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El comienzo de una nueva era (Parte 1)

Offtopic7/23/2014
Capítulo 1: La batalla por el planeta de Limnie. Por aquel entonces yo no era más que un simple soldado de clase baja destinado en Limnie. Un planeta de mierda por el cuál Thenen batallaba. Yo no sabía cuáles eran los motivos por los que una nación tan poderosa podría interesarse en una roca de mala muerte, mis oficiales no hacían más que repetir: – “Es un planeta clave a nivel estratégico, es primordial asegurarlo antes de que las tropas de Sscun lo hagan.”– “No hay nada más que aclarar con respecto a esto.” – No dejaban formular pregunta alguna y la verdad, es que nadie necesitaba conocer los verdaderos intereses que suscitaban una guerra tan terrible como la que se llevó a cabo. Thenen era la gran república del sistema solar. “Todo se decide democráticamente y la mayor prioridad de todas es la de servir al pueblo.”Falacias que día a día se escuchaban en los medios de comunicación y en todos los planetas que formaban parte de la república. Lo más vergonzoso de todo, es que, tras iniciar un nuevo conflicto contra la nación de Sscun, tenían que implementar la propaganda, para que todos apoyaran de una u otra manera al “valeroso” ejército que luchaba por la “libertad” de la república de Thenen. Ahora que pienso en ello, no puedo evitar reírme. En primer lugar, no tenía dinero, no era más que un pobre diablo que vagabundeaba por las calles de Lemkhast, en Nahmya. El ejército fue mi salvación. No tenía un lugar en el que dormir, no tenía familiares a los que acudir en busca de ayuda y lo único que tenía en mi poder, era mi propio cuerpo, nada más. Con la idea de poder encontrar algo mejor entre las tropas de la república decidí alistarme. Era bastante ignorante, pero por suerte, no era estúpido y sabía lo que seguramente me podría llegar a ocurrir en caso de no prepararme y no tomarme adecuadamente el trabajo. Una semana después de presentarme como voluntario en el ejército, decidieron asignarme el rango más bajo que cualquier clase de soldado podría tener, el de primera línea o también llamado “escudo de carne” Y no era para menos, si nos llamaban escudos de carne no era porque les gustara ni por ninguna clase de burla. Era porque para eso estábamos, para detener momentáneamente el avance de las tropas enemigas mientras los soldados de clases más elevadas se podía organizar o reagrupar. Puede sonar coherente, pero se aleja mucho de la realidad. La mayoría de las armas estaban anticuadas comparadas con las del resto del ejército. Los vehículos y aeronaves utilizados se encontraban en un estado muy precario y por si fuera poco, la mayoría de las tropas estaban formadas por gente como yo, pero con aún menos experiencia y entrenamiento o por prisioneros a los que una vez acabado su servicio militar se les devolvería su libertad. El mes y medio de prácticas y entrenamiento que llevé a cabo en la escuela militar en el planeta de Aesov apenas me sirvió para aprender las tácticas básicas en combate, pero al parecer, el simple hecho de asistir a la academia militar me otorgaba el derecho de comandar un pelotón de soldados. Pero no era ni mucho menos un honor, ¿De qué me servía liderar a un grupo de personas inútiles y psicológicamente inestables? Muchos de ellos no sabían disparar y los que habían aprendido a hacerlo, no era por haber acudido a una escuela militar precisamente... Realmente no entiendo cómo llegué a aceptar acabar destinado Limnie. Quizás fue debido al poco tiempo que tuve para pensar en ello, o a la suma de dinero que se me proporcionaría después de acabar aquella misión, pero lo único que hice fue aceptarla y prepararme para partir hacia aquel planeta, que hasta entonces, era para mí una incógnita. Eran las cuatro de la madrugada del 42 del octavo mes del año. Me encontraba en una nave junto al regimiento que al día siguiente dirigiría en batalla. Poco a poco nos acercábamos más y más hacia aquel desolado planeta en el cuál tendríamos que combatir y la tensión en la gran sala de la nave de notaba en