Tomé como conjetura el título recién expuesto porque sucede que, como siempre en la vida, la experiencia me dio esa abofeteada que muchos llaman entendimiento. Y sí, se puede decir que lo entendí: a veces, extrañarla un poco, me hace bien. Vale destacar que entenderlo no fue tarea fácil, en absoluto. ¿Cómo es eso de extrañarla?, decía una voz quisquillosa en mí, ¿si la amás y sólo querés estar con ella? ¡No la extráñes! ¡Extrañar es sufrir! Admito que a esta molesta voz le corresponde cierta porción de verdad, pero, como decía, la experiencia me hizo ver que había una cara subyacente en todo este complejo asunto. Nobleza obliga, no voy a mentirle al misterioso lector que analice estas líneas. La amo, no hay certeza más firme sobre la tierra que esa. ¿Pero amarla no es, a la vez, odiarla un poco? ¿No es acaso querer matarla en un instante, y al otro querer que sea inmortal? ¿No es querer lanzarle poesía con el mismo fervor que a veces me instigan las ganas de insultarla? Quizás estoy loco, pero están las veces que quiero besarla y las veces que esa mera idea me fastidia. Me sofoca, me asfixia; pero me deja libre y me da aire. Me acobarda y también me da la espada para ser valiente. Me lastima y me cura con la misma solvencia, con la misma vehemencia. Amarla y odiarla es, indefectiblemente, amarla. Entonces sucede que me obligo a extrañarla un poco, como darle leño a una fogata que flaquea por falta de aire. La extraño, apenas un poco; ocurre que comienzo a pensar en ella sin detenerme, como si mi vida dependiera de ello; cuento las horas para verla; me imagino otra vez a su lado, preveo la situación, el reencuentro; intento aspirar aire sintiendo su aroma o sentir su cuerpo entre mis manos. Me vuelvo loco, me desespero; hasta que la vuelvo a ver y toda esa aflicción se transforma en magia incandescente. Pero, en pos de seguir siendo honesto, tengo que aclarar que esta forma de ver las cosas surgió gracias al viejo kiosquero que vive a la vuelta de casa, de cara arrugada, fina barbilla gris y anteojos gruesos como crayones. Sucede que siempre lo veo sentado a las afuera de su kiosco cuando no hay clientela, como esperando, como aguardando. Supe por los vecinos que espera a la mujer que una vez, años atrás, lo dejó de pronto para no volver a verlo. ¡Su convicción me lastima!, él sigue esperando allí sentado todas las mañanas, días tras día, año tras año, por una mujer que en antaño, vaya a saber por qué, lo dejó en solitario. Un día me cansé y le pregunté: ¿Por qué espera?, a lo que el viejito, con una sonrisa débil e indulgente me respondió: espero porque a menudo, las almas complementarias necesitan distanciarse un tiempo, pero sólo para darle belleza al próximo reencuentro extraordinario.
Extrañar un poco, hace bien.
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