El 1º de mayo de 1909, en reclamo de una jornada laboral de ocho horas, la FORA –organización obrera anarquista– marchó a Plaza Lorea (actual Plaza Congreso). Con una terrible represión, la policía asesinó a treinta trabajadores. El coronel Ramón Falcón era el jefe del operativo. Seis meses después, un 14 de Noviembre, el joven anarquista Simón Radowitzky vengó el asesinato de sus compañeros: con una bomba ajustició a Falcón. Por el hecho pasaría 21 años en una cárcel de Ushuaia. En 1936 viajó a España para luchar contra el fascismo en la guerra civil española. Murió en 1956 en México. Estigmatizado como delincuente por las clases dominantes, la memoria popular reivindica a Simón Radowitzky como uno de los tantos luchadores sociales silenciados por la historia oficial.
Simón Radowitzky tenía sólo 18 años cuando arrojó una bomba humeante al piso del carruaje en el que viajaba Ramón Falcón (54), jefe máximo de la policía de la Capital Federal. A fines de 1909, la llamada República del Centenario era un claroscuro de bronces y guirnaldas y sangre humana entre los adoquines de las calles.
Simón Radowitzky
Así fue. Ese joven judío de apenas 18 años, obrero metalúrgico, esperará al coronel Falcón y pondrá fin a la vida del orgulloso militar que era todo un símbolo para los hombres de uniforme: Falcón había sido el cadete número uno recibido en el Colegio Militar creado por Sarmiento. Simón trata de suicidarse pero es capturado, condenado a muerte y luego, como es menor de edad, a prisión perpetua a cumplir en el penal de Ushuaia, con el agravante de que cada año, en oportunidad de cumplirse cada aniversario de su atentado contra Falcón "deberá ser llevado a reclusión solitaria a pan y agua durante veinte días", como dirá la sentencia.
En la prisión, sólo comparable con la de la Isla del Diablo, Radowitzky se convertirá en el "mártir de la anarquía". Será un místico de la resistencia y del altruismo con los demás presos. Protagonizará una huida legendaria a través de los canales fueguinos hasta que es capturado por un buque de guerra chileno y entregado a los carceleros argentinos. Todos los castigos inimaginables serán entonces para él. Aunque enfermo de tuberculosis, el clima del extremo sur y el aislamiento no lo amedrentan y sigue siendo el defensor de los demás presos para quienes Simón es una personalidad mística y al que admiran casi con respeto religioso.
Sus compañeros de ideas de todo el país no lo abandonaron en ningún momento. Miles de mitines y su nombre siempre en la primera página de sus publicaciones. Hasta que en 1930, Yrigoyen firmará el indulto. Pero el gobierno radical no se aguanta al carismático atentador en territorio argentino y lo expulsa al Uruguay. Allí será detenido y poco después soportará presidio en la isla de Flores. Hasta que en 1936, ya en libertad, marchará a la Guerra Civil española a luchar contra el fascismo de Franco. Morirá en México en 1956 mientras trabajaba de obrero en una fábrica de juguetes, el mejor oficio que puede tener un ser humano.
Ramón Lorenzo Falcón, blanco de aquel atentado mortal que también costó la vida a su secretario, tenía una abultada foja de servicios represivos cumplidos. Había empezado como subteniente de Ejército, acompañando al presidente Sarmiento a sofocar al rebelde López Jordán. Tras la rendición de la ciudad de Córdoba, se desplazó al sur de esa provincia a combatir “a la indiada”. De allí –siempre siguiendo el hilo conductor represivo- marchó a la frontera sur bonaerense, participando de la llamada Campaña al Desierto. A la vuelta de esa masacre, comandó un regimiento de artillería en la contienda entre autonomistas y mitristas, disparando sus cañones en Corrales y Puente Alsina, aunque por estar del lado equivocado (es un decir), sufrió la baja del Ejército. Pasó entonces a ser comisario de la policía bonaerense. Muy pronto lo nombraron Jefe del Batallón Guardiacárcel (sic). Hizo un viaje de estudios (represivos) a Europa y a la vuelta lo llamaron para sofocar la Revolución del Parque. Allí fue tomado prisionero por lo insurgentes y entró en un cono de sombra hasta que en 1891 el presidente Pellegrini aprobó su reingreso al Ejército, con el grado de teniente coronel. Comenzó entonces su ciclo como legislador. Fue senador provincial y después diputado nacional, con un breve interregno represivo (no podía faltar) en 1893. Así llegó al siglo XX. Ascendido a coronel en 1906, se hizo cargo de la jefatura de policía de la ciudad de Buenos Aires. Ya no quedaban “indios” en la frontera. Ahora, el enemigo interno era otro.
Ramón Falcón
14 de noviembre de 1909 - El asesinato del coronel Ramón Falcón
Por Felipe Pigna
El 1º de mayo de 1909, los gremios anarquistas y socialistas decidieron conmemorar en reuniones separadas el día de lucha de los trabajadores. Los socialistas lo hicieron en Constitución y los anarquistas en la Plaza Lorea, frente al Teatro Liceo, a pocos metros del Congreso.
Desde temprano comenzaron a llegar las familias obreras con sus banderas rojas y negras dispuestas a homenajear a los mártires de Chicago. Protestaban contra la desocupación, los bajos salarios y la indiferencia del gobierno ante los problemas sociales de la mayoría de la población. Durante el acto se sucedieron en el uso de la palabra encendidos oradores, hombres y mujeres que invitaban a la rebelión y a organizarse para cambiar la sociedad.
El coronel Ramón Falcón, jefe de la Policía, desde su auto, observaba atentamente la reunión. Muchos manifestantes lo insultaron al reconocerlo y volaron algunas piedras. Falcón dirigió personalmente la represión y dio la orden a la policía montada, al mando del comisario Jolly Medrano, jefe del Escuadrón de Seguridad, de dispersar la manifestación a sablazos y balazos.
El reportero del diario La Prensa escribía que Falcón se bajó del auto y dijo: “Hay que concluir, de una vez por todas, con los anarquistas en Buenos Aires”, y recurriendo a la obediencia debida, agregó que eran instrucciones del ministerio del Interior. Tras la orden del comisario, comenzó la masacre. El saldo fue de once obreros muertos y ochenta heridos, entre ellos, varios niños. (…)
El 4 de mayo, más de 60.000 personas se concentraron frente a la morgue, esperando la entrega de los cadáveres, para acompañarlos hasta la Chacarita. En un acto de barbarie sin precedentes hasta el momento, pero que se tornará una tradición de aquí en adelante, la policía le arrebató los féretros a las familias obreras para impedir que se concretara el multitudinario cortejo fúnebre. Los “cosacos” dispersaron a la mayoría, pero 4.000 aguerridos militantes lograron llegar hasta el cementerio. A la salida, integrantes de la comisaría 21 volvieron a balear a los obreros.
Mientras tanto, en la Casa Rosada, dirigentes de la Bolsa de Comercio le rendían tributo al “heroico” coronel Falcón, que estaba siendo felicitado por el presidente José Figueroa Alcorta.
Coche en el que viajaba el Jefe de Policía Ramón Falcón, destruido por la bomba de Radowitzky.
Inmediatamente las dos centrales sindicales, la UGT socialista y la FORA anarquista, convocaron a la huelga general y exigieron justicia y la expulsión de Falcón de la jefatura de Policía. La respuesta del gobierno fue la confirmación de Falcón con todos los honores. Durante toda esta “Semana Roja”, como se la conoció, la huelga fue total. Entre los presentes en el acto de Plaza Lorea se encontraba un joven anarquista ruso llamado Simón Radowitzky.
Había nacido en Kiev, Ucrania, en 1891. Con sólo catorce años de edad, Radowitzky participó activamente en las protestas y sublevaciones de 1905, conocidas en la historia como la primera revolución rusa. Huyendo de las persecuciones zaristas, llegó a la Argentina en marzo de 1908 y entró inmediatamente en contacto con los círculos anarquistas locales. Según cuentan los que lo conocieron, quedó profundamente impresionado por la represión de mayo de 1909 desatada por Falcón. Comentaba que la policía montada les recordaba a los cosacos zaristas que con sus sables dejaban un tendal de obreros muertos en las concentraciones anarquistas de Rusia.
