La libertad depende de la verdad
Como Ud., puede ver, querida amiga lectora, el estatismo no viene solo sino en un “paquete” que se nos impone gradualmente. El primer paso son las manipulaciones monetarias, cambiarias, financieras, y en general las políticas, económicas y sociales, acompañadas de las constitucionales, legislativas y judiciales que les dan fuerza legal. Después las educativas e informativas, científicas, filosóficas, religiosas y culturales, incluso reescribir la historia -destacada por George Orwell en “1984”, que es de 1945-; estas cubren a las primeras para hacerlas tragar. El penúltimo paso es la manipulación sexual; el último y tal vez final es la manipulación genética.
Ud. puede ver también que sólo el conocimiento de la verdad nos hará libres como dice el Evangelio de Jesucristo (Juan 8:32) ... Pero ha de ser de toda la verdad, entera, íntegra. Porque es indivisible: si develamos una parte de la verdad y ocultamos el resto, estamos mintiendo; y no seremos libres. La libertad es divisible: todos los días vemos que los Gobiernos del mundo reconocen algunas libertades y avasallan las demás. Pero la verdad en cambio no es divisible; y por eso en los defensores de la libertad encontramos lamentables contradicciones:
-- Comenzando por la Economía, uno encuentra mercadistas que no son consecuentes liberales, como los discípulos de la Escuela de Chicago.
-- Y vemos vigilantes guardianes de las libertades políticas, que sin embargo no objetan Gobiernos cada vez más ilimitados en poderes, e incluso los defienden, o al menos no resisten la liquidación de las libertades económicas. Y viceversa: celosos libertarios económicos coqueteando con el autoritarismo político; o con el anarquismo, su negación sólo aparente, puesto que la Ley del más fuerte y poderoso es la que realmente impera en la Jungla estatista.
-- Defensores del capitalismo liberal que no objetan el asesinato de la familia; y viceversa.
-- Amigos de ambos, del capitalismo liberal y de la familia, pero también de las filosofías que sostienen y alimentan a sus adversarios: relativismo, escepticismo cognitivo, idealismo o materialismo, romanticismo o pragmatismo. Y viceversa: realistas aristotélicos y hasta tomistas ortodoxos en Filosofía, pero abrazados a conceptos dirigistas como el “justo precio” oficial, propios de las condiciones de sitio e incomunicación impuestas en Europa por las invasiones de la Edad oscura -primeros siglos medievales- que hacían la competencia imposible; y que hoy el estatismo intenta reproducir artificialmente para legitimar su intervencionismo.
-- Creyentes religiosos y ateos con curiosos puntos en común, falsos además: que fe no congenia con razón y ciencia, ni Biblia tiene que ver con política. Estas coincidencias se observan en el campo de los enemigos de la libertad; pero también entre sus sedicentes amigos.
Freud tenía en parte mucho de razón
El Dr. Sigmund Freud sostenía que el precio de la civilización -si hablamos de una sociedad de veras civilizada- es la represión sexual; y esa es una grande y redonda verdad. La pregunta es si valió la pena pagarlo o no. Un error es ignorar que el precio -al menos en buena parte- no es para toda la humanidad sino sólo para su mitad masculina. Freud lo sabía. Pero otro error es considerar la represión sexual como algo malo en sí mismo y causa de muchos y terribles traumas, como creen muchos devotos freudianos que exorcizan esos tales supuestos demonios conforme a los sacramentos de la religión psicoanalítica.
Muchas personas, de uno y otro sexo -¿o debo decir “género”?-, creemos que el resultado -la susodicha civilización- valió la pena el precio. Y vale la pena conservarla.
Las personas bien informadas, sabemos además algunas verdades objetivas acerca de realidades como las siguientes:
-- mujeres y hombres somos completa y absolutamente iguales en dignidad y derechos. Pero no iguales en naturaleza, habilidades, capacidades y potencialidades. En otras palabras: “iguales” no equivale a idénticos, fungibles e intercambiables. ¡Gracias a Dios!
-- los grandes logros de la civilización humana -comenzando por el capitalismo, el principalísimo- los debemos a la mujer, directa o indirectamente;
-- sin duda hay un sexo fuerte, y es el femenino. El sexo débil es el otro.
-- Y ser realista significa ser lo suficientemente humilde para aceptar la realidad.
Y sabemos también que el socialismo, estandarte político del machismo, pone a la civilización en peligro, por la resistencia del sexo débil (ya sabemos cuál) a someterse al fuerte (también sabemos cuál), con la complicidad de las mal informadas feministas, ignorantes de ser el sexo fuerte. Y de que el feminismo es machismo disfrazado, y el machismo es masculinidad incivilizada.
