Historia y leyenda de El Dorado «Parte 2»
En algún momento, evaluando la situación en que se encontraba el grupo, Orellana entendió que ya no tenía posibilidad alguna de remontar la fuerte corriente de los ríos. Además se encontraba cercado por las calamidades y una inminente sublevación de sus hombres, entonces decidió no volver al encuentro de Gonzalo Pizarro y esperarlo donde se encontraban, pero este jamás llegó, así que el nuevo plan fue navegar río abajo. La expedición de Orellana, luego de haber hecho incontables nuevos descubrimientos construido una nueva embarcación, mantenido contacto con numerosos grupos de aborígenes con diferentes culturas y haber recorrido cerca de 4800 kilómetros, a lo largo de caudaloso del mundo, al losríos Coca, Napo, Trinidad, río Negro y el río más que llamó Amazonas, durante unos siete meses, alcanzó la desembocadura de este último el 25 o 26 de agosto de 1542, arribando al océano atlántico, desde donde luego se trasladó hacia Cádiz, España.
En tanto, Gonzalo Pizarro, ante la desesperada situación y la falta de noticias de Orellana, luego de haber esperado cerca de un mes por la ayuda, decidió dar marcha atrás y regresar a Quito por un camino diferente, más hacia al norte que la ruta original. Dos años después de haber partido de Quito, Pizarro llegó nuevamente a la ciudad luego de haber pasado inenarrables padecimientos, en compañía de tan sólo ochenta hombres desarrapados, enfermos y famélicos, como único resto de la descomunal expedición original.
Actualmente, a partir de nuevos estudios, documentos, expediciones y la utilización de las más modernas tecnologías, se duda de la exactitud de muchos de los datos proporcionados por las crónicas o interpretados de ellas, y se intenta determinar la identidad de los grupos indígenas contactados por Orellana, así como la verdadera ruta hacia la desembocadura del Amazonas. Es sumamente probable que la supuesta tribu de mujeres guerreras que los atacó y que derivó en la denominación Amazonas dada al río y posteriormente a toda la zona descubierta, haya sido en realidad un grupo de hombres aborígenes con el cabello largo; también que la ruta terrestre no se ajuste a lo relatado por los cronistas y que tampoco los ríos por los cuales navegó Orellana sean exactamente los conocidos hasta ahora, pero más allá de uno u otro río, o un diferente paso por los andes, la deseable corrección de estos datos será de utilidad para conocer la verdadera historia de estos sucesos, pero no para opacar o modificar de alguna forma el resultado de esta extraordinaria hazaña, acaso una de las más extraordinarias de la historia, que reveló al mundo un territorio inexplorado y sorprendente, de importancia vital para la humanidad.
Otro episodio célebre en esta incansable búsqueda de El Dorado, aunque por circunstancias totalmente negativas, fue la iniciativa de Pedro de Ursúa, quien en el año 1560, sin haber escarmentado en base a los rigurosos fracasos anteriores que sólo habían provocado muerte y desastre, se decidió a buscar la ciudad de oro por otros rumbos, haciendo caso a nuevos rumores que citaban esta vez el mítico lugar, ya no en las cercanías de la laguna Guatavita,sino entre la tierra de los omagua y el Amazonas, en las cercanías de los territorios por los cuales había estado navegando el grupo de Francisco de Orellana algunos años atrás. Así, el Virrey Andrés Hurtado de Mendoza organizó en Lima una expedición que tuvo su inicio en septiembre de 1560 poniendo el proyecto bajo las órdenes de Pedro de Urzúa, quien viajó con su amante mestiza Inés de Atienza. El heterogéneo grupo estaba conformado por 300 españoles, todos ellos soldados de poca monta, mercenarios y delincuentes que el virrey quería sacar de la ciudad de Lima, algunas decenas de esclavos negros y unos 500 sirvientes indios, y se embarcaron en dos bergantines, dos barcazas y unas cuantas balsas y canoas en dirección al Amazonas, por el río Marañón, motivo por el cual se conoce a este grupo como los “marañones”.
Río Marañón, en los inicios de la Amazonia peruana, por donde pasó la expedición de Pedro de Urzúa con Lope de Aguirre, grupo conocido como “Los marañones”
No debió pasar mucho tiempo para que los hombres que lo acompañaban, al verse rodeados por la selva, la lluvia, los indios belicosos, las enfermedades y la muerte que a tomar cuenta de ellos, se amotinaran y dieran muerte a Ursúa, en enero de 1561, designando en su lugar a Fernando de Guzmán como nuevo jefe del grupo expedicionario.
