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¿Que es la perfeccion? Religión

Offtopic5/7/2012


HAY QUE LEER BASTANTE, SI QUERES QUEDATE, SINO, NOS VEMOS, NADIE TE OBLIGA

PERFECCIÓN
El concepto de perfección se expresa en hebreo con términos derivados de verbos tales como ka·lál (perfeccionar; compárese con Eze 27:4), scha·lám (quedar completo; compárese con Isa 60:20) y ta·mám (completar; llegar a la perfección; compárese con Sl 102:27; Isa 18:5). En las Escrituras Griegas Cristianas se emplean las palabras té·lei·os (adjetivo), te·lei·ó·tēs (nombre) y te·lei·ó·ō (verbo) para comunicar ideas como: llevar a la perfección o alcanzar la plenitud (Lu 8:14; 2Co 12:9; Snt 1:4); ser una persona desarrollada físicamente, adulta o madura (1Co 14:20; Heb 5:14), y haber alcanzado el objetivo, propósito o meta conveniente o señalada. (Jn 19:28; Flp 3:12.)
La importancia del punto de vista correcto. Para entender correctamente la Biblia, no se debe incurrir en el error común de pensar que todo lo que se llama “perfecto” lo es en sentido absoluto, es decir, a un grado infinito o ilimitado. La perfección en sentido absoluto tan solo corresponde al Creador, Jehová Dios. Debido a esto, Jesús pudo decir de su Padre: “Nadie es bueno, sino uno solo, Dios”. (Mr 10:18.) Jehová es incomparable en su excelencia, merecedor de toda alabanza, supremo en sus magníficas cualidades y poderes, a tal grado, que “solo su nombre es inalcanzablemente alto”. (Sl 148:1-13; Job 36:3, 4, 26; 37:16, 23, 24; Sl 145:2-10, 21.) Moisés alabó la perfección de Dios, diciendo: “Porque yo declararé el nombre de Jehová. ¡Atribuyan ustedes grandeza, sí, a nuestro Dios! La Roca, perfecta es su actividad, porque todos sus caminos son justicia. Dios de fidelidad, con quien no hay injusticia; justo y recto es él”. (Dt 32:3, 4.) Todos los caminos, palabras y leyes de Dios son perfectos, refinados y no tienen falta o defecto. (Sl 18:30; 19:7; Snt 1:17, 25.) Nunca podría presentarse una causa justa contra Dios, criticar o censurar sus obras; más bien, siempre se le debe alabanza. (Job 36:22-24.)
Toda otra perfección es relativa. La perfección de cualquier otra persona o cosa es relativa, no absoluta (compárese con Sl 119:96); es decir, una cosa es “perfecta” en relación con el propósito o fin para el que su diseñador o hacedor la designa, o el uso al que la destina su receptor o usuario. El significado mismo de perfección requiere que haya quien decida cuándo algo está “completo”, las normas de excelencia, los requisitos que han de satisfacerse, así como los detalles que son esenciales. En última instancia, Dios, el Creador, es el Árbitro supremo de la perfección, Aquel que fija las normas de acuerdo con sus propósitos e intereses justos. (Ro 12:2; .)
Veamos un ejemplo: el planeta Tierra fue una de las creaciones de Dios, y al final de los seis ‘días’ creativos Dios declaró el resultado: “muy bueno”. (Gé 1:31.) Satisfacía sus normas supremas de excelencia, por consiguiente, era perfecto. Sin embargo, después de esto Dios asignó al hombre a ‘sojuzgar la tierra’, en el sentido de cultivarla y hacer que toda ella, no solo el Edén, fuese un jardín de Dios. (Gé 1:28; 2:8.)
La tienda o tabernáculo que se levantó en el desierto por mandato de Dios y de acuerdo con sus especificaciones, fue un tipo o modelo profético en pequeña escala de una “tienda más grande y más perfecta”; el Santísimo de aquella tienda es la residencia celestial de Jehová, en la que Cristo Jesús entró como Sumo Sacerdote. (Heb 9:11-14, 23, 24.) La tienda terrestre fue perfecta, pues satisfizo los requisitos de Dios y sirvió para el fin designado. No obstante, una vez que cumplió el propósito de Dios, dejó de utilizarse. La tienda representaba algo de una perfección mucho mayor.
A la ciudad de Jerusalén, con el monte Sión, se la llamó la “perfección de belleza”. (Lam 2:15; Sl 50:2.) Estas palabras no significan que hasta el más mínimo detalle de la ciudad fuese de una belleza sublime, sino que su belleza provenía del esplendor que Dios le había conferido al convertirla en capital de sus reyes ungidos y sede de su templo. (Eze 16:14.) También se representa a la próspera ciudad comercial de Tiro como un barco cuyos constructores —los que trabajaban para enriquecerla— habían ‘perfeccionado su belleza’, y la habían llenado con lujosos productos de muchas tierras. (Eze 27:3-25.)
Por lo tanto, en cada caso se debe examinar el contexto para determinar el sentido que se da a la palabra perfección.