Radowitzky asistió a las reuniones que condenaban la acción de Falcón y la actitud del gobierno que le aseguraba impunidad al comisario, acercándose a los grupos que propiciaban “la propaganda por el hecho”, partidarias de la acción directa y de planificar el “ajusticiamiento” del coronel Falcón.
Tras varios meses de preparativos, todo estaba listo la mañana del 14 de noviembre. El joven Simón salió poco antes de las once de su casa de la calle Andes 394. Tomó el tranvía 17 y descendió en la esquina de Callao y Quintana. Caminó por Quintana hacia el cementerio de la Recoleta y esperó unos minutos. De pronto vio salir un coche Milord. En su interior, el coronel Falcón charlaba con su secretario, Juan Lartigau. La conversación lo tenía tan ensimismado que no advirtió la extrema cercanía de aquel joven vestido de negro, que sin mediar palabras le arrojó un paquete que fue a dar al piso del coche entre sus piernas. Falcón no tuvo tiempo de reaccionar, un terrible estruendo rompió el rodado y lo arrojó junto a su acompañante sobre el empedrado de Quintana. Sus piernas quedaron destrozadas al igual que las de Lartigau. Para cuando llegó la asistencia pública, los dos estaban prácticamente desangrados. Fueron trasladados de urgencia al Hospital Fernández, donde morirían horas después.
Tras arrojar la bomba, Simón Radowitzky corrió por Callao hacia el Bajo, pero fue perseguido por policías y civiles que lo arrinconaron contra una obra en construcción. Al verse acorralado, extrajo un revólver y tras gritar con un inconfundible acento ruso “viva la anarquía”, se disparó un tiro sobre la tetilla izquierda. Los nervios le jugaron una buena pasada y sólo se produjo heridas leves. Tras el disparo sus perseguidores se arrojaron sobre él y lo condujeron casi a la rastra hasta la comisaría 15, donde fue salvajemente torturado en sucesivos interrogatorios. Radowitzky se negó a hablar y sólo decía: “tengo una bomba para cada uno de ustedes” y “viva la anarquía”. Nunca dirá el nombre de los compañeros que colaboraron en el atentado. Con el tiempo se supo que fueron al menos cuatro.
Recreación gráfica periodística de la época sobre el atentado.
Cuando todo indicaba que iba a ser sumariamente condenado a muerte, un tío de Simón, Moisés Radowitzky, de profesión rabino, aportó su partida de nacimiento que determinaba que era menor de edad, lo que evitó el fusilamiento. Se sustanció un proceso de una rapidez inusitada para los tiempos de la justicia argentina y se dictó una sentencia que no registraba antecedentes: se lo condenó a prisión por tiempo indeterminado y a ser sometido a pan y agua durante veinte días cada año al cumplirse los aniversarios del atentado.
Tras una breve estadía en la Penitenciaría Nacional de la calle Las Heras y tras un intento de fuga, fue trasladado al penal de Ushuaia, donde permanecerá hasta 1930, tras 21 años de prisión, transformándose en un símbolo para el movimiento obrero anarquista que no dejará jamás de luchar por su libertad.
Prisión en Ushuaia
El 6 de enero de 1911, dos presos anarquistas —Francisco Solano Regis y Salvador Planas Virella— que compartían lugar de reclusión con Radowitzky lograron huir de la Penitenciaría Nacional, en una operación que contó con ayuda exterior y con la connivencia de algunos de sus guardias. Radowitzky quedó detrás por haber sido llamado imprevistamente a la imprenta del presidio. Atemorizados por la perspectiva de que el joven reo, que concitaba simpatía entre el personal de la cárcel, contara con otra oportunidad semejante, se decretó su traslado al penal de Ushuaia, reservado generalmente para criminales de extrema peligrosidad. La costumbre de encerrar allí a anarquistas y otros presos políticos se haría más frecuente con los años.
En la prisión se le denegaron los pocos derechos concedidos a los restantes presidiarios; como única lectura se le permitía la Biblia, y fue sometido a malos tratos y torturas al liderar al resto de los reclusos en huelgas de hambre en protesta por las malas condiciones del penal. En 1918, las torturas alcanzaron su cenit con la violación de Radowitzky por parte del subdirector del penal, Gregorio Palacios, y tres guardiacárceles. La reacción no se hizo esperar; enterados los anarquistas del hecho, publicaron en Buenos Aires un panfleto, titulado El presidio de Ushuaia, de pluma de Marcial Belascoain Sayos que apareció en La Protesta. Su publicación causó conmoción, y el gobierno de Yrigoyen ordenó abrir sumario sobre las condiciones en Ushuaia; los tres guardiacárceles serían relevados de sus funciones.
Su escape
El 7 de noviembre de ese mismo año, una audaz acción conjunta de los grupos anarquistas chilenos y argentinos logró la única evasión jamás lograda del penal de Ushuaia. Los argentinos Apolinario Barrera y Miguel Arcángel Roscigna y los chilenos Ramón Cifuentes y Ernesto Medina alquilaron una pequeña goleta de bandera dálmata en la ciudad chilena de Punta Arenas, y coordinaron con Radowitzky el procedimiento. Éste, que trabajaba en el taller de la cárcel, se hizo con un traje de guardiacárcel, y abandonó el penal a primera hora de la mañana aprovechando el relevo y la llegada de un grupo de guardiacárceles nuevos, encontrándose con Barrera en una cala no lejana. El plan original era desembarcar a Radowitzky en algún lugar apartado, con víveres y utensilios para resistir un tiempo hasta que la búsqueda hubiese amainado su intensidad, aprovechando el plazo de unas horas hasta que el personal se percatara de su desaparición. Sin embargo, este pensó que le sería más fácil pasar desapercibido en Punta Arenas, por lo que decidieron seguir viaje hasta ese punto. Tras cuatro días de navegación, y ya en territorio chileno de la península de Brunswick, la goleta fue abordada por un navío de la Armada de Chile, alertado por las autoridades argentinas de la evasión; aunque Radowitzky escapó a nado antes del encuentro, la tripulación de la goleta fue detenida e interrogada en prisión, hasta que uno de los tripulantes confesó donde aquél había tomado tierra. Pocas horas más tarde, el anarquista fue interceptado mientras intentaba llegar a Punta Arenas andando, conducido a una prisión flotante, y luego de dos semanas retornado al presidio. El castigo de la evasión serían dos años de confinamiento solitario en su celda, con sólo media ración de alimento.
Radowitzky queda en libertad.
En los años siguientes su figura cobraría valor simbólico en las protestas obreras anarquistas; una entrevista de La Razón en 1925 reavivó la visibilidad pública de su causa, invariablemente mantenida como emblema en los conflictos obreros de la FORA del V Congreso, y en los últimos años de la década las pancartas y pintadas exigiendo su indulto se multiplicaron. En 1928 el periodista Ramón Doll provoca un influyente alegato, examinando la desmesura con que desde la justicia se trata el delito motivado por causas políticas, que acababa con un indirecto pero claro petitorio de indulto. Tras el naufragio del Monte Cervantes en los canales fueguinos, que aisló temporalmente en Ushuaia a numerosos porteños, el diario Crítica envió a un redactor, Eduardo Barbero Sarzábal, a entrevistar a Radowitzky. La publicación de la misma tuvo un éxito rotundo, y atrajo finalmente la atención de los líderes políticos. El 14 de abril de 1930, Yrigoyen —que 14 años antes, durante su primera elección como presidente, había prometido a una delegación anarquista indultar a Radowitzky— cumplió con demora su palabra, y le concedió el indulto. Sin embargo, por el mismo documento lo condenó al destierro; el 14 de mayo el ARA Vicente Fidel López lo lleva al puerto de Buenos Aires, de donde deberá tomar otro buque a Montevideo con fondos propios y sin documentación, habiendo desaparecido la suya en los 21 años de prisión. La ayuda de las agrupaciones anarquistas uruguayas le permite, finalmente, sortear las trabas burocráticas y desembarcar.
