No queda muy bien decir que “uno de nuestros trabajadores ‘la ha cagado’”, por lo que se recurre al tan sufrido eufemismo del “error informático” el cual, de pasada, deja por los suelos la reputación de todo un sector profesional.
Todos podemos equivocarnos al teclaear. Y, si no fíjate bien en la frase anterior...
El último caso que he visto ha sido el del Banco Bilbao Vizcaya Argentaria (BBVA), según informa la Agencia Europa Press. La entidad bancaria española atribuye a un “fallo informático” el haber ofrecido productos bancarios de cierta complejidad a clientes que, en principio, no estaban en posesión de la información y la capacitación necesaria para entenderlos y comprender las consecuencias de las inversiones que estaban realizando.
Recuerdo que, hace unos años, fui uno de los pocos afortunados en escapar al caos que se había desatado en el aeropuerto de Madrid-Barajas debido a... si, lo han adivinado, un fallo informático.
Pero ¿que es exactamente un fallo informático? Pueden haber fallos de dos tipos: de hardware o de software. En el primer caso, se implantan en las grandes empresas y para aplicaciones críticas, sistemas de redundancia y tolerancia a fallos, como la instalación de sistemas dobles de forma que si uno deja de funcionar, el otro cubre rápidamente la falta y lanza una alarma para que los responsables sepan de tal situación.
El software acostumbra a ser la pieza más sofisticada y más sensible a errores, aunque cuando se habla de “fallo informático” a secas, a mi me da por pensar que más bien ha sido un usuario el que ha metido la pata hasta el fondo tocando el botón que no debía. Lo he visto demasiadas veces a pequeña escala, y no creo que a una gran empresa como BBVA u otras le plazca mucho lanzar un comunicado explicando que “uno de nuestros trabajadores ha hecho lo que no debía y debemos afrontar un problema por su culpa”.
Ante una explicación de este tipo, las dudas sobre la solvencia de la empresa aflorarían rápidamente entre sus clientes/usuarios y la prensa en general, disuadiendo tal vez a quienes se cuestionan contratar sus servicios y convertirse así en clientes. Por lo tanto, es mejor recurrir a una táctica que se viene empleando desde los comienzos de la historia, ya sea entre jefes militares, gobernantes civiles o empresarios: buscar un chivo expiatorio.
Pero ¿a quien culpar? ¿Al chico de los encargos? ¿Al empleado que ha cometido el error? Suponiendo que este no haya camuflado su desliz de forma que no puedan encontrarlo, tampoco daría muy buena imagen de la empresa despedirle o aplicarle un correctivo. Daría imagen de que la selección de recursos humanos ha fracasado al contratar a un incompetente, con lo cual, los mismos responsables de recursos humanos deben ser incompetentes, y tal vez quienes los han contratado, también. El problema persiste excepto que... ¿y si culpamos al ordenador?
Es una máquina odiada por muchos, incomprensible para la mayoría, que ha construido alguien externo a la compañía y cuyo funcionamiento es un total misterio... que si da lugar a errores, la mayor parte de la gente no lo achacará a la empresa, que ha sido quien lo ha sufrido. “Pobrecillos, han sido víctimas de la informática”.
A base de años de hablar de “errores informáticos”, la expresión ha hecho tal fortuna que ha acabado calando en el subconsciente de la gente, dejando con ello una impronta negativa de la profesión de informático. El software falla, ergo el informático es malo. Y, muchas veces, lo que se hace es encubrir los propios errores bajo un “ha sido el ordenador el que ha fallado”.
Me gustaría saber la opinión de los señores del BBVA si yo hubiera escrito un artículo titulado “BBVA ofreció por un ‘error bancario’ productos complejos a clientes ‘sin información’”. Seguramente habrían tenido la misma reacción exasperada que he tenido yo al leer el titular del “fallo informático”.
