Si hay algo traumático para una pareja es atravesar el dolor de una infidelidad.
En especial para el que es engañado. Claro que todo ese proceso puede ser más o menos difícil según cómo elija uno tomárselo.
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La fidelidad tiene el mismo objetivo que todas nuestros comportamientos: asegurar la supervivencia del ser humano. Nacemos muy indefensos, vivimos una infancia prolongada, pues necesitamos mucho tiempo para poder desenvolvernos con autonomía. La hembra cavernícola tenía necesidad de tener un macho a su lado para proteger a sus crías y asegurar mejor su supervivencia. Y de esta manera, era menos probable la infidelidad.
Podemos decir que desde el punto de vista biológico, la infidelidad es menos probable que aparezca si estamos enamorados. En ese estado de enamoramiento, digamos que ser infiel no nos lo pide el cuerpo. Pero ya sabemos que la fase de enamoramiento se acaba, y ahí es cuando tenemos que echar mano de nuestros valores como persona, de lo que queremos, de lo que quiere nuestro entorno social y de nuestra fuerza de voluntad para no ser infieles.
Por otra parte, algunos biólogos suponen que la tendencia a la infidelidad tendría un origen adaptativo: en las hembras, vendría a asegurar mayor protección y recursos para los hijos cuando se cuenta con varias parejas; mientras que para los machos, aseguraría una mayor contribución genética para la próxima generación.