Ligue de cristal
Miguel
—Esto te va a poner feliz, está mucho más leve que una tacha. Bueno, tú sabes, es distinto —me dijo una amiga que me ofrecía cristal por primera vez—, me queda una, es la última, te la dejo a 80 sólo por ser para tí.
Le pagué y organicé con mis cuates la ida al antro. Llegué con el cristal ya puesto porque no me iba a prestar a oír sermones de nadie. La música me entraba por la sangre y latía en mis sienes al ritmo de mi corazón. No podía dejar de bailar. Sudando como un marrano, me acerqué al mesero que nos estaba atendiendo, lo tomé de la solapa y le dije que trajera pronto tres botellas de agua.
Dios mío, flotaba en la música. Me sentía despegar.
—¿Te encuentras bien? —me preguntó el mesero que me trajo las aguas.
—Mejor que nunca —le contesté al mesero, y me levanté a bailar de nuevo.
Ya me sentía de por sí en el paraíso cuando me di cuenta que dos morras hermosas estaban bailando conmigo. Esto de verdad no parecía estarme pasando a mí… “De aquí soy” —afirmaba a gritos—. “Esto es lo mío, esto es lo mío” —les gritaba a mis amigos desde la pista, quienes tan sorprendidos como yo, me veían abrazado a ellas con un pegue que jamás en la vida soñé tener.
—Sí, sí, sí, sí —comenzamos a brincar los tres dándonos de besos, yo a ellas, ellas a mí y ellas a ellas—. De aquí soy. Esto es lo mío —seguía yo gritando, agradeciendo al infinito ser yo, el nuevo yo que sí ligaba y ligaba.
—Queremos estar contigo las dos. Vámonos a un sitio apartado donde estemos solos nosotros tres.
—¡Putaaa!! —La idea de estar en la cama con esas dos princesas me volvía loco. Se hacía realidad mi sueño de ser por un día el agente Bond, y comencé a disparar bailando con el pulgar y el índice. “Dos para mí solito, soy Bond, Miguel Bond”.
Nos fuimos los tres a sentar a un lugar escondidito, en lo que una me besaba, la otra me desabrochó el pantalón y cautelosa metió a Elver a su boca; la sola idea de que a los dos nos estén apapachando al mismo tiempo, de apretujarle las tetas a una y luego a la otra me iba hacer venir en cualquier momento. Por suerte la de abajo se detuvo.
—¿Entonces qué? Tú dices, ¿nos vamos? Nosotras tenemos un rinconcito —volvieron a insistir, pero algo vi en sus ojos que me asustó; como que les vi en la mirada el demonio y lo que sentí fue miedo.
Llegaron a mi mente los correos de gente a la que le quitan un riñón, a los que le sacan los ojos o terminan secuestrados. Gente que queda mutilada por irse con extraños. La paranoia entró a mi sangre cuando dejé de sentir la música y entonces el ritmo acelerado de mi corazón era quien mandaba.
—Vengo con ellos —comencé a señalar a mis amigos conjeturando que algo estaba raro. Las dos chavas insistieron mucho, pero a mí me agarró la pálida y me comencé a sentir mal—. Vengo con ellos —seguí repitiendo hasta que dejaron de insistir.
Cuando por fin me acerqué a la mesa, mis cuates me preguntaron por las reinitas, les dije que se habían ido, y no me bajaron de pendejo. Algo estaba raro… quizás el mesero les dio el pitazo a las chavas. La neta nunca he tenido éxito con las viejas, me he pasado hasta ocho meses sin coger, ¿por qué hoy dos?
El resto de la noche me la pasé todo paranoico, con el cristal en la sangre corriendo a toda velocidad, solo y clavado en encontrar al mesero que nunca más volví a ver.
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