Los 10 Mandamientos, base moral del capitalismo, y último fundamento de la civilización
Según Gilder, el mundo civilizado depende del matrimonio; y en consecuencia, del éxito de la sociedad en la represión sexual. Y Gilder no es lo que dirían un “mojigato religioso” o un “retrógrado reaccionario”: su libro sigue un enfoque racionalista y naturalista, a ratos incluso evolucionista. Al igual que otro más antiguo -de 1966-, del alemán Helmut Schoeck, otro antropólogo profético: en “La envidia” estudia ampliamente ese otro tema. Su conclusión es que el mundo civilizado depende de la propiedad privada; y en consecuencia, del éxito de la sociedad en la represión del sentimiento de la envidia, padre del colectivismo.
Las conclusiones de uno y otro son muy conciliables, pues ambos factores son vitales: matrimonio monógamo estable y propiedad privada. Se concilian en los 10 Mandamientos de la Ley bíblica. Aluden a los dos instituciones, y a la envidia de una vez. Porque para ambas, la proscripción de la envidia es una primera línea de defensa:
-- A la defensa del matrimonio y a la represión sexual, se alude claramente donde se dice (principalmente al hombre-varón): “No fornicar”; y “No envidiar la mujer de tu prójimo.”
-- Y a la defensa de la propiedad privada y otra vez a la represión de la envidia, se alude otra vez claramente donde se dice (al varón y a la mujer por igual): “No robar”; y “No envidiar el campo, la casa, el siervo o el buey de tu prójimo, o cosa alguna que le pertenezca.”
Está escrito en Exodo 20 y Deuteronomio 5. No es cosa que digan Gilder o Schoeck; lo crea Ud. o no, amiga, es Palabra de Dios. No es de ello que podemos deducir su enorme sabiduría; como sugiere Deuteronomio 4, es precisamente a la inversa: de la incomparable sapiencia y justeza de sus sentencias, normas y consejos -entre ellos, el mandamiento político: Gobierno limitado-, y de la certidumbre de sus predicciones, es que podemos deducir su origen divino. Su exactitud perfecta es contundente prueba de la misma realidad de Dios.
Como Ud., puede ver, querida amiga lectora, el estatismo no viene solo sino en un “paquete” que se nos impone gradualmente. El primer paso son las manipulaciones monetarias, cambiarias, financieras, y en general las políticas, económicas y sociales, acompañadas de las constitucionales, legislativas y judiciales que les dan fuerza legal. Después las educativas e informativas, científicas, filosóficas, religiosas y culturales, incluso reescribir la historia -destacada por George Orwell en “1984”, que es de 1945-; estas cubren a las primeras para hacerlas tragar. El penúltimo paso es la manipulación sexual; el último y tal vez final es la manipulación genética.
Ud. puede ver también que sólo el conocimiento de la verdad nos hará libres como dice el Evangelio de Jesucristo (Juan 8:32) ... Pero ha de ser de toda la verdad, entera, íntegra. Porque es indivisible: si develamos una parte de la verdad y ocultamos el resto, estamos mintiendo; y no seremos libres. La libertad es divisible: todos los días vemos que los Gobiernos del mundo reconocen algunas libertades y avasallan las demás. Pero la verdad en cambio no es divisible; y por eso en los defensores de la libertad encontramos lamentables contradicciones:
-- Comenzando por la Economía, uno encuentra mercadistas que no son consecuentes liberales, como los discípulos de la Escuela de Chicago.
-- Y vemos vigilantes guardianes de las libertades políticas, que sin embargo no objetan Gobiernos cada vez más ilimitados en poderes, e incluso los defienden, o al menos no resisten la liquidación de las libertades económicas. Y viceversa: celosos libertarios económicos coqueteando con el autoritarismo político; o con el anarquismo, su negación sólo aparente, puesto que la Ley del más fuerte y poderoso es la que realmente impera en la Jungla estatista.
-- Defensores del capitalismo liberal que no objetan el asesinato de la familia; y viceversa.
-- Amigos de ambos, del capitalismo liberal y de la familia, pero también de las filosofías que sostienen y alimentan a sus adversarios: relativismo, escepticismo cognitivo, idealismo o materialismo, romanticismo o pragmatismo. Y viceversa: realistas aristotélicos y hasta tomistas ortodoxos en Filosofía, pero abrazados a conceptos dirigistas como el “justo precio” oficial, propios de las condiciones de sitio e incomunicación impuestas en Europa por las invasiones de la Edad oscura -primeros siglos medievales- que hacían la competencia imposible; y que hoy el estatismo intenta reproducir artificialmente para legitimar su intervencionismo.
