Eric, de siete años de edad, su hermana y sus padres viven en una parte muy solitaria de Alaska. Eric queda atrapado en una repentina tormenta de nieve y busca refugio en una choza hecha de paja. Apenas logro alcanzarla.
Colapso en el umbral con la cabeza baja, intentando respirar. Lo primero que noto fue el olor y por un segundo se hecho hacia atrás, confundido. Entonces la gravilla que lastimaba sus piernas hizo que se levantara.
La choza era pequeña y oscura; no tenía ventanas ni chimenea, su puerta era simplemente un par de maderas atadas entre sí, que Eric desde adentro, volvió a atar para tapar el viento. Al tiempo que quedaban en su lugar las maderas y la tormenta comenzaba a menguar, la última luz del sol desaparecía, y el olor –fuerte y penetrante- se apoderaba del ambiente. En la parte más alejada de la choza, algo se movió.
El pequeño niño se estremeció en la oscuridad, asustado de repente. Círculos idénticos y rojos brillaron desde el suelo, dos círculos rojos como serpientes en la oscuridad. Y se Eric se hecho hacia atrás, pálido. Algo estaba con él en la choza: algún salvaje y terrible animal- quizás un gran oso Kodiak con enormes garras que podían rebanar la carne de un caribú de un simple golpe. Se movió rápido hacia la puerta de madera, pero entonces recordó la tormenta.
Eric permaneció muy quieto, con los dientes apretados, los ojos muy abiertos. Esperando. Pero el salvaje y terrible animal no se abalanzó sobre él. Todo era estático y muy tranquilo- todo acepto su corazón que daba unos saltos terribles entre su boca y su estómago, y después de un tiempo hasta el latido de su corazón se convirtió en un sordo latido.
Incesantemente se frotaba los ojos, preparándolos para el momento en que el animal lo atacara. Pero los círculos rojos no se movían. La criatura-fuese lo que fuese- permaneció en la parte más alejada de la choza.
Se asomó en la oscuridad, al principio solo pudo ver los círculos rojos, pero gradualmente a medida que se acostumbraba a la oscuridad pudo descubrir más: una masa sombría y amenazante, enrolladla y viscosa, apoyada en la pared ocupando la mitad de esta. El animal era largo; pero-para su inesperado alivio- no era lo suficientemente robusto y sólido para ser un oso. Comenzó a respirar más fácilmente.
Después de un tiempo se dio cuenta de un débil y persistente sonido: un sonido bajo que había sido ahogado hasta ahora por el latido de su corazón y el rugido de la tormenta. Era un sonido como de sorbos babosos: un sonido que él había escuchado antes- muchos años atrás cuando era muy pequeño; no era un sonido del cual estar asustado, lo sabía, se asocia con el placer. Su miedo comenzó a desaparecer. Quizás la criatura era amigable; quizás lo dejaría quedarse, quizás la choza era un refugio que ambos, en caso de emergencia, podían compartir.
Su mente se aferró a la idea, afortunadamente. El recordó una imagen en uno de sus libros: una imagen de un niño pequeño (no más grande que el) y toda clase de diferentes animales sentados juntos en el suelo de una isla; y recordaba a su padre leyendo el cuento ``Entonces el lobo se sentó junto a la oveja, y el leopardo se sentó junto al pájaro, y el león y la gacela juntos’’, y recordó a su padre explicando que en tiempos de grandes peligros –incendios o inundación, tempestades o sequias- todas las criaturas vivientes revierten su estatus natural y viven juntas en paz hasta que el peligro pase. Esto, se dijo Eric a sí mismo, debe ser uno de esos momentos.
Siguió mirando a los ojos encendidos. Y de pronto su miedo se fue convirtiendo en un gran sentimiento de curiosidad. ¿Que era esta extraña criatura de ojos rojos? Era demasiado grande para ser un zorro o una liebre, no del tamaño correcto para un oso o un caribú. ¡Si solo pudiera verlo!
Entonces recordó que en algún lado, década choza su padre había colocado fósforos y velas.
Un chico mayor hubiese dudado ahora. Un chico mayor hubiese tenido diferentes pensamientos y algo de duda ahora. Pero para Eric las cosas no eran complicadas. Él había estado asustado, pero eso era en el paso: ahora el sentía curiosidad. Para un pequeño niño de siete años era tan simple como eso.
Paso sus manos por la pared hasta que encontró la caja de metal. Forzó el cerrojo. Encontró los fósforos y una vela. La luz movediza lleno la choza. Y el aliento del pequeño niño se atoro en su garganta y solamente podía mirar y mirar. Nunca en toda su vida había visto algo tan hermoso.
Ella estaba acurrucada contra la pared: de un metro y medio, con la piel dorada, era una foca con pelaje parecido a los campos de maíz; y aferrados a ella, dos pequeños de pelaje suave con sus ojos todavía cerrados.
