Atardecía, la luz del sol poniente que apenas entraba por la ventana fastidiaba sus ojos. Fernando Salas se hallaba de pie en una habitación oscura y siniestra, con su mano izquierda sostenía una linterna y con la derecha, un calibre 38 listo para ser utilizado. A sus pies, la víctima de un asesinato, vagamente reclamaba ayuda. Pero nadie lo oiría, era su fin.
Fernando estaba inmóvil, un sudor helado recorría su frente, pero lo que más le aterraba, era la mirada fría y psicopática de Javier, su cómplice, que, de manera casi enfermiza le susurraba: “¿Qué estas esperando?”.
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Las malas decisiones elegidas en la vida pueden ser tan trágicas como enigmáticas. Hay quienes dicen que cada hecho irracional en este mundo esconde, en su profundidad, una razón sumamente comprensible dependiendo del punto en que sea observado. Es que, resulta sumamente misterioso, entender las razones de aquel que comete un homicidio. Mucho mayor aún, si ni siquiera él mismo se imaginó, alguna vez, portando un arma y, mucho menos, un cadáver.
La soledad de Fernando, comenzó a tornarse preocupante al poco tiempo de haber empezado la primaria. La inmensa capacidad del niño para resolver los problemas de carácter académico, se mostraban altamente desproporcionales a la actitud de compañerismo. De niño, mientras todos jugueteaban por el patio, él, solía sentarse en los recreos a leer, declinando propuestas que, sin siquiera imaginarlo, lo llevarían lentamente al aislamiento, al rechazo, al desprecio infernal por parte de sus compañeros, quienes, con el paso de los años, se convertirían en sus peores enemigos.
Pero, como todo hecho típico de la humanidad, la soledad de Fernando presentaba una excepción. Javier, su único amigo, se acercó a su vida mucho antes de comenzar el prescolar. Desde muy pequeños, los niños conformaron una amistad que los uniría por el resto de sus vidas.
Fernando y Javier no se conocieron, como muchos niños, por intervención de adultos (por el contrario, sus padres nunca tuvieron relación entre sí), no se conocieron en el jardín de infantes ni, tampoco, por un amigo en común. Simplemente, se encontraron en el barrio una mañana en que Fernando acompañaba a su madre en las compras diarias. Desde ese día, y para siempre, Javier visitaba a su amigo en casa, lo acompañaba, jugaban, pasaban el tiempo. Una hermosa amistad que cualquier niño desearía.
Pero el tiempo fue pasando y, aunque, la amistad nunca se deterioró, la vida de Fernando, por el contrario, sí lo hizo. Pocos años después de haber comenzado la escuela primaria, sus padres comenzaron a poner muchas restricciones, cambios estructurales y, por supuesto, disciplinares. El psicopedagogo del colegio entendía que Fernando pasaba demasiado tiempo con su único amigo, intensificando su soledad y, consecuentemente, la exclusión por parte de sus compañeros.
Con solo ocho años de edad, Fernando fue obligado a asistir a un psicólogo infantil quién trabajaba demasiado en la incorporación del niño al grupo escolar. Se le obligó a practicar, al menos, dos deportes y, además, se le prohibió juntarse con Javier.
Sin embargo, todos y cada uno de los intentos de integrar al niño a sus pares, resultó ineficaz. Por el contrario, la incapacidad de Fernando para incorporarse llevó, rápidamente, a que la brecha entre él y sus compañeros, se abriera más y más, convirtiéndolo, así, en el atormentado de la clase. Víctima de toda burla, Fernando sufrió acoso por parte de sus compañeros de infancia, durante toda su niñez. De más está decir, que los adultos nunca se enteraron.
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La sirena podía escucharse desde donde ellos estaban. Fernando dejó caer la pistola al suelo y llevó sus manos a la boca, aun no podía entender lo sucedido. Javier, por su parte, parecía irritable. Corrió hacia la puerta, la abrió suavemente y miró a través de ella.
-Viene la policía- Dijo.
Pero Fernando no contestó.
-¡Tenemos que sacar esa mierda de acá o irnos ya! – Agregó luego, señalando los cadáveres.