Una de las primeras cartas que escribió fuera de prisión fue a la poetisa Salvadora Medina Onrubia, (quien luego fue esposa de Natalio Botana el creador del diario Crítica), que desde el asesinato de Falcón intentó liberarlo, primero acudiendo a Yrigoyen, y luego, al no obtener ayuda de este, ayudó a su fuga y posterior indulto.
A cien años de la masacre de Plaza Lorea
Por José Castillo
La clase obrera argentina tiene una larga historia de luchas y mártires. Una de las más importantes es, sin duda, las represiones sufridas por los trabajadores al conmemorar el 1º de Mayo.
El Congreso Obrero y Socialista reunido en París en julio de 1889 había decidido "organizar una manifestación internacional con fecha fija, de manera que, en todos los países y ciudades a la vez, el mismo día convenido, los trabajadores intimen a los poderes públicos a reducir legalmente a ocho horas la jornada de trabajo y a aplicar otras resoluciones del Congreso Internacional de París" (Actas de la II Internacional, publicadas en El Obrero, selección de textos, CEAL, Buenos Aires, 1985). La fecha acordada fue el 1º de Mayo de 1890, en homenaje a los mártires de Chicago, ejecutados por realizar una marcha similar en 1886. En nuestro país, ese día de 1890, tres mil obreros, en su gran mayoría inmigrantes, se reunieron en el Prado Español. También hubo manifestaciones en Bahía Blanca, Rosario y Chivilcoy.
La clase obrera argentina daba sus primeros pasos. A la formación de sindicatos, le siguieron las organizaciones anarquistas y socialistas, periódicos obreros y bibliotecas, llevadas adelante por obreros pobrísimos, desgajados de su medio de origen, que en muchos casos ni siquiera hablaban castellano y vivían condiciones de explotación inhumanas, apoyados apenas por un puñado de jóvenes intelectuales que también hacían sus primeras lecturas, a veces confusas y balbuceantes, de los teóricos del marxismo y del anarquismo.
La respuesta del Estado fue la represión. En 1904 dictó la tristemente célebre "Ley de Residencia", que autorizaba a expulsar sumariamente del país a todo "agitador". Las huelgas eran ferozmente reprimidas. Pero un capítulo particular fue la feroz saña con que se reprimió el esfuerzo, constante y heroico de conmemorar, cada año, el 1º de Mayo, como Día Internacional de los Trabajadores. Un hecho gravísimo ocurrió en 1904, cuando una inmensa manifestación convocada ese día por la FORA (Federación Obrera de la Región Argentina) fue ferozmente atacada con el saldo de dos muertos y 24 heridos. En 1905, cuando el acto había sido corrido al 21 de Mayo debido al estado de sitio, una manifestación autorizada por la policía "con la condición de que no se enarbolara ninguna bandera roja", también fue reprimida y hubo otros dos muertos y 20 heridos.
El 1º de Mayo de 1909
Ese día estaban convocados dos actos. A las cinco de la tarde debía comenzar la concentración organizada por los anarquistas en Plaza Lorea (hoy parte de Plaza Congreso). Poco antes de que empiecen a hablar los oradores, el jefe de Policía en persona, coronel Ramón L. Falcón, dio la orden de disolver el acto. El escuadrón de seguridad, a las órdenes de su jefe Jolly Medrano, ataca entonces a caballo a la multitud a sablazos y tiros de revólver. Matan a ocho obreros y hieren a 40, varios de ellos de gravedad. Algunos miles huyen corriendo por lo que hoy es la Avenida de Mayo hacia 9 de Julio. Ahí se encuentra con una columna de aproximadamente 20.000 personas: era la convocatoria socialista, que se había concentrado en Constitución y marchaba hacia Plaza Colón (atrás de la Casa de Gobierno) para realizar su acto. La noticia de la represión corrió de boca en boca. Una multitud, ahora enorme, engrosada por los anarquistas que llegaban de Plaza Lorea, marchó en absoluto silencio hasta Plaza Colón, con paños negros sobre las banderas rojas socialistas. La policía reforzó sus batallones de caballería pero, ante semejante multitud, no se atrevió a actuar. Al llegar al lugar donde estaban levantadas las tribunas de lo que iba a ser el acto socialista, los oradores proponen "la declaración de la huelga general por tiempo indefinido como desagravio a la clase obrera, ofendida en las víctimas de Plaza Lorea y para exigir la renuncia del jefe de policía y el castigo de todos los responsables de la masacre". Se alzan decenas de miles de manos y la propuesta es aprobada por aclamación. Dardo Cúneo, testigo de los sucesos, relata: "entre los que han llegado hasta los socialistas desde la Plaza Lorea con las noticias del crimen policial, un muchacho pugna por abrirse paso... en la mano aprisiona un pañuelo ensangrentado. -Esta es la sangre de los hermanos que cayeron allá -va diciendo en su dicción extranjera...en la mano agitaba el pañuelo ensangrentado. Después se sabría -los diarios publicarían su retrato- que aquel muchacho se llamaba Simón Radowitzky" (Juan B.Justo, Editorial América Lee, Buenos Aires, 1943).
La huelga general
El paro comienza de inmediato. Será total en la Capital Federal y con alta adhesión en el interior del país. Se cumple una semana de huelga general. No hay trenes, no circulan los tranvías, los comercios permanecen cerrados. Se calcula en 200.000 el número de obreros en huelga. El gobierno busca quebrarla con la represión. La ciudad es ocupada por el ejército para reforzar a una policía desbordada. Para evitar las asambleas son clausurados los locales obreros pero las reuniones se realizan igual, en la calle. Cientos de militantes gremiales y políticos, anarquistas y socialistas, son encarcelados. Se persigue a los que distribuyen La Vanguardia y La Protesta, diarios socialista y anarquista, respectivamente, que dan cuenta de la huelga. Finalmente, el día 8, el Comité Ejecutivo del Partido Socialista, que durante toda la semana había hecho llamamientos a "la moderación de los obreros", pero que se había encontrado totalmente desbordado por la base, retoma el control de la situación. Se reúne con el gobierno y obtiene del presidente del Senado, la garantía de que una reunión en el sindicato de cocheros va a ser "autorizada", y de que si se levanta la huelga se liberará a los presos y se permitirá la reapertura de los locales. Las direcciones del movimiento obrero aceptaron la "negociación" ofrecida por el gobierno. El movimiento huelguístico va a terminar dos días después, el 10 de mayo: muchos obreros retoman el trabajo con fuertes rencores hacia sus direcciones. Se había levantado la huelga sin obtener la principal reivindicación: la renuncia del jefe de policía.
Seis meses después
El 14 de noviembre de 1909, aquel joven obrero anarquista, llamado Simón Radowitzky hace justicia por mano propia, arrojándole una bomba al carruaje del jefe de policía Falcón que muere en el acto. Esa misma noche se decreta el estado de sitio en todo el país, desatándose nuevamente una brutal represión contra el movimiento obrero: centenares de militantes fueron puestos "bajo la ley de residencia" y deportados sin siquiera avisárseles a sus familias, otros tantos fueron encarcelados y apaleados, los locales obreros fueron nuevamente clausurados y bandas policiales atacaron las imprentas de La Vanguardia y La Protesta e inutilizaron las máquinas impresoras, para impedir la salida de esos periódicos. Simón Radowitzky es apresado y condenado a cadena perpetua en el penal de Ushuaia (será indultado en 1929). El estado de sitio recién fue levantado el 13 de enero de 1910. Pero el año del Centenario estará recorrido por una ola impresionante de huelgas obreras, incluyendo una el mismísimo día de la conmemoración, el 25 de Mayo de 1910, y también por una fuerte ola represiva, que culminó con la sanción de la ley 7029 de "Defensa Social", la pieza jurídica más antiobrera de historia argentina.