cada resquicio. Todos estaban nerviosos. Para muchos era su primera misión y para otros no, pero aún así, sabiendo lo que ocurriría, se sentían igual de mal que el resto de sus compañeros. Mientras llegábamos al lugar de aterrizaje de nuestra nave, uno de los cincuenta soldados que más tarde comandaría me habló. No debía tener más de diecinueve años. –Buen día para morir. ¿No? – Estaba muy nervioso y la expresión de su cara lo delataba. Le miré comprendiendo la situación en la que nos encontraríamos y le repliqué con calma. – No te preocupes. Puede que nos intenten mandar a una muerte segura, pero no dejaré que nadie salga sin vida de esta roca de mala muerte. Un soldado que se encontraba a mi izquierda me miró de arriba a abajo y con una voz quebrada comentó: – Es fácil decirlo, pero veremos que es lo que sucede una vez que hayamos llegado. – Me tendió la mano en señal de saludo. – Mi nombre es Lek. – Observó sin prisa la insignia que llevaba en mi chaleco militar. – Debes de ser el jefe del pelotón. ¿Me equivoco? –Sí. Lo soy. – Le confirmé tras examinarlo de soslayo. A diferencia del joven que se sentaba a mi lado. Lek tendría cerca de veinticinco años. – Me llamo Aller. – La débil voz del chico que estaba sentado a mi derecha se volvió un poco más firme, intentando esconder el temor que tenía. – Me alegro de conocer el nombre de al menos dos de los soldados del pelotón. – Me rasqué el pelo. – No me han dicho ni un solo nombre. Solo me han indicado que comande a un grupo de soldados. – Suspiré y miré el techo de la nave. – Vaya mierda de lugar. El joven soldado se removió en su asiento mientras que el mayor asintió lentamente antes de prestar atención en algún punto de la nave. Veinte minutos después de haber finalizado la corta conversación entre los tres. La nave ya se acercaba hacia su destino. No creáis que el lugar estaba desolado, destrozado por la guerra y demás. La mitad del planeta se encontraba en posesión de la república, mientras que la otra parte la dominaba la nación militarista Sscun. Tengo que decir que el lugar en el que aterrizó la nave era muy parecido a una pequeña ciudad de cualquier planeta. Es más. Si los soldados no hubieran llevado sus uniformes en todo momento, se les habría confundido con simples ciudadanos. Miré a través de la gruesa ventana que se situaba detrás de mi y pude ver que el aterrizaje era inminente. –¡Pelotón! – Alcé la voz lo más que pude y mi semblante cambió totalmente. – En unos momentos aterrizaremos. – Observé a los pasajeros que me examinaban detenidamente, con cierto aire de respeto y a la vez de recelo. – Preparad vuestro equipaje. Coged vuestras armas y mentalizaros sobre lo que ocurrirá mañana. – ¿Mañana? – Preguntó un joven de apenas dieciséis años. – Así es. – Clavé una seria mirada en sus ojos. – El día de hoy nos limitaremos a observar el lugar en el que se realizará el combate, plantear la estrategia y descansar. – Mientras hablaba, pude notar que el aterrizaje se estaba efectuando. – Bien. ¡En marcha! No di tiempo a que pudieran comentar nada más. Cogí mi maleta con las pertenencias que se me habían asignado en el ejército y me llevé la cinta de mi arma al hombro. A continuación, como si de un robot se tratara, con movimientos mecánicos, me dirigí hacia la puerta de la nave. Sin mucha delicadeza la abrí. – ¡No os quedéis mirándome! ¡Vamos! – Mi tono de voz era autoritario, pero no se denotaba enfado en él. Lo que buscaba conseguir con ello era ganarme el respeto y confianza del resto de compañeros del batallón para que pudieran pensar en que realmente alguien con conocimientos avanzados sobre la guerra les estuviera guiando. Para ningún soldado tiene gracia el saber que tu superior no tiene más que un entrenamiento de tan solo un mes y medio, al menos el aparentar ser profesional les levantaría la moral. No pensarían en ningún momento en que estaban siendo comandados por un zoquete sin capacitación, al menos, esa era la impresión que intentaba causar en el gran grupo, y hasta el momento, lo había conseguido.
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