Lope de Aguirre
Aparece aquí la figura de un hombre que quedaría para la historia como la conjunción de todo lo peor de los expedicionarios españoles y la búsqueda de El Dorado: Lope de Aguirre. Este individuo demente fue el instigador el motín y el crimen de Ursúa. Oscuro castellano apodado “el loco”, de una crueldad sin límites, cometió todo tipo de atropellos contra los indígenas y los miembros de su propio grupo durante la expedición iniciada por Urzúa, tales como intrigas, abusos, torturas y asesinatos, sin embargo, en un primer momento, quizá gracias a un peculiar carisma o temor hacia su figura, fue escuchado y obedecido, al punto de haber convencido a todos de la necesidad de asesinar a Ursúa, y más tarde también a Guzmán, convirtiéndose él en el jefe. En la cúspide de sus delirios, Lope de Aguirre logró que 186 hombres lo acompañaran en la idea de llevar a cabo un delirante plan consistente en construir una flota de barcos para alcanzar el Atlántico, luego ir a Panamá o adentrarse en Venezuela, cruzar los Andes y alcanzar el Perú para una vez allí lograr el poder y desafiar la autoridad real de Felipe II. Así, con este objeto, todos los participantes firmaron una declaración de guerra al Imperio Español y una proclama que lo nombraba “Príncipe de Tierra Firme Perú y Chile”, título que en principio propuso para Guzmán. Asimismo, fue redactada una carta para Felipe II en la cual le manifestó sus planes de libertad, y gobierno independiente. Esta descabellada misiva, parece ser el primer manifiesto de independencia surgido en las Américas, y que curiosamente, aunque haya carecido totalmente de seriedad y sustento, ha sido destacado en este sentido por importantes personajes históricos como Simón Bolivar, y aún hoy en día se debate sobre este punto.
Al llegar al océano Atlántico, probablemente por la desembocadura del Orinoco, cruzó a la isla Margarita, territorio que asoló como un huracán tropical, asesinando a decenas de personas y destruyendo poblaciones enteras con los hombres que le quedaban. Desde aquí volvió a escribir otra carta al rey Felipe II, criticando su figura y ejercicio del poder real y ratificando su intención de independizarse de alguna manera de España. Luego volvió al continente y fue cercado en Barquisimeto por fuerzas leales al Rey. Apuñaló a su propia hija, que viajaba con él, y fue ultimado por sus compañeros de andanzas, hastiados de su violencia y locura, y en defensa de su propia vida, ya que Aguirre había asesinado hasta ese momento nada menos que a 72 hombres de su tripulación. Su cuerpo fue descuartizado y enviado a varios puntos de Venezuela y su cabeza encerrada en una jaula para ser exhibida públicamente.
En los siguientes años, muchos otros expedicionarios españoles como Pedro de Silva (1568/1570), Pedro de Serpa (1569) y Domingo Vera (1569) y también de otras nacionalidades como ingleses, portugueses, alemanes y franceses, continuaron intentando encontrar el mítico reino del oro aunque ya bajo numerosas denominaciones, tales como El Dorado, Paitití, Cíbola, la Ciudad de los Césares, Manoa, etc, con origen legendario en distintas civilizaciones y en zonas tan diversas como la meseta de Cundinamarca, en los alrededores de la laguna Guatavita, el Amazonas, el Orinoco, la Guyana, las junglas peruanas, los Andes, la Patagonia o el Caribe, siguiendo cada uno de ellos diferentes versiones de la leyenda, pero sin hacer grandes hallazgos más que algunas pocas piezas de oro.