El 1º de Mayo hoy
Se cumplen cien años de la masacre de Plaza Lorea. A partir de 1909 la clase obrera tendrá nuevas luchas, triunfos y derrotas. Y más mártires. Poco tiempo después se vivirán las jornadas de la Semana Trágica y de la Patagonia Rebelde. Décadas más adelante vendrán las víctimas de la llamada Revolución Libertadora, como los fusilamientos de José León Suárez magistralmente denunciados por Rodolfo Walsh. Y después las víctimas de las Tres A de Isabel y López Rega, y luego los 30.000 desaparecidos. Y aún más cerca en el tiempo, los muertos del Argentinazo, Puente Pueyrredón, Fuentealba, la desaparición de Julio López. La lista es enorme. Es parte de la historia de la clase trabajadora argentina. Por eso el 1º de Mayo, al que muchos quieren endulzar en una idílica "Fiesta del Trabajo", es una cita de honor: levantando orgullosamente la insignia internacional de la clase obrera, como en 1890, como en 1909, hoy y siempre.
José Castillo es economista. Profesor de Sociología Política en la UBA. Miembro del EDI (Economistas de Izquierda).
Ramón Lorenzo Falcón
Se destacó por su dureza como jefe de la Policía de la Capital (actual Policía Federal Argentina), reprimiendo con mano de hierro las manifestaciones obreras de comienzos del siglo XX. Como consecuencia de los hechos represivos de la llamada Semana Roja de 1909, en los que la policía a su mando asesinó aproximadamente 80 manifestantes el 1º de mayo de 1909.
Ramón Falcón. Reproducido en Caras y Caretas del 20/11/1909.
Falcón fue el primer cadete del Colegio Militar, al que ingresó en 1870, durante la presidencia de Domingo Faustino Sarmiento. Egresado con honores en 1873, combatió en la Campaña del Desierto; a su regreso, en 1898, se retiró con el grado de coronel. Luego fue electo diputado nacional.
En 1887, fue uno de los socios fundadores del Club de Gimnasia y Esgrima La Plata.
A mediados del siglo 19, en la Argentina, la "generaciòn del 80", con Sarmiento, y Miguel Canè a la cabeza, (entre otros), ya habìan decidido que el Gaucho era vago, el Indio era ladròn, y los negros eran inferiores. Habìa que desembarazarse de ellos. Y traer inmigrantes anglosajones.
La primera parte del plan, les funcionò. Con la Guerra de la "Triple Alianza", las levas obligatorias, y màs tarde, el genocidio llamado "Campaña del desierto", se aniquilò casi todo el pueblo autòctono argentino.
Es en esta època, (1873) que egresa el primer cadete, de la escuela de oficiales del ejèrcito nacional. Su nombre : Ramòn Lorenzo Falcòn.
Nacido en Buenos Aires, en 1850, de una familia acomodada, la oligarquìa polìtica del momento, puso en èl, sus mejores expectativas. Y èl, no las defraudò.
Sirviò en la "Campaña del Desierto", donde destacò por su dureza y obediencia ciega, egresando del Ejèrcito en 1898, para dedicarse a la polìtica, siendo electo diputado.
Pero la segunda parte del plan, no les funcionò, a los "del 80".
Salvo 4500 inmigrantes suizos, los demàs eran todos polacos, judìos, gallegos e italianos.
La "Chusma Marìtima", era como la llamaban los "Patricios" (oligarcas), que veìan en peligro la......."Identidad nacional" (?).
Porque la "Chusma", traìa consigo ideas sobre sindicalismo, y anarquismo. Y esto le resultaba molesto, al "Stablishment".
Es en ese contexto, que, en 1906, Ramòn Falcòn es nombrado "Jefe de Policìa de la Capital Federal", creando la escuela de polìcìa, que hasta hoy, lleva su nombre.
Se necesitaba mano dura. Un señor llamado Bernardo Yrigoyen, habìa promovido una revoluciòn, y el paìs, estaba bajo estado de sitio. No se permitìan reuniones, y la prensa anarco sindicalista, estaba prohibida.
Sin embargo, y como muestra de poder, los sindicalistas se preparaban a celebrar el "Primero de Mayo", ( dìa del trabajador" ), con una reuniòn multitudinaria.
Ramòn Falcòn, ordenò que la policìa cargara a caballo, contra los manifestantes, dejando la avenida, sembrada de muertos y heridos. Fue el primer caso de represiòn contra civiles, en este paìs.
Pero no el ùltimo.
Un año despuès, la "Chusma Marìtima", que normalmente arrendaba mìseros departamentos en los suburbios, saliò a protestar por el alza de los alquileres.
Eran mujeres, y niños obreros, en su mayorìa.
Falcòn los dispersò con agua helada, regada por los bomberos, y procediò a desalojarlos sin miramientos.
Las familias se tuvieron que acomodar en campamentos que organizaban los sindicatos anarquistas.
En 1909, sin embargo, le llega el final.
El dìa Primero de Mayo, de ese año, los anarquistas de la "Federaciòn Obrera Regional Argentina", organizan una marcha que es brutalmente reprimida por Falcòn, dejando 11 muertos y màs de 100 heridos. Fue en Plaza "Lorea", ( hoy llamada de los "Dos Congresos" ). Al acto asistiò un hombre llamado Simón Radowitzky, un inmigrante ruso, de origen judìo, con ideales anarquistas.
Cuatro dìas màs tarde, en un acto inentendible , la policìa arrebata los ataùdes de los sindicalistas muertos, a la multitud que marchaba a enterrarlos,(eran màs de sesenta mil personas), y los reprime a balazos.
Mientras tanto, el Coronel Ramòn Falcòn, era FELICITADO POR EL PRESIDENTE JOSÈ FIGUEROA ALCORTA, dentro de un agasajo que le tributaban (a Falcòn), la Bolsa de Comercio y la Sociedad Rural, entre otras asociaciones oligarcas. Hay una huelga general. Se exije la renuncia de Falcòn, pero no se consigue.
La clase polìtica, està muy satisfecha, con estos "perros fieles". Hasta noviembre de ese año.
Represion de Ramon Falcon en Plaza Lorea
El 14 de Noviembre de 1909, cuando el Coronel Ramòn Falcòn, junto con su secretario, un joven de apellido Lartigau, volvìan del servicio fùnebre de un policìa, Simón Radowitzky, les arrojò una bomba, matàndolos a ambos.
El Coronel Ramòn Lorenzo Falcòn, es enterrado con honores. Y se convierte en una de las personas màs recordadas, a travès de estatuas y monumentos.
Una placa recuerda el lugar del atentado, en Callao y Quintana, y cerca de la misma se levanta una estatua.
Otra se encuentra en Recoleta, una tercera al final de la avenida que lleva su nombre, y una cuarta en la escuela de policía que fundara. Un pueblo lleva su nombre en el partido de Coronel Pringles.
Durante la dictadura militar (1976-1983) muchas calles y avenidas de las ciudades y pueblos argentinos cambiaron nombres democráticos (como Yrigoyen o Juan B. Justo) por el nombre de Ramón L. Falcón. Hasta 2011 el instituto de formación de la Policía Federal Argentina llevó su nombre.
Monumento a Ramón Falcón en Buenos Aires y pintada anarquista.
Placa de homenaje a Ramón Falcón y dedo anarquista
"Este y aquel a Simon Radowitzky
(F. Gualtieri - 1923)
Simón nació en un tugurio, de un pueblo, de un continente.
como nace una simiente por una ley natural.
Sin patria como el progreso, como es el arte y la ciencia.
el amor y la conciencia, sin patria como el ideal.
Falcón nació en un palacio sonriéndole la fortuna
meciéndose en blanca cuna, de pequeño Napoleón.
Éste reconoció patrias y misiones en la tierra.
fue profesor en la guerra, coronel de la nación.
Simón como hombre de ideas con conceptos libertarios,
divulgó en los proletarios, el amor y la igualdad.
una universal familia de cultos trabajadores,
sin esclavos ni señores, sin leyes ni propiedad.
Falcón como buen soldado, con arcaicos oropeles
propagaba los cuarteles a la patria nacional.
y así requería patriotas debajo de su manto
fueran a su voz de mando una avalancha mortal.
"Maté. porque en la manifestación del 1º de mayo. el coronel Falcón, al
frente de los cosacos argentinos dirigió la masacre contra los trabajadores.
