Estás bien?- me preguntaron los chicos. Pero no, no estaba bien. El mundo me daba vueltas y sentía ganas de vomitar. Con esfuerzo abrí los ojos y lo primero que vi fue la carita de mi hermano, fruncida en un gesto de preocupación. Entonces supe que no podía permitirme un momento de debilidad, aquellos chicos me necesitaban. Me incorporé como pude y luego me examiné la herida. El niño de la mochila de Disney me había mordido en los tobillos, en la parte expuesta entre el zapato y la pernera del pantalón. Era una herida muy fea y profunda, y supe que tendría que hacer un torniquete para no seguir perdiendo sangre. Me saqué una media y la enrollé con fuerza alrededor de la pantorrilla, y luego me acerqué renqueando a un charco de agua acumulado en un canalón y limpié un poco la herida. La operatoria no debió haberme llevado más de dos minutos, y en ese lapso de tiempo comenzamos a escuchar golpeteos en el cuarto de abajo. Eran los muertos. No podrían subir porque habíamos quitado la escalera, pero si en realidad eran tan inteligentes como yo sospechaba, tarde o temprano descubrirían la forma de hacerlo. Me agaché y bebí un poco de agua del canalón. Estaba turbia pero parecía buena. La lengua en mi boca se había transformado en algo seco y rasposo. La herida en mi pantorrilla ardía en un fuego que subía por toda la pierna, aunque intuía que aquello no había hecho más que comenzar. -Te vas a convertir en uno- me dijo de repente uno de los chicos, observando mi tobillo. Hice un esfuerzo y levanté la mirada. -¿Qué cosa? -En un zombi. Es lo que pasa en las películas. Cuando te muerden, te contagian el virus. -Puede ser- dije, y de inmediato miré a mi hermano, que volvía a mostrar su rostro triste y preocupado-. Pero no fue eso lo que le pasó a la profesora Lidia. -¿La maestra de matemáticas? Asentí. -Ella simplemente… se desplomó- expliqué. Sentía que el mundo me daba vueltas, pero de alguna manera hablar me hacía sentir un poco más fuerte-Fue al ver a los primeros muertos en la calle. Creo que quedó muy impresionada y debió tener un paro cardíaco, o algo así. Pero luego, sin que ningún muerto la mordiera, revivió y mató a la directora Barrios. -¿De verdad?- dijo el chico, impresionado-. Tal vez no estaba muerta, entonces. -Si no lo estaba, ¿por qué entonces mordió a la directora? El chico se encogió de hombros, como si el tema ya no le interesara. Pasaron algunos minutos. Abajo, en el cuarto trastero, los muertos aullaban y golpeteaban las paredes y rompían cosas. Pensé que me volvería loco si debía escucharlos durante mucho más tiempo, aunque aparentemente no teníamos alternativa. La terraza de la escuela era amplia y había muchos sitios donde esconderse, pero estaba aislada del resto de los edificios. Lo único que quedaba era esperar. Cuando creí reunir las suficientes fuerzas, me acerqué renqueando a la abertura de la puerta cuadrangular y, cuidadosamente, miré a través de ella. Allí abajo, en el estrecho recinto, debía haber cincuenta o más muertos, todos ellos apretujándose y golpeándose entre sí. Algunos de ellos me vieron y entonces alzaron las cabezas y comenzaron a rugir, pero fueron la minoría. Me alejé del lugar y me acerqué al extremo norte de la terraza, para mirar hacia la calle. Me detuve cerca del borde y por un momento pensé que caería. Vi una sombra detrás de mí y luego escuché la voz de mi hermano que decía: -Están por todos lados. Un rápido vistazo alrededor me hizo estar de acuerdo con él. Había muertos por doquier. Pululaban en las calles y en los espacios abiertos, caminando o corriendo hacia algún lugar. Las esquinas estaban bloqueadas por los coches, y había por lo menos cinco o seis focos de incendio en unos diez kilómetros a la redonda. Se escuchaban disparos e incluso explosiones. Vi a una mujer, en un edificio cercano, refugiándose en el balcón de un décimo piso; sus cabellos y su vestido blanco