Hay una historia de dudoso origen que suele reaparecer cada vez que alguien escribe sobre los orígenes de la informática. Se dice que proviene de la Edad Media, pero tiene un inconfundible aroma a romanticismo alemán, y bien podría ser una ficción de Hoffmann o de Novalis.
Cuenta la leyenda que allá por el siglo XIII San Alberto Magno, un filósofo interesado en la ciencia y la técnica, había construido un robot que usaba como secretario. El Hombre de Hierro abría la puerta de la celda de Alberto y contestaba las preguntas de los visitantes. A Roger Bacon, que vivió casi en la misma época, también se le atribuía la fabricación de una cabeza parlante.
Según la versión hard de la historia, Santo Tomás de Aquino, discípulo de Alberto, la habría emprendido a bastonazos con el robot. Según la light, tan sólo habría mandado a destruir al muñeco en cuanto murió el maestro. Pero en ambos casos el hombre mecánico aparecía como un engendro diabólico más que como un triunfo de la técnica. Pasaría mucho tiempo antes de que empezara a mejorar su imagen.
El hombre artificial siempre fue una fantasía que resulta tan atractiva como inquietante. Como ocurre con las fantasías, tarde o temprano a alguien pensó en llevarla a la práctica. Desde los autómatas de Vaucanson y Jacquet-Droz (tan admirados en el Siglo de las Luces) hasta esos vistosos robots humanoides que la televisión sueles usar para darles color en sus noticieros, aún suelen provocar ciertos temores.
Una de las primeras cuestiones que plantean los robots consiste en decidir si deben imitar la anatomía y la conducta humanas o es preferible que se limiten a cumplir ciertas funciones específicas. Los robots industriales, los que más presencia tienen en nuestro mundo, hace tiempo se han definido por la funcionalidad, pero el robot diseñado para uso doméstico tiende a remedar la forma humana.
La otra cuestión atañe al margen de autonomía o de libertad que vamos a darles a los robots para mantenerlos bajo nuestro control y aventar el peligro de que algún día se les ocurra dominarnos.
MAQUINAS DE PAPEL
Para cuando empezaron a materializarse como seres reales de acero, silicio y plástico, los robots ya habían pasado por todo un ciclo evolutivo en la ciencia ficción. Contra lo que uno se inclinaría a imaginar, tardaron bastante en asumir el papel de monstruos fríos e inhumanos, pero les llevó otro tanto tiempo convencer a la gente de que no lo eran.
Los primeros robots de ficción no fueron esos muñecos mecánicos torpes que suele evocar la palabra “robot”. Fueron bellezas femeninas tan seductoras que lograban engañar a los hombres, como esa Coppelia de Hoffmann que popularizó el ballet. Entre las mujeres sintéticas más atractivas estaban La Eva futura (1886) del poeta Villers de l’Isle Adam, quien le atribuía su creación nada menos que a Edison, o ese simulacro de sensualidad que engañaba al pueblo en el film Metrópolis (1927) de Fritz Lang.
Más allá del obvio papel de esclavos, los robots de ficción cumplían funciones de secretarios, mayordomos, guardaespaldas y hasta niñeras, pero no pocas veces se les asignaba el papel de payasos y mascotas, como ocurría en Los robots no tienen cola de Henry Kuttner (1943) o mucho más tarde con el dúo Arturito/Trespo de Star Wars. Pero sin duda los robots de ficción más integrados a la sociedad humana eran los de Isaac Asimov y los de Clifford Simak.
Uno de los primeros textos donde se planteaba la posibilidad de que los robots pudieran volverse peligrosos, precisamente por ser tan serviciales, fue Los humanoides (1947) de Jack Williamson. El autor imaginaba que los robots estarían obligados a llevar impreso el mandato de “hacer todo en beneficio de los humanos”. El problema empezaba cuando ellos
Cuenta la leyenda que allá por el siglo XIII San Alberto Magno, un filósofo interesado en la ciencia y la técnica, había construido un robot que usaba como secretario. El Hombre de Hierro abría la puerta de la celda de Alberto y contestaba las preguntas de los visitantes. A Roger Bacon, que vivió casi en la misma época, también se le atribuía la fabricación de una cabeza parlante.
Según la versión hard de la historia, Santo Tomás de Aquino, discípulo de Alberto, la habría emprendido a bastonazos con el robot. Según la light, tan sólo habría mandado a destruir al muñeco en cuanto murió el maestro. Pero en ambos casos el hombre mecánico aparecía como un engendro diabólico más que como un triunfo de la técnica. Pasaría mucho tiempo antes de que empezara a mejorar su imagen.
El hombre artificial siempre fue una fantasía que resulta tan atractiva como inquietante. Como ocurre con las fantasías, tarde o temprano a alguien pensó en llevarla a la práctica. Desde los autómatas de Vaucanson y Jacquet-Droz (tan admirados en el Siglo de las Luces) hasta esos vistosos robots humanoides que la televisión sueles usar para darles color en sus noticieros, aún suelen provocar ciertos temores.
Una de las primeras cuestiones que plantean los robots consiste en decidir si deben imitar la anatomía y la conducta humanas o es preferible que se limiten a cumplir ciertas funciones específicas. Los robots industriales, los que más presencia tienen en nuestro mundo, hace tiempo se han definido por la funcionalidad, pero el robot diseñado para uso doméstico tiende a remedar la forma humana.
La otra cuestión atañe al margen de autonomía o de libertad que vamos a darles a los robots para mantenerlos bajo nuestro control y aventar el peligro de que algún día se les ocurra dominarnos.
MAQUINAS DE PAPEL
Para cuando empezaron a materializarse como seres reales de acero, silicio y plástico, los robots ya habían pasado por todo un ciclo evolutivo en la ciencia ficción. Contra lo que uno se inclinaría a imaginar, tardaron bastante en asumir el papel de monstruos fríos e inhumanos, pero les llevó otro tanto tiempo convencer a la gente de que no lo eran.
Los primeros robots de ficción no fueron esos muñecos mecánicos torpes que suele evocar la palabra “robot”. Fueron bellezas femeninas tan seductoras que lograban engañar a los hombres, como esa Coppelia de Hoffmann que popularizó el ballet. Entre las mujeres sintéticas más atractivas estaban La Eva futura (1886) del poeta Villers de l’Isle Adam, quien le atribuía su creación nada menos que a Edison, o ese simulacro de sensualidad que engañaba al pueblo en el film Metrópolis (1927) de Fritz Lang.
Más allá del obvio papel de esclavos, los robots de ficción cumplían funciones de secretarios, mayordomos, guardaespaldas y hasta niñeras, pero no pocas veces se les asignaba el papel de payasos y mascotas, como ocurría en Los robots no tienen cola de Henry Kuttner (1943) o mucho más tarde con el dúo Arturito/Trespo de Star Wars. Pero sin duda los robots de ficción más integrados a la sociedad humana eran los de Isaac Asimov y los de Clifford Simak.
Uno de los primeros textos donde se planteaba la posibilidad de que los robots pudieran volverse peligrosos, precisamente por ser tan serviciales, fue Los humanoides (1947) de Jack Williamson. El autor imaginaba que los robots estarían obligados a llevar impreso el mandato de “hacer todo en beneficio de los humanos”. El problema empezaba cuando ellos