Soy hijo del pueblo trabajador hermano de los que cayeron en la lucha
contra la burguesía y. como la de todos los demás. mi alma sufría por el
suplicio de los que murieron aquella tarde. Realicé dicho acto solamente por
creer en el advenimiento de un porvenir más libre, más bueno, para la
humanidad."
Simón Radowitzky, Durante el interrogatorio y las declaraciones por el atentado al Coronel Falcón.
Simón Radowitzky tenía sólo 18 años cuando arrojó una bomba humeante al piso del carruaje en el que viajaba Ramón Falcón (54), jefe máximo de la policía de la Capital Federal. A fines de 1909, la llamada República del Centenario era un claroscuro de bronces y guirnaldas y sangre humana entre los adoquines de las calles.
Simón Radowitzky
Así fue. Ese joven judío de apenas 18 años, obrero metalúrgico, esperará al coronel Falcón y pondrá fin a la vida del orgulloso militar que era todo un símbolo para los hombres de uniforme: Falcón había sido el cadete número uno recibido en el Colegio Militar creado por Sarmiento. Simón trata de suicidarse pero es capturado, condenado a muerte y luego, como es menor de edad, a prisión perpetua a cumplir en el penal de Ushuaia, con el agravante de que cada año, en oportunidad de cumplirse cada aniversario de su atentado contra Falcón "deberá ser llevado a reclusión solitaria a pan y agua durante veinte días", como dirá la sentencia.
En la prisión, sólo comparable con la de la Isla del Diablo, Radowitzky se convertirá en el "mártir de la anarquía". Será un místico de la resistencia y del altruismo con los demás presos. Protagonizará una huida legendaria a través de los canales fueguinos hasta que es capturado por un buque de guerra chileno y entregado a los carceleros argentinos. Todos los castigos inimaginables serán entonces para él. Aunque enfermo de tuberculosis, el clima del extremo sur y el aislamiento no lo amedrentan y sigue siendo el defensor de los demás presos para quienes Simón es una personalidad mística y al que admiran casi con respeto religioso.
Sus compañeros de ideas de todo el país no lo abandonaron en ningún momento. Miles de mitines y su nombre siempre en la primera página de sus publicaciones. Hasta que en 1930, Yrigoyen firmará el indulto. Pero el gobierno radical no se aguanta al carismático atentador en territorio argentino y lo expulsa al Uruguay. Allí será detenido y poco después soportará presidio en la isla de Flores. Hasta que en 1936, ya en libertad, marchará a la Guerra Civil española a luchar contra el fascismo de Franco. Morirá en México en 1956 mientras trabajaba de obrero en una fábrica de juguetes, el mejor oficio que puede tener un ser humano.
Ramón Lorenzo Falcón, blanco de aquel atentado mortal que también costó la vida a su secretario, tenía una abultada foja de servicios represivos cumplidos. Había empezado como subteniente de Ejército, acompañando al presidente Sarmiento a sofocar al rebelde López Jordán. Tras la rendición de la ciudad de Córdoba, se desplazó al sur de esa provincia a combatir “a la indiada”. De allí –siempre siguiendo el hilo conductor represivo- marchó a la frontera sur bonaerense, participando de la llamada Campaña al Desierto. A la vuelta de esa masacre, comandó un regimiento de artillería en la contienda entre autonomistas y mitristas, disparando sus cañones en Corrales y Puente Alsina, aunque por estar del lado equivocado (es un decir), sufrió la baja del Ejército. Pasó entonces a ser comisario de la policía bonaerense. Muy pronto lo nombraron Jefe del Batallón Guardiacárcel (sic). Hizo un viaje de estudios (represivos) a Europa y a la vuelta lo llamaron para sofocar la Revolución del Parque. Allí fue tomado prisionero por lo insurgentes y entró en un cono de sombra hasta que en 1891 el presidente Pellegrini aprobó su reingreso al Ejército, con el grado de teniente coronel. Comenzó entonces su ciclo como legislador. Fue senador provincial y después diputado nacional, con un breve interregno represivo (no podía faltar) en 1893. Así llegó al siglo XX. Ascendido a coronel en 1906, se hizo cargo de la jefatura de policía de la ciudad de Buenos Aires. Ya no quedaban “indios” en la frontera. Ahora, el enemigo interno era otro.
Ramón Falcón
14 de noviembre de 1909 - El asesinato del coronel Ramón Falcón
Por Felipe Pigna
El 1º de mayo de 1909, los gremios anarquistas y socialistas decidieron conmemorar en reuniones separadas el día de lucha de los trabajadores. Los socialistas lo hicieron en Constitución y los anarquistas en la Plaza Lorea, frente al Teatro Liceo, a pocos metros del Congreso.
Desde temprano comenzaron a llegar las familias obreras con sus banderas rojas y negras dispuestas a homenajear a los mártires de Chicago. Protestaban contra la desocupación, los bajos salarios y la indiferencia del gobierno ante los problemas sociales de la mayoría de la población. Durante el acto se sucedieron en el uso de la palabra encendidos oradores, hombres y mujeres que invitaban a la rebelión y a organizarse para cambiar la sociedad.
El coronel Ramón Falcón, jefe de la Policía, desde su auto, observaba atentamente la reunión. Muchos manifestantes lo insultaron al reconocerlo y volaron algunas piedras. Falcón dirigió personalmente la represión y dio la orden a la policía montada, al mando del comisario Jolly Medrano, jefe del Escuadrón de Seguridad, de dispersar la manifestación a sablazos y balazos.
El reportero del diario La Prensa escribía que Falcón se bajó del auto y dijo: “Hay que concluir, de una vez por todas, con los anarquistas en Buenos Aires”, y recurriendo a la obediencia debida, agregó que eran instrucciones del ministerio del Interior. Tras la orden del comisario, comenzó la masacre. El saldo fue de once obreros muertos y ochenta heridos, entre ellos, varios niños. (…)
El 4 de mayo, más de 60.000 personas se concentraron frente a la morgue, esperando la entrega de los cadáveres, para acompañarlos hasta la Chacarita. En un acto de barbarie sin precedentes hasta el momento, pero que se tornará una tradición de aquí en adelante, la policía le arrebató los féretros a las familias obreras para impedir que se concretara el multitudinario cortejo fúnebre. Los “cosacos” dispersaron a la mayoría, pero 4.000 aguerridos militantes lograron llegar hasta el cementerio. A la salida, integrantes de la comisaría 21 volvieron a balear a los obreros.
Mientras tanto, en la Casa Rosada, dirigentes de la Bolsa de Comercio le rendían tributo al “heroico” coronel Falcón, que estaba siendo felicitado por el presidente José Figueroa Alcorta.
Coche en el que viajaba el Jefe de Policía Ramón Falcón, destruido por la bomba de Radowitzky.
Inmediatamente las dos centrales sindicales, la UGT socialista y la FORA anarquista, convocaron a la huelga general y exigieron justicia y la expulsión de Falcón de la jefatura de Policía. La respuesta del gobierno fue la confirmación de Falcón con todos los honores. Durante toda esta “Semana Roja”, como se la conoció, la huelga fue total. Entre los presentes en el acto de Plaza Lorea se encontraba un joven anarquista ruso llamado Simón Radowitzky.
Había nacido en Kiev, Ucrania, en 1891. Con sólo catorce años de edad, Radowitzky participó activamente en las protestas y sublevaciones de 1905, conocidas en la historia como la primera revolución rusa. Huyendo de las persecuciones zaristas, llegó a la Argentina en marzo de 1908 y entró inmediatamente en contacto con los círculos anarquistas locales. Según cuentan los que lo conocieron, quedó profundamente impresionado por la represión de mayo de 1909 desatada por Falcón. Comentaba que la policía montada les recordaba a los cosacos zaristas que con sus sables dejaban un tendal de obreros muertos en las concentraciones anarquistas de Rusia.
Radowitzky asistió a las reuniones que condenaban la acción de Falcón y la actitud del gobierno que le aseguraba impunidad al comisario, acercándose a los grupos que propiciaban “la propaganda por el hecho”, partidarias de la acción directa y de planificar el “ajusticiamiento” del coronel Falcón.