Perfección y libre albedrío. La información que ya se ha considerado sienta la base para entender que hasta las criaturas perfectas de Dios podían ser desobedientes. Pensar que la desobediencia no podría darse en una criatura perfecta presupone desconocer el significado del término, sustituyéndolo por un concepto personal que es contrario a los hechos. Dios ha facultado a las criaturas inteligentes con libre albedrío: el privilegio y la responsabilidad de decidir por sí mismas el proceder que deben seguir. (Dt 30:19, 20; Jos 24:15.) Este fue el caso de la primera pareja humana, lo que hizo posible que pudiera ponerse a prueba su devoción a Dios. (Gé 2:15-17; 3:2, 3.) Como su Hacedor, Jehová sabía con qué facultades los había dotado, y las Escrituras dejan claro que deseaba una adoración y un servicio que emanaran de mentes y corazones movidos por amor genuino, no una obediencia mecánica, como de autómatas. (Compárese con Dt 30:15, 16; 1Cr 28:9; 29:17; Jn 4:23, 24.) Si Adán y su esposa no hubiesen tenido libre albedrío, no habrían satisfecho los requisitos de Dios, ni habrían sido completos o perfectos según Sus normas.
Ha de recordarse que en lo que tiene que ver con el hombre, la perfección es relativa y está circunscrita al ámbito humano. Aunque Adán fue creado perfecto, no podía traspasar los límites que el Creador le había fijado, ni podía, por ejemplo, comer tierra, piedras o madera, sin sufrir las consecuencias. Si intentaba respirar agua en lugar de aire, se ahogaría. De manera similar, si permitía que su mente y corazón se alimentaran con pensamientos incorrectos, llegaría a abrigar deseos insanos y, por último, pecaría y moriría. (Snt 1:14, 15; compárese con Gé 1:29; Mt 4:4.)
Está claro que los factores determinantes son la voluntad y selección personales. Si insistiéramos en que un hombre perfecto no puede adoptar un mal proceder cuando hay una cuestión moral de por medio, ¿no deberíamos, por la misma razón, argüir también que una criatura imperfecta no podría adoptar un proceder correcto si tuviese que decidir sobre esa misma cuestión moral? Sin embargo, hay criaturas imperfectas que sí han adoptado un proceder correcto en asuntos morales que implican obediencia a Dios y hasta han escogido ser perseguidos antes que transigir, mientras que al mismo tiempo hay quienes escogen hacer lo que saben que es incorrecto. Por consiguiente, no todas las malas acciones pueden justificarse con la imperfección humana. De nuevo, los factores determinantes son la voluntad y la selección personal. Asimismo, en el caso del primer hombre, la perfección humana por sí sola no garantizaba una conducta recta, sino el ejercicio de su libre albedrío y la facultad de selección, impulsados ambos por el amor a su Dios y a lo que es recto. (Pr 4:23.)


