Constantemente nos comparamos con otras mujeres que consideramos mejores, más afortunadas, favorecidas y bellas…
Desearíamos ser como ellas, soñamos ser como ellas, ¿y de qué nos sirve? Sólo para malgastar nuestras energías y economías en imitarlas, en tener lo que tienen y parecernos a ellas. Cosa que no logramos, nos desanima y nos crea complejos. Mejor intentemos aceptarnos como somos, querernos, amarnos y tratar de mejorar en lo que realistamente podamos.
Los medios de comunicación, revistas, posters, y toda la propaganda mediática nos intentan convencer que necesitamos cambiar y comprar sus productos para parecernos a quienes establecen como ideales, ejemplos a seguir.
Llenan nuestras retinas de famosas, modelos y mujeres hermosas a las que acabamos comparándonos, imitando y soñando ser como ellas.
Dejamos volar nuestra imaginación, pensando en como sería ser como lo que vemos en una foto de calendario, o de revista donde la modelo nos vende la mejor de sus sonrisas… ¡Quién pudiera ser como ella!
Compararse es normal.
Las comparaciones siempre han existido, padres que comparan al hijo con el hermano mayor, amigos que comparan a sus amistades con viejos amigos, políticos que se comparan entre ellos y novios que comparan a sus actuales parejas con como eran sus ex… Las comparaciones son parte de la vida y siempre las habrá.
Y a esto le agregamos las comparaciones más dañinas: las comparaciones que nosotras mismas nos hacemos cuando pensamos que otras personas son mejores o que tienen mejor suerte que nosotras.
Muchas son las comparaciones que podríamos mencionar y cada cual más frustrante que la anterior, pues aunque hay comparaciones que pueden motivarnos a mejorar y avanzar, pero la mayoría sólo nos provocan desánimo al saber que nunca podremos llegar a ser como esas personas a las que nos comparamos.
Nos comparamos con imposibles. Siempre estamos persiguiendo la “perfección”, ya sea física o económica. Desafortunadamente, aún no terminamos de entender, comprender y aceptar que todos somos diferentes, con nuestras cualidades y defectos.
A veces atribuimos a la mala suerte que por ejemplo una hermana sea más bonita y hermosa que nosotras, preguntándonos “¿Cómo puedo hacer para ser como ella?”
Es necesario hacer un autoexamen para descubrir en nosotras mismas nuestras habilidades, cualidades y defectos. Debemos aceptar que nunca seremos como otras personas, por mucho que nos esforcemos.
Cada una somos únicas, irrepetibles y reemplazables. No debemos basar nuestra vida en la historia de otras personas que ya está escrita, cada cual debemos escribir nuestra propia historia, motivarnos con lo que somos, sin necesidad de imitar ni mirar a otras personas. Cada persona es un proceso único.
Siempre encontraremos a personas que admiramos, hombres y mujeres que nos motiven a mejorar cada día, personas de las que podemos aprender cosas nuevas. Pero no por ello intentemos ser igual que ellos, debemos tratar de ser originales en lo que hacemos, porque cada uno tiene su propio talento y sus propias limitaciones.
Hagámonos el propósito aquí y ahora de no compararnos, no cometamos el error de comparar nuestras capacidades con las capacidades de otros, ni nuestro talento con el talento los demás. Confía en ti misma, confía en Dios que está pendiente de tu historia, no intentes plagiar a otra persona.
No es posible negar que siempre habrá quien es o se siente “mejor” que nosotras, pues siempre habrá alguien más grande y mejor que nosotras mismas, pero también habrá alguien más pequeño y con menos que lo que nosotras tenemos. Cada cual tenemos mucho por lo que trabajar en descubrir nuestros propios talentos y sacarles el mejor partido, sumerjámonos en nosotras mismas y escribamos nuestra propia historia.
Cada cual nacemos como un ser único, no hay nadie como nosotras, tenemos características diferentes. Así también nuestros talentos pueden ser similares, pero nunca iguales a los de las demás personas. No mires a tu vecina, ni a tu hermana ni a tu mejor amiga, se original, haz lo que tengas que hacer y mantente como fuiste criada: única y sin comparaciones.