ondeaban frenéticamente en el viento. Al cabo de un rato, la puerta balcón se rompió y emergieron de allí unas manos que trataron de aferrarla, pero la mujer retrocedió y subió a horcajadas sobre la barandilla. Y luego, simplemente, se arrojó al vacío. La caída debió durar unos dos o tres segundos, pero en mi mente fue mucho más, de hecho en las noches más oscuras aún puedo seguir contemplando la trayectoria vertical de su cuerpo, que golpeaba contra los otros balcones y se iba descalabrando en el camino. Cuando finalmente cayó hizo un horrible ruido, algo así como un “plaf” húmedo y carnoso, y sus piernas quedaron en una posición de gimnasta, con los talones apoyados en la espalda. Al cabo de unos minutos, aquellas piernas imposiblemente dobladas comenzaron a moverse, y la mujer alzó la cabeza y empezó a arrastrarse por la vereda, dejando un rastro de sangre tras de sí. Puse una mano sobre el hombro de Diego. -Vamos- le dije-. No es bueno ver esto- y luego agregué algo que, en consideración de las circunstancias, sonó verdaderamente estúpido:-Tendrás pesadillas. -Noli dijo que pasaría todo esto- dijo mi hermano. Tenía los ojos vidriosos, como si fuesen dos horribles y hundidas canicas. -¿Ah, sí? ¿Y quién es Noli? -Mi amigo. Fue por eso que me mostró la escalera del segundo piso: dijo que la necesitaríamos más adelante. Lo miré con mayor interés. No sabía si creerle o no, aunque sabía que mi hermano no era muy propenso a las mentiras. -¿Y qué más te dijo Noli? Mi hermano se rascó la cabeza y luego miró hacia el cielo. -Me explicó cómo sería todo. Y no se equivocó. Dijo que nuestros abuelos morirían, pero luego regresarían de la muerte. Y lo mismo con toda la gente del mundo- bajó la vista y observó mi herida-. ¿Te duele? -Un poco- mentí. En realidad me sentía al borde del desmayo, pero el asunto de Noli me interesaba mucho más y me obligaba a ignorar el dolor-. Escucha, quisiera que me cuentes sobre ese tal Noli. -No debes preocuparte por lo que dijo el otro chico. No te contagiarás por la mordedura de un muerto. -¿No? ¿Eso también te lo dijo... -Noli, sí, me lo dijo él. Dijo que solamente las personas muertas entrarían en ese… ese… Buscó la palabra en su mente, y yo lo ayudé a encontrarla: -¿Estado? -Tal vez- dijo, encogiéndose de hombros-. Y también dijo que ellos nos odian. -¿Los muertos? Asintió y luego una lágrima, única y brillante bajo la luz del Sol, corrió por sus mejillas. -Nos odian a nosotros, porque estamos vivos. Y quieren que seamos... como ellos. Nos odian, ¿entiendes? No pararán hasta matarnos a todos… Lo abracé. Su cuerpo pequeño temblaba y parecía muy frío. Él lloró durante unos minutos, y yo también lloré, empapando sus hombros y el cuello de su uniforme. La tensión y el miedo de aquel día quedaron expuestos con nuestro llanto de hermanos, aunque no era un llanto liberador o de alivio: sabíamos que la pesadilla recién comenzaba. Le besé la frente y le juré que haría lo posible para que no le sucediera nada malo; que tomaría el rol de nuestros abuelos y lo protegería. Él limpió sus lágrimas y asintió, tal vez intuyendo que mi promesa era sincera, pero que podía caer en un abismo sin red en cualquier momento. Pensé en preguntarle más sobre el tal Noli, pero luego concluí que no era el momento adecuado para hacerlo. Y entonces un ruido de bocinazos nos sobresaltó. Regresamos al borde de la terraza y miramos. Una camioneta de doble tracción se abría paso por las calles, a un paso casi de hombre, seguida por unos veinte o treinta muertos, que trataban de romper los vidrios e ingresar. De inmediato uno de los chicos que permanecía con nosotros, el que me había augurado un destino de zombi, comenzó a saltar y a gritar: -¡Es mi papá! ¡Viene a rescatarme! ¡Sabía que vendría por mí! Comenzó a hacer señas y aspavientos con sus manos; por sus mejillas resbalaban lágrimas de alivio y alegría. La camioneta