En la vieja Santa Lucía se esconden historias de ultratumba que viven de generación en generación. Los abuelos cuentan cómo se vivía con los espíritus en la época de antaño. Hombres en zancos, mujeres llorando en media vía y animales con fuego se pierden en la cañada Lara
Son las 12.00 de la noche y el pequeño Tito González no concilia el sueño en el segundo cuarto de una casa sin número de la calle Federación, sector Santa Lucía. No es precisamente el reloj el que le da noción del tiempo, sino una voz que viene de afuera y que entra por la ventana: "¡Sereno, son las 12.00!"... El niño se asoma, no ve nada, calla y duerme.
Veinte minutos después escucha pasos callejeros y cables cayendo al suelo. Se percata de una sombra a la que no le ve ni inicio ni final, ni pies ni cabeza; sólo unas manos escondiéndose en los bolsillos de un saco y un cuerpo llevándose por delante el cableado eléctrico. "El hombre zanco", se dice y se arropa con su sábana.
Reza y finge interés en el día siguiente para olvidarse de las historias de ultratumba que le vienen a la mente. Un último acto lo levanta de su cama y lo envía directo a la de sus padres. Es el llanto de una mujer misteriosa que arrastra el armador de su vestido blanco y que grita por toda la cuadra: "¡Mis hijos, mis hijos!".
Relatos increíbles
De esas noches pasaron 63 años y González las recuerda como si fuera ayer: "Yo oí a la llorona y la seguí con la mirada hasta perderse en la cañada Lara. Le dije a mamá y ella no le prestó atención".
La incredulidad de la mujer termina cuando fue al abasto de la cuadra, que en aquel entonces se llamaba Lucky Strike, y le cuenta al dueño: "Anoche Tito me dijo que vio a la Llorona y...". Antes de que la doña termine el relato, la oscuridad arropa a la tienda y los pasos en el techo dejan claro que no se trata de animales.
La piel de quien está del otro lado del mostrador palidece y el llanto desesperado los hace correr y gritar: "¡Mi hijo tenía razón, es la Llorona!".
Las apariciones de "El hombre zanco", la Llorona y un toro que corre desde distintas calles de la zona con una bola de fuego en la frente se pierden en el mismo lugar: la cañada Lara, cerca del puente O leary, recuerda el señor Tito.
Historias con explicación
Hoy esas leyendas están más vivas que nunca en las calles del sector, como el sonido de las carretas y tenebrosos encapuchados que rondaban las plazas de la Santa Lucía del siglo XVIIII, cuenta Gunther Castillo, artista plástico residenciado en el lugar hace 24 años.
En aquella época las parejas acostumbraban a citarse en la plaza a medianoche. Eran chamos de El Saladillo enamorando a jovencitas de El Empedrao. "Los muchachos se cubrían la cabeza con suéteres negros y caminaban solos. La gente los bautizó "Embozaos", porque no sabían quiénes eran y les tenían miedo. Así nace la frase popular: "Si te subís a la mata te espanta el Embozao".
El tic tac de las ruedas de las carretas tiene origen en la mortandad que causó la gripe española en 1918. "Los cadáveres se amontonaron en las calles. La iglesia de Santa Lucía sirvió de hospital y morgue. Fueron los carretilleros quienes trasladaron los cuerpos a fosas comunes en el cementerio. El contacto de las ruedas con el asfalto quedó grabado en la memoria de los abuelos".
Pero ya estas historias casi no se escuchan. La modernidad las dejó atrás. Son los abuelitos quienes se encargan de mantenerlas vivas, de generación en generación.
Espíritus en la cañada Brasil
Si la gente supiera lo que se esconde detrás de la vegetación de la cañada Brasil lo pensaría dos veces antes de recorrerla de noche. En el caño de hace 80 años nacieron relatos de espíritus que se enfrentan por el amor de una mujer y apariciones de personajes misteriosos.
La creencia popular da cuenta de que el lugar donde confluyen aguas negras y del Lago de Maracaibo es escenario de parajes enrojecidos por la sangre o visitados por apariciones. A los coposos árboles brasiles acudían aquellos que deseaban vivir sin testigos querellas de odio, amor, hombría, orgullo o vanidad, arrojando como consecuencia cuerpos ensangrentados.
Otros relatan que en la cañada enterraron a víctimas de los odios políticos de antaño; gente fusilada sin juicio previo o macheteados por empleados de los gobernantes de turno.
Las páginas del libro Maracaibo de siempre, crónicas y vivencias, de Guillermo Bustamante Flores, apuntan a que la popularidad fantasmal del caño es producto de estos acontecimientos de donde salieron diversas historias de espantos y apariciones. Sin embargo, el progreso de la ciudad apagó estos mitos y leyendas.