Tras varios meses de preparativos, todo estaba listo la mañana del 14 de noviembre. El joven Simón salió poco antes de las once de su casa de la calle Andes 394. Tomó el tranvía 17 y descendió en la esquina de Callao y Quintana. Caminó por Quintana hacia el cementerio de la Recoleta y esperó unos minutos. De pronto vio salir un coche Milord. En su interior, el coronel Falcón charlaba con su secretario, Juan Lartigau. La conversación lo tenía tan ensimismado que no advirtió la extrema cercanía de aquel joven vestido de negro, que sin mediar palabras le arrojó un paquete que fue a dar al piso del coche entre sus piernas. Falcón no tuvo tiempo de reaccionar, un terrible estruendo rompió el rodado y lo arrojó junto a su acompañante sobre el empedrado de Quintana. Sus piernas quedaron destrozadas al igual que las de Lartigau. Para cuando llegó la asistencia pública, los dos estaban prácticamente desangrados. Fueron trasladados de urgencia al Hospital Fernández, donde morirían horas después.
Tras arrojar la bomba, Simón Radowitzky corrió por Callao hacia el Bajo, pero fue perseguido por policías y civiles que lo arrinconaron contra una obra en construcción. Al verse acorralado, extrajo un revólver y tras gritar con un inconfundible acento ruso “viva la anarquía”, se disparó un tiro sobre la tetilla izquierda. Los nervios le jugaron una buena pasada y sólo se produjo heridas leves. Tras el disparo sus perseguidores se arrojaron sobre él y lo condujeron casi a la rastra hasta la comisaría 15, donde fue salvajemente torturado en sucesivos interrogatorios. Radowitzky se negó a hablar y sólo decía: “tengo una bomba para cada uno de ustedes” y “viva la anarquía”. Nunca dirá el nombre de los compañeros que colaboraron en el atentado. Con el tiempo se supo que fueron al menos cuatro.
Recreación gráfica periodística de la época sobre el atentado.
Cuando todo indicaba que iba a ser sumariamente condenado a muerte, un tío de Simón, Moisés Radowitzky, de profesión rabino, aportó su partida de nacimiento que determinaba que era menor de edad, lo que evitó el fusilamiento. Se sustanció un proceso de una rapidez inusitada para los tiempos de la justicia argentina y se dictó una sentencia que no registraba antecedentes: se lo condenó a prisión por tiempo indeterminado y a ser sometido a pan y agua durante veinte días cada año al cumplirse los aniversarios del atentado.
Tras una breve estadía en la Penitenciaría Nacional de la calle Las Heras y tras un intento de fuga, fue trasladado al penal de Ushuaia, donde permanecerá hasta 1930, tras 21 años de prisión, transformándose en un símbolo para el movimiento obrero anarquista que no dejará jamás de luchar por su libertad.
Prisión en Ushuaia
El 6 de enero de 1911, dos presos anarquistas —Francisco Solano Regis y Salvador Planas Virella— que compartían lugar de reclusión con Radowitzky lograron huir de la Penitenciaría Nacional, en una operación que contó con ayuda exterior y con la connivencia de algunos de sus guardias. Radowitzky quedó detrás por haber sido llamado imprevistamente a la imprenta del presidio. Atemorizados por la perspectiva de que el joven reo, que concitaba simpatía entre el personal de la cárcel, contara con otra oportunidad semejante, se decretó su traslado al penal de Ushuaia, reservado generalmente para criminales de extrema peligrosidad. La costumbre de encerrar allí a anarquistas y otros presos políticos se haría más frecuente con los años.
En la prisión se le denegaron los pocos derechos concedidos a los restantes presidiarios; como única lectura se le permitía la Biblia, y fue sometido a malos tratos y torturas al liderar al resto de los reclusos en huelgas de hambre en protesta por las malas condiciones del penal. En 1918, las torturas alcanzaron su cenit con la violación de Radowitzky por parte del subdirector del penal, Gregorio Palacios, y tres guardiacárceles. La reacción no se hizo esperar; enterados los anarquistas del hecho, publicaron en Buenos Aires un panfleto, titulado El presidio de Ushuaia, de pluma de Marcial Belascoain Sayos que apareció en La Protesta. Su publicación causó conmoción, y el gobierno de Yrigoyen ordenó abrir sumario sobre las condiciones en Ushuaia; los tres guardiacárceles serían relevados de sus funciones.
Su escape
El 7 de noviembre de ese mismo año, una audaz acción conjunta de los grupos anarquistas chilenos y argentinos logró la única evasión jamás lograda del penal de Ushuaia. Los argentinos Apolinario Barrera y Miguel Arcángel Roscigna y los chilenos Ramón Cifuentes y Ernesto Medina alquilaron una pequeña goleta de bandera dálmata en la ciudad chilena de Punta Arenas, y coordinaron con Radowitzky el procedimiento. Éste, que trabajaba en el taller de la cárcel, se hizo con un traje de guardiacárcel, y abandonó el penal a primera hora de la mañana aprovechando el relevo y la llegada de un grupo de guardiacárceles nuevos, encontrándose con Barrera en una cala no lejana. El plan original era desembarcar a Radowitzky en algún lugar apartado, con víveres y utensilios para resistir un tiempo hasta que la búsqueda hubiese amainado su intensidad, aprovechando el plazo de unas horas hasta que el personal se percatara de su desaparición. Sin embargo, este pensó que le sería más fácil pasar desapercibido en Punta Arenas, por lo que decidieron seguir viaje hasta ese punto. Tras cuatro días de navegación, y ya en territorio chileno de la península de Brunswick, la goleta fue abordada por un navío de la Armada de Chile, alertado por las autoridades argentinas de la evasión; aunque Radowitzky escapó a nado antes del encuentro, la tripulación de la goleta fue detenida e interrogada en prisión, hasta que uno de los tripulantes confesó donde aquél había tomado tierra. Pocas horas más tarde, el anarquista fue interceptado mientras intentaba llegar a Punta Arenas andando, conducido a una prisión flotante, y luego de dos semanas retornado al presidio. El castigo de la evasión serían dos años de confinamiento solitario en su celda, con sólo media ración de alimento.
Radowitzky queda en libertad.
En los años siguientes su figura cobraría valor simbólico en las protestas obreras anarquistas; una entrevista de La Razón en 1925 reavivó la visibilidad pública de su causa, invariablemente mantenida como emblema en los conflictos obreros de la FORA del V Congreso, y en los últimos años de la década las pancartas y pintadas exigiendo su indulto se multiplicaron. En 1928 el periodista Ramón Doll provoca un influyente alegato, examinando la desmesura con que desde la justicia se trata el delito motivado por causas políticas, que acababa con un indirecto pero claro petitorio de indulto. Tras el naufragio del Monte Cervantes en los canales fueguinos, que aisló temporalmente en Ushuaia a numerosos porteños, el diario Crítica envió a un redactor, Eduardo Barbero Sarzábal, a entrevistar a Radowitzky. La publicación de la misma tuvo un éxito rotundo, y atrajo finalmente la atención de los líderes políticos. El 14 de abril de 1930, Yrigoyen —que 14 años antes, durante su primera elección como presidente, había prometido a una delegación anarquista indultar a Radowitzky— cumplió con demora su palabra, y le concedió el indulto. Sin embargo, por el mismo documento lo condenó al destierro; el 14 de mayo el ARA Vicente Fidel López lo lleva al puerto de Buenos Aires, de donde deberá tomar otro buque a Montevideo con fondos propios y sin documentación, habiendo desaparecido la suya en los 21 años de prisión. La ayuda de las agrupaciones anarquistas uruguayas le permite, finalmente, sortear las trabas burocráticas y desembarcar.
Una de las primeras cartas que escribió fuera de prisión fue a la poetisa Salvadora Medina Onrubia, (quien luego fue esposa de Natalio Botana el creador del diario Crítica), que desde el asesinato de Falcón intentó liberarlo, primero acudiendo a Yrigoyen, y luego, al no obtener ayuda de este, ayudó a su fuga y posterior indulto.