se detuvo y lanzó un renovado concierto de bocinazos. Los muertos rodeaban el vehículo y yo no podía imaginarme cómo el padre de chico se las arreglaría para llegar hasta nosotros y rescatarnos. Estaba pensando en eso cuando uno de los muertos, un gordo de pijamas destrozados, recogió una piedra y la arrojó sobre el parabrisas, astillándolo. De inmediato la camioneta trató de retroceder, pero quedó atascada entre dos coches en la calle. Hubo más piedrazos y finalmente los vidrios de los laterales cedieron. El chico a nuestro lado gritó, mientras los muertos se metían en la cabina de la camioneta y los vidrios del parabrisas quedaban salpicados en sangre. -¡Papá!- gritó el chico, e hizo ademán de saltar a la calle. Yo me arrojé sobre él y lo sujeté de la camisa, pero no fui lo suficientemente rápido: el chico perdió el equilibrio y cayó de espaldas sobre la vereda. Aún estaba vivo cuando los muertos corrieron hacia él; en cuestión de segundos lo destrozaron. Los bocinazos de la camioneta se interrumpieron segundos después, y ya no volvimos a escuchar más nada, excepto el griterío excitado de los muertos en el cuarto trastero. Yo me senté sobre una tubería que zigzagueaba sobre el techo, y me llevé ambas manos a la cara. -No llores- dijo mi hermano, acercándose y sentándose a mi lado. -No estoy llorando. Al menos, no por ese chico. Ni siquiera sabía su nombre, ¿entiendes?- le dije. Comprendí, quizás tardíamente, que mis palabras eran duras y terribles, pero mi hermano pareció aceptarlas con naturalidad. Había algo en todos nosotros que lentamente se iba apagando, cerrándose al horror, como cuando veías esas películas con mucha sangre y muerte y al final te daba lo mismo si el protagonista moría o no. Aparté las manos de mi cara y lo miré-. Quiero que me digas algo, hermanito. Quiero que me hables de Noli. Es importante que lo hagas. ¿Dónde lo conociste? ¿Por qué sabía tantas cosas sobre el futuro? Y sobre todo: ¿dónde está ahora? Mi hermano miró indeciso al otro chico, el que quedaba además de nosotros. Sin dudas quería hablar, pero no delante de un extraño. Así que alejé al otro muchacho con un pretexto cualquiera (le dije que fuera a mirar sí venía algún otro vehículo), y recién entonces mi hermano se relajó un poco. -No quiero que otros escuchen. -Lo sé- dije, algo impaciente. Sabía que no contábamos con mucho tiempo-. Ahora dime todo lo que sepas de ese Noli, y si de alguna forma nos puede ayudar. ¿Quién diablos es? -Noli...- dijo mi hermano, de repente pensativo-. Lo conocí en Internet, hace dos meses. Me envió un video por Facebook. Él sabía lo que iba a pasar porque, bueno, fue él quien empezó todo. -¿Noli? -Sí. Dijo que nos preparásemos, porque el Apocalipsis ya estaba listo… y que él iba a empezarlo en cualquier momento. -¿Te dijo quién era? -No, pero sí me habló de su nombre- su voz ahora era un susurro, y tuve que inclinarme hacia él para escuchar sus palabras-. Dijo que podía llamarlo Noli, aunque en realidad tenía cientos de nombres más. Aunque la mayoría de la gente lo conocía por uno solo, pero al principio no le creí. -¿Por qué? -Porque ese nombre... - mi hermano me miró, como disculpándose de antemano por alguna tontería que diría a continuación-. Ese nombre era el de Jesucristo… (Continuará...) Terror y Misterio 666 -¿Estás bien?