Wikipedia : En lógica, una falacia (del latín fallacia, «engaño») es un argumento que parece válido, pero no lo es. Algunas falacias se cometen intencionalmente para persuadir o manipular a los demás, mientras que otras se cometen sin intención debido a descuidos o ignorancia. En ocasiones las falacias pueden ser muy sutiles y persuasivas, por lo que se debe poner mucha atención para detectarlas.
El estudio de las falacias se remonta por lo menos hasta Aristóteles, quien en sus Refutaciones sofísticas identificó y clasificó 13 tipos de falacias. Desde entonces, cientos de otras falacias se han agregado a la lista y se han propuesto varios sistemas de clasificación.
Las falacias son de interés no solo para la lógica, sino también para la política, la retórica, el derecho, la ciencia, la religión, el periodismo, la mercadotecnia, el cine y, en general, cualquier área en la cual la argumentación y la persuasión sean de especial relevancia.

En taringa estamos muy acostumbrados a este tipo de argumentos: a la hora de refutar cualquier razonamiento o información son muchos los que optan por la "falacia preventiva" del: "Se vienen los..." para, en una perversión de la lógica, intentar desacreditar los argumentos contrarios a sus creencias, aludiendo a una concepción maniquea de la sociedad, el muy explotado "conmigo o contra mí", haciendo creer que quienes expresen ideas contrarias a lo expuesto son movidos por la defensa de posiciones, normalmente tan cuestionadas como cuestionables, opuestas a las suyas.
El uso intencionado de las falacias responde a una necesidad de engaño y manipulación. Como en general la educación que padecen los países deja mucho que desear, salimos escasamente preparados de nuestra formación para diferenciar, rebatir o analizar correctamente la multitud de discursos, informaciones, creencias e ideologías que condicionan continuamente tanto nuestra vida personal como nuestra sociedad. Somos muy fácilmente manipulables. Y aunque parezca más sencillo creer que pensar, a la larga nos genera complicaciones.
En especial la situación de la sociedad, tan condicionada por las "verdades" políticas, es cada día más precaria. En general, en todos los países, las quejas por las actuaciones de los gobiernos son crecientes, siendo la única medida que adoptamos la de esperar a las siguientes elecciones y votar por otro partido. De lo que no somos conscientes es de la manipulación sistemática de los discursos con los que nos seducen. Normalmente recurren a argumentos falaces, demagógicos y populistas.


¿Por qué los políticos están siempre deseando explicar lo que piensa la parte contraria? La razón es obvia: quien expone la postura de su adversario dispone de magníficas oportunidades para simplificarla o deformarla. Si la posición de uno es blanca inmaculada y la contraria negra siniestra, la elección que deba efectuar un ciudadano indeciso se simplifica. Este es el propósito de una falacia que se basa en la creación de una falsa imagen de las afirmaciones, ideas o intenciones del adversario.
Por ejemplo: quien rechace una nueva tecnología puede ser acusado de añorar las cavernas. Si propone una reducción de los gastos militares le dirán que se rinde al enemigo.
Rara vez se deforman los hechos, pues resultan demasiado evidentes para admitir simplificaciones. Lo normal es cebarse en opiniones o en propósitos que siempre son más interpretables o se pueden inventar. Recientemente, al ser suprimido en la Cámara de los Lores el privilegio hereditario, uno de los afectados lo expresó como:
Lo que estamos viendo es la abolición de Gran Bretaña. La reforma quiere acabar con la reina, la cultura, la soberanía y la libertad británicas.