Sosteniendo la vela en alto, su miedo si perdió en el asombro, y camino hacia ella.
Colapso en el umbral con la cabeza baja, intentando respirar. Lo primero que noto fue el olor y por un segundo se hecho hacia atrás, confundido. Entonces la gravilla que lastimaba sus piernas hizo que se levantara.
La choza era pequeña y oscura; no tenía ventanas ni chimenea, su puerta era simplemente un par de maderas atadas entre sí, que Eric desde adentro, volvió a atar para tapar el viento. Al tiempo que quedaban en su lugar las maderas y la tormenta comenzaba a menguar, la última luz del sol desaparecía, y el olor –fuerte y penetrante- se apoderaba del ambiente. En la parte más alejada de la choza, algo se movió.
El pequeño niño se estremeció en la oscuridad, asustado de repente. Círculos idénticos y rojos brillaron desde el suelo, dos círculos rojos como serpientes en la oscuridad. Y se Eric se hecho hacia atrás, pálido. Algo estaba con él en la choza: algún salvaje y terrible animal- quizás un gran oso Kodiak con enormes garras que podían rebanar la carne de un caribú de un simple golpe. Se movió rápido hacia la puerta de madera, pero entonces recordó la tormenta.
Eric permaneció muy quieto, con los dientes apretados, los ojos muy abiertos. Esperando. Pero el salvaje y terrible animal no se abalanzó sobre él. Todo era estático y muy tranquilo- todo acepto su corazón que daba unos saltos terribles entre su boca y su estómago, y después de un tiempo hasta el latido de su corazón se convirtió en un sordo latido.
Incesantemente se frotaba los ojos, preparándolos para el momento en que el animal lo atacara. Pero los círculos rojos no se movían. La criatura-fuese lo que fuese- permaneció en la parte más alejada de la choza.
Se asomó en la oscuridad, al principio solo pudo ver los círculos rojos, pero gradualmente a medida que se acostumbraba a la oscuridad pudo descubrir más: una masa sombría y amenazante, enrolladla y viscosa, apoyada en la pared ocupando la mitad de esta. El animal era largo; pero-para su inesperado alivio- no era lo suficientemente robusto y sólido para ser un oso. Comenzó a respirar más fácilmente.
Después de un tiempo se dio cuenta de un débil y persistente sonido: un sonido bajo que había sido ahogado hasta ahora por el latido de su corazón y el rugido de la tormenta. Era un sonido como de sorbos babosos: un sonido que él había escuchado antes- muchos años atrás cuando era muy pequeño; no era un sonido del cual estar asustado, lo sabía, se asocia con el placer. Su miedo comenzó a desaparecer. Quizás la criatura era amigable; quizás lo dejaría quedarse, quizás la choza era un refugio que ambos, en caso de emergencia, podían compartir.
Su mente se aferró a la idea, afortunadamente. El recordó una imagen en uno de sus libros: una imagen de un niño pequeño (no más grande que el) y toda clase de diferentes animales sentados juntos en el suelo de una isla; y recordaba a su padre leyendo el cuento ``Entonces el lobo se sentó junto a la oveja, y el leopardo se sentó junto al pájaro, y el león y la gacela juntos’’, y recordó a su padre explicando que en tiempos de grandes peligros –incendios o inundación, tempestades o sequias- todas las criaturas vivientes revierten su estatus natural y viven juntas en paz hasta que el peligro pase. Esto, se dijo Eric a sí mismo, debe ser uno de esos momentos.
Siguió mirando a los ojos encendidos. Y de pronto su miedo se fue convirtiendo en un gran sentimiento de curiosidad. ¿Que era esta extraña criatura de ojos rojos? Era demasiado grande para ser un zorro o una liebre, no del tamaño correcto para un oso o un caribú. ¡Si solo pudiera verlo!
Entonces recordó que en algún lado, década choza su padre había colocado fósforos y velas.
Un chico mayor hubiese dudado ahora. Un chico mayor hubiese tenido diferentes pensamientos y algo de duda ahora. Pero para Eric las cosas no eran complicadas. Él había estado asustado, pero eso era en el paso: ahora el sentía curiosidad. Para un pequeño niño de siete años era tan simple como eso.
Paso sus manos por la pared hasta que encontró la caja de metal. Forzó el cerrojo. Encontró los fósforos y una vela. La luz movediza lleno la choza. Y el aliento del pequeño niño se atoro en su garganta y solamente podía mirar y mirar. Nunca en toda su vida había visto algo tan hermoso.
Ella estaba acurrucada contra la pared: de un metro y medio, con la piel dorada, era una foca con pelaje parecido a los campos de maíz; y aferrados a ella, dos pequeños de pelaje suave con sus ojos todavía cerrados.
Sosteniendo la vela en alto, su miedo si perdió en el asombro, y camino hacia ella.