- pregunté a mi hermano al llegar al segundo piso. Mi hermano asintió con la cabeza. Tenía cinco años, pero noté que la vieja costumbre de chuparse el dedo acababa de regresar. Se llamaba Diego y decía no tener ningún recuerdo de nuestros desafortunados padres. Lo abracé y le pregunté si estaba bien, y él como toda respuesta siguió chupándose el dedo. “Estaremos bien”, le dije, esperando que mi tonta frase contuviese algún atisbo de verdad. Abajo, en planta baja, los gritos eran estridentes y había ruidos de sillas y muebles que se rompían. Escuchamos unos pasos que subían por las escaleras, y de inmediato nos aprestamos a correr, pero eran unos chicos de tercero o cuarto, todos ellos con sus guardapolvos ensangrentados. Uno de ellos tropezó y yo lo ayudé a levantarse. -Vienen hacia aquí- dijo, mirándome con ojos desorbitados. Su pelo largo y rubio le caía hasta los hombros, y tenía una mancha de sangre en sus mejillas-. Debemos cerrar la puerta, antes de que sea demasiado tarde. Supe que se refería a la puerta enrejada de las escaleras. La dirección había ordenado colocarla el año anterior, para evitar que los alumnos más pequeños bajasen y tuviesen algún accidente con los escalones. Ahora el segundo piso, debido a un interminable plan de refacciones, estaba en desuso y había polvo y escombros por doquier. Le señalé el ojal de hierro de la puerta, que estaba vacío. -No hay candado. Si cerramos la puerta, pero no la aseguramos con el candado, los muertos ingresarán igual. El chico rubio me miró con expresión escéptica. -¿Cómo sabes que están muertos? -Lo sé- me encogí de hombros-. No hay que ser un genio para saberlo. -¿Dices acaso que son muertos vivos? ¿Zombis? -No sé qué diablos son- reconocí-. Vi que un tipo con una bata de hospital atacaba a una mujer. Y luego la mujer comenzó a atacar a los que pasaban. Y la profesora Lidia… En ese momento un estruendo de vidrios rotos ahogó mis palabras. Nos removimos inquietos y el chico rubio me dirigió una mirada aterrada. -¿Qué hacemos? Dudé un instante, y luego miré a los chicos que me rodeaban. Yo era el mayor, y los demás, incluido mi hermano, me observaban anhelantes, como esperando que asumiera el rol de líder. Yo no era líder, nunca en mi vida lo había sido, pero supe que no había otra opción. Rápidamente señalé hacia los salones abandonados, tratando con desesperación de no defraudar la voluntad del grupo. -Ayúdenme a traer los bancos. Cerraremos la puerta y haremos una barricada. Eso quizás los detenga durante un tiempo. Nadie me cuestionó la orden. De inmediato nos pusimos manos a la obra. Mientras, escuchábamos los gemidos y los gritos de los alumnos que habían quedado en planta baja, y eso nos alentaba a trabajar más rápido. Por las escaleras aparecieron dos chicos más, de la edad de mi hermano, que apenas podían hablar y lloraban clamando por sus padres. Uno de ellos aún conservaba su mochila, estampada en dibujos de Disney. En total éramos siete alumnos, aunque sólo cuatro de nosotros podíamos trabajar, porque los demás eran muy pequeños y estaban demasiado asustados. Estábamos colocando el primer banco tras la puerta enrejada cuando el primer muerto apareció, arrastrándose por las escaleras. Era un torso sin piernas, con la cabeza destrozada, pero no obstante pude distinguir en sus lastimosos restos al chico de la bicicleta que había sido arrollado por un camión. Lo que quedaba de ese pobre muchacho era un manojo de huesos con carne colgante; aun así, se las arreglaba para avanzar, trepando escalón por escalón. Había perdido la mitad de su cara, y un único ojo, sangriento y sin párpados, nos miraba con una fijeza y lucidez aterradoras. Era la primera vez que veía uno de ellos tan cerca, y me di cuenta de inmediato que poseían un resto de inteligencia, que ni siquiera la muerte había conseguido apagar. Creo que eso fue lo más horrible de todo: el hecho de intuir que, detrás de ese cuerpo patético y deshecho, había rastros de una dolorosa consciencia humana.Y si había consciencia, también existía lo demás: dolor, sufrimiento, pena... y también enojo. Sobre todo enojo. -Ahí vienen- dijo el “Rubio”, echando una mirada escaleras abajo. Y al ver al chico que se arrastraba, su rostro se transfiguró-. Oh, mierda, qué carajo es eso. -No perdamos tiempo mirando- grité-. Debemos seguir con el trabajo. Vamos, todavía tenemos tiempo… Continuamos armando la improvisada trinchera. Íbamos y veníamos trayendo bancos y pupitres, que sacábamos del