Existen dos técnicas para atacar una opinión que no sea realmente la del contrario: a) atribuirle una postura ficticia; b) deformar su punto de vista real. La primera se inventa un adversario que no existe; la segunda lo modifica sólo en parte.
a. Atribuirle una postura ficticia.
Nos inventamos al adversario. Forjamos un oponente imaginario. Le atribuimos afirmaciones que no tengan nada que ver con lo que ha dicho o podría haber dicho. Se trata de caricaturizar su posición para atacarla más fácilmente. Si alguien desea perjudicar a la derecha, puede convertir cualquier sugerencia de ahorro en un intento solapado de hundir el Estado de Bienestar, las pensiones o el futuro de los hospitales. Si, por el contrario, prefiere perjudicar a la izquierda puede construir un espantapájaros con la amenaza de las nacionalizaciones, su avidez por el dinero público y su indiferencia ante el despilfarro. Si uno está en contra de la violencia que rezuma el televisor y sostiene la conveniencia de que se establezca algún tipo de control público sobre el contenido de las emisiones, comprobará enseguida que cualquier adversario convierte sus tímidas insinuaciones en nostalgia de la censura, intentos de ley mordaza, ataques a la libertad de expresión y, a poco que se esfuerce, espíritu antidemocrático, ánimo inquisitorial y criptofascismo. Se trata de vestir bien el muñeco para que asuste y poder golpearlo hasta que calle.
Una forma solapada de crear un muñeco de paja consiste en afirmar con virulencia el rechazo de algo que nadie ha propuesto. Por ejemplo, si uno se opone firmísimamente a que se recorten las pensiones, sembrará la sospecha de que algunos (sus adversarios, sin duda) pretenden recortarlas, con lo que ya está creado el muñeco.
Yo, lo que aseguro, es que estoy en contra de la tortura.
Yo no pienso que deban cerrarse las escuelas públicas
No estoy dispuesto a bajar la guardia en la defensa de la democracia y de las libertades.
Sería intolerable que se atacara la libertad de prensa.
¿Quién dice lo contrario? ¿el contrincante? Debe ser así, piensa el público, porque de otro modo no se insistiría tanto. Y así será, salvo que la víctima se apresure a corregir la mistificación.
b. Deformar su punto de vista real.
En esta técnica no es preciso inventarse la posición del contrario. Basta con deformarla. Se puede mentir de diversas maneras y casi siempre se utilizan combinadas: por omisión, por adición, por deformación.
Un procedimiento para exagerar un mensaje es radicalizarlo: donde uno afirma algo como probable, el adversario lo entiende como seguro; si era verosímil se convierte en indudable. Otro procedimiento es la generalización: donde dice algunos se traduce todos, y si se habla de algunas veces, se lee siempre. Todo esto contribuye a facilitar el ataque.
—¿Acaso las centrales nucleares no tienen accidentes?
—Siempre cabe la posibilidad de que tengan un accidente, por remoto que sea.
—Usted lo ha dicho. Puede tener un accidente, luego son peligrosas.
El mismo tipo de falacia se produce cuando, en las citas textuales, se recortan intencionadamente las frases, se aparta la información del contexto que ilumina su significado, o se enfatiza su lectura de un modo que tergiversa el sentido:
Se deben adelantar las elecciones, ha dicho el presidente del gobierno.
En realidad, lo que dice la letra pequeña es:
—¿Sería usted partidario de adelantar las elecciones si perdiera la mayoría?
—Ese no es nuestro caso. En general, yo creo que cuando no se cuenta con un respaldo mayoritario se deben adelantar las elecciones.
Se trata de una vulgar manipulación sin otro objeto que impresionar a ingenuos con grandes tragaderas que no están en condiciones de comprobar las cosas.
En una palabra, no es difícil arruinar la posición adversaria. Basta con citar frases fuera de contexto, descubrir significaciones ocultas donde no las hay y exagerar cosas que no correspondan a nada real. Después de esto no es preciso estoquear al toro. Bastará con apuntillarlo. Ni siquiera necesitará el argumentador falaz mancharse (más) las manos: el público se encargará de la faena.
Lo mejor que podemos hacer para protegernos de esta insidia es comparar meticulosamente nuestro punto de vista original con la versión que pretendan endosarnos: Critica usted una realidad que no existe. No hay otro camino para desautorizar a un adversario de mala fe. Puede ocurrir que no dispongamos del documento original (una grabación de radio, un recorte de prensa), en cuyo caso debemos exigir que quien acusa lo aporte sin eludir la carga de la prueba.


Otra de los usos más cotidianos de la falacia es el recurrir a ella cuando carecemos de argumentos que puedan rebatir una opinión contraria. En vez de discutir las diversas creencias e ideologías con nuestros propios argumentos, recurrimos normalmente a las "verdades universales" ya expresadas por quienes defienden posturas parecidas a las nuestras y, en su defecto, recurrimos a descalificar al oponente, bien por asociación: "nazi, radical, terrorista..." bien, como ya he apuntado, en base a la descalificación de su discurso.
Al final, después de todo esto, llegan los "forobardos", donde las pocas aportaciones que acuden a la lógica y al razonamiento quedan sepultadas entre multitud de comentarios que, lejos de generar "inteligencia colectiva", evidencian la carencia de argumentos propios de muchos usuarios.



Quedan muy bonitos los carteles de "por la libertad de expresión, todos pueden comentar". Pienso que a quien realmente le interese la libertad de opinión, opine desde su propio razonamiento. Un abrazo a todos, espero que esta información pueda ser de utilidad.