A cien años de la masacre de Plaza Lorea
Por José Castillo
La clase obrera argentina tiene una larga historia de luchas y mártires. Una de las más importantes es, sin duda, las represiones sufridas por los trabajadores al conmemorar el 1º de Mayo.
El Congreso Obrero y Socialista reunido en París en julio de 1889 había decidido "organizar una manifestación internacional con fecha fija, de manera que, en todos los países y ciudades a la vez, el mismo día convenido, los trabajadores intimen a los poderes públicos a reducir legalmente a ocho horas la jornada de trabajo y a aplicar otras resoluciones del Congreso Internacional de París" (Actas de la II Internacional, publicadas en El Obrero, selección de textos, CEAL, Buenos Aires, 1985). La fecha acordada fue el 1º de Mayo de 1890, en homenaje a los mártires de Chicago, ejecutados por realizar una marcha similar en 1886. En nuestro país, ese día de 1890, tres mil obreros, en su gran mayoría inmigrantes, se reunieron en el Prado Español. También hubo manifestaciones en Bahía Blanca, Rosario y Chivilcoy.
La clase obrera argentina daba sus primeros pasos. A la formación de sindicatos, le siguieron las organizaciones anarquistas y socialistas, periódicos obreros y bibliotecas, llevadas adelante por obreros pobrísimos, desgajados de su medio de origen, que en muchos casos ni siquiera hablaban castellano y vivían condiciones de explotación inhumanas, apoyados apenas por un puñado de jóvenes intelectuales que también hacían sus primeras lecturas, a veces confusas y balbuceantes, de los teóricos del marxismo y del anarquismo.
La respuesta del Estado fue la represión. En 1904 dictó la tristemente célebre "Ley de Residencia", que autorizaba a expulsar sumariamente del país a todo "agitador". Las huelgas eran ferozmente reprimidas. Pero un capítulo particular fue la feroz saña con que se reprimió el esfuerzo, constante y heroico de conmemorar, cada año, el 1º de Mayo, como Día Internacional de los Trabajadores. Un hecho gravísimo ocurrió en 1904, cuando una inmensa manifestación convocada ese día por la FORA (Federación Obrera de la Región Argentina) fue ferozmente atacada con el saldo de dos muertos y 24 heridos. En 1905, cuando el acto había sido corrido al 21 de Mayo debido al estado de sitio, una manifestación autorizada por la policía "con la condición de que no se enarbolara ninguna bandera roja", también fue reprimida y hubo otros dos muertos y 20 heridos.
El 1º de Mayo de 1909
Ese día estaban convocados dos actos. A las cinco de la tarde debía comenzar la concentración organizada por los anarquistas en Plaza Lorea (hoy parte de Plaza Congreso). Poco antes de que empiecen a hablar los oradores, el jefe de Policía en persona, coronel Ramón L. Falcón, dio la orden de disolver el acto. El escuadrón de seguridad, a las órdenes de su jefe Jolly Medrano, ataca entonces a caballo a la multitud a sablazos y tiros de revólver. Matan a ocho obreros y hieren a 40, varios de ellos de gravedad. Algunos miles huyen corriendo por lo que hoy es la Avenida de Mayo hacia 9 de Julio. Ahí se encuentra con una columna de aproximadamente 20.000 personas: era la convocatoria socialista, que se había concentrado en Constitución y marchaba hacia Plaza Colón (atrás de la Casa de Gobierno) para realizar su acto. La noticia de la represión corrió de boca en boca. Una multitud, ahora enorme, engrosada por los anarquistas que llegaban de Plaza Lorea, marchó en absoluto silencio hasta Plaza Colón, con paños negros sobre las banderas rojas socialistas. La policía reforzó sus batallones de caballería pero, ante semejante multitud, no se atrevió a actuar. Al llegar al lugar donde estaban levantadas las tribunas de lo que iba a ser el acto socialista, los oradores proponen "la declaración de la huelga general por tiempo indefinido como desagravio a la clase obrera, ofendida en las víctimas de Plaza Lorea y para exigir la renuncia del jefe de policía y el castigo de todos los responsables de la masacre". Se alzan decenas de miles de manos y la propuesta es aprobada por aclamación. Dardo Cúneo, testigo de los sucesos, relata: "entre los que han llegado hasta los socialistas desde la Plaza Lorea con las noticias del crimen policial, un muchacho pugna por abrirse paso... en la mano aprisiona un pañuelo ensangrentado. -Esta es la sangre de los hermanos que cayeron allá -va diciendo en su dicción extranjera...en la mano agitaba el pañuelo ensangrentado. Después se sabría -los diarios publicarían su retrato- que aquel muchacho se llamaba Simón Radowitzky" (Juan B.Justo, Editorial América Lee, Buenos Aires, 1943).
La huelga general
El paro comienza de inmediato. Será total en la Capital Federal y con alta adhesión en el interior del país. Se cumple una semana de huelga general. No hay trenes, no circulan los tranvías, los comercios permanecen cerrados. Se calcula en 200.000 el número de obreros en huelga. El gobierno busca quebrarla con la represión. La ciudad es ocupada por el ejército para reforzar a una policía desbordada. Para evitar las asambleas son clausurados los locales obreros pero las reuniones se realizan igual, en la calle. Cientos de militantes gremiales y políticos, anarquistas y socialistas, son encarcelados. Se persigue a los que distribuyen La Vanguardia y La Protesta, diarios socialista y anarquista, respectivamente, que dan cuenta de la huelga. Finalmente, el día 8, el Comité Ejecutivo del Partido Socialista, que durante toda la semana había hecho llamamientos a "la moderación de los obreros", pero que se había encontrado totalmente desbordado por la base, retoma el control de la situación. Se reúne con el gobierno y obtiene del presidente del Senado, la garantía de que una reunión en el sindicato de cocheros va a ser "autorizada", y de que si se levanta la huelga se liberará a los presos y se permitirá la reapertura de los locales. Las direcciones del movimiento obrero aceptaron la "negociación" ofrecida por el gobierno. El movimiento huelguístico va a terminar dos días después, el 10 de mayo: muchos obreros retoman el trabajo con fuertes rencores hacia sus direcciones. Se había levantado la huelga sin obtener la principal reivindicación: la renuncia del jefe de policía.
Seis meses después
El 14 de noviembre de 1909, aquel joven obrero anarquista, llamado Simón Radowitzky hace justicia por mano propia, arrojándole una bomba al carruaje del jefe de policía Falcón que muere en el acto. Esa misma noche se decreta el estado de sitio en todo el país, desatándose nuevamente una brutal represión contra el movimiento obrero: centenares de militantes fueron puestos "bajo la ley de residencia" y deportados sin siquiera avisárseles a sus familias, otros tantos fueron encarcelados y apaleados, los locales obreros fueron nuevamente clausurados y bandas policiales atacaron las imprentas de La Vanguardia y La Protesta e inutilizaron las máquinas impresoras, para impedir la salida de esos periódicos. Simón Radowitzky es apresado y condenado a cadena perpetua en el penal de Ushuaia (será indultado en 1929). El estado de sitio recién fue levantado el 13 de enero de 1910. Pero el año del Centenario estará recorrido por una ola impresionante de huelgas obreras, incluyendo una el mismísimo día de la conmemoración, el 25 de Mayo de 1910, y también por una fuerte ola represiva, que culminó con la sanción de la ley 7029 de "Defensa Social", la pieza jurídica más antiobrera de historia argentina.
El 1º de Mayo hoy
Se cumplen cien años de la masacre de Plaza Lorea. A partir de 1909 la clase obrera tendrá nuevas luchas, triunfos y derrotas. Y más mártires. Poco tiempo después se vivirán las jornadas de la Semana Trágica y de la Patagonia Rebelde. Décadas más adelante vendrán las víctimas de la llamada Revolución Libertadora, como los fusilamientos de José León Suárez magistralmente denunciados por Rodolfo Walsh. Y después las víctimas de las Tres A de Isabel y López Rega, y luego los 30.000 desaparecidos. Y aún más cerca en el tiempo, los muertos del Argentinazo, Puente Pueyrredón, Fuentealba, la desaparición de Julio López. La lista es enorme. Es parte de la historia de la clase trabajadora argentina. Por eso el 1º de Mayo, al que muchos quieren endulzar en una idílica "Fiesta del Trabajo", es una cita de honor: levantando orgullosamente la insignia internacional de la clase obrera, como en 1890, como en 1909, hoy y siempre.