De todos estos últimos exploradores, probablemente el más famoso haya sido Sir Walter Raleigh, célebre expedicionario británico que partió desde el puerto de Plymouth con una flota de cinco navíos y más de cien hombres en representación de la reina Isabel I de Inglaterra en 1595 para internarse en la selva amazónica de la Guayana en busca de la legendaria Manoa, la ciudad del oro llamada por otros El Dorado, y poder opacar con sus descubrimientos al reino de España y sus posesiones en el nuevo mundo. Al alcanzar el delta del Orinoco, las ligeras embarcaciones británicas se internaron río arriba, a través de la tupida vegetación tropical. El inglés se pasó algún tiempo buscando la legendaria ciudad sin resultados, en los sitios donde le indicaban los indígenas, asesinando españoles, saqueando e incendiando poblaciones como Caracas y se instaló a convivir con una tribu de aborígenes a los que convenció de la conveniencia de iniciar una alianza para desalojar de la zona a los españoles. Regresó a su tierra tiempo después casi en estado de mendicidad, habiendo dejado embajadores en distintas zonas de los territorios recorridos, y contó, entre otras cosas, la historia de la posibilidad de aliarse a los indios para derrotar a los españoles, que la ciudad de Manoa existía y que podía hallarse abundante oro en las orillas del Orinoco. Sin haber escarmentado, basándose en sus delirantes planes de descubrimiento y conquista vuelve a partir de Plymouth en junio de 1617 con trece barcos y más de mil hombres. La expedición se convierte en un nuevo fracaso, su hijo muere en un enfrentamiento con los españoles en Santo Tomé, su más importante colaborador, el sargento Kaymis, se suicida, y así regresa vencido y fracasado en junio de 1618 con un solo barco. Su nuevo fracaso lo sentenció a muerte ya que perdió el favor real y ante las quejas del embajador español por su actividad en el Caribe, fue abandonado, condenado y ejecutado con el único objeto de la corona de ralizar una muestra de buena voluntad ante el reino de España. Dejó una obra llamada en castellano “Las doradas colinas de Manoa”, publicado en 1599, en la cual describe sus viajes y sus ideas, y recomienda ir a las costas de Sudamérica en busca de El Dorado.
Pero no todos los intentos por encontrar El Dorado se limitaban a obstinados conquistadores que se adentraban temerariamente a las junglas en busca de riquezas: en 1580 un comerciante de la ciudad de Santa Fe de Bogotá llamado Antonio de Sepúlveda, decidió usar el ingenio y pensó en encontrar las riquezas del hombre dorado dragando las aguas del lago Guatavita, con la autorización y en nombre de su Majestad Felipe II, y recurriendo al auxilio de ocho mil trabajadores indígenas. La forma de hacerlo sería abriendo una enorme brecha en un borde, lo que en un principio pareció funcionar ya que logró hacer descender el nivel de las aguas en unos 18 m, pero inesperadamente, en una segunda etapa las paredes del canal se derrumbaron sepultando a una gran cantidad de trabajadores. Si bien esto supuso un fracaso para Sepúlveda, pudo obtener riquezas por unos doce mil pesos en algunas piezas de oro como un pectoral y un bastón de oro y algunas piedras preciosas de considerable tamaño entre las que se destacó una inmensa esmeralda grande como un huevo, que le fueron entregadas al rey de España. Sepúlveda murió pobre y fue sepultado en la iglesia del pueblo de Guatavita sin haber encontrado las fabulosas riquezas del hombre de oro. En la actualidad, la brecha de Sepúlveda es perfectamente visible en un borde de la laguna Guatavita, y constituye una de las características del paisaje. Seguramente teniendo en cuenta los constantes fracasos, los desastres sucedidos, y las tremendas sumas de dinero invertidas y perdidas, la búsqueda de El Dorado cesó, al menos en forma de importantes expediciones, ya que es probable que se mantuvieran siempre los intentos indiviuales más modestos de ilusionados aventureros y buscadores de tesoros cegados por su ambición. Pero en el año 1799, comienza de nuevo la actividad, aunque esta vez de carácter científico, cuando un grupo dirigidopor el prestigioso investigador Alexander von Humboldt pasó 18 meses explorando el curso del río Orinoco en busca de alcanzar el mítico territorio del hombre dorado y concluyó, en un informe que dio a conocer al mundo, que El Dorado no existía. Pero von Humboldt, no resistió la tentación de volver a investigar sobre la antigua leyenda y regresó a Colombia en 1808 a realizar nuevos estudios, esta vez en las cercanías de Bogotá, luego de los cuales concluyó que el lecho del lago Guatavita guardaba un tesoro de unos 300 millones de dólares de la época. Aunque se trataba de un científico de enorme experiencia y prestigio, produjo esta conclusión, en forma un tanto temeraria y con poca rigurosidad científica, ya que sólo se basó en una especulación basada en números y sucesos históricos totalmente arbitrarios y sin suficiente sustento.
