Puedo asegurar, bajo un gran abanico de certezas, que he visto un incalculable número de hechos espantosos en mi vida, quizás, mucho más aterradores de lo que la mayoría de la población pueda imaginarse. Y es que, trabajando como investigador parapsicológico, suelo recibir visita de sujetos que acuden a mí, debido al miedo o impotencia que pueda generar la presencia de un espectro, fantasma, duende, monstruo o la que fuere, en sus vidas.
Sin embargo, en mi larga vida de labor, nunca conocí nada más espeluznante, vil y aterrador como los ojos de Lady Mound.
La historia data de una pintura, procedente de una mansión abandonada en las afueras del gran buenos aires, a la que encontraron llena de polvo y olvido. Nadie sabe muy bien a quién pertenecía la casa, ni quién habitó en ella. Nadie sabe su procedencia ni la razón del abandono. La mansión es un misterio, todo en ella lo es. Pero, lo más atractivo no es la historia en sí, sino, la escultura, obra de arte o boceto que se hallaba en el hall principal, la cual, generó tantos rumores en las localidades cercanas que, en poco tiempo, todos sabían de ella o, al menos, habían escuchado de su existir.
Conocí el caso, un tiempo antes de que saliera a la luz en los medios de comunicación y se hiciera conocido al mundo entero. Esa mañana recibí un sobre en mi despacho cubierta con una envoltura grande y de color marrón. Ante la rutina, esperaba una carta común y corriente en la que diga cosas simples como “necesitamos ayuda” o, “estamos desesperados”, pero, en vez de eso, encontré un papel roto y arrugado que, en su interior, contenía un manuscrito desprolijo que rezaba: “No mire los ojos de Lady Mound”. Sentí más curiosidad que terror, al fin y al cabo, era solo un escrito, e, incluso, podría significar una tonta broma. Sin embargo, decidí investigar.
Lo primero que hice fue buscar información en internet. En un buscador elegido al azar, presioné: Lady Mound, esperando encontrarme con una reina famosa o una historia de procedencia real. Sin embargo, para mi asombro, solo encontré menudencias sin sentido; a excepción de una noticia procedente de un diario local de poco éxito, cuyo título apuntaba: “La casa del Horror”. Leí con atención toda la crónica, en ella informaba la ubicación, la historia y la necesidad de un parapsicólogo especializado. Especulé que la casa del horror postulada en la noticia, podía llegar a guardar una pequeña relación con la carta recibida, y, a pesar de que mis hipótesis no eran certezas, decidí viajar.
Era martes, no recuerdo exactamente la fecha. Llegué a la residencia cuando empezaba a oscurecer, la puesta del sol detrás de la mansión, los árboles secos y el pastizal insípido y desabrido generaban una sensación de desagrado a cualquiera que pasara por allí y suministrara atención.
Por un segundo, sentí miedo, me mantuve parado frente a la casa y vacilé sobre el ingreso. Pero había llegado hasta allí y no podía retractarme. Me armé de valor, inhalé profundo y, antes de que pudiera pensarlo, ya me estaba dirigiendo hacia mi perdición.
Probé la puerta, no tenía seguro. La abrí lentamente, oyéndola chillar. Pude ver la mansión sombría y austera. Hacía frio en su interior, mucho más de lo que podía imaginar. Sentía el miedo apoderándose de mí, subir lentamente por mis vertebras. Examiné la habitación de un lado a otro y, justo en el medio de la misma estaba mi objetivo.
A pesar de ser la primera vez que la veía, por alguna razón, que escapa de mis conocimientos, supe inmediatamente que aquella pintura que exponía el rostro apagado y distante de una mujer, era la que yo había venido a buscar; era “Lady Mound”.
En un principio, la imagen trasmitía un rechazo enorme hacia todo aquel que desee verla, simplemente, era desagradable. El rostro de la mujer no trasladaba nada, absolutamente nada. Pero no me resigne con eso; continué mirándola, centrándome cada vez más y más en los detalles, juzgándola detalladamente, sin obtener respuestas.
Comencé a pensar que se trataba de un fraude, solo una manera más de perder el tiempo. Pero, cuando me hallaba a punto de dar media vuelta, su rostro me sedujo. Como si pidiera a gritos que me quede, pero sin hablar. Me acerqué lentamente a la pintura, sin perder de vista sus ojos, la única zona que aun parecía tener vida.
Antes de darme cuenta, me hallaba parado frente a la muchacha, paralizado por sus ojos, más precisamente, por lo que ellos me trasmitían. Nunca supe bien que intentaban decir, pero puedo jurarles, que nunca había vivido algo así; estaba perplejo, casi fascinado, embelesado por su belleza.
Una desagradable sensación de mareo me invadió. Sentí, por un instante, gente murmurando a mí alrededor, un fuerte zumbido en mi oído, un dolor de cabeza infernal. Pero mi vista seguía clavada en los ojos de Lady Mound. Una luz, al principio tenue, luego, mucho más deslumbrante, se asomaba por la ventana que, en un principio, se hallaba muerta. Supe que algo estaba cambiando a mí alrededor, pero no podía distinguirlo, pues, mis ojos, seguían sumergidos en la pintura. El calor se agigantó. Se volvió altamente insoportable, una sensación similar a… ¿Dónde había sentido esto, antes? …Al que solo puede hallarse en los primeros días del verano europeo.