José Castillo es economista. Profesor de Sociología Política en la UBA. Miembro del EDI (Economistas de Izquierda).
Ramón Lorenzo Falcón
Se destacó por su dureza como jefe de la Policía de la Capital (actual Policía Federal Argentina), reprimiendo con mano de hierro las manifestaciones obreras de comienzos del siglo XX. Como consecuencia de los hechos represivos de la llamada Semana Roja de 1909, en los que la policía a su mando asesinó aproximadamente 80 manifestantes el 1º de mayo de 1909.
Ramón Falcón. Reproducido en Caras y Caretas del 20/11/1909.
Falcón fue el primer cadete del Colegio Militar, al que ingresó en 1870, durante la presidencia de Domingo Faustino Sarmiento. Egresado con honores en 1873, combatió en la Campaña del Desierto; a su regreso, en 1898, se retiró con el grado de coronel. Luego fue electo diputado nacional.
En 1887, fue uno de los socios fundadores del Club de Gimnasia y Esgrima La Plata.
A mediados del siglo 19, en la Argentina, la "generaciòn del 80", con Sarmiento, y Miguel Canè a la cabeza, (entre otros), ya habìan decidido que el Gaucho era vago, el Indio era ladròn, y los negros eran inferiores. Habìa que desembarazarse de ellos. Y traer inmigrantes anglosajones.
La primera parte del plan, les funcionò. Con la Guerra de la "Triple Alianza", las levas obligatorias, y màs tarde, el genocidio llamado "Campaña del desierto", se aniquilò casi todo el pueblo autòctono argentino.
Es en esta època, (1873) que egresa el primer cadete, de la escuela de oficiales del ejèrcito nacional. Su nombre : Ramòn Lorenzo Falcòn.
Nacido en Buenos Aires, en 1850, de una familia acomodada, la oligarquìa polìtica del momento, puso en èl, sus mejores expectativas. Y èl, no las defraudò.
Sirviò en la "Campaña del Desierto", donde destacò por su dureza y obediencia ciega, egresando del Ejèrcito en 1898, para dedicarse a la polìtica, siendo electo diputado.
Pero la segunda parte del plan, no les funcionò, a los "del 80".
Salvo 4500 inmigrantes suizos, los demàs eran todos polacos, judìos, gallegos e italianos.
La "Chusma Marìtima", era como la llamaban los "Patricios" (oligarcas), que veìan en peligro la......."Identidad nacional" (?).
Porque la "Chusma", traìa consigo ideas sobre sindicalismo, y anarquismo. Y esto le resultaba molesto, al "Stablishment".
Es en ese contexto, que, en 1906, Ramòn Falcòn es nombrado "Jefe de Policìa de la Capital Federal", creando la escuela de polìcìa, que hasta hoy, lleva su nombre.
Se necesitaba mano dura. Un señor llamado Bernardo Yrigoyen, habìa promovido una revoluciòn, y el paìs, estaba bajo estado de sitio. No se permitìan reuniones, y la prensa anarco sindicalista, estaba prohibida.
Sin embargo, y como muestra de poder, los sindicalistas se preparaban a celebrar el "Primero de Mayo", ( dìa del trabajador" ), con una reuniòn multitudinaria.
Ramòn Falcòn, ordenò que la policìa cargara a caballo, contra los manifestantes, dejando la avenida, sembrada de muertos y heridos. Fue el primer caso de represiòn contra civiles, en este paìs.
Pero no el ùltimo.
Un año despuès, la "Chusma Marìtima", que normalmente arrendaba mìseros departamentos en los suburbios, saliò a protestar por el alza de los alquileres.
Eran mujeres, y niños obreros, en su mayorìa.
Falcòn los dispersò con agua helada, regada por los bomberos, y procediò a desalojarlos sin miramientos.
Las familias se tuvieron que acomodar en campamentos que organizaban los sindicatos anarquistas.
En 1909, sin embargo, le llega el final.
El dìa Primero de Mayo, de ese año, los anarquistas de la "Federaciòn Obrera Regional Argentina", organizan una marcha que es brutalmente reprimida por Falcòn, dejando 11 muertos y màs de 100 heridos. Fue en Plaza "Lorea", ( hoy llamada de los "Dos Congresos" ). Al acto asistiò un hombre llamado Simón Radowitzky, un inmigrante ruso, de origen judìo, con ideales anarquistas.
Cuatro dìas màs tarde, en un acto inentendible , la policìa arrebata los ataùdes de los sindicalistas muertos, a la multitud que marchaba a enterrarlos,(eran màs de sesenta mil personas), y los reprime a balazos.
Mientras tanto, el Coronel Ramòn Falcòn, era FELICITADO POR EL PRESIDENTE JOSÈ FIGUEROA ALCORTA, dentro de un agasajo que le tributaban (a Falcòn), la Bolsa de Comercio y la Sociedad Rural, entre otras asociaciones oligarcas. Hay una huelga general. Se exije la renuncia de Falcòn, pero no se consigue.
La clase polìtica, està muy satisfecha, con estos "perros fieles". Hasta noviembre de ese año.
Represion de Ramon Falcon en Plaza Lorea
El 14 de Noviembre de 1909, cuando el Coronel Ramòn Falcòn, junto con su secretario, un joven de apellido Lartigau, volvìan del servicio fùnebre de un policìa, Simón Radowitzky, les arrojò una bomba, matàndolos a ambos.
El Coronel Ramòn Lorenzo Falcòn, es enterrado con honores. Y se convierte en una de las personas màs recordadas, a travès de estatuas y monumentos.
Una placa recuerda el lugar del atentado, en Callao y Quintana, y cerca de la misma se levanta una estatua.
Otra se encuentra en Recoleta, una tercera al final de la avenida que lleva su nombre, y una cuarta en la escuela de policía que fundara. Un pueblo lleva su nombre en el partido de Coronel Pringles.
Durante la dictadura militar (1976-1983) muchas calles y avenidas de las ciudades y pueblos argentinos cambiaron nombres democráticos (como Yrigoyen o Juan B. Justo) por el nombre de Ramón L. Falcón. Hasta 2011 el instituto de formación de la Policía Federal Argentina llevó su nombre.
Monumento a Ramón Falcón en Buenos Aires y pintada anarquista.
Placa de homenaje a Ramón Falcón y dedo anarquista
"Este y aquel a Simon Radowitzky
(F. Gualtieri - 1923)
Simón nació en un tugurio, de un pueblo, de un continente.
como nace una simiente por una ley natural.
Sin patria como el progreso, como es el arte y la ciencia.
el amor y la conciencia, sin patria como el ideal.
Falcón nació en un palacio sonriéndole la fortuna
meciéndose en blanca cuna, de pequeño Napoleón.
Éste reconoció patrias y misiones en la tierra.
fue profesor en la guerra, coronel de la nación.
Simón como hombre de ideas con conceptos libertarios,
divulgó en los proletarios, el amor y la igualdad.
una universal familia de cultos trabajadores,
sin esclavos ni señores, sin leyes ni propiedad.
Falcón como buen soldado, con arcaicos oropeles
propagaba los cuarteles a la patria nacional.
y así requería patriotas debajo de su manto
fueran a su voz de mando una avalancha mortal.
"Maté. porque en la manifestación del 1º de mayo. el coronel Falcón, al
frente de los cosacos argentinos dirigió la masacre contra los trabajadores.
Soy hijo del pueblo trabajador hermano de los que cayeron en la lucha
contra la burguesía y. como la de todos los demás. mi alma sufría por el
suplicio de los que murieron aquella tarde. Realicé dicho acto solamente por
creer en el advenimiento de un porvenir más libre, más bueno, para la
humanidad."
Simón Radowitzky, Durante el interrogatorio y las declaraciones por el atentado al Coronel Falcón.