aula más cercana. Nuestra actividad era frenética y parecíamos hormigas yendo y viniendo por un camino invisible. Cuando el chico de la bicicleta finalmente logró llegar al final de las escaleras, unos diez o quince minutos después, lo esperaba una respetable barricada formada por bancos, sillas y hasta pizarras, de unos dos metros de alto. Nosotros jadeábamos en busca de aire, y de repente, al ver al chico, dejamos de movernos; había algo de fascinante en sus movimientos lentos y trabajosos, que podíamos ver a través de las patas enmarañadas de los pupitres. Estiró el brazo, el único que le quedaba, y se aferró a uno de los barrotes de las escaleras. Y luego comenzó a trepar. Trataba de llegar al picaporte, lo que confirmaba mi sospecha de que había inteligencia y astucia en ese cadáver destrozado. En un momento sus manos resbalaron y su cuerpo cayó sobre las rejas y un trozo de su cerebro se le desprendió, casi como si fuese mantequilla derretida. Sentí que mi hermano me sujetaba de una mano, y el chico de la mochila de Disney de otra. Les dije algo, tal vez una estupidez como que no tuviesen miedo, aunque es más probable que sólo me hubiese salido un graznido ininteligible. El niño muerto, mientras tanto, había vuelto a la carga. Comenzó a trepar otra vez, y cuando estaba llegando a mitad de camino sus manos ensangrentadas volvieron a resbalar. Lo hizo una y otra vez, siempre con nulos resultados. Mientras tanto, nosotros le observábamos, incapaz de hacer otra cosa. No sé cuánto tiempo estuvimos allí, contemplando esa aterradora escena, que era a la vez horriblemente hipnótica y cargada de un cierto grado de sadismo. Cuando finalmente el niño muerto comprendió que jamás podría llegar al picaporte, sucedió algo espantoso: su lengua, parcialmente comida, asomó entre los dientes quebrados y una especie de oscuro lamento surgió de sus destrozadas cuerdas vocales. Era un graznido desconsolado y triste, como el de un animal atrapado en una dolorosa trampa. Su cuerpo, mejor dicho, su torso, se sacudía como víctima de unos sollozos desgarradores, aunque dudaba que aquella cosa pudiese llorar. Mi hermano me tiró de la manga y en un susurro me dijo: “Está sufriendo. Todos ellos lo hacen. Sufren mucho”. Creo que en ese momento estuve a punto de derrumbarme. Pensé en nuestros abuelos, en la casita pequeña pero acogedora donde vivíamos. Mi abuela tenía una colección de ángeles de yeso en el living: pensé que si los muertos habían entrado, debían haber armado un desastre y ahora los ángeles debían estar hecho trizas sobre el suelo. Pero luego comenzaron a llegar más muertos a través de las escaleras, y el miedo regresó a mi cuerpo y me puso en alerta. Éstos, a diferencia del chico de la bicicleta, parecían conservar buena parte de su cuerpo, y me di cuenta de que la barricada se pondría a prueba por primera vez. Recuerdo que eran cuatro, tres alumnos y un adulto. Reconocí entre los alumnos a Valeria Marquez, que me había besado en el altillo de la casa de Benja Iriarte durante un juego de la botella. Vi que aquellos labios, que otrora habían besado con dulzura los míos, ahora habían sido arrancados por algún mordisco, y sus dientes perfectamente blancos (aunque ahora ribeteados por el color de la sangre) se encontraban al descubierto, como los de un perro rabioso. El adulto era un hombre corpulento, al que jamás en mi vida había visto, y se abalanzó sobre las rejas con una ferocidad que me heló la sangre. Los otros tres hicieron lo mismo, pisoteando en el paso al chico de la bicicleta, que se seguía arrastrando ciegamente, aunque había dejado de gritar. Las rejas se sacudieron y los goznes chirriaron, aunque aguantaron la primera embestida. Entonces vi que la mano de Valeria, adornada con unas pulseras de plástico fluorescente, se posaba sobre el picaporte y lo accionaba. Se escuchó un clic audible, que resonó con forma de eco