Dibujo de la Laguna Guatavita hecho por Alexander Humboldt
Ante tal perspectiva, en los siguientes siglos, hubo otros numerosos intentos de dragar las aguas de Guatavita, entre los cuales podrían destacarse los del inglés Hartley Knowles en 1898, y la empresa europea que utilizó poderosas bombas de dragado a comienzos del siglo XX, pero ningún intento fue coronado con el éxito, ya que las pocas piezas de oro rescatadas, jamás fueron suficientes para cubrir mínimamente los esfuerzos y recursos invertidos. En el año 1965 el gobierno colombiano dio fin a los intentos de dragado prohibiendo definitivamente este tipo de actividad en la laguna.
Desde comienzos del siglo XX hasta el siglo XXI
Aunque parezca increíble, en pleno siglo XX, continuó la loca búsqueda de lo imposible, en diversas zonas de Sudamérica, y aún hoy no ha cesado.
Percy Fawcett
En el año 1906, Percy Fawcett, un famosísimo inglés explorador y aventurero en el cual se habrían inspirado los creadores de Indiana Jones para crear el personaje cinematográfico, se encontraba haciendo trabajos cartográficos en la frontera entre Brasil y Bolivia, donde tomó contacto con la leyenda de El Dorado. Convencido de que podría hallar una ciudad perdida dorada, que podrían tratarse de vestigios de los habitantes de la Atlántida, jamás pudo olvidar todo aquello, y desde aquel día comenzó a preparar su regreso para buscar algún día la ciudad de oro. En los años 20 volvió con un ínfimo grupo expedicionario formado por su hijo y unos amigos, y se interno en el Mato Grosso del Brasil pero no se volvió a saber jamás de él, fue declarado desaparecido en 1925 y
nunca lograron encontrar sus restos, a pesar de numerosos intentos en este sentido. Muchos imaginaron que finalmente Fawcett llegó a encontrar la ciudad maravillosa y se quedó a residir en ella, pero los más escépticos se inclinaron por creerlo muerto en circunstancias trágicas.
En épocas más recientes, la búsqueda ha quedado ya definitivamente en manos de científicos, arqueólogos, historiadores, y antropólogos, y ha sido en la zona de los alrededores de El Manú, al este del Cusco, e mayores esfuerzos por descubrir la ciudad de oro. Esto se debe a que la experiencia de cientos de años de búsquedas fallidas y diversas circunstancias han llevado a dejar de lado el convencimiento de poder encontrarla del Orinoco, al ser asociada la existencia de El Dorado a la ciudad mítica de Paitití, perteneciente a la civilización Inca.
Durante la segunda mitad del siglo XX, en más de una oportunidad se llevaron a cabo nuevas expediciones, y los organizadores de muchas de ellas llegaron a anunciar con bombos y platillos el descubrimiento de El Dorado en diversas zonas de América del Sur, aunque especialmente en las selvas peruanas, pero sin que ninguno de estos
anuncios haya tenido una confirmación con bases científicas o notables hallazgos auríferos. Algunas también tuvieron finales trágicos como la realizada en 1970 que tuvo como resultado la desaparición de un grupo expedicionario franco guiado por el explorador Serge Debru, que probablemente fue exterminado por los
indios huachipairi. y otra liderada por el antropólogo noruego Lars Hafksjold en 1997, quien desapareció en la zona del río Madidi, cerca del parque Nacional Manu y a quien se lo considera como el último desaparecido en la búsqueda de El Dorado
En los años setenta el artista plástico y explorador chileno Roland Stevenson, residente en la ciudad de Manaus, Brasil, se embarcó en su propia investigación de El Dorado, basando sus estimaciones en diversas pinturas e ilustraciones de los indígenas Yanomani y siguiendo las huellas de Sir Walter Raleigh. Así, inició una exploración por las junglas amazónicas del Brasil que lo llevó a anunciar sugestivos descubrimientos como restos de construcciones de piedra, petroglifos con motivos andinos y caminos precolombinos de estilo incaico, por los cuales, de acuerdo con sus estimaciones y supuestas leyendas recogidas en la zona, se llevaban en la antigüedad enormes cargamentos de oro hasta el Cusco. En el año 1987 Stevenson anunció a la prensa que finalmente había descubierto El Dorado en la Isla de Maracá, estado de Roraima, Brasil, y al poco tiempo, la Royal Geographic Society de Londres, visitó la zona para instalarse a trabajar allí. Según lo manifestado por Stevenson, gran cantidad de cajas colmadas de extraordinarias piezas de gran valor histórico fueron sacadas de la zona y enviadas a Inglaterra, pero todo el asunto fue quedando en la nada.
