En un tiempo sin memoria, del amor de un indio y una criolla nació Heraclio Catalino Rodríguez Cereijo, el más grande generador de sed de vino que haya parido el suelo patrio.
Horacio Guarany se hace llamar el poeta embriagador de las musas telúricas. Cantor de todo trasnochador que busca en la noche el consuelo etílico, la soledad bucólica, el sueño blando.
La voz cascada de ese duende barbado y cabezudo parece provenir de las entrañas mismas de la tierra invitando a tomar, a tomar vino. La sangre sedienta responde al llamado y se vuelve vino porque comparte su esencia, porque el vino es la sangre del indio que regó el suelo y se volvió viña. Y hasta las piedras lloran lágrimas rubí cuando escuchan la nigromancia lírica del gran Horacio.
Imposible no escucharlo a copas llenas. Imposible resistirse a la seducción del vino instigada por el canto apologético del trovador mundano. Imposible reprimir el impulso pavloviano de beber cuando se lo escucha cantar. Es que la música siempre es música y algo más. La poesía no está exenta de pragmatismo; y en las canciones de Guaraní se encuentra cifrado un mensaje subliminal: Bebe vino. Y en este caso no es necesario dar vuelta la cinta del cassette para escuchar el mensaje oculto, como había que hacer con las cintas de Xuxa para oír su felatio infernal.
No hay palabras que generen más sed que las de Guaraní, la noble sed de vino. Por eso cuando muera yo quiero renacer como el corcho de la damajuana que contenga el alma de Horacio para que me siga emborrachando con poesía:
¡Qué triste ha de ser morirse
y no volver nunca más!
Pero es tan linda la vida,
pero es tan churo el camino,
que si me muero algún día,
entiérrenme en Mendoza,
en San Juan, allá en la Rioja
o en Cafayate la hermosa,
que en vino habré de volver…
Y cuando lloren las viñas,
para que rían los hombres,
he de volver en las copas
y habré de mojar las bocas
de mis viejos compañeros;
o tal vez de la que quiero
y no me pudo querer.
Y en una noche de farra,
cuando lleven la guitarra,
si ven al vino llorar,
déjenlo llorar su pena,
déjenlo llorar su pena,
que en la lágrima morena,
como nunca he de cantar...
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