Fernando permanecía inmóvil, estaba paralizado y casi no escuchaba lo que planteaba su amigo. Su camisa estaba cubierta de sangre, sus manos también. Observaba una y otra vez el cuerpo de su antiguo compañero de clases con el rostro desfigurado. Dijo algo, pero casi no pudo oírse. Se le hacía casi imposible articular frases cuando estaba perturbado, algo común en los miedosos. Javier gritó y, en ese momento, un policía abrió bruscamente la puerta de una patada y lo despertó de su pesadilla.
Fernando, levantó la vista y buscó a su amigo, pero este ya no estaba.
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Hacía, solo, unas horas que había comenzado el cumpleaños número 17 que, por supuesto, Fernando pasaría solo. Llegó a su casa llorando, con la mochila en mano, y la camisa completamente manchada de huevos podridos. Ya era frecuente, una más de las tantas burlas que sus compañeros llamaban “simples bromas”. Estaba acostumbrado, claro está, pero eso no significaba que les comenzaran a gustar.
Subió las escaleras, evitando encontrarse con sus padres, se dirigió a su pieza, tiró la mochila en el rincón donde siempre la dejaba, abrió la ventana, prendió la pc y se dirigió a la ducha, para sacarse la peste.
Cuando volvió, su sorpresa fue enorme. Javier, a quién no veía hace más de diez años, había vuelto a aparecer. Fernando sintió una felicidad que hacía tiempo no concebía, miró a su amigo y, antes de que pudiera hablar, lo abrazó con gran fuerza.
Su alegría era formidable, hacía varias semanas que estaba pensando en él, en cuanto lo necesitaba para salir adelante. Quiso hablar, pero su viejo amigo se adelantó:
-¿Me extrañabas?-
-Por supuesto que sí. ¿Qué haces acá?-
-¡No podía olvidarme el cumpleaños de mi mejor amigo! Además escuché ciertas cosas sobre vos, cosas poco agradables. Me preocupé y, luego de pensarlo unos pocos segundos, decidí que ya estábamos un poco grandes para restricciones de adultos. ¿No te parece?- Javier sonrió, pero Fernando no le devolvió la alegría, por el contrario, su rostro se desfiguró por completo, la sonrisa desapareció, sus pupilas se dilataron notablemente y, casi temblando, preguntó:
-¿Qué te dijeron?-
El panorama se volvió estrictamente desagradable desde ese momento. Dos mejores amigos que se reencuentran luego de diez años, por lo general, viven una hermosa reunión. Risas, chistes, experiencias, chismeríos, suelen predominar este tipo de encontronazos. Fernando, por el contrario, pasó la mayor parte de la noche, desahogando penas pertenecientes a una década, en una persona que estaba más cerca de ser un completo desconocido que un confidente esencial.
Pero Javier no falló, escuchó a su amigo toda la noche, atendiendo de manera madura a cada circunstancia que se planteaba, escuchando y aconsejando detrás de un distinguido nivel de empatía. Pero, lejos de los de un buen psicólogo, los consejos de los amigos, a veces, solo a veces, pueden llegar a fallar. Y, en este caso en particular, tristemente, fracasó.
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Este es el plan. El lunes será un día normal, entrarás a la escuela con la cabeza gacha como siempre, intentarás evitarlos, esquivar sus risas, sus burlas, y todo lo demás. Durante el horario de clases nada habrá cambiado, no podemos levantar sospechas en absoluto.
Según me dijiste, ellos se juntan todas las tardes, a la salida del colegio, en una fábrica abandonada, a tomar cervezas y demás. Ahí es donde te esperaré.
Cuando toque la campana, ese mismo lunes a las 7 PM, los seguirás hasta la fábrica. Una vez allí, nos encontramos, yo te daré la pistola de tu papá, entrarás y, antes de que puedan reaccionar, empezarás a disparar. ¡Sin pretextos!
El plan es bueno, pero muy delicado, nada puede salir mal, o iremos presos. Así que escúchame bien.
Los matarás y los rematarás, nadie puede quedar vivo, o habrá testigos que nos condenen. Una vez logrado el trabajo, correremos, hasta tu casa o la mía. Nos esconderemos allí y cuando pase la tormenta, iremos al baldío y enterraremos el arma. No habrá huellas, no habrá culpables y ya nadie te volverá a molestar.
¿Entendido?