Ya en el siglo XXI, en el mes de julio de 2002, se informó al mundo que finalmente se había descubierto El Dorado, y sus descubridores, un grupo de exploradores y científicos procedentes de Italia, Argentina, Polonia, Rusia y Perú, provistos de tecnología de radares y buscadores satelitales, liderados por el polaco Jacek Palkiewicz, asociaron esta legendaria denominación a la mítica ciudad inca de Paititi, ubicándola en las profundidades de la selva amazónica del sur del Perú, en las cercanías del parque nacional del Manu, entre los departamentos de Cusco y Madre de Dios. Esta expedición, trazó su itinerario en base a un manuscrito de mediados del siglo XVI del jesuita español Andrés López, encontrado en los archivos de El Vaticano por el arqueólogo italiano Mario Polia, residente en el Perú desde hace décadas, en la cual se relata un viaje 10 días de duración que los incas realizaban a pie entre Cuzco y Paititi.
En el año 2007 se produjo un hecho que fue difundido en la prensa internacional con titulares que destacaban que había sido descubierto El Dorado. La historiadora Maritza Villavicencio y el arqueólogo Wilmer Mondragón informaron que habían encontrado en las junglas peruanas, pero no al este del Cusco sino en la zona de la Amazonia peruana más hacia el norte, un enorme complejo de cerca de treinta ciudades de las civilizaciones inca y Chachapoyas cuya antigüedad va desde el 1200 al 1400 de nuestra era. El fabuloso hallazgo fue vinculado al mito de la ciudad dorada de esta forma: “Se ha despertado el mito de El Dorado por la cantidad de oro que a simple vista se ve, y no sólo por lo que ya fue extraído y saqueado por inescrupulosos saqueadores, sino por las vetas de oro», de acuerdo a lo manifestado por Villavicencio. El sitio arqueológico, que se denomina La Joya y está localizado a unos 3600 metros de altura en el distrito de Chuquibamba, «podría ser comparable, sino superior, a Machu Picchu por su monumentalidad y magnitud», manifestó Villavicencio. En la actualidad, las autoridades procuran mantener la zona protegida de saqueadores y buscadores de tesoros, con el fin de poner en cuanto sea posible los recursos necesarios para la puesta en valor del complejo, y así poder mostrar el mundo esta nueva joya del acervo cultural del Perú.
Han sido realizadas en los últimos años muchas otras expediciones con científicos de los más diversos orígenes, de los cuales probablemente el más famoso sea el llamado “Indiana Jones francés”, Thierry Jamin, quien se encuentra prácticamente instalado en su casa del Cusco y en las junglas peruanas de El Manú, en el departamento de Madre de Dios, donde ha realizado importantes descubrimientos vinculados al mito de El Dorado.
Recientemente ha dado a conocer al mundo el descubrimiento de una monumental sucesión de petroglifos de treinta metros de largo por ocho de alto, conocida como Pusharo, así como algunos inmensos geoglifos que se encuentran en las cercanías. El expedicionario francés es sumamente popular debido a su modo mediático de comunicar su actividad y sus hallazgos, pero afirma que no le agrada que lo mencionen en los medios como el buscador de El Dorado, y lo manifiesta así: "Cuando uno menciona "El Dorado" en una conversación, todo se vuelve un drama. Inmediatamente todos piensan en metales preciosos", pero aclara que la riqueza que él y sus expedicionarios buscan es la riqueza del conocimiento inca. Su hipótesis es que en la zona de El Manú, se encuentra una gran ciudadela inca no descubierta que podría ser El Dorado, y que probablemente el petroglifo de Pusharo sea un mapa para descubrirla.
En los últimos años se han sumado a estas búsquedas numerosos grupos que asocian la existencia de El Dorado o Paitití a misteriosos orígenes vinculados a lo esotérico o extraterrestre, pero que no llegan a concitar mayor convocatoria ni a interferir con los estudios de carácter científico que realizan investigadores de todo el mundo, a menudo con apoyo de importantes instituciones y gobiernos, especialmente del Perú, que buscan dar una solución final sustentable al enigma de El Dorado.
Historia y leyenda de El Dorado «Parte 1»
Historia y leyenda de El Dorado «Parte 3»