¿Cómo es posible decir que los siervos imperfectos de Dios fueron “exentos de falta”?
El justo Noé fue “exento de falta entre sus contemporáneos”. (Gé 6:9.) Job era un hombre “sin culpa y recto”. (Job 1:8.) Se emplean expresiones similares al hablar de otros siervos de Dios. Como todos eran descendientes del pecador Adán, y por consiguiente pecadores, es obvio que tales hombres se hallaban ‘exentos de falta y sin culpa’ en el sentido de que estaban a la altura de lo que Dios requería de ellos, y lo que Dios requería de ellos tenía en cuenta sus limitaciones e imperfección. (Compárese con Miq 6:8.) Igual que un alfarero no puede esperar la misma calidad si moldea una vasija con barro común que si la moldea con arcilla refinada, los requisitos de Jehová toman en consideración la fragilidad de los humanos imperfectos. (Sl 103:10-14; Isa 64:8.) Aunque cometieron errores e incurrieron en males debido a su carne imperfecta, no obstante, los hombres fieles manifestaron un “corazón completo [heb. scha·lém]” para con Jehová. (1Re 11:4; 15:14; 2Re 20:3; 2Cr 16:9.) Por lo tanto, dentro de sus límites, su devoción era completa, sin fisuras y, en sus circunstancias, satisfacía los requisitos divinos. Puesto que el Juez Divino se complacía en su adoración, ninguna criatura humana o celestial tenía base para criticar el servicio de ellos a Dios. (Compárese con Lu 1:6; Heb 11:4-16; Ro 14:4;
En las Escrituras Griegas Cristianas se reconoce que la imperfección es inherente a la humanidad que desciende de Adán. En Santiago 3:2 se muestra que el que pudiera dominar la lengua y no tropezar en palabra sería un “varón perfecto, capaz de refrenar [...] su cuerpo entero”; sin embargo, en esto “todos tropezamos muchas veces”. (Compárese con el vs. 8.) No obstante, se habla de ciertas perfecciones relativas alcanzadas por el hombre pecaminoso. Jesús dijo a sus seguidores: “Ustedes, en efecto, tienen que ser perfectos, como su Padre celestial es perfecto”. (Mt 5:48.) En esta ocasión hizo referencia al amor y la generosidad. Mostró que simplemente ‘amar a los que los aman’ constituía un amor incompleto, defectuoso. Por consiguiente, sus seguidores deberían perfeccionar su amor o completarlo, al amar también a sus enemigos y así imitar el ejemplo de Dios. (Mt 5:43-47.) De manera similar, al joven que le preguntó a Jesús cómo obtener la vida eterna se le mostró que su adoración —que ya presuponía obediencia a los mandamientos de la Ley— aún carecía de algunas características esenciales. Si ‘deseaba ser perfecto’, tenía que desarrollar plenamente su adoración (compárese con Lu 8:14; Isa 18:5) cumpliendo con estos rasgos. (Mt 19:21; compárese con Ro 12:2.)
El apóstol Juan muestra que el amor de Dios se hace perfecto en los cristianos que permanecen en unión con Él, observan la palabra de su Hijo y se aman unos a otros. (1Jn 2:5; 4:11-18.) Este amor perfecto echa fuera el temor y concede “franqueza de expresión”. El contexto muestra que Juan se refiere en este pasaje a la “franqueza de expresión para con Dios”, franqueza que habría de tenerse, por ejemplo, al orar. (1Jn 3:19-22; compárese con Heb 4:16; 10:19-22.) La persona en la que el amor de Dios alcanza una expresión plena, puede acercarse a su Padre celestial confiado, sin sentirse condenado en su corazón como si fuera un hipócrita o estuviera desaprobado. Sabe que observa los mandamientos de Dios y hace lo que le agrada a su Padre, por lo que se siente libre tanto para expresarse como para hacer sus peticiones a Jehová. No se siente como si Dios le restringiera el privilegio de lo que puede decir o pedir. (Compárese con Nú 12:10-15; Job 40:1-5; Lam 3:40-44; 1Pe 3:7.) Tampoco se inhibe por temores mórbidos ni se encamina al “día del juicio” con remordimientos de conciencia o algo que ocultar. (Compárese con Heb 10:27, 31.) Al contrario, igual que un niño que no teme pedir algo a sus amorosos padres, el cristiano en quien el amor está plenamente desarrollado se siente seguro de que “no importa qué sea lo que pidamos conforme a su voluntad, él nos oye. Además, si sabemos que nos oye respecto a cualquier cosa que estemos pidiendo, sabemos que hemos de tener las cosas pedidas porque se las hemos pedido a él”. (1Jn 5:14, 15.)
Sin embargo, este ‘amor perfecto’ no echa fuera todo temor. No elimina el temor reverencial y filial a Dios, que nace de un profundo respeto por la posición que Él ocupa, su poder y su justicia. (Sl 111:9, 10; Heb 11:7.) Tampoco suprime el temor normal, gracias al cual una persona puede evitar el peligro y proteger su vida, ni el temor causado por un peligro repentino. (Compárese con 1Sa 21:10-15; 2Co 11:32, 33; Job 37:1-5; Hab 3:16, 18.)
Además, la unidad completa se consigue por medio del “vínculo perfecto” del amor, lo que hace que los verdaderos cristianos sean “perfeccionados en uno”. (Col 3:14; Jn 17:23.) Naturalmente, esta perfección también es relativa y no significa que desaparecerán todas las diferencias de personalidad, como aptitudes, hábitos, conciencia y otros factores individuales afines. Sin embargo, cuando se alcanza, su plenitud conduce a acción, creencia y enseñanza unificadas. (Ro 15:5, 6; 1Co 1:10; Ef 4:3; Flp 1:27.)
La perfección de Cristo Jesús. Jesús nació como ser humano perfecto, santo, sin pecado. (Lu 1:30-35; Heb 7:26.) Como es natural, su perfección física no era infinita, sino que se hallaba dentro de los límites humanos, y experimentó algunas limitaciones propias de su condición humana: se cansó, tuvo hambre y sed; era mortal. (Mr 4:36-39; Jn 4:6, 7; Mt 4:2; Mr 15:37, 44, 45.) El propósito de Jehová Dios era emplear a su Hijo como Sumo Sacerdote a favor de la humanidad. Aunque era un hombre perfecto, tuvo que ser ‘perfeccionado’ (gr. te·lei·ó·ō) para acceder a ese puesto, y satisfacer a cabalidad los requisitos que su Padre había fijado, lo que le capacitaba para el fin o la meta designada. Se exigía que fuera “semejante a sus ‘hermanos’ en todo respecto”, aguantara el sufrimiento y aprendiera la obediencia bajo prueba, como tendrían que hacerlo sus “hermanos” o seguidores. De esta manera, podría “condolerse de nuestras debilidades, uno que ha sido probado en todo sentido igual que nosotros, pero sin pecado”. (Heb 2:10-18; 4:15, 16; 5:7-10.) Además, después de morir como un sacrificio perfecto y resucitar, recibiría vida espiritual inmortal en los cielos, y así sería “perfeccionado para siempre” para su puesto sacerdotal. (Heb 7:15–8:4; 9:11-14, 24.) Igualmente, todos los que servirán con Cristo como sacerdotes serán ‘hechos perfectos’, es decir, llevados a la meta celestial que buscan y a la que han sido llamados. (Flp 3:8-14; Heb 12:22, 23; Rev 20:6.)
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