Pude deducir entonces, lo que efectivamente estaba sucediendo. Y, déjame decirte, no fue nada agradable. Procuré un pantallazo general con mí vista hacia la habitación y mi cuerpo se estremeció. Sentí, de repente, un escalofrío imprevisto subir, lenta y desgarradoramente por mi espina dorsal. Estaba asustado.
Todo, en la habitación, había cambiado. Quizás fue un viaje al pasado, quizás a otra dimensión. No supe entenderlo. Pero, esta vez, el cuadro estaba a medio hacer y -vaya paradoja- no parecía turbulento, sino, todo lo contrario; era indiscutiblemente bello, casi una maravilla artística y, la mujer en él, ¡Oh, por dios, era hermosa!
Levanté la vista y la vi allí, parada frente a mí, mirándome, era la imagen viva de la mujer que sería inmortalizada en el cuadro, era Lady Mound. Me inquieté y creo que ella pudo notarlo. Dijo algo, pero no entendí, hablaba en otro idioma, creo que en francés. Estuve a punto de contestarle, cuando un fuerte sonido me sobresaltó, era la puerta, que había sido golpeada con fuerza por alguien, o algo.
La mujer que se hallaba frente a mí se espantó, pero antes de que pudiera hacer algo, la puerta se abrió bruscamente y tres, cuatro o cinco soldados entraron a la habitación y la tomaron por sorpresa, llevándosela forzosamente. La muchacha se resistió, pero sus intentos fueron inútiles. Casi por arrebato, intente ayudarla, pero antes de que pudiera moverme, uno de los guardias me dedico un fuerte golpe en el estómago que me deshizo. Caí al suelo y, desde ahí, pude ver, para mi desdicha, como se llevaban a esa hermosa mujer. Con las pocas fuerzas que me quedaban grité: “Isabelle”.
Quedé solo en la habitación un tiempo prolongado, hasta que pude recuperarme de mi dolor. Logré pararme cuando ya todo se hallaba en silencio y, decidido, salí a buscar desesperadamente a la mujer que, ahora sabía, se llamaba Isabelle Mound.
La sensación en mi psiquis era, por excelencia, sumamente extraña. Por un lado, siempre fui yo, el investigador privado de parapsicología, pero, por el otro, era el amante de Isabelle Mound, artista y pintor que, de manera inaudita, me brindaba todos sus conocimientos, recuerdos y sentimientos:
Isabelle Mound no era miembro de una dinastía (Lady era el apodo por el cual, el artista, se refería a su amada), era una joven adinerada maltratada por su esposo (muchos años mayor), que compartía amoríos con este pintor, su verdadero amor. Pero, como muchas de las paradojas que ofrece el destino, Isabelle nació y vivió en la época equivocada. Aquí, el adulterio por parte femenino era delito de muerte y Lady no fue exenta.
Corrí casi diez cuadras y, cuando llegué a la plaza principal, donde la gente esperaba ansiosa la apertura de un homicidio, Isabelle ya estaba colgada en el poste donde padecería su tormento. Corrí lo más que pude, pero antes de que pudiera llegar, el verdugo a cargo, con una insensibilidad aterradora, prendió una antorcha y la destinó directamente al pajar que se hallaba proporcionalmente debajo de Isabelle, incendiando, en menos de un segundo, todo lo que se hallaba a su paso, incluyéndola.
Quedé paralizado. Mis piernas temblaron y, perdiendo el control total, caí sobre ellas, de rodillas. Sentí un nudo en mi garganta que subía lentamente, pidiendo salir, por mis ojos, disfrazado de lágrimas. Temblaba. No era para menos. El amor de mi vida, o al menos de quien yo representaba en ese momento, estaba siendo quemada viva frente a mí, víctima de un suplicio injusto y patético. Vi al verdugo prenderla fuego frente a una multitud, la vi quemándose viva, la oí gritando, suplicando piedad, pero nadie parecía escucharla. La vi morir de manera cruel frente a mis ojos, y no pude evitarlo.
Antes de que todo acabara me paré, con furia di media vuelta sobre mi eje y corrí, corrí sin destino aparente, solo corrí. No sé muy bien si para rematar mi ira, o para reducir el dolor. Solo corrí. Llegué a la casa donde todo había comenzado. Me paré frente a ella, la observé solo un minuto y entré. La puerta estaba todavía, entreabierta. Adentro, todo estaba desordenado, tal como lo habían dejado los guardias. Solo una cosa había quedado ilesa.
Allí, en un rincón de la habitación, permanecía intacta, posada sobre su pedestal, la pintura a medio hacer de Lady Mound. Me acerqué lentamente, tomé un pincel y, lenta y delicadamente comencé a pintar lo único que faltaba para ser terminada: Sus ojos.
Ese día, sin saberlo, el artista y amante de Isabelle Mound estaba dando vida al retrato que me perturbaría por siempre y que cambiaría la vida de todo aquel que se atreva a mirar los ojos de Lady Mound.
Parpadeé, y en un abrir y cerrar de ojos que pareció eterno, me encontré nuevamente en la casa deshabitada, parado frente a la pintura, solo que, esta vez, pude dar media vuelta y alejarme lentamente de ella, dándole la espalda, con la intención de perderla y no volver a verla nunca más.
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¡Buenas Noches!
Andy Vaam.