en los pasillos vacíos del segundo piso. Al mismo tiempo sentí pisadas detrás de mí: cuando giré la cabeza, vi al “Rubio" y uno de sus amigos correr hacia las profundidades del ala oeste, que permanecía en sombras y sin luz eléctrica debido a las reparaciones. Los chicos que quedábamos retrocedimos un paso y nos preparamos para la huida. Sentía las piernas demasiado flojas para correr, y suponía que los otros debían pensar lo mismo. La próxima embestida de los zombis no sería contra las rejas, que ya habían sido abiertas, sino contra la pila de bancos y sillas que habíamos puesto detrás. El segundo ataque no se hizo esperar. Con un agravante: habían aparecido más muertos. Ahora eran más de diez y colmaban la parte superior de las escaleras. Entre ellos estaba la profesora Lidia, que había muerto de un paro cardíaco y luego se había devorado a la directora. Atacaron en forma desordenada, arrojándose sobre la barricada de a uno o a lo sumo de a dos, y creo que eso contribuyó a que no lograran derribarla. La improvisada estructura pareció sacudirse, y una de las sillas que habíamos puesto en lo alto cayó y el respaldo de madera se partió en dos. Retrocedimos otros pasos. Mi hermano y el chico de la mochila me apretaban la mano tan fuerte que había comenzado a sentir dolor, aunque de alguna forma eso me resultaba extrañamente reconfortante. Volví a mirar hacia atrás, calculando los siguientes movimientos. Era evidente que la barricada los detendría un rato, pero no sería para siempre. Podíamos seguir al “Rubio” o internarnos en el otro pasillo, el del ala norte que conducía a la biblioteca. Ninguno de los dos caminos tenía salida, y no alcanzaba a distinguir diferencias entre uno y otro. Cualquiera de los dos corredores parecía conducir al mismo destino: la muerte. Pero algo debía haber. “Piensa, mierda”, me dije, aunque claro que no era tan fácil hacerlo con esos muertos a escasos metros de nosotros, separados únicamente por una endeble barricada, que seguían atacando sin cesar. “Piensa por tu hermano. Él confía en ti. Debes hacer algo, maldición”. Pero no se me ocurría nada. Y ya no podíamos seguir demorándonos. Los muertos seguían llegando y ahora abarrotaban las escaleras en su totalidad. La barricada seguía resistiendo, pero a cada golpe parecía desmoronarse y retroceder un centímetro más. Estaba pensando en ir tras los pasos del “Rubio” cuando mi hermano señaló hacia delante y gritó: debajo de uno de los pupitres de la barricada, sacudiéndose y temblando, había aparecido una mano. Los dedos habían perdido la piel y se veían los huesos y los cartílagos. El niño de la mochila de Disney se soltó de mí y corrió en dirección al ala oeste, pero cuando quise seguirlo, mi hermano me tironeó en la otra dirección. -¿Qué haces?- le grité. -Por ahí no- dijo, y señaló hacia el pasillo que llevaba a la biblioteca-. Vamos por ahí. Ese es el camino. -¿Cómo lo sabes? -Vamos por ahí- insistió. Sus ojos me dirigían una mirada suplicante. Habíamos quedado cuatro chicos, y todos volvían a mirarme a mí. No lo pensé mucho: sujeté a mi hermano del brazo y corrimos en dirección a la biblioteca. Pero antes, no pude evitar echar una mirada hacia atrás: la mano debajo del pupitre había logrado avanzar, y ahora se veía la cabeza, que parecía sacudirse como si quisiera espantarse unas moscas imaginarias. Cuando la cabeza se alzó, como olfateando algo, vi sin sorpresa que era el chico de la bicicleta: su cara había quedado completamente destrozada por los pisoteos, pero sin embargo reconocí aquel ojo único y decidido, que nunca perdería la astucia ni sus ansias de sangre. Ni siquiera con la muerte. Ni siquiera con la maldita muerte. Corrimos hacia la biblioteca. Estábamos ingresando al lugar cuando escuchamos el estruendo: la barricada había sucumbido, y los muertos venían por nosotros.



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