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El año había pasado muy rápido, ya casi toda la ciudad comenzaba a olvidar el terrible caso del adolescente que asesinó a sus compañeros de clases. Pero Fernando, el autor principal del hecho, todavía podía recordarlo con lujos de detalles.
La puerta se cerró. Un hombre robusto y con cabellera blanca acababa de salir de la habitación. Fernando estaba recostado en su lecho, después de una larga charla, tenía demasiado en que pensar. En la otra cama, Javier lo miraba con una enorme sonrisa en su rostro.
-Que tipo raro, ¿No?- Dijo Javier.
(Silencio)
-A veces pienso que este lugar está lleno de locos.
Fernando permanecía sin respuesta, intentando ignorar a quien le hablaba.
-¿No me vas a contestar?- Insistió – Tantos años de amistad…
-Yo no soy tu amigo- Fernando interrumpió fuertemente- Callate, por favor.
-Ha, ¿No?- Javier soltó una risita irónica y, luego, con cierto enojo agregó- Al final, uno arriesga su vida por hacer favores y, ¿Qué recibe a cambio? Que lo insulten. Es una injusticia.
Fernando escondió su rostro entre sus piernas y comenzó a gritar:
-Vos no existís, dejame en paz, ¡Por favor!
-¿Yo no existo?- Soltó una carcajada exageradamente ofensiva. El enfado prematuro, ya se había convertido en una realidad. Javier se paró y, gritando, habló - ¿No escuchaste nada lo que te dijo ese doctor? Yo existo y siempre existí, porque vos me creaste y me diste forma, me inventaste un nombre, una historia, una manera de conocernos, una identidad. Vos me necesitabas, necesitabas de mi colaboración. Por eso existo. Porque vos solo no podías. Sos un cobarde. Por eso creaste un amigo, alguien que hiciera por vos, lo que no te animabas a hacer. Creaste un psicópata, una mente maestra. Alguien que solo se interese por vos y nadie más. Yo siempre existí, incluso cuando estaba lejos existí. Siempre estuve ahí, en lo más recóndito de tu miseria. Observando todo. Y cuando más me necesitabas, fue cuando entré en acción.
Fernando comenzó a llorar, se tapaba sus oídos con desesperación. Gritaba lo más fuerte que podía, gritaba para no escuchar esa voz enfermiza, para no dejarse engañar. Pero, lo que no sabía, lo que realmente ignoraba, era que todo transcurría en su propia mente y que, por más que quisiera, de ella, nunca podría escapar.
-¡Vamos!- Continuó Javier- No seas inmaduro. ¿Vas a decirme que no sabías nada de todo esto? ¿O no te diste cuenta que tus padres nunca me vieron? ¿Fue tan difícil darte cuenta que nunca nadie habló conmigo ni me quiso conocer cuando nos obligaron a distanciarnos? ¡Sabían que estabas loco Fernando! Por eso te separaron de mí, porque a los ocho años nadie tiene amigos imaginarios. ¿No te pareció raro, acaso, que haya aparecido, después de diez años, justo la tarde que ibas a desbordar? Fue tu mente, fue tu mente la que ideó todo. Fue tu mente la que me creó, también la que me olvidó. Y fue tu mente la que, cuando todo parecía desmoronarse, me devolvió al mundo para concretar lo que, inconscientemente, ya tenías planeado hacía tiempo. Fue todo producto de tu imaginación Fernando. Yo soy un producto de tu imaginación.
-¡BASTA!- Fernando gritó, ya no podía aguantar más esta tortura que, su propia mente le estaba generando. Se arrodilló en la cama y comenzó a rasguñar sus rostro, cortando, con sus uñas, parte del mismo.
En ese momento, su psiquiatra, el hombre robusto y de cabellera blanca que, hasta entonces, había estado observando la conversación inexistente, entró a la habitación y, acompañado de dos enfermeras, intentó sostener a Fernando que, literalmente, comenzaba a desfigurarse la cara. Lo sostuvieron, intentaron calmarlo y, luego de controlarlo con una camisa de fuerza, lo llevaron para curarle las heridas.
Mientras se iban, Fernando no quitaba los ojos de los de su viejo amigo que, con una mirada fría y psicopática, le decía:
“Vete, ¡Cobarde!”
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¡Buenas Noches!
Andy Vaam.