© Autor: Todomedaocupado
Desearíamos ser como ellas, soñamos ser como ellas, ¿y de qué nos sirve? Sólo para malgastar nuestras energías y economías en imitarlas, en tener lo que tienen y parecernos a ellas. Cosa que no logramos, nos desanima y nos crea complejos. Mejor intentemos aceptarnos como somos, querernos, amarnos y tratar de mejorar en lo que realistamente podamos.
Los medios de comunicación, revistas, posters, y toda la propaganda mediática nos intentan convencer que necesitamos cambiar y comprar sus productos para parecernos a quienes establecen como ideales, ejemplos a seguir.
Llenan nuestras retinas de famosas, modelos y mujeres hermosas a las que acabamos comparándonos, imitando y soñando ser como ellas.
Dejamos volar nuestra imaginación, pensando en como sería ser como lo que vemos en una foto de calendario, o de revista donde la modelo nos vende la mejor de sus sonrisas… ¡Quién pudiera ser como ella!
Compararse es normal.
Las comparaciones siempre han existido, padres que comparan al hijo con el hermano mayor, amigos que comparan a sus amistades con viejos amigos, políticos que se comparan entre ellos y novios que comparan a sus actuales parejas con como eran sus ex… Las comparaciones son parte de la vida y siempre las habrá.
Y a esto le agregamos las comparaciones más dañinas: las comparaciones que nosotras mismas nos hacemos cuando pensamos que otras personas son mejores o que tienen mejor suerte que nosotras.
Muchas son las comparaciones que podríamos mencionar y cada cual más frustrante que la anterior, pues aunque hay comparaciones que pueden motivarnos a mejorar y avanzar, pero la mayoría sólo nos provocan desánimo al saber que nunca podremos llegar a ser como esas personas a las que nos comparamos.
Nos comparamos con imposibles. Siempre estamos persiguiendo la “perfección”, ya sea física o económica. Desafortunadamente, aún no terminamos de entender, comprender y aceptar que todos somos diferentes, con nuestras cualidades y defectos.
A veces atribuimos a la mala suerte que por ejemplo una hermana sea más bonita y hermosa que nosotras, preguntándonos “¿Cómo puedo hacer para ser como ella?”
Es necesario hacer un autoexamen para descubrir en nosotras mismas nuestras habilidades, cualidades y defectos. Debemos aceptar que nunca seremos como otras personas, por mucho que nos esforcemos.
Cada una somos únicas, irrepetibles y reemplazables. No debemos basar nuestra vida en la historia de otras personas que ya está escrita, cada cual debemos escribir nuestra propia historia, motivarnos con lo que somos, sin necesidad de imitar ni mirar a otras personas. Cada persona es un proceso único.
Siempre encontraremos a personas que admiramos, hombres y mujeres que nos motiven a mejorar cada día, personas de las que podemos aprender cosas nuevas. Pero no por ello intentemos ser igual que ellos, debemos tratar de ser originales en lo que hacemos, porque cada uno tiene su propio talento y sus propias limitaciones.
Hagámonos el propósito aquí y ahora de no compararnos, no cometamos el error de comparar nuestras capacidades con las capacidades de otros, ni nuestro talento con el talento los demás. Confía en ti misma, confía en Dios que está pendiente de tu historia, no intentes plagiar a otra persona.
No es posible negar que siempre habrá quien es o se siente “mejor” que nosotras, pues siempre habrá alguien más grande y mejor que nosotras mismas, pero también habrá alguien más pequeño y con menos que lo que nosotras tenemos. Cada cual tenemos mucho por lo que trabajar en descubrir nuestros propios talentos y sacarles el mejor partido, sumerjámonos en nosotras mismas y escribamos nuestra propia historia.
Cada cual nacemos como un ser único, no hay nadie como nosotras, tenemos características diferentes. Así también nuestros talentos pueden ser similares, pero nunca iguales a los de las demás personas. No mires a tu vecina, ni a tu hermana ni a tu mejor amiga, se original, haz lo que tengas que hacer y mantente como fuiste criada: única y sin comparaciones.
© Autor: Todomedaocupado