-- Creyentes religiosos y ateos con curiosos puntos en común, falsos además: que fe no congenia con razón y ciencia, ni Biblia tiene que ver con política. Estas coincidencias se observan en el campo de los enemigos de la libertad; pero también entre sus sedicentes amigos.
Freud tenía en parte mucho de razón
El Dr. Sigmund Freud sostenía que el precio de la civilización -si hablamos de una sociedad de veras civilizada- es la represión sexual; y esa es una grande y redonda verdad. La pregunta es si valió la pena pagarlo o no. Un error es ignorar que el precio -al menos en buena parte- no es para toda la humanidad sino sólo para su mitad masculina. Freud lo sabía. Pero otro error es considerar la represión sexual como algo malo en sí mismo y causa de muchos y terribles traumas, como creen muchos devotos freudianos que exorcizan esos tales supuestos demonios conforme a los sacramentos de la religión psicoanalítica.
Muchas personas, de uno y otro sexo -¿o debo decir “género”?-, creemos que el resultado -la susodicha civilización- valió la pena el precio. Y vale la pena conservarla.
Las personas bien informadas, sabemos además algunas verdades objetivas acerca de realidades como las siguientes:
-- mujeres y hombres somos completa y absolutamente iguales en dignidad y derechos. Pero no iguales en naturaleza, habilidades, capacidades y potencialidades. En otras palabras: “iguales” no equivale a idénticos, fungibles e intercambiables. ¡Gracias a Dios!
-- los grandes logros de la civilización humana -comenzando por el capitalismo, el principalísimo- los debemos a la mujer, directa o indirectamente;
-- sin duda hay un sexo fuerte, y es el femenino. El sexo débil es el otro.
-- Y ser realista significa ser lo suficientemente humilde para aceptar la realidad.
Y sabemos también que el socialismo, estandarte político del machismo, pone a la civilización en peligro, por la resistencia del sexo débil (ya sabemos cuál) a someterse al fuerte (también sabemos cuál), con la complicidad de las mal informadas feministas, ignorantes de ser el sexo fuerte. Y de que el feminismo es machismo disfrazado, y el machismo es masculinidad incivilizada.
Los 10 Mandamientos, base moral del capitalismo, y último fundamento de la civilización
Según Gilder, el mundo civilizado depende del matrimonio; y en consecuencia, del éxito de la sociedad en la represión sexual. Y Gilder no es lo que dirían un “mojigato religioso” o un “retrógrado reaccionario”: su libro sigue un enfoque racionalista y naturalista, a ratos incluso evolucionista. Al igual que otro más antiguo -de 1966-, del alemán Helmut Schoeck, otro antropólogo profético: en “La envidia” estudia ampliamente ese otro tema. Su conclusión es que el mundo civilizado depende de la propiedad privada; y en consecuencia, del éxito de la sociedad en la represión del sentimiento de la envidia, padre del colectivismo.
Las conclusiones de uno y otro son muy conciliables, pues ambos factores son vitales: matrimonio monógamo estable y propiedad privada. Se concilian en los 10 Mandamientos de la Ley bíblica. Aluden a los dos instituciones, y a la envidia de una vez. Porque para ambas, la proscripción de la envidia es una primera línea de defensa:
-- A la defensa del matrimonio y a la represión sexual, se alude claramente donde se dice (principalmente al hombre-varón): “No fornicar”; y “No envidiar la mujer de tu prójimo.”
-- Y a la defensa de la propiedad privada y otra vez a la represión de la envidia, se alude otra vez claramente donde se dice (al varón y a la mujer por igual): “No robar”; y “No envidiar el campo, la casa, el siervo o el buey de tu prójimo, o cosa alguna que le pertenezca.”
Está escrito en Exodo 20 y Deuteronomio 5. No es cosa que digan Gilder o Schoeck; lo crea Ud. o no, amiga, es Palabra de Dios. No es de ello que podemos deducir su enorme sabiduría; como sugiere Deuteronomio 4, es precisamente a la inversa: de la incomparable sapiencia y justeza de sus sentencias, normas y consejos -entre ellos, el mandamiento político: Gobierno limitado-, y de la certidumbre de sus predicciones, es que podemos deducir su origen divino. Su exactitud perfecta es contundente prueba de la misma realidad de Dios.