Copyleft 2012 www.imatica.org
Esta obra se encuentra sujeta a la siguiente licencia:
La difusión, reproducción y traducción de este texto se permite libremente en cualquier medio o soporte con las únicas obligaciones de mantener la presente licencia e incluir un enlace o referencia a la página en la que se encuentra el original dentro del servidor www.imatica.org . En medios audiovisuales se requiere la cita al medio www.imatica.org
Todos podemos equivocarnos al teclaear. Y, si no fíjate bien en la frase anterior...
El último caso que he visto ha sido el del Banco Bilbao Vizcaya Argentaria (BBVA), según informa la Agencia Europa Press. La entidad bancaria española atribuye a un “fallo informático” el haber ofrecido productos bancarios de cierta complejidad a clientes que, en principio, no estaban en posesión de la información y la capacitación necesaria para entenderlos y comprender las consecuencias de las inversiones que estaban realizando.
Recuerdo que, hace unos años, fui uno de los pocos afortunados en escapar al caos que se había desatado en el aeropuerto de Madrid-Barajas debido a... si, lo han adivinado, un fallo informático.
Pero ¿que es exactamente un fallo informático? Pueden haber fallos de dos tipos: de hardware o de software. En el primer caso, se implantan en las grandes empresas y para aplicaciones críticas, sistemas de redundancia y tolerancia a fallos, como la instalación de sistemas dobles de forma que si uno deja de funcionar, el otro cubre rápidamente la falta y lanza una alarma para que los responsables sepan de tal situación.
El software acostumbra a ser la pieza más sofisticada y más sensible a errores, aunque cuando se habla de “fallo informático” a secas, a mi me da por pensar que más bien ha sido un usuario el que ha metido la pata hasta el fondo tocando el botón que no debía. Lo he visto demasiadas veces a pequeña escala, y no creo que a una gran empresa como BBVA u otras le plazca mucho lanzar un comunicado explicando que “uno de nuestros trabajadores ha hecho lo que no debía y debemos afrontar un problema por su culpa”.
Ante una explicación de este tipo, las dudas sobre la solvencia de la empresa aflorarían rápidamente entre sus clientes/usuarios y la prensa en general, disuadiendo tal vez a quienes se cuestionan contratar sus servicios y convertirse así en clientes. Por lo tanto, es mejor recurrir a una táctica que se viene empleando desde los comienzos de la historia, ya sea entre jefes militares, gobernantes civiles o empresarios: buscar un chivo expiatorio.
Pero ¿a quien culpar? ¿Al chico de los encargos? ¿Al empleado que ha cometido el error? Suponiendo que este no haya camuflado su desliz de forma que no puedan encontrarlo, tampoco daría muy buena imagen de la empresa despedirle o aplicarle un correctivo. Daría imagen de que la selección de recursos humanos ha fracasado al contratar a un incompetente, con lo cual, los mismos responsables de recursos humanos deben ser incompetentes, y tal vez quienes los han contratado, también. El problema persiste excepto que... ¿y si culpamos al ordenador?
Es una máquina odiada por muchos, incomprensible para la mayoría, que ha construido alguien externo a la compañía y cuyo funcionamiento es un total misterio... que si da lugar a errores, la mayor parte de la gente no lo achacará a la empresa, que ha sido quien lo ha sufrido. “Pobrecillos, han sido víctimas de la informática”.
A base de años de hablar de “errores informáticos”, la expresión ha hecho tal fortuna que ha acabado calando en el subconsciente de la gente, dejando con ello una impronta negativa de la profesión de informático. El software falla, ergo el informático es malo. Y, muchas veces, lo que se hace es encubrir los propios errores bajo un “ha sido el ordenador el que ha fallado”.
Me gustaría saber la opinión de los señores del BBVA si yo hubiera escrito un artículo titulado “BBVA ofreció por un ‘error bancario’ productos complejos a clientes ‘sin información’”. Seguramente habrían tenido la misma reacción exasperada que he tenido yo al leer el titular del “fallo informático”.
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